Se fue Gabriel García Márquez, el gran artífice del realismo mágico

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No quisimos hacer una nota necrológica ni una semblanza sobre García Márquez, cuya muerte ha sido noticia de primera plana y ha generado comentarios incluso en lectores no habituales. Estas son algunas reflexiones que nos deja la muerte del ilustre hijo de Aracataca.

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Gabo falleció a los 87 años en Ciudad de México y su familia informó que sus restos serán cremados. En Colombia esperaban su repatriación.

 

Múltiples imágenes de Gabo. Con el bigote negro, el cabello ensortijado y sonriendo burlonamente a la cámara. Años después, vestido de pies a cabeza de blanco recibiendo el Nobel. Postales de los últimos años: el bigote cano, la frente más amplia, la sonrisa algo nerviosa, la mirada perdida y más parecido que nunca al coronel Nicolás Márquez, su abuelo. No fueron cien años ni mucho menos de soledad los que vivió Gabriel García Márquez, el maravilloso escritor colombiano que falleció en México a los 87 años el Jueves Santo del 17 de abril de 2014 y cuya muerte no solo ha impactado a su país natal sino en toda Latinoamérica e incluso en otros países remotos adonde llegaron sus libros. Su muerte golpea tanto como si se nos hubiera ido un abuelo que nos contaba historias donde la realidad, aparentemente gris, se volvía fantasía desbordante. Ha partido el gran artífice del realismo mágico y uno de los escritores que junto a Cortázar, Fuentes y Vargas Llosa llevó la literatura latinoamericana a todo el orbe.

Aunque no escribía hace años, debido a un aparente problema de Alzheimer, su último gran libro fue la primera parte (y quizás única) de sus memorias Vivir para contarla, aquel en donde el hijo del telegrafista de Aracataca ofrece el testimonio de cómo el niño pobre y hermano mayor de una numerosa familia comienza a convertirse en el gran escritor que fue. Gabo no escribía ya –como lo confesó en 2006- pero quizás no hacía falta. Todo lo escrito es deslumbrante y su obra lo sobrevivirá, como acaba de decir Mario Vargas Llosa, otrora gran amigo y distanciado de él por razones que el tiempo aclarará. Sus libros allí seguirán, y como el Quijote, Cien años de soledad se leerá dentro de varios siglos, aunque también menos imperecedera sea su obra periodística, especialmente aquella reunida en Notas de prensa (1961-1984), acaso el mejor manual de periodismo escrito en español, aunque muchos reporteros hayan utilizado solo los nombres de sus obras para elaborar sus ‘ingeniosos’ titulares (los ejemplos sobran por eso no hace falta reseñarlos).

Todos lamentan la muerte de Gabo, como cariñosamente lo llamaban, y esto demuestra una vez más el maravilloso vínculo afectivo que la literatura puede establecer. El solo hecho de que sus lectores se refieran a él como Gabo a secas así lo demuestra, y esto es algo que muy pocos escritores han logrado, pues nadie llama “Migue” a Cervantes, “Willy” a Shakespeare o “Phil” a Philip Roth. De otro lado, en circunstancias como esta es necesario también hablar del legado, es decir de la herencia literaria que nos deja García Márquez. Aunque muchos escritores ‘hijos del Boom’ renegaron (y reniegan) del realismo mágico, los ‘nietos’ son más conciliadores. Por ejemplo, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez sostiene que el autor de Cien años de soledad inventó una nueva manera de ver el mundo y de tratar la literatura. García Márquez decía que él no inventaba nada de lo que escribía sino que era como una suerte de notario de lo que observaba a su alrededor en su Aracataca natal (Macondo, en la ficción). Otro legado, no menos importante, ha sido la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, espacio para la formación e intercambio de experiencias entre jóvenes periodistas que quieren dedicarse al “mejor oficio del mundo” aunque las circunstancias para ejercerlo sean cada vez más adversas.

Otra lección quizás no tan evidente por el carácter alegre y expresivo de Gabo sea el de la tenacidad, pues siendo el mayor de 11 hermanos que vivían a duras penas, pudo forjarse una carrera como periodista primero y luego como escritor. Probablemente el talento y el azar tengan una cuota importante, pero desde aquella tan mentada lectura de La metamorfosis, de Kafka, que inspiró su primer cuento, La tercera resignación, empezaría un ejercicio continuo en la escritura de ficción y en periodismo, este último considerado por García Márquez también como un género literario especialmente bajo su forma de reportaje.

Es necesario decir también que el Nobel colombiano no se autoexilió en México sino que encontró allí a fines de los 60 la tranquilidad y espacio para escribir. Allí en su casa de San Ángel Inn, estaba la ‘Cueva de la Mafia’, el estudio donde pergeñó las mágicas líneas de Cien años de soledad, cuyo inesperado éxito le cambió la vida al hasta entonces discreto narrador latinoamericano que vivía escribiendo guiones para cine y ejerciendo otros esporádicos oficios para mantener a su esposa Mercedes y a sus hijos Rodrigo y Gonzalo. Lo que vino después no hace falta mencionarlo, a partir de allí las cámaras de fotos y videos ya lo han registrado, aunque tras esto vendría la búsqueda de aislamiento necesario para seguir escribiendo. En una entrevista de hace ocho años confesó que no escribiría la segunda y esperada parte de sus memorias, sin embargo probablemente aparecerán textos inéditos suyos, aunque la fiebre por leerlo ha aumentado tras su muerte.

El mundo está triste y llora la muerte de Gabo. En el imaginario Macondo probablemente estaría lloviendo y los funerales serían tan pomposos como los de la Mamá Grande, pero en el mundo real, y especialmente en el de la literatura, hay solo una muerte física, pues la inmortalidad del escritor, en este caso García Márquez, está a salvo gracias a su obra, a sus maravillosos libros. #GraciasGabo.

 

 

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