Tres cuentos de Margarita Saona en «La ciudad en que no estás»

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Crédito de foto de la autora: Cocodrilo Ediciones.
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La escritora Margarita Saona acaba de presentar La ciudad en que no estás. Cuentos reunidos (Cocodrilo Ediciones, 2021), libro que nos presenta un conjunto de relatos publicados anteriormente y otros inéditos. Gracias a la autora y a Cocodrilo Ediciones presentamos tres cuentos, dos de ellos breves.

Nota: la presentación del libro se realizó el 29 de abril de 2021. Para adquirir el texto, pueden contactarse aquí con Cocodrilo Ediciones.

 

Por Margarita Saona*

Ángeles caídos

Para María Luisa Ugarte. In Memoriam Luis Angel Ugarte.

¿Quién está contando esta historia? ¿Quién?, te preguntas. O, más bien, te preguntarías si pudieras, porque hace tiempo que eres incapaz de articular una pregunta con tanta nitidez. Te acercas a tus nietas o a tu hija y te quedas balbuceando, y solo la rabia, la rabia de trabarte al intentar poner una palabra detrás de la otra y preguntar la hora o el menú de la comida o quién tiene el periódico, solo la rabia llega, no las palabras, y aprietas los puños y te das media vuelta, gruñendo, balbuceando tu frustración, la misma que ves en sus rostros, y entonces la buscas, te sientas a su lado en el jardín, con su mano entre las tuyas, y no necesitas hablar, porque ella hace tiempo que dejó de hablarte, y te sientas a su lado, su pelo tan blanco y tan suave, esos ojos grises que alguna vez te miraron con amor, su mano entre las tuyas, y todo está bien. Ángela. Pero ahora no puedes encontrarla, como si fuera un mal sueño, como si fuera un sueño más malo que el sueño diario de levantarte y ducharte y hacer como que lees el periódico, aunque hace tanto que no lo entiendes. Solo que hoy es peor, porque Ángela no está en su cama ni en el jardín, y no comprendes qué está pasando ni quién mierda está contando esta historia. Y piensas, si es que piensas, que debe estar molesta contigo otra vez, y te preguntas, si es que puedes preguntarte, qué es lo que has hecho ahora, todas las culpas arremolinándose ante la cólera sorda de tu Ángela que alguna vez te amó y ahora te odia minuciosa- mente, tanto te odia, que se ha ido despegando del mundo de a pocos, y no oye, y no mira, pero deja que te acerques y le des la comida en la boca y le pases los dedos por el pelo tan blanco y tan suave… Y te preguntas, si todavía puedes articular una pregunta en tu mente, si eso es la paz, si ahora que ha pasado ese constante quejarse del color del cielo, de los muebles mal limpiados por las empleadas, de la carestía de la vida, del ruido que hacen los niños de la vecina, te preguntas si esa mirada perdida de ahora que ya no hay quejas, es la paz. Sin embargo, si puedes preguntártelo honestamente, también sabrás que no, que tal vez es una forma de la muerte. Pero no la muerte. Porque está a tu lado y puedes tener su mano entre las tuyas y darle de comer y pasar tus dedos por su pelo tan blanco y tan suave. Aunque ahora, en este instante, no está y no sabes quién cuenta esta historia y no puedes preguntar dónde está tu Ángela.

Tus hijos, tus hermanos, todos piensan que ella no te puede perdonar aquella historia, lo de esa mujer que han convertido en innombrable, innombrables ella y la historia, pero no es así. Tu culpa es aún más antigua. No, no fue una infidelidad, ni muchas, ni la dedicación a tu trabajo, ni todas las cosas con las que han especulado durante años. No, nada de eso y, aunque ya no seas capaz de articularlo, tú lo sabes. Fue otra cosa. Fue haberla sacado de su patria, haberla traído a lo que nunca dejó de ser para ella «este país de in- dios», sin amigas, sin familia, a este lugar que nunca comprendió, ni aún después de haber parido cinco hijos en él. No podía entender que a tu hermana el apellido vasco no le impidiera decir groserías en una lengua de salvajes, no podía entender que tú pensaras que la india que trabajaba en la cocina tuviera derecho a comer los mismos alimentos que ella, no podía adaptarse a la altitud de las montañas ni a la humedad del mar y, aunque nunca lo dijera, no podía aceptar que sus hijos, en el fondo, le resultaran extranjeros. Y tú veías a tu dulce Ángela amargarse y envejecer, y quejarse día tras día de los detalles más pequeños sin atreverse nunca a gritarte a la cara que la sacaste de su tierra y la trajiste a este lugar incomprensible. Vale un Perú, había escuchado decir ella, como si valiera algo. Ella no podía imaginarse, tan jovencita, sin haber salido de un par de barrios de Madrid, lo que significaría ser extranjera en esta tierra. Pero tú, tú tendrías que haberlo imaginado. Ahora ya no se queja y su rostro ha recuperado la dulzura. No habla, aunque, a veces, con la voz quebrada, una voz delgada como un hilo, canta, qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas. Y sus ojos a veces se ven tristes, pero parecen en paz. Y ahora, ¿dónde está Ángela?, es lo que preguntarías si pudieras.

Te acercas a tu hija ensayando la pregunta en silencio, moviendo los labios, para poder pronunciarla cuando estés frente a ella, pero ella se te adelanta y te arregla la corbata y te dice, siéntate en la sala, papacito, ya va a empezar a venir la gente, y tú te quedas con la pregunta en los labios, ¿quién carajo está contando esta historia?, y ella te lleva hasta un sillón y te sienta y tú no protestas porque hace tiempo que te resignaste a recibir órdenes de tu hija, primero, que te prohibiera manejar, que ya no veías bien, que no controlabas el timón y te subías a las veredas, que era peligroso… ahora te ordena la vida hasta en los detalles más pequeños y tú te dejas porque no sabes qué harías sin ella… especialmente después del día que te perdiste. Esperando y esperando, sí, sí, te vamos a llevar a ver al tío Carlos por Navidad, sí, pasamos por ti más tarde, y tú esperando y esperando y nada, coño, por qué mierda tenías que depender de alguien que te llevara a ver a tu hermano el día de Navidad, así que saliste a la calle decidido a ir andando… y de pronto todas las calles se veían iguales y caminaste y caminaste y caminaste hasta que el sol de diciembre parecía perforarte la cabeza y las calles se hicieron más grandes, menos familiares, y el sol y el ruido de los autos, los micro- buses echando gases… ¡Don Luis!, te gritó la muchacha y te llevó hasta la vereda, ¡Don Luis qué está haciendo usted por acá! Y luego tu hija llorando y retándote como a un niño, que nunca, nunca más volvieras a salir solo, mientras te curaba las llagas que el sol te había dejado en la piel. ¿Y Ángela?

Leer el periódico, regar las plantas, sentarte al atardecer en el jardín de la mano de Angela. Y torta con helado en los cumpleaños. No quedaba nada más. Incluso tu libro te lo habían arrebatado, sí, sí, es que el ministerio quiere publicarlo este año, te habían dicho. Querían que dejaras de enmarañarlo más. Tú lo sabías. Lo habías estado corrigiendo tanto tiempo, y no sabes en qué punto las frases empezaron a sonar abstrusas y, por más que te empeñabas, no podías enderezarlas, darles coherencia, así que te lo quitaron e hicieron ese simulacro de edición. Pero qué chucha les importaba, a esas alturas. Además, ya tú nieta de nueve años te lo había dicho, ¿quién iba a leer ese libro? Un libro de salud pública en el Perú. ¿Quién? Claro, ella quería que dejaras de trabajar por un rato en el libro para jugar a los avioncitos de papel. Tenía razón… ¿qué tanto esforzarse si nadie iba a leer ese libro? Pero era tuyo, no tenían derecho a sacártelo así de las manos… Cuando Ángela ya no quería hablarte, tú tenías tu libro, tu escritorio y un horario de trabajo y…

¿Quién está contando esta historia?

Si creyeras en Dios, tal vez podrías pensar que es Dios el narrador de esta historia. Pero no crees. Una lástima que tu hija no te dejara exponerle tus argumentos en contra de la existencia de Dios a la pequeña. Estabas seguro de que te hubiera entendido… pero incluso si creyeras, si creyeras en Dios, tendría que ser un dios muy perverso para inventar semejante pesadilla, mal sueño en el que ni siquiera te es dado articular una frase, contar tu propia historia, y Ángela no está. Y no entiendes quién carajo está contando esta puta historia.

La mayor de tus nietas se sienta a tu lado y te acaricia con tristeza la mejilla y no dice como otras veces, ay, papacito, pinchas, así no dan ganas de besarte, vamos que te voy a afeitar, ni te agarra ni te lleva al baño ni te envuelve con toallas calientes y espumas ni te deja el rostro lisito y luego te agarra y te da besos a un lado y al otro para decirte, ves, así sí. No, ahora solo te hace un cariño tan triste… y está vestida de negro, una chica tan joven, pero las modas de las chicas tampoco las entiendes, así que… Y, sin embargo, no solo ella está vestida de negro. Llega gente y te saluda llorando, te abrazan, murmuran unas palabras y se apartan y todos, todos están vestidos de negro. Entonces reparas en el cajón, un cajón negro en medio de la sala. Te paras tambaleando, te acercas, un enorme temor te paraliza, un paso, otro, otro y te asomas y es tu propio rostro, el rostro tuyo, la íntima cara que te evoca ante ti mismo, aunque la muerte desdibuje ciertos rasgos, es tu rostro el que te enfrenta en el ataúd. Temblando, con los ojos llenos de lágrimas, te preguntas, te preguntarías si pu- dieras, quién es el conchasumadre que está escribiendo esta reputa historia. Tu hija se te acerca, te abraza, pero tú la apartas y la miras a los ojos y la pregunta sale impecable de tus labios:

—¿Me he muerto?
Ella te mira desconcertada, triste. —No, papacito, es mamá.

Miras y la ves. El rostro de Ángela desfigurado por la muerte toma forma entre tus lágrimas. La ves y lloras y entiendes que Dios sí existe porque solo un dios perverso e implacable podría estar escribiendo una historia como esta.

 

***

Tu recuerdo

No es mentira decir que te he olvidado, aunque tal vez sería más preciso decir que he escondido tu recuerdo, que lo metí en una cajita, lo subí al altillo, lo rodeé de patines sin ruedas y alfombras pasadas de moda. Ahí, como el genio de la lámpara, espera. Yo me cuido de acercarme mucho, de aguaitar, aunque sea de lejos, porque temo desatar su poder por la vaga promesa de cumplirme un deseo.

 

***

Castillo de palabras

Habitaba un castillo hecho de palabras. En ocasiones, algunas de ellas habían tenido un correlato con la realidad y por eso, de vez en cuando, abría una puerta esperando encontrar un paisaje, un camino. Pero las puertas apenas conducían al violento vértigo del abismo y entonces ella se apresuraba a construir con sus palabras una nueva recámara. Vivió así quinientos años, presa en su laberinto.

 

 

*Margarita Saona (Lima, 1965). Ph. D. por la Universidad de Columbia. Estudió Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Recibió un doctorado en Literatura Latinoamericana de Columbia University en la ciudad de Nueva York. Es profesora de Literatura y Estudios Culturales en el departamento de Estudios Hispánicos e Italianos en la Universidad de Illinois en Chicago. Entre sus intereses están la memoria, la perspectiva cognitiva, la empatía y la representación en la literatura y en las artes. Ha publicado numerosos artículos, dos libros de literatura y crítica, Novelas familiares: Figuraciones de la nación en la novela latinoamericana contemporánea (Rosario, 2004) y Memory Matters in Transitional Perú (Londres, 2014); este último se publicó en traducción como Los mecanismos de la memoria: recordar la violencia en el Perú (Lima, 2017). Entre su obra creativa se encuentran dos libros de ficción breve, Comehoras (Lima, 2008) y Objeto perdido (Lima, 2012), y un poemario, Corazón de hojalata/Tin Heart (Chicago, 2017), que fue publicado también en edición peruana en el 2018 como Corazón de Hojalata bajo el sello Intermezzo Tropical.
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