Una lectura de «Oro muerto », de Julia Wong

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(Foto de la autora por Carlos Chong)
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Compartimos el siguiente comentario del poemario “Oro muerto”, de la poeta y narradora peruana Julia Wong.

 

Por Jesús Martínez Mogrovejo

Ni bien terminé de leer el primer poema que ya sentí en esta nueva entrega de Julia Wong un perfume moreano. César Moro, ese otro Oro Muerto, se me apareció transfigurado. Dos poemas más tarde, como quien dijera, dos horas, dos días o dos años más tarde, me topé con el sabor este que ya intuía: la Carta a Moro. Luego de leer todo el libro, me pareció obvia la hermandad de estas voces y de sus poéticas. Pienso en este verso del afrancesado, de su libro La Tortuga Ecuestre:

“Apareces

La vida es cierta

El olor de la lluvia es cierto

La lluvia te hace nacer

Y golpear a mi puerta…”

(César Moro)

 

En las páginas de Oro Muerto, la lluvia también es un paisaje de fondo constante, pero como en Moro, solo es el contexto en el que se sitúa un fenómeno más poderoso, o más bien el fenómeno más poderoso, el del amor…

Desde el primer poema que se titula “Almácigo azul” se instala el amor, o por lo menos la idea del amor, de cierto amor, como un andamio encubierto, como una estructura invisible.

(P.3) “Eran tus parientes… NO PRONUNCIARON LA PALABRA AMOR”

Un amor que mientras más se niega, más aparece. Un amor atávico que viene con los primeros parientes. Ahora bien, Oro Muerto no nos habla del amor en código romántico, ni tampoco como ese horizonte idealizado en que los seres se complementan o se elevan. Al contrario, es el amor un sentimiento prácticamente vacuo e inservible alrededor del cual es casi imposible construir, pero del cual paradójicamente, es también imposible escapar. Es casi, disculpen la referencia, el amor después del amor, como dice la canción de Fito Páez, o quizás más bien lo que queda después del amor. A ese amor que no se pronuncia en la página 4, se añaden muchas otras menciones, en la página 7 el amor no es amor o es desamoroso, en la página 10 se nos dice que “cada sarcófago sabe adivinar quién fue amado, pero sobre todo quién no”. Cinco páginas después, esta misma voz “intuye que sería degollada si pronunciaba el amor como victoria”, porque como lo dice en la página siguiente “el amor es difícil” o “estúpido” o incluso como leemos en la página 32 es una “carretera vacía”.

Pero, por más sinuosa que sea esta ruta, Oro Muerto es una batalla por no capitular en medio de una dualidad tormentosa que se impone desde el título; esa idea de lo refulgente y valioso e imperecedero que puede ser el oro y que, sin embargo, se nos anuncia como muerto. Hay una tensión iconoclasta que recorre todos los poemas y que mantiene al texto en vilo y al lector atento frente a esa voz poética que vacila entre muy fuerte y muy frágil. Parafraseando a Moro es un libro en que se enfrentan la belleza y todos sus contrarios, donde, como dice el poema “Botoxdiplomatique” (p. 5), luchan “batallones de héroes, todos propensos a morir jóvenes y sin condecoraciones”.

Decía que hay una voluntad iconoclasta en Oro Muerto que tiene como objetivo acabar con la sacralidad poética. Las palabras se grafían al antojo de la narración, como es el caso del poema “Amor (b)iolento” (escrito con B) y se transforman, se subvierten versos tan sagrados como el que cierra el poema Masa de Vallejo: (p. 23)

“Y el hígado dijo:

  • Ay, como mi amor (b) iolento, ay siguió muriendo! “

O en esta otra extraordinaria composición al final del poema “Sin electricidad/no electricity” en que la misma narradora se sorprende de esa “imagen tan tenebrosa como única” que cierra el texto.

(p.31) “Dispuesta a extraer…… hacen que el aire se renueve”.

Son imágenes que rebozan de sensorialidad y que engendran nuevos significados, como acabamos de leer, son mentiras tan luminosas que renuevan el aire. A partir de una poética surrealista, o quizás más bien dadaísta, Julia Wong construye una poesía que podríamos calificar de hereje, una poesía que reniega de lo sagrado, que no tiene temor de nombrar y que no se resigna al corsé que le imponen las palabras. En la p. 33 leemos:

“APRA o Velasco / o lárgate chino de mierda! / o venceremos / No sé pedir perdón, no sé…“

Una poesía descreída de sí misma, pero sin embargo no de sus referentes. Decía yo al comienzo que el amor es la estructura invisible de este texto. El amor hacia los referentes poéticos de la autora también lo es, y contradice el carácter iconoclasta de las imágenes. Hay, por el contrario, una forma de iconodulia, casi como una veneración a una pléyade de autores que pululan y bullen en las hojas de Oro Muerto. Además de Moro, están los poetas Hinostroza o Ramiro Lomelí, los narradores Bolaño y Bellatin, compositores como Carl Orff, pintores como José Orozco y hasta incluso Carl Marx. Es el amor por el autor, por el creador, pero sobre todo, el culto de esta poesía hereje por otros herejes que así como la voz de Julia Wong entienden el lenguaje poético como una llave, como una clave que permite el descerraje de los misterios vitales cotidianos: del amor y del mañana y de la muerte. Oro Muerto establece con estos creadores diálogos intimistas, como en la Carta a Moro, donde la narradora insiste en especificar que no es una carta de amor, sino que en realidad es una pequeña nota entre amigos:

(p.7) “Escribo… no volver).

Es esa misma voz que con mucha familiaridad le ofrece a Roberto Bolaño “su coño dulce de mujer oriental”. No obstante, ese tono de cercanía máxima, de extrema intimidad, un lenguaje de amantes o de amigos también tiene su contrario en este libro. En muchos pasajes nos encontramos con una voz de asombro, de admiración y hasta casi de sumisión cuando se habla no del creador en sí mismo, sino del lenguaje creador. Así, en la página 4 el habla puede ser considerado un código suicida si no se manipula correctamente; en la página 7, el idioma trona en un pedestal o es un abecedario ácido que hay que respetar como esos “cientos de lenguas eternas” a las que hace referencia en la página 10 el poema Coiffeur. Hay, entonces, una forma de temor contenido frente al lenguaje creador que equilibra el tono intimista con que la voz poética se relaciona con los otros creadores. Sin embargo, ese equilibrio dual, esa tensión que recorre el libro y sujeta su estructura, está asentado en un curioso patchwork, en un doliente y doloroso mosaico: hay una geografía real y una geografía corporal dispersas, salpicadas a lo largo del texto. Los poemas pasan de Buenos Aires a Guadalajara, o de Alemania a los Andes sin mayor ilación; de la misma manera hay un complejo e ímprobo rompecabezas del cuerpo humano. Los órganos están desarticulados: los ojos apretados, los esófagos ácidos, las tráqueas asustadas, los corazones tiernos, los huesos frágiles se acumulan en una especia de enumeración infinita a lo largo de todo el libro. Es patente la manera en que la voz poética busca indagar en Oro Muerto aquello que hace un momento mencioné como “el amor después del amor” o más bien “lo que queda del amor”. El cuerpo es un instrumento de revelación de aquello que el creador, por más cercano que esté, de aquello que la palabra por más poderosa que sea, no consigue nombrar. Oro muerto es un viaje a través del cuerpo tullido, del cuerpo joven, del cuerpo maduro, esbelto, dolido y/o perfecto para encontrar la alquimia perdida u olvidada que hacía transformar cualquier piedra en oro y que preservará cualquier oro manteniéndolo paradójicamente muerto.

En la página 27, prácticamente en la mitad del libro, en el poema que curiosamente (o no) se llama “Riesgos” la voz poética nos anuncia categóricamente la razón misma de su escritura: “siento dolor por todo el cuerpo, nací así, por eso escribo”. El cuerpo se verbaliza, se corporaliza el verbo. Es la tensión, es la ira otra vez dual que sostiene y mantiene la arquitectura de este certero y hermoso libro. Oro Negro es un caldo en plena ebullición, un caldero de imágenes que se oponen y se contraponen y no se resuelven, porque justamente ahí radica su fuerza, en saber que la respuesta no existe o aún no ha llegado.

Cierro con estos versos del último poema del libro que funcionan como una “mise en abyme”, como una proyección del resto del libro. P.44

“No ha llegado el mensaje…. Antes de reventar”.

Oro Muerto es un libro legítimamente inscrito en una tradición poética peruana desde las vanguardias. Es un libro con múltiples lecturas que, no me cabe duda, va a brillar, va a relucir sin tener que morir.

 

 

 

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