Yukio Mishima: «Cuando comienzo a escribir tengo la impresión de estar en el vacío»

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    El 25 de noviembre de 1970, Mishima se suicidó.
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    Los escritores japoneses Yukio Mishima y Yasunari Kawabata intercambiaron correspondencia entre las décadas de 1940 y 1970. En el siguiente artículo compartimos las confesiones de Mishima sobre su relación con la escritura. El oficio de un escritor está más próximo a la desazón que al éxito, se deduce al leer este testimonio.

    Por Yukio Mishima*

    Con la guerra, que no hace más que intensificarse, el escritorio sobre el que escribo me parece día tras día más estrecho: tengo lugar justo para poner una pequeña resma de papel. Y al apoyar los codos sobre la mesa, no tomo la pluma de la manera como querría. Trabajar como un perdido en medio de tales circunstancias, ¿es ser fiel al dios de las letras? Lo ignoro. Simplemente me siento transportado por la convicción casi desesperada de ser fiel a algo. A decir verdad, sin embargo, no hay ninguna razón para que de un trabajo tan insensato germine una gran literatura nacional. Ninguna razón para que de todo esto nazca un nuevo lenguaje, un nuevo estilo, o una nueva literatura en general. A menudo me pregunto qué quiere decir «hacer verdaderamente algo nuevo» en el dominio de las letras. No es solamente «marcar la literatura con un sello candente del espíritu de su época»: sin duda, ese término debe de poder significar «cantar con la calma impávida de un idiota los instantes absurdos y vertiginoso que componen las páginas de «nuestro tiempo»».

    ***

    Ignorante yo mismo de con qué coincide este estado horroroso en que me encuentro encerrado, todo lo que puedo decir es que me muevo con la indiferencia de una marioneta manipulada por los dioses, acariciando un deseo, tanto banal como convencional: el de escribir un relato como nadie lo haya hecho, un relato del que se pudiera decir, si llegara a circular; ¡qué bello es! –y en este deseo estúpido estoy empecinado. ¿Cómo definirlo? ¿Se trata de un triste subterfugio, parecido al que impulsa a inventar un edulcorante cuando la verdadera azúcar falta? Pero apoyándome en la convicción egoísta y fanática de ser fiel a cualquier cosa, me pregunto, en el fondo, a qué soy fiel. Nunca tanto como yo se le ha reprochado a la literatura “sin ilusiones”, y nunca el peligro de ilusionarse con esta “falta de ilusión” ha sido tan grande.

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    En literatura, igualmente, ¿no se podría admitir que existen límites en la vida y en la experiencia, límites que no se franquean y que escapan al dominio de la “experiencia literaria” (en el sentido en que la entiende Rilke)? ¿Y no llegará un momento en que me veré enfrentado a la dolorosa decisión de realizar, fuera del campo de la literatura, mi visión fatalista de la literatura?

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    La primera vez que le hice una visita, le dije que solo podía trabajar avanzada la noche, en total silencio, pero no sería capaz de escribir en un ámbito totalmente aislado del mundo. Me doy cuenta ahora, hasta qué punto esta observación es cierta en lo que me concierne. Cuando comienzo a escribir, estoy preso de angustia, tengo la impresión de estar en el vacío, de no tener ningún apoyo. ¿Es la “soledad del sol que se entrega” de la que habla Nietzsche? La felicidad de “recibir” me parece fuera de mi alcance. Y hasta del aislamiento solo se puede disfrutar un breve instante. Cautivo de esta soledad cargada de angustia, no puedo quedarme tranquilo. Espero que venga un amigo. Pero el amigo no viene. Desde lo más profundo, maldigo a mis brazos hechos para abrazar. Querría deshacerme de mis manos. Abolir el acto de tocar.

      

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    ¡Qué conmovedores, dolorosos, a veces inclusive agresivos, son los esfuerzos que debe hacer el escritor para hablarle de esta fe [la que anima a sus personajes] a su lector! ¡Y cuántos escritores, quebrándose la voz en su trabajo, han terminado abandonando “la obra” […]. Al mismo tiempo, ¡qué triste debe de parecerle su “vida” en el momento en que termina la “pieza” que es su obra, puesto que nunca será invitado a formar parte de ella! Muchos escritores, huyendo con cobardía de esta tristeza de la soledad y ansiosos por ser invitados a participar de la “escena” de su obra, no pueden renunciar a sus patéticos intentos de asegurarse en ella al menos un pequeño papel. Alguna vez me he preguntado con temor si no sería yo también esclavo de esa quimera.

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    […] “Tu insignificante obra literaria, tan ínfima como la lágrima de una hormiga, y el título sonoro e inmerecido que te valió de joven novelista prometedor (pero muy lejos de poder aspirar a un prestigio internacional), ¡no te habrán mareado, y no será esta debilidad la que te impide estudiar?” Pregunta temible, a la que respondo por la negativa. Por supuesto, en parte al menos es sin duda culpa del demonio. Tiene que haber algo de eso. ¿Pero en qué proporción? Por otro lado, si tuviera realmente un demonio dentro de mí, nada me impediría enviar a paseo mis estudios y mi familia, y zambullirme sin más en la bohemia de la vida literaria.

    Tengo una alta opinión de mí, es cierto. Es temible estar infatuado de ese modo con uno mismo, al punto de tomar por méritos personales la ayuda que me dan mis maestros y mis amigos; nada me desalienta más que percibir en mí esta suficiencia (que no es autoconfianza). Por más siesta que duerma, no puedo remediar ese defecto.

    ***

    En estos últimos tiempos me volví perezoso, para vergüenza mía, y solo escribo apresuradamente las cosas que había dejado abandonadas hasta el último minuto, pero me gustaría […] emprender un trabajo de más largo aliento. Ya tengo un título provisorio: Confesiones de una máscara, y querría, ya que es mi primera novela autobiográfica, disecarme a mí mismo, con la doble resolución de la que habla Baudelaire: ser “tanto la víctima como el verdugo”; también querría torcerle el cuello a aquello en lo que mis lectores saben bien que he creído: el dios de la Belleza, para ver si sería capaz de volver a la vida. Se tratará de un análisis sin reservas, que voy a emprender con gran determinación, sabiendo que, sin duda, habrá quien rechace leer una sola página mía después de leer esta novela; en contraste, el que me diga que es “bella”, me habrá comprendido de la manera más profunda. Pero dada la estrechez del ambiente literario en el Japón de la posguerra, es posible que todo mi trabajo quede, una vez más sin ser entendido.

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    Habiendo dicho lo que dije sobre la homosexualidad masculina, no agregaré más, y de ahora en más tengo la intención de escribir novelas sanas, pero es aquí donde empieza la verdadera aventura, la del malabarista. Quizá sea necesario que contrate algún seguro de vida.

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    La novela La casa de Kyoko que me llevó más de un año escribir, está considerada por la crítica como un resonante fracaso, y me siento totalmente defraudado. El valor de un trabajo no se mide, evidentemente, por el esfuerzo que se pone en hacerlo, peri cuando éste ha sido grande, ilusión también lo es, lo que me hace pensar que, sin duda, es preferible no hacer demasiados esfuerzos. Para el folletín destinado a  (la editorial) Chuo Koro me dije,  pues, que era necesario ir «con toda dulzura», pero desde que comencé a escribirlo siento que, en realidad, las cosas no suceden necesariamente así.

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    Últimamente, a menudo visitan mi casa desequilibrados, el último, hasta ahora, vino a interrumpirme por la mañana temprano después de haber roto el cristal de una ventana. En una época en que los casos de neurosis aumentan de manera espectacular, me parece que la energía de los locos sobrepasa de lejos a la de la gente de letras. Y pienso que, para no ser menos que el resto, es necesario que me vuelva, al menos, tan loco como ellos.

    *Tomado del libro Yasunari Kawabata y Yukio Mishima: Correspondencia 1945-1970. Trad. Liliana Ponce. Emecé Editores, 2003.


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