Teresa Ruiz Rosas: “Me interesa más la invención en la literatura”

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Teresa Ruiz Rosas junto a sus obras literarias y traducciones trabajadas para publicaciones diversas. (Foto: Tom Quiroz)
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Una conversación con la escritora Teresa Ruiz Rosas, quien acaba de reeditar su novela El copista, finalista del Premio Herralde y una de sus obras más elogiadas internacionalmente.

 

Por Jaime Cabrera Junco y Ricardo Flores Sarmiento

Es la escritora peruana viva más reconocida en el extranjero, pero en el país se le conoce poco. Sus libros circulan discretamente aunque acaba de publicarse una recopilación de sus relatos cortos y su celebrada novela El copista, finalista del Premio Herralde 1994. Su talento literario se ha impuesto finalmente y el boca a boca de los lectores han hecho que se la lea más. Reside hace más de veinte años en Alemania, y aunque sus personajes son cosmopolitas también aparece en algunos de sus argumentos Arequipa, su ciudad natal.

Hija del recientemente fallecido poeta José Ruiz Rosas (1928-2018), su vocación literaria fue estimulada por él aunque no impuesta. “Mi padre me decía cada idioma es un mundo nuevo”, refiere al buscar el origen de su ocupación profesional como traductora. Becada a los 19 años para estudiar Filología, viajó a Hungría y posteriormente recalaría en Barcelona, donde su vocación literaria germinó. “Ver Rashomon fue una revelación total”, recuerda al recordar la estructura de El copista, donde converge el punto de vista de una pareja de amantes.

 

¿Tu vocación literaria fue influenciada o estimulada por tu padre? ¿o fue, más bien, un descubrimiento personal?
“Estimuló” es la palabra más apropiada, pues nunca hubo una intención de que siguiera sus pasos, sino siempre me sugirió libros bonitos en la infancia. Me despertaba, para empezar el día, con poemas, como “A Margarita Debayle” (de Rubén Darío) y por eso tenía el oído educado para la literatura. Por otra parte, tuvimos una librería muy cerca de la casa de mis papás, donde crecí rodeada de libros. Además, descubrí esa maravilla que era tomar cualquier libro, empezar a leer y estar en un universo diferente.

 

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Esa librería se llamó Trilce y el nombre fue sugerencia de su tío pintor Alfredo, hermano de don Pepe. Como estudiaba en el colegio peruano-alemán Max Uhle, su padre importaba libros infantiles en la lengua de Goethe. En la secundaria, un profesor suyo elogió las composiciones literarias que escribía, pero la vocación por la escritura aún no asomaba. “En algún momento empecé a escribir poesía y me publicaron en una revista y gané un premio de la ANEA de Arequipa (Asociación Nacional de Escritores y Artistas). Esos poemas están extraviados, pero eran poemas con una veta social y otros de amor”, recuerda.

 

¿En la narrativa te sientes más cómoda?
Sí, claro. Porque en la narrativa puedes inventar más que en la poesía. Si en la poesía tienes algunas piezas y las destacas, la narrativa te permite desplegar el cuadro completo más fácilmente. Eso es algo que me interesaba más, sobre todo cuando se tematiza algo que quieres que tenga una repercusión clara. Entonces, cuando más completo esté el panorama es más interesante.

Sin embargo, sostienes que la poesía es importante para enriquecer la prosa
Claro, eso es otra cosa en el plano formal, estético y estilístico. El lenguaje poético bien entendido es algo que me gusta mucho en la narrativa. No lo considero una falla, al contrario, pero debe estar muy logrado.

 

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Aunque podría suponerse que un padre escritor colocaba los libros insinuando qué deberían leer sus hijos, Teresa asegura que aunque le hablara del Quijote nunca le dijo “tienes que leer esto”. “Lo que sí recuerdo es que nunca hubo censura, ni libros prohibidos. Me decía que lea lo que quiera”, agrega. Sus primeras lecturas significativas fueron textos de literatura infantil y juvenil, sobre todo historias de internados. Luego se acercaría por cuenta propia al Quijote y mucho más adelante a Dostoievski.

Asegura que una vez culminado el colegio quiso estudiar arquitectura, pero cuando llevó cursos de filosofía y psicología, la duda se instaló. Primero la cautivó la psicología y su padre le obsequiaba libros sobre este campo. Sin embargo, no estaba segura. Fue el psicólogo el que la orientó a estudiar filología. “Me dijo que podía estudiar arquitectura, pero psicología no. Pero me veía más estudiando letras”, ríe al recordar esta circunstancia. “Le hice caso y estudié filología, pero algunas veces maldije haberle hecho caso”, vuelve a reír. Todo cobraría sentido cuando quedó finalista en el Premio Herralde con El Copista. Haber elegido las letras y dejado atrás la arquitectura cobró importancia entonces. Aunque, ¿diseñar edificios no se parece un poco a diseñar mundos hechos de palabras?

 

¿Cómo fue tu primer acercamiento al cuento?
Ahora que lo estoy pensando, tiene que ver con esto de la arquitectura, con construir algo, porque en el poema está menos en primer plano la construcción de algo. El relato puede ser una casita y la novela puede ser una ciudad. Quizás esa obsesión por construir es lo que me llevó a empezar a escribir. Siempre me atrajo mucho esa relación entre lo que cuentas y cómo lo cuentas. Por eso, en mi primer libro cada relato tiene un formato muy diferente. Hay unos que son epístolas, otros que son dos columnas paralelas de un sueño que se repite en dos lugares del mundo; en fin, son distintas formas. No sé hasta qué punto pueda reconocerse un estilo mío, ni me lo planteo siquiera, sino que el tema que he elegido es el que va exigiendo su propia forma de narrar.

 

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Teresa ha traducido diversas obras, y es quizás el alemán W.G. Sebald, uno de los más reconocidos autores que ha interpretado en español. Pero también está el húngaro Milán Füst, al británico Nicholas Shakespeare, entre otros. El alemán, el húngaro, el inglés, los domina muy bien. También habla francés y portugués. Si, como dijera su padre, cada lengua es un mundo distinto, Teresa conoce varios mundos. Recuerda que lo de la traducción empezó casi fortuitamente. En un viaje a Ginebra justo se realizaba una conferencia de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) y como el alemán es una de las lenguas oficiales de dicho ente, pudo hacer sus prácticas. Ha traducido también una película italiana con subtítulos en alemán. La cinta se llamaba El caso Matteotti. Sin guion de por medio, Teresa tuvo que traducir al español estos subtítulos.

 

¿Para ti qué significa la traducción? Siempre se ha debatido si debe ser lo más fiel posible al texto original o ser una interpretación
La traducción para que sea buena tiene que ser una obra de arte también. En primer lugar es una interpretación, la cual surge de la lectura profunda. Un traductor tiene ese privilegio, es el que mejor lee una obra, pues la tiene que leer mucho, la interpreta y la tiene que volver a crear y para esto la debe conocer a fondo. Debe llegar a lo que se llama “la traducción congenial”, la que encuentra en la lengua que se traduce el equivalente más apropiado. El Perú ha dado un gran traductor literario del alemán que fue Juan José del Solar. Lo conocí en Barcelona, tuvimos conversaciones muy gratas y aprendí mucho de él.

 

Curiosamente la traducción de El copista al alemán no la hiciste tú. ¿No podrías traducirte a ti misma?
No, no podría. Es muy difícil porque hay una cosa que es muy importante en la traducción que es la de tener mucho respeto por el original. Por eso es un privilegio poder traducir a autores que uno admira, se recrea en el trabajo. Si yo empiezo a traducirme a mí misma empiezo a rehacer la novela por otro lado.

 

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No se considera una desarraigada. Siempre tuvo presente sus raíces y ha vuelto cada cierto tiempo al Perú. En los primeros años que vivió en Hungría sus padres la visitaban y viajaba con ellos. En su página de Facebook compartió hace poco una fotografía donde aparece junto a su padre en Zürich, en el año 1992. “Delante de la librería fundada por el legendario publicista Theo Pinkus”, escribió al describir la instantánea, donde el padre, con una barba gris de profeta bíblico, abraza a su hija.

“Como mis padres se han comunicado constantemente conmigo nunca me ha faltado este vínculo con mi familia. No he tenido la posibilidad de plantearme ¿soy una desarraigada? (ríe) Me lo planteo cuando me lo preguntan, pero me resulta ajeno y, por supuesto, como siempre tuve el vínculo desde el colegio con Alemania, no he tenido mayor dificultad en adaptarme a nada. Cuando conoces la lengua tienes una importante carta de ingreso. Eso está claro”, afirma.

Los relatos de Teresa Ruiz Rosas nos muestran a personajes atentos a sus circunstancias de forma muy cerebral. Sus protagonistas son fundamentalmente mujeres y estas se enfrentan a cualquier intento de sometimiento y especialmente a los estereotipos de la sociedad en la que se desenvuelven. No son historias feministas, son historias de mujeres decididas. En su novela Nada que declarar (2013), por ejemplo, la trama aborda la trata sexual de mujeres. “Estoy convencida, al menos en lo que hago yo modestamente, en que cada tema y cada personaje va moldeando la forma que necesita, el momento en que necesita que introduzca lo que tenga que decir de él. Tampoco se trata de decirlo todo o describir los paisajes para que funcione”, menciona sobre su forma de diseñar sus personajes.

 

Tu obra ha sido muy elogiada en el extranjero y poco conocida o valorada en el Perú. ¿Crees que esto se deba al no estar adscrita a una tradición vargasllosianamente realista?
A mí me interesa más la invención en la literatura. Me interesa más que el realismo. El realismo, desde luego, es muy potente, tiene muchas posibilidades, pero llega un momento en que a mí personalmente me aburre. Allí es cuando tengo la necesidad de inventar algo que no sea realista. En el caso de La mujer cambiada, esa cirugía que planteo allí no es realista, sin embargo es verosímil. La invención es la metáfora, es el estiramiento de la realidad.

¿Te genera mucho más expectativa o ilusión que te lean más lectores peruanos?
Bueno, que me lean en general me encanta, a quién no le va a gustar eso. Y, si finalmente, se inscribe mi literatura dentro de la literatura peruana, pues sí, claro me hace ilusión que me lean aquí. Y me duele en algún rincón del alma que no me lean o no me quieran (ríe). Pero, en todo caso, sí porque, además, hay algunos aspectos que tienen que ver con el Perú, con cosas que ocurren o han ocurrido aquí y, en ese sentido, sí me parece importante que me conozcan.

¿Qué tan importante es para ti el reconocimiento?
Todo reconocimiento te hace más fácil el camino. Toda falta de reconocimiento no me llega a deprimir felizmente, pero si piensas cómo es posible y ya…luego te olvidas. Yo, por ejemplo, tuve mucha suerte de haber conversado con Roberto Bolaño, y me acuerdo que me dijo que yo era una escritora de verdad y que no me preocupara por todo lo que iba a pasar con las editoriales, con los críticos. Al final de cuentas que no hiciera caso, que siguiera escribiendo, que escribiera toda mi vida. Entonces, en momentos así en que el desdén o esa invisibilidad que sabes de dónde viene y tal, me hinca por así decirlo, me acuerdo de esa conversación. Entonces, digo qué me importa. Me gusta mucho escribir, me divierto cuando escribo. Ese placer no me lo va a quitar ningún crítico, ningún invisibilizador de mi obra. Lo otro es aledaño, influye, te hace la vida más fácil, pero no te va a determinar que sigas o no escribiendo. Eso es un poco azaroso.

¿Qué búsqueda realizas a través de la escritura?
Creo que tengo cosas que decir. Creo que esas cosas las debo decir, pero no las puedo decir en una entrevista sino que debo convertirlas en arte para que, en lo posible, puedan perdurar. Esa es la búsqueda. Y también es cierto que en el proceso de escritura se descubren más cosas, a veces por la investigación que se hace o simplemente el hecho de configurar un personaje o una situación, da luces sobre algo que uno no entendió. Por eso me gusta mucho explorar a través de la escritura. Cosas que no entiendo por qué son así o no hallo una explicación que me convenza. Entonces empiezo a escribir para ver si la encontraré o no.

 

 LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE TERESA RUIZ ROSAS

1.La poesía completa de José Ruiz Rosas.
2. 2666, de Roberto Bolaño.
3. El buen soldado, de Ford Madox Ford.
4. Rojo y negro, de Stendhal.
5. El séptimo pozo, de Fred Wander.

Bonus track: 

La poesía de Paul Forsyth. “Un poeta que no conocía y me ha sorprendido muy gratamente la calidad de su obra”, nos dice sobre este autor peruano.

 

 

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