Trece historias de amor… por la sangre

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Miguel Ángel Vallejo presenta Monstruos de ayer, hoy y uno de mañana (Altazor, 2014), un libro que se define como la primera obra peruana que reflexiona de manera integral sobre la figura y el rol del monstruo. El autor nos comparte aquí dos de los 13 relatos cuyos personajes son vampiros, zombis, extraterrestes y pishtacos. 

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Miguel Ángel Vallejo Sameshima (Lima, 1983) es un joven escritor y periodista cultural que acaba de publicar un libro de relatos en el que las reflexiones históricas se presentan teniendo como protagonistas a vampiros, zombis, extraterrestres o criaturas como los pishtacos. “Ah, es literatura fantástica”, suelen decir algunos con menosprecio a un género que tiene muchos seguidores, pero que la academia ve con recelo porque lo relaciona al cine, a las series de televisión, a lo banal. Sin embargo esto no necesariamente es así.

En Monstruos de ayer, hoy y uno de mañana se nos presentan 13 historias ambientadas en diferentes épocas y lugares del planeta. Así tenemos la revuelta de Túpac Amaru a fines del siglo XVIII, la fiebre del oro en California, el boom pesquero del Chimbote de la década del 70, y también la reacción judía dentro del holocausto.

La multiplicidad de voces es lo que caracteriza a cada una de estas historias, pues Vallejo Sameshima varía de registro y lo ajusta a la necesidad de cada relato. Por ejemplo, nos presenta la voz de un narrador andino en el boom pesquero de Chimbote o la manera de hablar de una adolescente limeña en el cuento La orden del tablero.

El libro estará disponible en la feria del libro de la Asociación Peruano Japonesa que se realizará del 2 al 7 de noviembre en el Centro Cultural Peruano Japonés (Jesús María) y se presentará oficialmente en la 35 Feria del Libro Ricardo Palma, que se realizará del 14 al 30 de noviembre próximos en el Centro Comercial Larcomar, de Miraflores.
Compartimos dos de estos sangrientos relatos:

 

1894

El incendio consumió la fábrica secreta de Manheim, arrasando consigo incluso el laboratorio experimental que yacía en su segundo sótano. Una vez controlado el problema, el presidente de la compañía, Karl Friedrich Benz, se dirigió a los demás directivos:

—En resumen, nuestros cálculos fueron un fracaso. Solo pudimos contener la inesperada revuelta de los operarios apelando al salvajismo, algo de lo que no estoy orgulloso. Sin embargo, los vehículos que alcanzamos a desarrollar fueron más rápidos, eficientes y económicos que los automóviles, y eso asegura mayores ganancias. Debemos retomar toda la investigación, empleando esta vez obreros humanos.

 

 

LA ORDEN DEL TABLERO

Apurada, hablando sola y revisando su teléfono, Luciana atraviesa el bulevar Sáenz Peña, sin fijarse en el camino y las extrañas siluetas que proyecta un grupo de perros callejeros bajo la pobre luz de los faroles. Los ruidos de automóviles y las risas destempladas de un grupo de adolescentes bebiendo se desvanecen ni bien dobla por el jirón Tacna, y se sobrecoge ante el repentino ataque de silencio, abrazando su cartera de cuero, como aferrándose a ella. Los rumores del viento y las olas, característicos de Barranco, también han desaparecido, mientras camina los pocos pasos que la separan del portón de madera gruesa con la aldaba metálica oxidada, la barrera que protege a la extraña casona estilo buque, de ventanas desiguales y balcones con barandas de cemento: la casa que va a contemplar cada noche hace tres semanas, desde que se mudó al vecindario. La construcción más vieja, comentan los vecinos que abandonada años atrás, sola frente al mar.

“¡Carajo, ya entraron!”, grita Luciana, quizá buscando comprobar que el sonido todavía existe. Coge la aldaba, acaricia su textura áspera hasta rasparse la palma de la mano, descubriendo la rudeza de la casona, y la deja caer pesadamente. No sabe si ha hecho ruido y envía un mensaje de texto a Carolina: “Weona abre pz”. Da saltitos pequeños frente al portón, frota sus pantis negras con los arbustos mustios de la entrada y juega a darle vueltas a su larguísimo collar de corales, hasta que este se entrelaza con su cabello y sus aretes. Mientras se libera, con algo de vergüenza, algo vibra en su mano: “Ya empezamos puerta abierta entra no +”, reza el mensaje de su amiga.

El picaporte gira y Luciana toma aire mientras se recuesta en el portón helado, que cede con facilidad. En la penumbra, apenas percibe las paredes manchadas por la humedad, pero no los colores ni las texturas. Avanza tanteando despacio para no tropezarse o romper algo, y solo encuentra un aire pesado, el olor a moho, a polvo. El piso de madera no cruje con sus pasos.

—¿Por qué no abrieron? Ociosas. Me llega esperarlas en la calle.

Carolina y Mireya, sentadas a cada extremo del tablero de oujia, apenas la saludan levantando las manos. Una linterna blanca difumina sus rostros tintineando, sus manos entrecruzando los dedos. El maquillaje negro y las pestañas postizas de Mireya son iguales a las de Luciana, y cuando esta se para a su lado se incomoda por la falta de originalidad de su imagen.

—¿Cómo entraron?

—Igual que tú. La puerta siempre estuvo abierta. Ahora la cosa es que no podemos salir —contesta Mireya.

—Sí, huevona, la cagada. Así nos dijo el tablero, que no saliéramos o algo malo nos pasaría —sigue Carolina.

—Qué cague de risa. Y ustedes sonsas que se creen esas tonteras.

Las tres ríen. Sus gestos se distorsionan por la luz, intercalándose absurdos. Los gordos brazos de Mireya revelan sus vellos erizados y sus muñequeras con púas, y las rodillas de Carolina que ha traído el pantalón rojo que le aprieta las anchas caderas.

—¿Por qué empezaron esto sin mí?

—Porque siempre la cagas. Tanto hablaste de conocer esta casa, tú dijiste a qué hora era la reunión, y llegas una hora tarde —contesta Mireya.

—Pucha, sorry. Me llamó el imbécil de Manuel para hablar huevadas. Que me amaba, que quería volver conmigo, y ni cagando, ¿manyan? Después de tanto daño que me hizo, la sacada de vuelta, burlarse de mí con sus amigos en el chat de Facebook, y veinte días sin llamarme… Al final me quedé peleando con él un ratazo, y el cojudo no entendía que no voy a volver a vivir con él, decía que me iba a seguir llamando, que haría todo por mí.

—Preguntémosle al tablero si Manuel le ha pegado una venérea—bromea Mireya, sonriendo.

—No jodas, cojuda.

Aunque está cansada, Luciana no se sienta. Ilumina la sala con su celular y descubre que no hay ningún mueble, ni siquiera el rastro de algún objeto, solo las manchas en las paredes. Quiere abrazar a alguien, sentir un torso que se frote con sus senos, unos dientes persiguiendo su nuca, manos desordenadas jalando su cabello, perdiéndose entre los pliegues de su blusa, atrapando su cintura. “Huevón de mierda, no te quiero llamar, voy a echarme al primero que aparezca”, piensa. Da un pisotón en el suelo de madera, que suena débil, sin eco. En un extremo descubre una escalera al segundo piso, que la llevará a los balcones, a la calle, el aire fresco y, si hay suerte, al vaivén de las olas, los cláxones y las risas de los bohemios de Barranco.

—Huevona, dijo que sí. Hazte ver, te ha cagado ese imbécil —indica Mireya—. Pucha, mejor ve al médico, ¿y si es herpes? Esa vaina se contagia compartiendo el baño, ¿no?

Luciana escucha con dificultad, pero se detiene un momento, aguzando la vista para ver si están jugando, y aprieta con fuerza el pasamanos de la escalera.

—¿Qué les pasa hoy? ¿Han jalado coca o algo?

—Nada, es lo que dice el tablero, nada más. No te hagas paltas —comenta Carolina, y su mano se levanta, como pidiéndole que se acerque o burlándose.

—¿De verdad creen en esta idiotez? Chicas, ya dejen de joder, he tenido un día de mierda, me he dado cuenta que soy una tarada que extraña a Manuel, por favor…

—¿A dónde vas? —pregunta Mireya, seria.

—Arriba. ¡Ya no quiero jugar! Quiero pasear por la casa…

—No. No puedes subir. Tenemos que quedarnos en la sala, te expliqué cuando entraste.

—¿Sabes qué, Mireya? No quiero estar más aquí. Váyanse a la mierda ustedes también —y cruza los brazos y las piernas, que percibe heladas y duras.

—Caro, dile a esta estúpida que se deje de huevadas y se siente. Lo dijo el tablero, cojuda, entiende: nadie puede salir de aquí.

—Luciana, por fa, hazle caso. Si no quieres jugar, al menos quédate sentada acá, ponte tus audífonos y escucha música.

—¿Vas a obedecer a esta chiflada? ¡Me voy!, prefiero estar sola…

Dos brazos alzan a Luciana, zarandeándola hasta hacerla caer, sujetándola de los hombros, lastimando su cuello con púas filudas, mientras otros dos aprisionan sus pies y un quinto brazo tapa su boca.

 

 

 

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