Sobre Susana Higuchi en el libro «Ciudadano Fujimori»

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    A propósito del fallecimiento de Susana Higuchi, presentamos un fragmento del libro Ciudadano Fujimori, del periodista Luis Jochamowitz.


    En el centro antiguo de Lima existe un pequeño templo bajo la advocación de la Virgen de la O. Es una capilla contigua a San Pedro, iglesia de los padres jesuitas. Los matrimonios se suceden allí con una regularidad asombrosa. Más pequeña y versátil que la gran nave central, la compañía ha destinado esta capilla para los ritos del sacramento nupcial. Todos los días, a partir de las siete de la noche, las parejas de clase media pasan ante el altar con intervalos de 30 o 45 minutos, uniendo sus vidas para siempre. Alberto Fujimori Fujimori y Susana Higuchi Miyagawa se casaron en la capilla de la Virgen de la O., el 25 de julio de 1974.


    Los tabloides populares, atendiendo al supuesto gusto rosa de sus lectores, han hecho de este acontecimiento pasto de mil comentarios insustanciales. Se ha dicho que se conocieron por casualidad, cuando él sufrió un reventón de neumático y acudió al establecimiento de los Higuchi en la avenida Grau. Se dijo, también, que el flechazo fue instantáneo, que el noviazgo duró cuatro meses, que la luna de miel fue en el sur de Chile y que, desde entonces, todo fue felicidad. Actualmente, en el pasadizo de Grau 526, los vecinos creen que Alberto y Susana se conocieron allí mismo, pues, según esa misma versión, ella vivía en la puerta de enfrente. Pero la realidad es otra. Él contó apenas el comienzo de la historia cuando todavía no había sido elegido. Los padres de Alberto y Susana se conocían al menos desde los años cincuenta, ya que estaban en el mismo ramo de negocios. Según Alberto, entre una puerta y otra había exactamente ochenta metros cuadrados.


    Susana Shizuko, cuyo nombre japonés quiere decir tranquilidad, fue la menor de los hijos de un matrimonio que emigró de la prefectura de Fukuoka, ubicada en la misma isla y no demasiado lejos de Kumamoto. El padre de Susana, Koshio Higuchi, más tarde llamado Tomás, era de la clase de los chōnin (comerciantes) y su madre era enfermera. Formaron una pareja pujante que cruzó el mar y ganó una fortuna. Aparentemente, un poco después de que Naoichi Fujimori tuviera su establecimiento de reencauche en la avenida Grau, el futuro suegro de Alberto Fujimori abrió un taller similar en la misma cuadra. Allí terminan las semejanzas. Mientras el taller de los Fujimori fue el punto más alto de un relativo ascenso económico, el taller del suegro evitó las acechanzas de la guerra, y su vieja reencauchadora El Sol (nombre típico en los negocios de los japoneses) se convirtió con el tiempo en varias tiendas y talleres que, a su vez, fueron la base para otros intereses.


    Susana nació en 1950 y creció en La Victoria, jugando y trabajando, alternativamente, siempre en familia. «Trabajé desde muy niña ayudando a mis padres. Me compenetré intensamente con el mundo de las llantas» (La República, 11/4/90). Desde temprano fue a la escuela: educación nacional como todos los nisei de la posguerra. A los 15 años terminó la secundaria en la Gran Unidad Escolar Mercedes Cabello de Carbonera y de inmediato ingresó a la Universidad Nacional de Ingeniería. En 1972 había terminado sus estudios y seguía trabajando con sus padres. Ella estaba detrás de la caja registradora, en «el mundo de las llantas». Fue en uno de esos días, en la reencauchadora El Sol, cuando llegó Alberto Fujimori.

    El tema inicial de ese encuentro, el pretexto con el que se conocen los enamorados, dice algo del estilo de la relación que después sostuvieron. Alberto era el hijo mayor de los Fujimori, alguien que seguramente Susana podría recordar. Pero ni la antigua verdad ni el recuerdo significaron probablemente nada ante la mutua atracción. Susana era una joven de belleza oriental; Alberto era mucho mayor, un hombre de 36 años y, no obstante, no habría perdido cierta timidez. El pretexto que los unió no podía ser otro que el de las matemáticas. Al saber que Susana había estudiado Ingeniería Civil, él llevó la conversación hacia los números. Acertó. Unos días después, regresó con nuevos e ingeniosos problemas matemáticos. «No sabía que era profesor y entre números nos fuimos conociendo. Yo era bastante buena en ese campo, no imaginaba que él era superior; empezó por ahí» (La República, 8/6/90).


    Alberto impresionó a la muchacha por su inteligencia, que era, aparentemente, lo que él también apreciaba más en ella. A medida que la relación fue avanzando, se dieron cuenta de sus mutuas potencialidades. El romance fue matemático y la relación siempre fue muy práctica. Junto con los hijos, que después serían el puente entre ambos, la pareja intercambió algo de sus mejores dones y los hizo fructificar en la realidad. Alberto se hizo cargo de la carrera de Susana y, al hacerlo, aprendió un nuevo oficio. Para fines utilitarios, con ella logró su única profesión verdaderamente rentable y eficaz, algo que nunca fueron la agronomía y, mucho menos, las matemáticas. Alberto se hizo constructor de casas; durante los siguientes diez años, esa sería su principal actividad y fuente de ingresos. Como los hijos, que fueron bautizados todos con un nombre cristiano y otro japonés, la empresa familiar, el hijo económico de los Fujimori Higuchi también tuvo un nombre bilingüe: Construcciones Fuji.

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