Sobre «Mañana, las ratas», de José B. Adolph

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    Reeditada por Planeta, presentamos el prólogo del periodista y escritor Enrique Planas sobre Mañana, las ratas, la novela futurista de José B. Adolph (1933-2008), ambientada en la ciudad de Lima en el año 2034.


    Dato: el libro se encuentra disponible tanto de manera física como digital. Más información en este enlace. 



    Por Enrique Planas

    No me habría dado cuenta si el taxista no me lo advertía.¡Este loco!, dijo riendo, y con un golpe de timón esquivó al hombre que caminaba en sentido opuesto al del tráfico de la vía expresa rumbo al centro de Lima. Caminaba fresco, como recién salido de la ducha, con la actitud de quien busca llegar a su destino sin considerar los obstáculos.

    Me quedé mirándolo por el parabrisas posterior. El alienado había cambiado de carril, saltó las vías del Metropolitano y forzó al autobús acoplado a frenar de improviso. En la vía opuesta, ya acercándonos a la avenida Canadá, enfrentó como un torero los autos que lo embestían de frente. El taxista se pregunta dónde está la policía para poner fin al caos. O peor: admite haber deseado acabar de golpe con el irresponsable paseante. Con esa rata.

    La situación me resultó familiar. Pensaba estar viviendo un momento Adolph, la escena en que el GEM Electric modelo 2032 de Tony Tréveris coge el Zanjón de la Muerte, apretando el acelerador a fondo junto con los otros automovilistas, con la esperanza de atropellar al peatón que, ilegalmente, pretenda cruzar el viaducto sin hacer uso de los puentes.

    En ocasiones, la literatura tiene la suficiente fuerza persuasiva como para pasar al lenguaje cotidiano. Ocurre, por ejemplo, con el término «kafkiano», utilizado para describir situaciones absurdas o angustiosas, innecesariamente complicadas. Usamos «borgiano» para describir una fantasía prodigiosa, vinculada a las fábulas fundadoras de todo relato laberíntico; pensamos que algo es «cortazariano» cuando enfrentamos fisuras de lo cotidiano que revelan dimensiones insólitas; mientras que «ballardiano», lo asociamos a la modernidad distópica y los desolados paisajes creados por el hombre.

    Es seguro que el autor se reiría al escuchar el neologismo«adolphiano», pero vale la pena preguntarnos qué caracteriza el momento Adolph. Arriesguemos una primera definición: el instante en que, superado todo cinismo, advertimos lo poco que hemos cambiado en siglos de historia. Cuando asumimos que el pesimismo es la única opción para enfrentar el apocalipsis.

    Conocí a José B. Adolph (Sttutgart, 1933-Lima, 2008) a mediados de los años 90, cuando le pedí una entrevista para una investigación universitaria. Me recibió en la sala de profesores del Instituto Goethe, donde dictaba alemán. Cuando yo, sanmarquino poco acostumbrado al virtuosismo arquitectónico, elogié su centro de trabajo, me respondió: «Demasiado funcionalista para mi gusto». Hablamos de la ideología en la ciencia ficción a partir de las novelas 1984, de George Orwell, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Sabía que Adolph no escribía todo el tiempo ciencia ficción, pues su registro era más bien heterogéneo. Sin embargo, aceptaba que el núcleo duro de su obra podía ser considerado dentro del género dedicado a imaginar mundos probables, a proyectar nuestras esperanzas y paranoias colectivas. Él prefería decir que escribía novelas «de ideas». Para el escritor, el progreso parecía ser solo un chiste de humor negro: lo único cierto es que la historia se repite mostrándonos siempre su rostro más terrible. Terminada la conversación, saqué de la mochila mi ejemplar de Mañana, las ratas para pedirle su firma. Me sorprendió cuando ignorando mis elogios me pidió comprármelo. «¿Puedes creer que no guardé un ejemplar para mí?», me comentó. No acepté vendérsela y, sin embargo, mi negativa le dio cierta satisfacción.

    Era cierto que el Goethe resultaba demasiado funcionalista. Las siguientes visitas serían en su acogedor departamento de la calle Ocharán, en Miraflores, cuya puerta alguna vez me abrió semidesnudo, llevando solo pantalones sujetos por sus clásicos tirantes. Así de afable era este hijo de judíos de Stuttgart, que vino con su familia a Lima huyendo de los nazis, que se entregó joven al trotskismo y cuyo paso esquivo por el velasquismo le granjeó enemigos en el gremio periodístico. Apátrida hasta fines de los años cincuenta, regresó a Alemania para recuperar la ciudadanía que le había sido arrebatada de niño, pero luego optó por la peruana en 1974 para evitarse problemas burocráticos. Ya entrado el milenio, el escritor era, prácticamente, un ermitaño. No solía relacionarse con los escritores de su edad, y si lo hacía, soportaba brevemente la comedia social del gremio literario.

    Adolph expresaba sus opiniones con desenfado y humor. Tras encender su cigarrillo extra largo, soltaba sin reparos ajos y cebollas, sabiduría y desesperanza. «Soy profundamente pesimista—me decía—. No solo sobre el Perú, sino sobre el mundo, la gente, la naturaleza. La naturaleza es la misma mierda que la humanidad, en cualquier documental puedes ver cómo todo el mundo se come a todo el mundo. Y eso es lo que ha organizado este señor al que llaman Dios».

    Adolph escribía desde el fondo de la cocina. A veces, separado del mundo por la ropa tendida del cordel sobre la lavadora. Desde allí, expresó una visión cínica, oscura, aunque no sin humor, sobre la condición humana: la pobreza, la corrupción, la autoridad y la violencia política. Décadas en el periodismo le habían dejado la obsesión por la investigación, útil para añadir la pincelada de realismo que hace más verosímil un relato fantástico. Autor de culto, inclasificable, incorrecto y prolífico, Adolph sumó cuatro obras teatrales, diez libros de cuentos y seis novelas, una de las cuales, De mujeres y heridas (2000), es una trilogía reunida en un solo volumen. Sus mejores relatos de ciencia ficción se pueden encontrar en textos tempranos como El retorno de Aladino (1968), Cuentos del relojero abominable (1973) y Mañana fuimos felices (1975). A pesar de no contar con la atención del gran público, el escritor parecía tener muy claro el carácter programático de su misión personal —de ruptura y ampliación de horizontes—, dentro de un género tan excéntrico para la tan realista literatura peruana. De él escribió el crítico Alberto Escobar en el prólogo de Cuentos del relojero abominable: «(Adolph) tiene una extraña habilidad para conducir su relato hasta un grado en que la agudeza y el ingenio se tiñen de crueldad, de sarcasmo o cinismo, a fin de postular que el reconocimiento de la frustración es una forma de rebeldía moral». Tales características podrían extenderse al conjunto de su obra, y especialmente, a su novela mayor: Mañana, las ratas, terminada en 1977 y publicada por la editorial Mosca Azul en 1984.

    De manera unánime, los estudiosos señalan que la novela Lima de aquí a cien años (1843), de Julián M. del Portillo, constituye el punto de partida de la ciencia ficción en nuestro país, y que textos como XYZ (1934), de Clemente Palma, son referentes claves para seguir el desarrollo del género. Sin embargo, Mañana, las ratas es la primera novela que podemos considerar parte de una tradición moderna, a la manera de autores fundamentales como Isaac Asimov, Ray Bradbury, James Graham Ballard, Arthur C. Clarke o Kurt Vonnegut, o sus colegas soviéticos Iván Efremov, Alexander Belyaev o Alexander Kazantsev. Una ciencia ficción que se erige como medio para analizar los problemas sociales más urgentes.

    Lejos de cualquier fetichismo tecnológico o aventura espacial, la reflexión de Adolph se centra en la inteligencia (tanto humana como artificial), la religión (disuelta en pintorescas sectas) y, por supuesto, el destino de la humanidad. Mañana, las ratas, cuya acción se desarrolla en la Lima del año 2034, nos presenta un mundo en el que se han abolido los Estados nación, reemplazados estos por conglomerados globales que reportan a un consejo supremo. En Lima, entonces sede del gobierno del sector Sudamérica Oeste, la estabilidad ofrecida por su gobierno corporativo peligra a causa de movimientos radicales vinculados a organizaciones católicas ortodoxas, que articulan las esperanzas de millones de «ratas», excluidas de aquella isla de prosperidad.

    Leída 36 años después, sorprende advertir cómo Adolph anticipa los retos de la globalización, la guerra declarada por Sendero, nuestra progresiva dependencia de las máquinas en la toma de decisiones, las divertidas obsesiones del lenguaje inclusivo y, a nivel íntimo, la muerte de los afectos y de las emociones puras. Desde el fondo de la cocina (Adolph detestaba retratarse con una biblioteca detrás), supo conectarse con la Lima del futuro.


    MARXISTAS Y REYES

    Lleva el apellido de la ciudad alemana donde nació Karl Marx. Tony Tréveris, directivo de Epesa, inicia su mañana del 18 de enero de 2034, día del aniversario de Lima. Le espera una jornada difícil: un miembro del Directorio Supremo viene a supervisar las decisiones del Directorio Regional. En efecto, acostumbrados a ignorar las directivas dictadas por las computadoras, los pusilánimes representantes del directorio de Sudamérica Oeste evidencian su ineficiencia dentro del mecanismo de reproducción y administración del poder planetario. Producto típico del sistema educativo del norte, Tréveris encarna las contradicciones de su mundo: es un fiel creyente y ejecutor de las directivas del (para él) inderrocable Directorio Supremo, pero también sintetiza los vicios de una burguesía local dirigente, moderna y liberal en su superficie, colonial en su fondo. Aunque ubicado en el ficticio siglo XXI, podría encarnar también al típico yuppie duro que se hacía rico en los años de Reagan, a quien solo le interesa el consumo, el exceso, la autosatisfacción y el ascenso. Un administrador de empresas sin contacto con la realidad. La empatía en grado cero.

    Aunque Tréveris considera una amenaza a los millones de habitantes no integrados al sistema, no llega al extremo de sus compañeros de directorio, quienes encuentran razonable apelar a una solución final para resolver aquella crisis. Las bombas N, napalm o láser siempre son una opción. En la historia de Adolph, para ser un héroe, basta contar una pizca de sentido común en un régimen aislado de la realidad. Y Tréveris, además de su ironía utilizada como mecanismo de defensa, posee intacto su espíritu crítico. Como una especie de John, el salvaje, protagonista de Un mundo feliz, de Huxley, Tréveris se convertirá (a su pesar) en enemigo del sistema.

    Linda King, por su parte, lleva en su nombre los obvios privilegios de una representante del Imperio en la comarca virreinal. Ha llegado a Lima con un secreto: el Directorio Supremo espera la solución de la crisis política y sus órdenes pragmáticas para recuperar el equilibrio no gustarán a sus ineptos asociados sudamericanos. Para el poder central, ningún gobierno es viable si para su funcionamiento debe dejar fuera al noventa por ciento de su población. Para entonces, las «ratas» han sabido organizarse y construir un poder paralelo, liderado por una teocracia fanática y autoritaria de católicos ortodoxos, movimiento mesiánico como lo fue, pocos años después de escrita la ficción, el proyecto que impulsó Sendero Luminoso. Cuando Tony Tréveris sea capaz de despertar a la realidad, cuando descubra que su amado Directorio Regional no es otra cosa que un pequeño engranaje de un orden colonial mayor, advertirá que ha llegado el fin de su mundo y de sus convicciones. Su relación amorosa con Linda King (sí, aún en ese futuro de relaciones adelgazadas parece haber lugar para el romance) le hará aceptar la verdad y, si es posible, frenar una revolución.

    Curioso funcionamiento de la pareja protagónica de Adolph. Solo pueden decidir sobre la historia de amor que comparten, pues de la otra, la de la crisis política y la revuelta de los católicos ortodoxos, solo son capaces de asumir el papel de observadores, a lo más, de negociadores que reaccionan ante los acontecimientos. Necesitamos a Linda King porque su mirada externa nos sirve de contraste entre la civilización del Imperio y nuestra aldea colonial. Necesitamos a Tony Tréveris porque su progresivo cambio de conducta es lo que logra identificar al lector. Si lo miramos desde una perspectiva dramática, ninguno tiene el poder de cambiar las cosas, por lo que la única decisión que pueden tomar es la del escape. Cuán parecida disyuntiva a la de miles de peruanos que, en los años ochenta, emprendieron un éxodo al territorio estadounidense, motivado por la profunda crisis económica y la violencia en una ciudad a la deriva.

    No se trata de un error en la estructura dramática de la novela, por supuesto. Sucede que Adolph no les da a los personajes la responsabilidad de la acción, sino a las ideas. Son estas las que entran en conflicto, son las ideologías las que se enfrentan, las que superan los obstáculos y terminan imponiéndose. Los verdaderos conflictos se originan cuando las masas reaccionarias alcanzan a jaquear a la misma ideología de la civilización tecnocrática que sostiene el orden mundial. El mismo antagonista, el Cardenal Negro, líder de los católicos ortodoxos, sabe que es un producto de las circunstancias, y que las masas que él representa pueden pasarle por encima al menor despiste. Tan cínico como los miembros del Directorio Regional, muestra la misma falta de empatía por quienes dice representar. Los personajes solo pueden deslizarse entre los pliegues de esta historia irreversible, entre las luchas entre las facciones católicas y las otras sectas, las insurrecciones populares y la inestabilidad permanente. Y como espectadores, intercambian comentarios irónicos, desencantados o resignados, viendo todo arder.


    LIMA, MÁS HORRIBLE AÚN

    Sucede que la Lima del siglo XXI de Adolph se parece mucho al infierno de Dante: en el aire de la noche, ambos pasan al lado de cascarones de torres de concreto, de monoblocs hundidos, de ruinas pobladas. Tréveris recorre el camino en busca de respuestas y King, además de compañera romántica, es Virgilio. Como señalara J. G. Ballard, el verdadero territorio a explorar por la ciencia ficción no es el espacio exterior, sino el interior. Para el escritor británico, el único planeta verdaderamente extraño es la Tierra. Y en esa lógica, la Lima que nos ofrece Adolph es un territorio en decadencia con hermosa vista al mar. Hablamos de una ciudad curiosamente repartida: para los beneficiados del sistema, comunidades cerradas, entornos residenciales, parques tecnológicos y centros comerciales periféricos. Para el resto, espacios emblemáticos como el Centro Cívico se reciclan como ruinas de un sueño incumplido. Nada más alienígena que el centro histórico después de la devastación ocurrida tras la guerra contra los vendedores ambulantes ocurrida a inicios del milenio.

    La «Lima la horrible» de los lúcidos ensayos de Sebastián Salazar Bondy o la ciudad decadente que registraron sus compañeros de la generación del 50 se ha convertido en una ciudad fracasada convertida en campo de batalla. Inviable, inhabitable si no estás protegido por un equipo antiradiación. Geográficamente, el poder está en los márgenes, mientras que el centro resulta el símbolo de la pérdida del corazón urbano. El poder llama «ratas» a esos veinte millones de habitantes que ocupan el centro devastado; sin embargo, es esa nata social, un millón de almas privilegia- das, las que muestran comportamiento de roedor, escabullidos en la periferia, huyendo de la ciudad ruinosa para encerrarse en mansiones-fortaleza protegidas por ejércitos privados. ¿Acaso no es el directorio regional, cuyas oficinas se encuentran en un profundo agujero horadado al interior del cerro San Cristóbal, la mayor de las madrigueras?

    Ningún escritor como Adolph ha podido dibujar un paisaje tan dramático de la Lima distópica. Esa Lima insufrible de los años ochenta ha multiplicado su hacinamiento y profundizado el abismo entre los ciudadanos. Su arquitectura colonial y su patrimonio histórico se han perdido y, tras el develamiento de los motines, distritos enteros como Miraflores se han convertido en cráteres ennegrecidos envueltos en nubes de polvo. Entre las ruinas, una caravana de niños desfila drogada mientras es azotado por un monje y las explosiones que se escuchan a lo lejos pueden ser causadas por ataques terroristas o por el ejército del Directorio Regional. Se trata de una demolición continua a la que, sabemos por experiencia los que vivimos los años ochenta, podemos llegar a acostumbrarnos.

    Adolph cubre con un velo de muerte la ciudad, con la experiencia de alguien que escapó con sus padres de Alemania para evadir la muerte. Para el autor, la llamada solución final no era cosa del pasado, sino una repetición, una sistematización de la muerte que ocurre en todas partes, todo el tiempo. De una de aquellas conversaciones en la cocina del escritor, anoto un comentario: «No usemos el holocausto judío como coartada para conmovernos. En nuestra casa suceden cosas iguales, a escala menor quizás, numéricamente hablando, pero igualmente terribles. Toda muerte es un escándalo. Una persona asesinada, una persona torturada hoy en el Perú es tan terrible como seis millones de judíos asesinados».

    La ciencia ficción se caracteriza por ensombrecer y entorpecer sus maravillas con un exceso de explicaciones.

    Es propio de un género que tiene que compartir con el lector su manual de instrucciones para entender el funcionamiento de la distopía que construye. Lo inédito en Mañana, las ratas es que la información que da tanto el narrador como Tony Tréveris no configura un mundo nuevo, sino uno tristemente familiar. Nuestra curiosidad radica en descubrir cómo ha resistido incólume nuestra herencia colonial de violencia y discriminación. Es revelador que la aventura de Adolph se inicie en el aniversario de la fundación de Lima, un 18 de enero. Terrible sugerencia de que, a casi quinientos años de distancia, el orden introducido por los conquistadores celebra su vigencia. Pueden haber desaparecido los Estado nación en la ficción, pero nuestra condición colonial persiste dentro del nuevo régimen trasnacional. Triste evidencia para quien quiera celebrar el Bicentenario.

    Adolph se las arregló para cruzar la autopista del nuevo milenio. Al igual que otros profetas de lo inmediato, como Ballard o Philip K. Dick, murió justo cuando el mundo comenzaba a parecerse a sus agrios sueños. La realidad, sin prisa ni pausa, se va adolphizando con catástrofes ambientales, ciudades descarriladas, playas terminales, autopistas como plataformas para el atropello impune, violencia y neurosis colmadas. Los distractivos centros comerciales, el sexo bizarro, las drogas legalizadas y el consumo desatado parecen, con su zumbido constante y creciente, haber acallado a la rabiosa rebelión.

    Repitamos entonces la pregunta inicial. ¿Qué convierte una experiencia cualquiera en un momento Adolph? Una manera de entenderlo rápidamente es mirar por la ventana, salir a caminar, recorrer en taxi la vía expresa, ver el noticiario o, si somos valientes de verdad, contemplarnos por unos segundos en un espejo mientras, afuera, la ciudad se hace pedazos.



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