El «otro» descafeinado: «Óscar y las mujeres», de Santiago Roncagliolo

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Presentamos un análisis crítico de la más reciente novela del escritor peruano Santiago Roncagliolo. ¿Es Óscar y las mujeres un libro trivial e inserto dentro de la denominada literatura light? En este artículo de Marlon Aquino la respuesta con sus respectivos argumentos. 


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«Por eso utilizo ese motivo en mis libros, y lo mismo sucede
con el consumo: siempre queremos el producto libre de su parte tóxica:
queremos café pero sin cafeína, queremos cerveza sin alcohol,
queremos dulces sin azúcar, y en el plano de la intersubjetividad
 lo que realmente queremos es el «otro descafeinado»». 
Slavoj Žižek

Por Marlon Aquino Ramírez*


Mientras leía Óscar y las mujeres, la nueva novela de Santiago Roncagliolo, y tomaba notas para este comentario, me cuestionaba sobre la utilidad de lo que estaba haciendo. Y esto porque -lo  diré sin eufemismos- se trata de un libro trivial. A medida que recorría sus páginas padeciendo la frivolidad de su propuesta, me preguntaba: ¿para qué seguir? ¿Por qué, además, dedicarle tiempo escribiendo un comentario? ¿No era un automatismo eso de afanarse en leer y comentar una nueva publicación solo por la fama de su autor o autora? ¿No sería mejor invertir tiempo y esfuerzo en escritores con menor publicidad, pero mayor talento? ¿Por qué un comentarista de libros tiene que seguir el criterio periodístico de privilegiar la novedad sobre la calidad? Sin embargo, a pesar de estos cuestionamientos, me ha parecido que una crítica de este libro será útil si se le entiende como síntoma de un fenómeno (¿una enfermedad?) mayor.


Ninguna novela, en tanto hecho cultural, es independiente del contexto socioeconómico en que aparece. Puede criticarlo o ignorarlo, pero de ambas maneras estará tomando una posición. ¿Cuál es entonces la relación de Óscar y las mujeres con su contexto? Pienso que encarna desvergonzadamente, con inocente alegría, los tiempos que vivimos. Es, entonces, producto de la «civilización del espectáculo» que Mario Vargas Llosa analiza en su último ensayo.


De Roncagliolo se ha dicho que es «Un autor de escritura ágil y efectiva» (Lluís Satorras, Babelia, El País) o que posee «Un lenguaje poderoso y un estilo brillante y ágil» (The New York Times). La agilidad, la ligereza, la velocidad, lo fast, ocupa en esta época un lugar de privilegio en la jerarquía de valores. Si Proust, Balzac, Musil o Thomas Mann hubieran escrito sus monumentales y morosas obras en nuestro siglo, acaso hubiesen muerto inéditos («¡Tanto se demora en describir una casa!», «¿Por qué piensa tanto?»). Y no por la inexistencia de lectores que supieran apreciarlas, sino por la dificultad de alcanzar la publicación dado que las grandes editoriales (más ahora en tiempos de crisis económica) apuestan cada vez menos por aquello que no satisface el gusto de las mayorías. Y las mayorías han sido acostumbradas a demandar diversión, agilidad, entretenimiento («Siempre he picoteado los libros porque no puedo mantener la concentración por más de cuatro páginas, quizás así lo haga, como un libro para distraídos como yo», escribió el músico Pedro Suárez Vértiz sobre su primera publicación, próxima a lanzarse).


Roncagliolo sabe «lo que quiere la gente». En una reciente entrevista en el diario Gestión le preguntan ¿cuál es la mejor forma de vender un libro? Respuesta: «Detectar qué lectores pueden disfrutarlo y llevarlo hacia ellos». Pues bien, Óscar y las mujeres va dirigido a un amplio público interesado en la comedia y el melodrama, lo cual, a priori, no tendría nada de malo. No obstante, comedia y melodrama también tienen niveles de profundidad y, lamentablemente, esta novela se queda flotando en la superficie.


Roncagliolo alcanzó fama y éxito tras ganar el Premio Alfaguara 2006. ¿El formar parte de una editorial tan grande lo hizo «descafeinar» su pluma? No lo creo, pues ya desde Abril rojo (novela por la que obtuvo dicho premio), según mi punto de vista, trivializaba el tema de la guerra interna adaptando la estética del thriller norteamericano a la realidad peruana. Roncagliolo fue desde siempre un autor «globalizado». La globalización entendida como fenómeno homogenizador que elimina incómodas particularidades nacionales. Y ya se sabe que estar globalizado, mostrar lo general en vez de lo particular, contribuye bastante al éxito en ventas. En este sentido, Óscar Colifatto podría ser entendido como un álter ego del propio Roncagliolo: «La malquerida, con un cuarenta y cinco por ciento del share y cuarenta puntos del rating en los días malos, lo había convertido en el joven guionista de moda, pero no sólo por la cantidad de gente que la veía, sino también porque triunfó intelectualmente. Críticos, académicos y ensayistas dedicaban sesudos estudios al fenómeno cultural masivo de esa telenovela, y Óscar asistía a conversatorios culturales tanto como a galas del espectáculo» (pág. 65). 




DE ESTEREOTIPOS Y TELENOVELAS


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¿Pero Óscar y las mujeres no es más bien una sátira de las telenovelas? Pienso que no. Basta compararla, por ejemplo, con otro libro semejante, La tía Julia y el escribidor. Se podría pensar que ambas son críticas a la truculencia en el amor y en la ficción: así, mientras el narrador implícito de Vargas Llosa se estaría burlando de los estereotipos y la artificialidad de los radioteatros de Pedro Ca
macho, el guionista de la novela de Roncagliolo se estaría burlando de los estereotipos y la artificialidad de las telenovelas que él mismo escribe. Sin embargo, solo lo correspondiente a la primera novela es cierto, pues en el caso de Óscar y las mujeres toda ella es estereotipo y artificialidad. De ahí que no exista mayor diferencia entre los guiones de Óscar y la novela misma: en ambas las situaciones son inverosímiles y en ambas se apela a un sentimentalismo de cartón. Resultado: Óscar es tan plano como los personajes que crea para la televisión. Es decir él está tan descafeinado (libre de contradicciones problemáticas) como sus creaciones. De alguna manera, como en el cuento de Borges, el creador de simulacros no sabe que él es también un simulacro. No sabe que es como la ciudad donde vive y a la cual detesta: «Y el art decó de Miami era para él como una parodia de una parodia» (pág. 203).


 «- Cayetana es fea -explicó-. Por tanto, es mala. Es una ley, Fabiola. No puedes estar por encima de la ley» (pág. 153). Óscar Colifatto conoce bien los estereotipos de las telenovelas, pero parece no percibir que él arrastra también esos estereotipos a su vida cotidiana. Y es por ello que no puede, por ejemplo, asumir una homosexualidad reprimida. Esta hipótesis demandaría un mayor desarrollo, pero aquí van como muestra estos fragmentos: «Y aunque era más o menos homófobo, tampoco le repugnó que lo besase un hombre. Por el contrario, una cálida paz recorrió su piel, propinándole una dosis de dicha sin igual» (pág. 261). «En realidad, Óscar necesitaba a las mujeres. Al menos necesitaba a una. Quizás a dos. E incluso a un hombre» (pág. 283). «Era lo más cercano a una rubia de Hollywood que Óscar se había sentido jamás» (pág. 299). Pero la homosexualidad no encaja en la visión simplista de Óscar; imposible, por ello, su tratamiento.


Esta visión estereotipada está también en el narrador quien dice cosas tan inverosímiles como: «Hasta ese momento de su vida, Óscar jamás había visto una puesta de sol. Tenía la vaga idea de que el sol se apagaba con un interruptor» (pág. 165). Ingenuidad que se puede entender en un niño, pero no en un adulto. En todo caso, se podría afirmar que el guionista de telenovelas más que padecer alguna deficiencia mental, es víctima de otro extravío de la época: el infantilismo, el deseo de ser eternamente un niño sin responsabilidades, alguien que solo quiere reír, hacer reír y no «hacerse paltas» por nada. Por ejemplo, Óscar ha abandonado a su hijo y ninguna culpa pesa sobre su conciencia. Se reencuentra con él después de años y es como si nada hubiera pasado. Como si solo hubiese sido un episodio cualquiera en su vida, una de esas cosas desagradables que las mentalidades infantilizadas no quieren mirar. «Durante su insomne noche anterior había fantaseado con que el niño fuese chino o apache, y todo parentesco quedase descartado nada más verlo» (pág. 171). Las inverosimilitudes, por cierto, abundan cuando se refiere a su hijo: «[…] la puerta del edificio frente a ellos comenzó a escupir niños. Óscar era incapaz de distinguir a uno de cinco años de uno de quince […]» (pág. 300).


Al final del libro, Óscar se queda con la buena de la historia y se reconcilia con su hijo. Y no hay por qué sorprenderse por el happy ending. Un final trágico, digamos, sería muy peligroso, como lo había dicho una de las actrices de la telenovela que está escribiendo: «[…] y empezó a temer lo peor; un final sorprendente, nunca antes visto: que la mala se quedase con el hombre. Para evitar ese cataclismo narrativo, el naufragio de cualquier telenovela responsable…» (pág. 167).


Aludí al inicio al ensayo La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa. Quisiera terminar este comentario con una cita de dicho libro, la cual resume mi postura (obviamente abierta a debate) acerca de la llamada literatura light a la que pertenece esta y acaso todas las novelas de Santiago Roncagliolo:


«No es por eso extraño que la literatura más representativa de nuestra época sea la literatura light, leve, ligera, fácil, una literatura que sin el menor rubor se propone ante todo y sobre todo (y casi exclusivamente) divertir. Atención, no condeno ni mucho menos a los autores de esa literatura entretenida pues hay, entre ellos, pese a la levedad de sus textos, verdaderos talentos. […] Si en nuestra época es raro que se emprendan aventuras literarias tan osadas como las de Joyce, Virginia Woolf, Rilke o Borges no es solamente en razón de los escritores; lo es también, porque la cultura en la que vivimos no propicia, más bien desalienta, esos esfuerzos denodados que culminan en obras que exigen del lector una concentración intelectual casi tan intensa como la que las hizo posibles. Los lectores de hoy quieren libros fáciles, que los entretengan, y esa demanda ejerce una presión que se vuelve poderoso incentivo para los creadores». (Alfaguara, 2012, pág. 36).






*Marlon Aquino Ramírez estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 2008 publicó una colección de seis cuentos infantiles (Ediciones El Nocedal). Ha escrito reseñas para  la revista virtual de literatura El Hablador y el portal web Porta 9. En 2011 publicó su primera novela Las tristezas fugitivas, que puede ser adquirida en librerías y en Amazon.



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