Sergio Galarza: “Antes escribía a lo bestia, ahora me fijo en los detalles”

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Vive en Madrid, donde ha escrito sus dos primeras novelas que conforman una trilogía de la capital española, sin embargo su libro de cuentos Matacabros sigue leyéndose 17 años después de su publicación. La nueva edición de dicho cuentario fue el punto de partida de esta entrevista con Sergio Galarza, quien vino de visita a Lima para presentar un libro póstumo de su madre, la persona que despertó su vocación de escritor.

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Por Jaime Cabrera Junco

Sergio Galarza (Lima, 1976) viajó a España hace ocho años a pesar de que tenía una situación estable acá, pero sentía que si no hacía ese viaje iba a perderse una serie de experiencias necesarias para escribir. Al final el balance fue positivo porque publicó dos novelas y varios cuentos. Volvió a Lima hace unos meses para presentar un libro inédito de su madre, Doris Puente, y a participar en una mesa redonda por su ya clásico libro de cuentos, Matacabros.

En la nueva edición de Matacabros mencionas que la persona que más influenció en tu vocación literaria fue tu madre. ¿Cómo así?
Mi madre fue estudiante de Derecho en San Marcos, tenía inquietudes literarias y en la época de su juventud frecuentaba a Rodolfo Hinostroza, a César Calvo, incluso tiene algunos poemas dedicados de puño y letra de Hinostroza. Abandonó esa vocación literaria para dedicarse de lleno a su carrera y luego a su familia mientras iba escribiendo algo y transmitiendo ese placer de la lectura a sus hijos, sobre todo a mí, quien creo era el más permeable, aunque mis hermanos también leen. Digamos que hay un punto de inflexión, un momento decisivo en mi infancia, no para decidir ser escritor sino en el cual me convenzo de que en los libros iban a ser parte de mi vida sin saber cómo se iba a desarrollar esto. Y es cuando la veo a ella leyendo Un mundo para Julius, en una edición de tapa dura, y la veía leyendo la novela con tanta devoción, siempre encontrando un momento de tranquilidad en su descanso en el trabajo. Luego me prestó el libro y me explicaba algunas cosas que no entendía y yo sufría un montón con un personaje llamado Cano, que es el amigo pobre de Julius porque de alguna forma me identificaba y tenía una tendencia hacia el drama y me puse a pensar que en la literatura había la oportunidad de vivir otra vida, y a partir de allí empecé a leer todo lo que mi madre tocaba. Ya en la universidad, cuando estudiaba Derecho aunque no estaba muy convencido, ingresé al taller que dirigía Cronwell Jara y es ahí donde empiezo a escribir y donde nace Matacabros, mi primer libro.

Sobre esta nueva edición de Matacabros, en el prólogo confiesas que en el momento que escribiste estos cuentos, tu formación literaria no se comparaba con tu formación musical y cinematográfica. ¿Qué grupos o cantantes y películas forman parte de esta influencia?
En esa época había una película que se llamaba Fighting back, una cinta australiana sobre un chico con problemas en su familia a quien envían a un colegio que es casi como una correccional. Allí conoce a un profesor joven que es el típico maestro que intenta ayudar a este chico, que todos los fines de semanas se van a las discotecas y escuchan AC/DC…pero es una película que no he podido volver a ver y me parece que es una cinta que me marcó mucho y cuando escribí Matacabros hay mucho de esa película allí, y también de dos libros: Sobredosis, de Fuguet, y de Los inocentes, de Oswaldo Reynoso. Me parece que estos dos libros me ayudaron a soltarme un poco, a escribir de una manera que yo pensaba que no era literaria porque no había un estilo tan correcto, tan mesurado. En el libro están reflejados grupos con los cuales casi todos los adolescentes crecemos, Jimmy Hendrix, The Doors, Cream, Joy Division, The Smiths, que son las bandas de iniciación de los jóvenes sea cual sea la generación.

Ahora que mencionas a Los inocentes y a Sobredosis, de Fuguet, hay algo que tienen en común, que es el universo de los jóvenes, pero también la mirada hacia la calle, hacia la ciudad…
Yo siempre he sido un lector realista, me he dedicado a leer muchos libros que luego yo podía tocar en la calle, experiencia que podía encontrar en el día a día. Cuando empiezo a escribir empiezo a tocar los mismos temas, que son los que conozco, es decir, yo no podría escribir de algo que no conozco, necesito tener cierta materia desde la cual moldear la historia, conocer los detalles. Digamos que cuando empecé a escribir no me atrevía a hacerlo porque pensaba que hablar de la realidad es desnudarme a mí mismo, aunque claro ahora todo lo que escribo es prácticamente autobiográfico. Matacabros, contrariamente a lo que se piensa, no tiene historias que yo haya vivido. Era un chico que no salía de noche, que había abandonado el fútbol, apenas salía a montar skate con mis patas, entonces es un libro sobre lo que yo imagino que sería una juventud ideal, que todavía no había vivido y que la literatura me permitía imaginar y que aspiraba a comprobar a una realidad.

Una realidad que observabas desde la ventana, como en este relato Esperando a Alice
Sí, este libro es una idealización de este universo adolescente, donde uno crece, se pelea, se enamora, practica ciertos ritos de iniciación y practica cierta violencia, en medio de una atmósfera enrarecida por las drogas, por el alcohol, por ese rock estridente.

¿A qué libros le tienes una deuda como escritor?
La palabra del mudo, toda la colección de los cuentos de Julio Ramón Ribeyro. La soledad del corredor de fondo, de Alan Sillitoe; El libro de los amigos, de Henry Miller; Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce, y algunos más que probablemente que ahora me he olvidado, pero están de todas maneras estos que te menciono porque son los que a través de los cuales viví vidas posibles.

De Ribeyro decías que era tu padre literario. Mencionas que te llama la atención esta manera de expresar la derrota
Para mí hay algo fundamental en Ribeyro, y es la construcción de las frases que luego uno se empieza a repetir a sí mismo, pues son frases que encierran una sabiduría urbana, por llamarla de alguna manera, en torno a las cuales uno reflexiona y justo esto lo menciona en Prosas apátridas cuando habla del arte de escribir, sobre dos maneras una directa y otra que es más un laberinto que contiene una reflexión, y él se plantea dos formas de narrar. Cuando empecé a escribir a lo que aspiraba era crear un par de frases que los lectores puedan repetirlas y se queden como un mantra, que sean lecciones de vida.

 

 

LA CORRECCIÓN, LA VERDADERA ESCRITURA

En su cuento El mapache se lee esta frase: «Lima es la ciudad donde aprendí a odiar». Le pregunto a Galarza si suscribe esta reflexión, y a pesar de que está solo de visita comenta que aunque al principio venía relajado, el tráfico vehicular, la descortesía de la gente y el arrebato de los conductores le hace convencerse de esta idea. Trabaja en una librería madrileña en el área de Psicología y Autoayuda, y aunque lo lógico sería sentirse más cómodo en el área de literatura, cuenta que las personas que acuden su sección son seres rarísimos que incluso le inspiran a contar historias.

GALARZAPOST2Jorge Eslava dice que en Matacabros hay una rabia honesta y si hablamos de violencia, particularmente tenemos que mencionar al cuento que da nombre al libro, en el que hay mucha crueldad. En el contexto en el que aparece el libro, en 1996, comentabas que retrataba que reflejaba la violencia que se vivía en esa época. ¿A la distancia cómo ves este relato ahora?
A mí lo que me molesta un poco que sea una situación que se mantenga tan actual, porque este cuento se puede leer también como un cuento de denuncia. Claro, somos una sociedad intolerante hacia los homosexuales, ahora en este viaje que he realizado sigo escuchando los mismos chistes, yo también los hice porque forma parte de esa cultura, pero claro reflexionando me he dado cuenta de cómo uno va sumando a que se genere esa situación de violencia, creo que habría que rechazar ciertas conductas porque aunque parece una broma, un chiste, pero en realidad estás atentando contra el otro. Eso es lo que me ha llamado más la atención. Yo vivo en Madrid, la capital gay europea, donde el Día del Orgullo Gay es el más grande de Europa, y de cierta forma, yo, lo reconozco, he sido intolerante, pero bueno eso es parte de tu día a día. Además creo que ha pasado bastante tiempo y es muy cavernícola seguir con esas actitudes de rechazo al que es distinto. Porque, además, dentro de nuestra sociedad siempre ha habido unos personajes sobre los cuales siempre se están haciendo bromas: el gay, el cholo y el negro; eso lo único que contribuye es a que seamos igual de intolerantes, racistas, clasistas y son cosas que ahora mismo que se vive una época de esplendor económico, son conductas de que se mantienen, parte del progreso también significa ser más humano y aceptar, aunque suene a discurso populista.

Hemos avanzado en centros comerciales y en vehículos, pero efectivamente eso se mantiene igual.
Sí, cuando apareció Matacabros, recuerdo que en esa época aparecían noticias de ‘matacabros’ en los conos, sin embargo años más tarde en mi colegio siempre atentábamos contra ciertos compañeros en los que veíamos una conducta rara, el que no era matón teníamos que joderlo de maricón. Aunque no lo matáramos creo que estábamos asesinando algo en esa persona. Bullyng o como se llame, a mí me parecía una conducta tan común, pero ahora tengo sobrinos de esa edad y alguno ha tenido alguna experiencia con un matón del colegio y ahora me da pena.

Tu primera novela, Paseador de perros, nació por obligación contabas porque publicar cuentos no da muchas posibilidades de publicación a un joven escritor. ¿Hubieras preferido seguir siendo un cuentista?
Yo creo que me hubiera perdido la posibilidad de publicar una novela. Esa primera novela nace a partir de cuento que se llama El mapache, que quedó segundo en un concurso del Copé. Justo después de ese premio me mudé de piso y ese dinero me ayudó a pagar seis meses más de alquiler y a recuperar cierta estabilidad y a dedicarme a escribir más. Era un cuento que era muy concentrado y me di cuenta que había una serie de subtramas que podía desarrollar y allí nace la novela, justo estaba buscando un tema para una novela: una radiografía de una ciudad que empezaba a descubrir y que no se había hecho antes desde la perspectiva del paseador de perros. En ese cuento también está JFK, el personaje de la segunda novela, parte de esta trilogía de la ciudad.

¿Este cambio de perspectiva viene por el hecho de haber salido del país y reconocerte distinto en otro ambiente?
Pienso que si he empezado a escribir una literatura autobiográfica es porque en un momento que publico la primera novela es porque decido tener una vida literaria llena de aventuras, por eso todas estas historias está muy presente mi experiencia día a día.

Y si buscamos temas en tus obras que sobresalgan, tenemos la violencia, la rabia y la soledad. ¿Cuál dirías que prima más?
Yo diría que un denominador común de mis personajes es la rabia, son personajes muy rabiosos tal como era yo. Luego también hay una búsqueda constante de un ideal de chica. Mis personajes siempre están enamorándose, siempre tienen rupturas muy duras y también hay mucha soledad y esos son momentos de contemplación de uno mismo, como verse en el espejo. Imagino que en estos libros siempre hay un momento en que el personaje está echado en su cama pensando en sus cosas y escuchando música.

¿En el proceso de escritura qué es lo que te demanda más tiempo?
La corrección. Puedo escribir una novela muy rápido, pero corregir me parece que es la escritura de verdad, en el que uno se da cuenta que un manuscrito vale la pena o no.

¿Y cuál es tu método de trabajo?
Siempre trato de hacer anotaciones en cuaderno y si me lo olvido, pues alguna utilidad literaria tiene el móvil (teléfono celular), pero voy construyendo mis historias durante el día. Siempre trato de que cuando estoy dentro de un libro trato de terminar una frase y dejar unos apuntes sobre qué es lo que haré al día al siguiente.

¿Escribes todos los días?
Trato de que sea todos los días. Mi horario de trabajo es dos semanas de mañana y dos de tarde. Cuando más escribo es cuando trabajo en la tarde porque tengo la mañana libre.

¿A la distancia cómo ves el panorama de la narrativa peruana?
Bueno, trato de estar al tanto de lo que se escribe y publica en el Perú. Se me escaparán algunas cosas, pero siempre trato de conseguir esos libros. Siempre hay algunos que me gustan más que otros, pero no encuentro una gran obra todavía o un autor que repunte sobre el resto, me refiero a los más jóvenes, aunque claro, están en una etapa de formación. Ahora, sobre el tema del terrorismo en el Perú, sí creo que se ha creado una escuela, digamos, ya hay algunos libros sobre esto que han sido premiados, y es un tema más amplio que van a venir más libros sobre esa etapa en el Perú.

¿Cuál ha sido tu mayor aprendizaje como escritor que consideras ha reafirmado tu vocación para seguir escribiendo?
(Piensa unos segundos) Hace unos años cuando me hicieron una entrevista, recuerdo que dije que lo único que buscaba era llegar al final de la historia y cerrar la historia. O sea, como ir por un camino de trocha y llegar al final sin importar cómo. Es decir, no valoraba tanto la palabra como lo hago ahora. Creo que ese ha sido el mayor aprendizaje: entender que debemos elegir el vehículo más exacto, que cada palabra debe estar muy medida dentro de esa estructura de la historia. Me fijo más en los detalles, antes escribía más a lo bestia. Me guiaba más por el instinto, ahora pienso cada vez más una historia, las dejo reposar más, ya no tengo esa prisa por publicar como antes, aunque tengo cierta periodicidad pero tiene que ver con la producción que tengo. Pero ya no soy como ese adolescente que pensaba que si no publicaba mañana se iba a morir. Ese es el real cambio que ha habido en mí como escritor.

 

 

CINCO LIBROS RECOMENDADOS POR SERGIO GALARZA

1. El mago, de Ryunosuke Akutagawa.

2. Paseos con mi madre, de Javier Pérez Andújar.

3. La hora violeta, de Sergio del Molino.

4. Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente.

5. Al cabo de los sueños, de Doris Puente (madre de Galarza).

 

 

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