“Un hombre flaco”: un retrato descarnado de Ribeyro

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Esta indagación biográfica sobre Ribeyro causará más de una polémica. (Foto: Alicia Benavides)
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El esperado perfil sobre Julio Ramón Ribeyro nos acerca a la leyenda de este escritor peruano que lo único que quiso hacer en la vida fue sobrevivir. Mientras se alista su llegada a librerías de Lima, compartimos aquí un comentario sobre Un hombre flaco, editado por el sello chileno Ediciones UDP.

 

Por Gabriel Ruiz Ortega*

Hace una semana terminé la lectura de Un hombre flaco (Ediciones UDP, 2014) del periodista peruano Daniel Titinger.

Se trata de una publicación que se deja leer con mucho placer y que nos brinda un retrato muy descarnado de uno de los mayores escritores latinoamericanos del siglo XX, Julio Ramón Ribeyro.

Como lector, me alegra que la figura de Ribeyro comience de a pocos, y a paso firme, a insertarse en el imaginario literario en castellano. Si hay un narrador que debe figurar entre las voces mayores de nuestra tradición literaria, esa voz es precisamente la de Ribeyro, que no solo llevó a una cima inalcanzable el registro del cuento, sino que fue un visionario en cuanto a las grandes posibilidades que nos brinda el registro del diario, en donde, a mi parecer, está el mejor Ribeyro.

Lo que se propone Titinger es acercarnos a la leyenda que tenemos del escritor. Para ello se vale de los testimonios de sus amigos cercanos, como también los de su viuda Alida y su hijo Julio Ramón. Viéndolo de lejos, como imagino que tienen que verse este tipo de perfiles, Titinger consigue documentar lo que se decía en voz baja de nuestro escritor, colocando sobre la mesa el chisme, el chisme que a fin de cuentas nos permite conocer a un hombre que lo único que quiso hacer en la vida fue sobrevivir y no necesariamente por medio de la escritura literaria.

uhombreflacoResenaGROEn estas páginas, somos partícipes de un hombre sumamente depresivo, que se dio tiempo y se alimentó de fuerzas para escribir los cuentos que escribió. Si a esta depresión le sumamos su carácter tímido, pues accedemos a una sensibilidad marcada por el desarraigo, desarraigo que bien radiografían, por ejemplo, Alfredo Bryce, Fernando Ampuero, Guillermo Niño de Guzmán, como también Alida de Ribeyro, a quien el autor del libro junto a Jorge Coaguila entrevistaron en París. Con ella se tuvo que luchar un poco más, pues se nota que la sudaron para taladrar esa muralla de estoicismo selectivo. Leer lo que dice la viuda también nos permite ingresar a una instancia de un Ribeyro íntimo, un Ribeyro que sufría de sí mismo y que solo pudo conocer la plenitud en sus últimos años.

Si tenemos que hablar del personaje real de la presente publicación, ese personaje es, sin duda, Alida. Leemos su testimonio y una mujer como esta no hace sino generar en el lector una avalancha de sentimientos encontrados. Llegamos a entender, más no justificar, la razón de su negativa a permitir lo que falta publicar de los diarios de su esposo. Alida, en sus silencios, en sus frases cortantes, dice mucho, como si en su respiro contenido no quisiera revelar una verdad incómoda. Por otro lado, mientras ella y su hijo más se esfuerzan en desestimar lo no publicado de los diarios de Ribeyro, refuerzan la leyenda con relación a los diarios no publicados. Pero tampoco podríamos obviar las últimas horas de vida de Ribeyro y lo que Alida le decía en su agonía, párrafos que nos ponen en otra dimensión a la mujer que también sufrió como su esposo y que tomó la saludable decisión de permitir que él haga su vida sin ella.

Aunque nos hubiese gustado que Titinger se arriesgue más como autor, en muchos párrafos se muestra como un actor demasiado pasivo, temeroso de opinar, lejano a polemizar, dedicado solo a consignar. Sin embargo, ello no atenta contra el alcance de Un hombre flaco, un perfil que traerá más de una encendida polémica, puesto que más de un testimonio no son más que camufladas bombas Molotov, que cumplen su objetivo: que hablemos de Ribeyro para luego ir a sus libros.

Como bien se dijo líneas arriba. La obra y figura de Ribeyro comienzan de a pocos a dejar esa parcela de autor secreto (no para Perú, obviamente), de escritor de minorías y lo que es peor, de escritor para escritores. Esta suerte de renacimiento no nace de la nada, sino de una apuesta editorial y literaria no sujeta a meros intereses comerciales. Si bien es cierto que la UDP de Chile edita por primera vez un libro sobre Ribeyro, no se trata de un autor ajeno para este sello. Recordemos que hace un par de años publicó/rescató La caza sutil, el célebre (y casi inubicable hasta entonces) libro de ensayos literarios de nuestro escritor, edición que contó con doce textos más. No me sorprende que editores/lectores de otros países valoren a nuestros escritores referenciales. Aquí poco o nada hacemos por difundirlos. Claro, esta situación tiene que cambiar, a lo mejor a la fuerza. Imagino que las cosas empezarán a cambiar cuando nuestros editores locales se preocupen más en leer en lugar de ser ases de la calculadora, tiburones de presupuestos, maestros de las relaciones públicas, buscadores de invitaciones feriales, carteristas solapas, amantes de la foto histórica.

 

 

 

*Gabriel Ruiz Ortega nació en Lima, en 1977. Es autor de la novela La cacería (2005) y hacedor de tres antologías de narrativa peruana última: Disidentes (2007), Disidentes 1. Antología de nuevas narradoras peruanas (2011) y Disidentes 2. Los nuevos narradores peruanos 2000 – 2010 (2012). Es librero de Selecta Librería  y administra el blog La Fortaleza de la Soledad.

 

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