Una lectura de «La danza del narciso», nouvelle de Patricia Colchado

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Presentamos una lectura hecha por el escritor José Donayre Hoefken de la nouvelle «La danza del narciso», de Patricia Colchado y reeditada por Hipatía Ediciones.



Por José Donayre Hoefken

Desde el título de esta nouvelle, Patricia Colchado denota una de sus grandes pasiones: la danza. A partir de la primera página, un lector más o menos avisado y prevenido advertirá que se trata de una historia con un buen transcurrir de personajes, acciones, espacios y reflexiones. La novela carece de capítulos, pero se divide en dos ciclos que se alternan imitando al corazón en ese ejercicio constante que es el palpitar llamado sístole y diástole; es decir, como las dos etapas del ciclo cardiaco: la fase de contracción del corazón (cuando la sangre es bombeada a los vasos) y la de relajación (que permite que la sangre ingrese en el musculoso órgano). Estos ciclos, que no llegan a ser contrapuntos, son «Dunkel» y «La danza del narciso». «La danza del narciso» comienza en todos los casos con un monólogo interior que establece un puente, umbral o pasaje de carácter onírico entre una fase y otra. Una estructura sencilla, pero también compleja porque presenta muchos vasos comunicantes y resonancias diversas relacionadas con varias referencias a la danza, a la música, al cine, a la literatura y a la política. En este sentido, esta nouvelle bien pudo titularse Dunkel,el lado animal del protagonista.

La danza del narciso es una narración sobre el dolor, la pérdida (por muerte no esclarecida o por desaparición) y los secretos familiares. Estos motivos se exponen sucesivamente para crear ondas concéntricas que perfilan a los personajes en función de Agustín, el protagonista. Agustín es el sol alrededor del cual gira o danza todo el libro. No obstante, sabemos que el sol también se mueve alrededor del centro de nuestra galaxia, la Vía Láctea, y esta en torno al universo. Estos giros astronómicos, literarios y dancísticos sugieren probables lecturas de la autora. Reminiscencias de Najda (1928) de Breton, de El túnel (1948) de Sabato y de Nocturno hindú (1984) de Tabucchi. Menciono estos títulos por las posibilidades que brinda el azar objetivo en el ámbito del surrealismo. Cabe precisar que el azar objetivo, un concepto fundamental del surrealismo que procede de Engels, se refiere a la confluencia inesperada entre lo que el individuo desea y lo que el mundo le ofrece. Por otra parte, la nouvelle de Patricia Colchado, por ciertas consideraciones existencialistas y estéticas, incluiría trazas de El perseguidor (1959) de Cortázar y de El extranjero (1942) de Camus.

Esta obra arranca de forma magnífica: «Así como los recuerdos son invenciones, los sentimientos son invisibles» (p. 12). Esta es una primera clave de lo que ocurrirá en los terrenos de la memoria, la identidad y la transfiguración. Lo demás es una dosificación inteligente de lo que promete esta gran semilla tan bien sembrada en el primer párrafo de la primera página. El devenir del sustrato se encarga del resto para que surja el misterio: la madre de Agustín desapareció cuando este tenía diez años (p. 106), y cerca de él se encontrarán dos personas planeta que lo aman: Marlon y Micaela. De alguna manera, son prolongaciones de una madre tan desaparecida que hasta carece de nombre; no en vano la letra «eme» en ambos casos (Marlon y Micaela) evocan a la figura materna, al mito, a la tragedia y al complejo de Edipo. Y esto no es casual. En realidad, nada es fortuito. Todo tiene un propósito y una función. Es un trabajo de relojería inquietante, pues la máquina nos conduce a tiempos muy subjetivados.

La danza del narciso supone una narrativa con enraizada carga simbólica. El gato de Agustín, llamado Dunkel (sí, como una de las fases del ciclo de la historia que nos propone la autora) es, asimismo, un leitmotiv de principio a fin. Un felino oscuro de bigotes azules, color que el protagonista vincula a la alegría, pero no a la felicidad, que es su madre. Esto no es un capricho. La alegría es un sentimiento grato y vivo que suele manifestarse con signos exteriores. La felicidad, en cambio, es un estado de grata satisfacción espiritual y física. En el ámbito simbólico, Dunkel es incluso más importante que Micaela y Marlon. Dunkel significa oscuro en alemán. Así, los ciclos se definirán como la alternancia de los espacios oscuros y los de florecimiento (del narciso que es Agustín). El ciclo «Dunkel» es propicio para el registro íntimo como medio para evadir la realidad. Y la danza se muestra desde el primer párrafo de esta obra como elemento para existir.

Agustín es bailarín y escritor. Escritor de un diario personal. Micaela es lectora (de hecho, lee para escribir reseñas). Es también cinéfila y animal político. El encuentro entre ellos y la relación que cultivan está signada por lo casual. En sus diálogos iniciales, él le confiesa, a manera de segunda clave, que no sabe lo que es real o no. Estos diálogos, casi todos los del libro, contienen un cargado trasfondo poético. Sin embargo, el contexto sociopolítico es muy particular y su mención pretende anclar el vuelo poético para evitar que la historia se dispare hacia una absoluta irrealidad. Es el año 2000. Son tiempos crispados casi como los de ahora. Un presidente-candidato que pretende ser nuevamente presidente a como dé lugar por tercera vez (F.). Y un oponente dispuesto a enfrentar el fraude (T.). Son los tiempos de la Marcha de los Cuatro Suyos; es decir, 26, 27 y 28 de julio de 2000. Ambos se conocen en ese tiempo de decisiones. Ella participa. Él se niega a hacerlo. «La causa es digna, pero no soporto a la multitud —respondió Agustín—. Además, trato, en lo posible, de no ser arrastrado por la realidad» (p. 15).  Esta es una pista muy relevante para entender el conflicto de Agustín y la nouvelle. La posterior mención del poemario Ariel de Sylvia Plath es la tercera clave. El libro póstumo de esta poeta estadounidense se suele considerar como una preparación para la muerte en general y el suicidio en particular.

Al igual que Micaela, Marlon trata de rescatar a su amigo Agustín de su ensimismamiento. Evita hablar de su madre para que este no se perturbe, y constantemente le desvía el tema para evitar sus obsesiones y recuerdos perniciosos. No obstante, esto resulta imposible, ya que la danza es un tema frecuente en la existencia del protagonista y esta disciplina artística es una extensión de su madre, quien también se dedicó al ballet. Perú y Alemania son otros dos polos que brindan dinamismo narrativo a la historia. La perfección y seguridad de la nación europea se contrapone al caos, incertidumbre y falta de oportunidades que destila el país sudamericano. La madre huye-desaparece en Alemania, mas se presume que pueda estar en el Perú. Y apenas tiene edad para seguir sus pasos en esa patria inestable, Agustín viaja al Perú para solo exacerbar su conflicto.

La danza del narciso es una narración muy rica en significaciones y claves, pero quizá sea pertinente detenerse en la concepción del narciso. Hacia la cuarta parte, hay una mención a la flor del narciso: «si quieres verme, tendrás que buscarme en los camerinos con un ramo de narcisos» (p. 26). Desde el título, hay una ambigüedad que se va decantando a medida que transcurre la historia. Narciso en cuanto la flor del narciso (planta que se cultiva en los jardines por la belleza de sus flores), y por el hombre que cuida demasiado de su arreglo personal o se precia de atractivo como enamorado de sí mismo (en alusión a Narciso, el personaje mitológico), que caracteriza tanto a Agustín como a Marlon. No hay que ser un experto en el alma humana para saber que narcisista es toda persona (mujer u hombre) que cuida en exceso de su aspecto físico o que tiene un alto concepto de sí misma. Y que el narcisismo es la excesiva complacencia en la consideración de las propias facultades u obras. En este sentido, Colchado juega con las acepciones hasta que en cierto momento se llega a una explanación que redondea y explica el origen de Agustín: la Fiesta del Narciso. De acuerdo con el bailarín, sus padres se conocieron rumbo a Múnich tras celebrar el florido festival en la ciudad austriaca de Bad Aussee.

Soy consciente de que estoy eludiendo toda la riqueza que la autora despliega en torno a los ensayos para el estreno de El lago de los cisnes. Las claves que deja cuando menciona a Kafka, a Mishima, a Nijinsky, a Gautier… o ese dibujo de ella (o de Agustín) en el que aparece una cabeza repleta de grillos que representan voces y que se puede apreciar en la página 98. Este ese es otro plano de esta nueva edición. La bella propuesta gráfica que ha realizado Hipatia Ediciones nos muestra hermosos dibujos de la autora que potencian su intensa prosa.

Fluida, lírica y finamente ambigua, La danza del narciso de Patricia Colchado hurga al canto de lo ilusorio, en las proximidades de una realidad en crisis que puede ser enfrentada desde un compromiso político o a partir de una aparente evasión artística. La autora de esta novela corta plantea una historia que, si bien pudo ser de amor, se desborda con naturalidad hacia la pasión, donde detona la relatividad de encuentros fortuitos entre objetos del deseo, para celebrar el movimiento, la belleza y la expresión del silencio como la máxima representación estética. Agustín, como flor y personaje mitológico, vive el drama de lo bello, la paranoia de la perfección y el fantasma de su reflejo; y Micaela, como posible existencia, es la prolongación de la desaparecida madre de aquel. Diseñados en un vaivén de pasos, brincos y piruetas, al ritmo de los ensayos para la puesta en escena de El lago de los cisnes, los personajes se van recargando también del maquillaje metaficcional. Incluso Dunkel, la mascota felina de Agustín, cada vez más oscuro, es la clave del desenlace de una narración que destella elementos fantásticos para recordarnos que los narcisos florecen, también, en la sombra.

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