Una muestra sobre el mundo cotidiano de Juan Carlos Onetti

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Imaginémoslo escribiendo, leyendo, fumando y conversando en su cama. Era un lecho para hacer múltiples cosas. Así vivió Juan Carlos Onetti sus años en Madrid, donde actualmente en Casa América se presenta una exposición de objetos que incluye aquella mítica cama donde falleció en 1994. “Ni Juan ni yo pensamos que esto le importaría alguna vez a alguien”, cuenta su viuda, Dolly Muhr, sobre esta muestra que presenta el mundo cotidiano de Onetti. Bienvenidos todos.

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La legendaria cama donde escribía y pasaba casi todo el día Onetti. (Foto: Alberto Rincón Effio)

 

Por Alberto Rincón Effio
Desde Madrid

Cuenta la anécdota –una de las tantas que rodean la figura de Juan Carlos Onetti– que cuando el escritor uruguayo recibió el Premio Cervantes en 1980, en pleno acto solemne en la Universidad de Alcalá, se acercó al rey Juan Carlos I y le preguntó si tenía fuego. Los homenajes, las entrevistas, las menciones y la ensordecedora parafernalia de los últimos días lo habían puesto más ansioso y le habían dado ganas de fumar. El rey respondió (obviamente) que no tenía. Y Onetti, que no se había enterado ni le importaba demasiado el protocolo del premio más importante de la lengua castellana, se dio media vuelta y salió del lugar a buscar fuego en otra parte.

Lo más probable es que Juan Carlos Onetti haya muerto sin haber conocido sobre su legado a la literatura universal. O Sin saber bien cuánto de su trabajo sería hoy catalogado como obra maestra. O Sin recibir los enormes beneficios económicos que significan su firma y sello y que le hubiesen salvado de muchas de las tantas penurias alimenticias que pasó en vida. O sin tener idea quiénes y dónde lo compran, qué nuevos textos lo analizan, lo citan y coleccionan, o a cuántos noveles escritores inspira cada tanto a volcarse irremediablemente a la literatura. Lo que sí tenemos claro es que Onetti murió sin imaginarse el porqué sus anteojos, libretas, borradores, discos grabados con su voz, fotografías familiares y cartas personales ingresaría al Museo del escritor de Casa de América en Madrid y serían montados y distribuidos minuciosamente como réplica–cama, lámpara, velador, cuadros, mesas de centro, aparadores, retratos– de su casa en el piso del n°31 de la Avenida de América de la misma ciudad.

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Onetti en su habitación de Madrid, ciudad donde murió en 1994. (Foto: Alberto Rincón Effio)

Reencuentro con Onetti: Veinte años después es el nombre de la exposición que se inauguró este 25 de setiembre en el auditorio Frida Kahlo (Casa de América), lugar que fue abarrotado de familiares, amigos, turistas, estudiantes, fotógrafos, periodistas, curiosos y compatriotas uruguayos que fueron a reencontrarse y reconocerse en el homenaje a quien fue uno de sus más célebres compatriotas en Madrid, a donde llegó por un infortunio –luego de tres meses prisionero en un centro psiquiátrico a causa de una injusticia intimidatoria maquinada por la dictadura de Bordaberry en 1974– pero que sabría sobrellevar con mucho esfuerzo. Y es que a Madrid llegó un Onetti resignado y casi en bancarrota, sin ánimos intelectuales, académicos y con mucho menos optimismo por la literatura que nunca. Sin embargo, en esta ciudad escribiría nuevos libros, retomaría su destino literario y viviría a plenitud sus últimos veinte años con los merecidos reconocimientos que llegaron pronto: el Cervantes (1980) y el Premio Nacional de Literatura de Uruguay (1985).

Dorothea Muhr –o Dolly, como todos la conocen– viuda y cuarta esposa de Onetti, pero principalmente compañera fiel del escritor durante este último periodo de su vida, fue desde siempre su mano derecha, su secretaria y única asistente, al punto de tener el encargo de tipear en limpio todos los textos que producía Onetti, incluso, con la salvedad de rehacer o mejorar lo que creyera necesario, lo cual, cuenta Dolly que nunca hizo. Hoy, convertida en la voz autorizada sobre la biografía de Onetti, inaugura la muestra en Casa de América sacando a la luz su impecable memoria mientras cuenta anécdotas, pasajes memorables, dolorosos y recuerdos íntimos del escritor, o incluso secretos de cama, en la misma que el escritor parecía siempre exiliado pero que Dolly señala como su lugar favorito para leer y escribir. A este lugar (su cama) venían a visitarlo fotógrafos y amigos, la mayoría de veces, a regañadientes porque querrían de Onetti, poses ceremoniosas, de ‘intelectual’, y no la de un hombre sencillo, hogareño y despistado del mundo exterior, pero siempre acucioso y preciso para la prosa que es lo único que vale para un escritor.

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Ceniceros, vasos, un disco de Gardel y las gafas de Onetti reunidos en esta muestra. (Foto: Alberto Rincón Effio)

“El perro no vuelve a su vómito”, decía Onetti en referencia a su obra que, según cuenta Dolly, nunca se preocupó en coleccionar, legar o guardar en algún lugar privilegiado de su biblioteca. Y es que parecía no importarle mucho sus libros después de publicados e incluso, también cuenta ella, que nunca volvía a sus borradores una vez que se los entregaba para pasarlos en limpio; apenas se conocen objetos personales de Onetti antes de su matrimonio con Dolly, con quien compartió los últimos años de su vida desde 1975 hasta su muerte, el 30 de mayo en 1994. “Ni Juan ni yo pensamos que esto le importaría alguna vez a alguien”, cuenta ella, y nos comenta la vez que Onetti tuvo que viajar con un nuevo pasaporte y cayeron en la cuenta de que nunca se había tomado una foto carné. Entonces Dolly tuvo que convencerlo y con la cámara de fotos disparar muchísimas veces para que un Onetti incómodo, distraído y apurado mire fijamente al lente y deje una memorable serie de fotografías caseras con el nombre de “Ensayo para un pasaporte”.

Cuenta Dolly que el libro favorito de Onetti fue Los Adioses (1954), que prefería escribir siempre a mano y que el último deseo que le escuchó fue releer a Proust. Esto último, que podría sonar muy común en un hombre que dedicó su vida a escribir, parece más bien, cobrar un sentido irreductible si pensamos que lo hace un moribundo con la finalidad de gozar por última vez de algo que siempre amó. Y lo hizo, pero como decía Onetti de Mario Vargas Llosa, que este último cumplía con la literatura como se cumple con el yugo matrimonial: fielmente, a tiempo completo y sin reposo, mientras que él, lo hacía como los amantes: en cualquier momento y lugar. Para Onetti, “una persona que no puede estar bien solo consigo mismo, no vale” y es justamente un buen retrato de lo que encerró el novelista uruguayo detrás de esa imagen pausada, cansina y ensimismada que siempre sacó a la luz, esa inmejorable manera como aprendió a estar solo: escribiendo. Y como solo él supo hacerlo para la posteridad. Esa posteridad que podemos gozar ahora mismo y que merece la pena visitar ni bien se pisa Madrid.

 

 

 

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