Sylvia Plath: “El adjetivo de ‘escritor’ hay que ganárselo cada día”

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    La poeta Sylvia Plath, quien brilló con luz propia, estuvo casada con el escritor estadounidense Ted Hughes. (Foto: ABC.es)
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    La escritora estadounidense Sylvia Plath comparte su manera personal de asumir la literatura como un acto personal y no como un papel que interpretar hacia afuera. Incluso reivindica la satisfacción artística frente a ese espejismo creado por la fama y el dinero.

     

    Por Sylvia Plath*

    Lo cierto es que cuando se tiene éxito, como nos ocurre a nosotros, hay que andarse con muchísimo cuidado, porque a la mayoría de la gente en el fondo le gustaría vernos caer en el fango, derribados de nuestro airoso corcel; por muy buenos amigos que sean, no pueden evitar los celos. En general, considero preferible no hablar de lo que publico, pues los amigos sólo son capaces de alegrarse por ti durante un tiempo y luego, sin poder evitarlo, empiezan a desear estar en tu lugar y a envidiarte. Es triste, pero es así…

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    (…)  curiosamente, todos mis esfuerzos por ganar dinero prostituyendo mi talento —por ejemplo, escribiendo centenares de versitos publicitarios— no han dado resultado y el dinero de verdad me ha venido siempre de mis intentos de lograr satisfacción artística, sin pensar en la remuneración, léase, Mademoiselle y Harper’s.

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    Para escribir, lo importante no es hablar de ello, sino hacerlo; por malo o mediocre que sea el resultado, lo que cuenta es el proceso y la producción, no sentarse a teorizar sobre la manera ideal de escribir, o sobre lo bien que una podría hacerlo si realmente se lo propusiera y tuviera el tiempo necesario. Como me dijo el señor [Alfred] Kazin. «No se escribe para ganarse la vida; se trabaja para poder escribir».

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    Jamás podría ser una escritora estrecha de miras e introvertida, como tantos, pues lo que escribo está absolutamente ligado a mi vida.

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    (…) un poema es como un pequeño reloj, un cambio en la delicada posición de las ruedecillas puede bastar para que deje de funcionar.

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    Sigo considerando infinitamente más importantes a las personas que los libros, con lo cual nunca llegaré a ser erudita. Soy perfectamente consciente de ello y también sé que mi curiosidad intelectual vitalista jamás podrá encontrar satisfacción en la minuciosa acumulación de detalles para una tesis doctoral. Creo que ese tipo de especialización sencillamente no es mío. Me gusta leer sobre muchos temas: arte, psicología, filosofía, francés y literatura, y vivir y ver mundo, y conocer a fondo a las personas que lo pueblan y escribir poesías y prosa, en vez de convertirme en una engreída experta sobre algún autor secundario de hace doscientos años, por la mera razón de que todavía nadie haya escrito nada sobre él.

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    Quizá lo que más me cueste aceptar en esta vida sea el «no ser perfecta» en nada y estar luchando en distintas direcciones en busca de formas de expresión: a través de la vida (con otras personas y en el mundo) y de la escritura, dos actividades que, paradójicamente, a la vez se limitan y enriquecen una a otra. Se ha terminado el sencillo ciclo de los premios estudiantiles y ahora me enfrento con el terreno más complejo y menos delimitado de la vida, donde no existe un único objetivo concreto y bien definido, sino una compleja graduación de objetivos, sin premios que le indiquen a una si lo ha hecho bien o no. Sólo los repentinos destellos de alegría que surgen cuando se establece una profunda comunicación con otra persona o una contempla una bruma particularmente dorada al amanecer, o descubre sobre el papel la expresión cristalina de un pensamiento que jamás esperaba llegar a escribir. [ . ..) No se reciben premios por esta creciente lucidez, que a veces se presenta con una intensidad indistinguible del dolor.

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    Cuando digo que necesito escribir, no quiero decir que forzosamente tenga necesidad de publicar. Hay una gran diferencia. Lo importante es dar forma estética a mi experiencia caótica, lo cual representa mi forma de religión, como lo era para James Joyce, y es tan necesario para mí. . . como la confesión y la absolución para un católico practicante.

    Ya no me hago ilusiones sobre lo que escribo; pienso que si trabajo puedo llegar a ser competente y a publicar algo de vez en cuando. Pero lo fundamental para mí es el proceso de escribir, no la aceptación; y si paso por un periodo yermo, como me ocurrió el trimestre pasado, espero y mientras vivo con más intensidad, con los ojos, los oídos y el corazón abiertos, y así el periodo productivo, cuando llega, es más fecundo.

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    (…) Parece que vivimos una era de críticos demasiado agudos que no hacen más que lamentarse de que no se publique nada digno de su atención crítica. Detestan el ingenio sutil y las formas elegantes que, obviamente, es que me propongo crear en mis escritos, y cuando critican algo calificándolo de «pintorescamente ingenioso» o de «meramente divertido», tengo le hacer un esfuerzo para no gritarles: «¡Eso es precisamente lo que quiero conseguir!».

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    …Jamás podría ser plenamente una estudiosa o una ama de casa o una escritora, tendré que combinar un poquito de cada cosa y, en consecuencia, ser imperfecta en todas.

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    …He escrito los siete mejores poemas de mi vida, junto a los cuales el resto parecen balbuceos infantiles. Cada día aprendo a utilizar nuevas palabras y mi manera de utilizarlas es más ebria que la de Dylan, más dura que la de Hopkins, más joven que la de Yeats. Ted [Hughes] me lee con su potente voz y es mi mejor crítico, como yo lo soy de él.

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    Sé que dentro de un año habré publicado un libro de 33 poemas que tendrá un violento impacto entre los críticos, en uno u otro sentido. Mi voz empieza a tomar forma y a adquirir fuerza. Ted dice que jamás ha leído poemas escritos por una mujer como los míos; son fuertes, intensos, llenos de contenido, no quejumbrosos ni amedrentados como los de Teasdale o sencillamente líricos como los de Millay; son poemas llenos de esfuerzo, sudor y jadeos, nacidos de la forma en que deberían decirse las palabras…

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    Siento que toda mi vida, mi dolor y mi trabajo han sido para conseguir esto, sólo esto. Toda la sangre derramada, las palabras que he escrito, la gente que he amado han sido necesarias para hacerme digna de amar. .. En él [Ted Hughes] hay una fuerza que hará que el mundo despierte. La siento incluso cuando lee mis poemas y trabaja conmigo para convertirme en una poetisa que asombrará a la gente; también cuando lee mis pensamientos y no tolera ningún paso en falso que me separe de mi yo verdadero.

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    Seré una de las pocas poetisas en el mundo completamente feliz de ser mujer, no una de esas amargadas y frustradas, retorcidas imitadoras de hombres, que en su mayoría acaban destrozadas. Soy feliz de ser mujer, y cantaré la fertilidad de la tierra y de su gente a través de la inmensidad, el dolor y la muerte.

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    [Ted y yo] no queremos más que trabajar y trabajar en lo nuestro . . . el éxito no nos estropeará. No estamos pendientes de ese mundo social de escritores, sino que lo despreciamos, porque esta gente que se pasa el tiempo bebiendo y presentándose como «escritores» en las fiestas, tendría que estar en casa encerrada escribiendo y escribiendo. El calificativo de «escritor» hay que ganárselo cada día, en una dura lucha.

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    ¡Cuánto deseo poder ponerme a escribir de nuevo! Cuando analizo las metáforas que emplea Henry James para hacer más evidente y real un estado emocional, ardo de ganas de ponerme a crear mis propias metáforas. Cuando le oigo decir a uno de los catedráticos: «Sí, el bosque es sombrío, pero sus sombras son verdes: connotación de enfermedad, muerte, etc.». Me dan ganas de tirar los libros y de ponerme a escribir mis poemas, aunque sean malos, y mis narraciones, y a vivir fuera de ese aire ordenado, gris y de segunda de la universidad. No me gusta hablar de D.H. Lawrence y de lo que los críticos piensan de él. Me gusta leerlo para mí sola, para que influya en mi propia vida y en lo que escribo.

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    He comprobado que, por mi modo de ser, me resulta más fácil escribir cosas largas que poesía, pues no me plantean tantas exigencias ni me deprimen a fondo si no llegan a buen puerto. Por suerte, los ingleses publican casi todo tratándose de novelas, así que tengo esperanzas.

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    Creo que llegaré a ser una buena novelista, muy divertida: lo que escribo me hace reír a carcajadas, y para que pueda reírme ahora (tras su reciente separación de Ted Hughes), tiene que ser endiabladamente gracioso.

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    Soy escritora…soy una escritora genial; sé que lo llevo dentro de mí. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida; llevarán mi nombre a la fama.

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    Es tan frustrante sentir que si tuviera tiempo para estudiar y trabajar con cariño entre mis libros, podría hacer algo digno de interés y, sin embargo, me encuentro de espaldas a la pared, sin ni siquiera tiempo para leer un libro. Así que cualquier cosa que consiga escribir actualmente, será solo para llenar la olla…

     

    *Texto tomado de Cartas a mi madre. Traducción de Montserrat Abelló y Mireia Bofil. Editorial Grijalbo, 1989

     

     

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