Samanta Schweblin: la literatura vista por una lectora y escritora

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La conversación con Schweblin que ahora publicamos se realizó durante su visita a Lima en 2016. (Foto: Alberto Rincón Effio)
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Compartimos nuestra charla con la escritora argentina Samanta Schweblin, quien afirma que vive la literatura como algo orgánico y que al momento de escribir una historia toma muy en cuenta la perspectiva del lector.

 

Por Jaime Cabrera Junco

La primera vez que escribió fue en un diario que llevaba junto a su abuelo artista plástico. Tenía 7 años y lo acompañaba a museos, al teatro y al cine. Alfredo de Vincenzo —así se llamaba el abuelo— la ponía a prueba para entrenarla “en la supervivencia del artista”: le hacía robar relojes en una feria de antigüedades y le enseñó a viajar sin boleto en los trenes. Allí quizás se instaló el germen de la escritura. En ese diario, recuerda Samanta, copiaban fragmentos de algún poema de Alfonsina Storni y Gabriela Mistral. A esa edad ya había aprendido a plasmar sus vivencias sobre el papel.

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) es una de las voces más sólidas de la literatura latinoamericana contemporánea. Su nombre es mencionado desde hace unos años y los elogios a su obra no son gratuitos. De allí que no haya sorprendido su elección en la lista de los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años hecha por el Hay Festival. Y, no solo eso, su novela Distancia de rescate ha sido nominada al prestigioso premio internacional Man Booker. En sus historias explora lo oscuro de las relaciones humanas partiendo de lo cotidiano. De una situación anodina puede emerger lo horrendo, lo absurdo también. Para construir las atmósferas que agobian a sus personajes, Schweblin trabaja minuciosamente el lenguaje. Para ella fondo y forma son indesligables.

 

—Si tuviéramos que hacerte una suerte de ADN literario, ¿qué primeras lecturas significativas tuviste?, ¿qué deudas literarias reconoces?
—Bueno, al principio acudí a la biblioteca de mis padres. Era una biblioteca que tenía, por ejemplo, muchísimos autores del boom latinoamericano, estaba ahí Gabriel García Márquez, Vargas Llosa, estaba Juan Rulfo. Después aparecieron autores como Cortázar, como Borges. Luego tuve mi primer gran amor literario con Adolfo Bioy Casares, con Antonio Di Benedetto también, y después apareció la línea norteamericana que es una línea con la que yo creo que aprendí a escribir.

 

(Foto: Alejandra López)

De esos autores norteamericanos, recuerda haber leído con mucha atención a Flannery O’Connor, John Cheever y J. D. Salinger. “Fue la primera vez que empecé a leer tratando de entender de verdad cómo eran esas maquinarias narrativas por las que uno pasaba distraído”, rememora. Además, esta lectura mucho más atenta se aguzó cuando llevó talleres literarios y cuando inició amistad con lectores interesados en la literatura.

Samanta sonríe con el nerviosismo de los tímidos. Al momento de nuestra entrevista son aproximadamente las nueve de la mañana y se le nota algo desorientada, con su mente en cualquier lado menos en el lobby del hotel donde nos hemos encontrado. Nuestro inicio accidentado en la conversación se iría disipando conforme los efectos del medicamento que había tomado para el resfrío iban diluyéndose. Al final, cuando la cámara se apagó, se disculpó sonriendo nuevamente pero esta vez de manera cálida y deseando que la entrevista no se haya echado a perder.

Esta timidez podría haber encontrado su punto más alto a los 12 años. De un momento a otro Samanta se negó a hablar, no porque tuviera un trastorno fonológico sino porque le fastidiaba la distancia que había “entre lo que quería transmitir, y lo que finalmente llegaba al otro”. La situación fue tan crítica que la profesora de la escuela amenazó con reprobarla de año si sus padres no llevaban un certificado demostrando que no tenía problemas mentales. “Mi psicoterapeuta que es una genia total y a la que le voy a agradecer toda la vida, le mandó una carta que decía que yo era una persona muy normal, pero que tenía un completo desinterés por el mundo que me rodeaba”, recuerda Schweblin.

 

—¿El interés por la escritura cómo se manifestó?
—Siempre estuvo ahí. Aunque no sabía escribir, desde muy chiquita contaba historias que se las dictaba a mi mamá. Siempre tuve una relación con la fascinación que las historias generan en nosotros. A los 12 o 13 años empecé a escribir algunos cuentos, cuentos desastrosos, impublicables, pero empecé a tomar conciencia de esta forma narrativa, de la idea del cuento, de la historia que empieza y termina. A los 14 o 15 años empecé a ir algunos talleres literarios en el colegio y después empezaron los talleres literarios serios.

 

Esos talleres “serios” a los que se refiere Samanta fueron, primero, el de Diego Paszkowski, en el Centro Cultural San Martín, y al que asistió durante cuatro años. Sin embargo, el taller más significativo fue el que llevó con la escritora Liliana Heker. “Un antes y un después en la literatura. Pensar absolutamente todo, cada coma, es agotador, pero hay un nivel de análisis muy minucioso que me ayudó muchísimo”, confiesa Schweblin, quien actualmente dicta talleres literarios en Berlín, ciudad donde reside.

A la par de estos talleres, estudió la carrera de Imagen y Sonido, en la Universidad de Buenos Aires. Aunque podría creerse que esta experiencia le resultó de poca utilidad, la narradora comenta que la cercanía con lo audiovisual alimentó su trabajo con el “costado material y experimental de la narración”. “Siento que aprendí mucho más sobre cómo se cuenta una historia viendo decenas de películas por semana, escribiendo guiones y, sobre todo, editando noches enteras, que lo que hubiera aprendido en una carrera únicamente teórica, como era en ese momento la carrera de Letras”, señaló en una entrevista.

Aunque ha publicado una novela y viene trabajando en otra, su relación con el cuento es crucial.

 

—¿El cuento es el género al que más cercana te sientes?
—Creo que tiene más que ver con el aliento con el que me gusta contar las ideas simplemente. Me parece que en el germen de una idea uno ya puede sospechar si eso va a ser un cuento o una novela y no creo que cualquier novela pueda ser un buen cuento ni viceversa.

—Pero tienes una novela (Distancia de rescate) que empezó como cuento
—Empezó como cuento porque estaba acostumbrada a escribir cuentos. O sea, para mí, en general, cuando tengo una idea pienso que podría llegar a funcionar como un cuento. Distancia de rescate fue un cuento que me trajo muchos problemas, tuve que darle muchas vueltas al tema y no encontraba la forma, es decir, yo tenía claro lo que quería contar, cómo lo quería contar, cuáles iban a ser los personajes, pero, evidentemente, no me daba cuenta de que era una idea que pertenecía a un universo de mucho más largo aliento.

—¿Piensas en el lector al escribir? ¿Cómo sabes que un cuento ya está terminado?
—No sé, pero yo trabajo mucho como lectora cuando escribo. Trato de mirar el cuento desde los dos lados: del lado del escritor y también del lado del lector. Ese punto, entre algo que está incompleto o completo, no sé por qué me resulta más fácil encontrarlo desde el lado del lector.  Llega a un momento cuando un cuento empieza a consolidarse ya en su forma definitiva, lo dejo descansar mucho tiempo, trato de olvidármelo y releerlo un tiempo después como lectora. Por suerte soy una persona muy olvidadiza entonces esto puede suceder rápidamente. Es ese lector un poco más ingenuo que el escritor que puede decir “Okey, quizá esto esté listo”.

—Y como lectora, ¿qué elementos crees que debe tener un buen cuento?
—Como lectora le exijo mucho al cuento. Un cuento, por supuesto, tiene que ser una travesía placentera, incluso cuando es un cuento terrible porque el placer puede estar en lo estético, es decir, en el procedimiento del cuento. También tiene que transformarme en algún punto, tengo que entender algo nuevo o tengo que pensar algo en lo que antes no había pensado, preguntarme algo nuevo, o sea, tiene que haber algún tipo de revelación que de verdad me cambie. Y también es muy importante, para mí como lectora, saber que el tiempo que estoy invirtiendo en esa lectura va a tener a cambio importante, que no me están haciendo perder el tiempo y que cada palabra que está ahí está puesta por algo. Cuando uno lee a un buen escritor hay un pacto de confianza, basta leer unas cuantas líneas para entender que está pasando algo importante y que debe ser leído con suma atención. Ese pacto de atención y de confianza es muy importante para mí como lectora.

 

Un resumen de su producción literaria. Su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio (Destino, 2002), fue premiado por el Fondo Nacional de las Artes y en el Concurso Haroldo Conti. Su segundo libro, Pájaros en la boca (Almadía, 2009), tuvo un mayor impacto y le otorgó un reconocimiento internacional al recibir el premio Casa de las Américas, y, además ha sido traducido a 13 lenguas y publicado en 22 países. Luego obtuvo una beca para escribir en Alemania, país donde reside desde 2012. En 2014 publicó su primera novela, Distancia de rescate (Random House), obra traducida al inglés el año pasado y que compite por el Man Booker International Prize. “Una escritora argentina en las ligas mayores de la literatura”, titulaba Clarín al dar cuenta esta nominación. En 2015 ganó el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero con su libro Siete casas vacías.

 

Foto: Tamara Somoza

—¿Qué te preocupa más, la historia en sí misma o la manera cómo contarla?
—Yo no puedo avanzar si no tengo ambas partes. Para mí escribir siempre es la suma de una idea y de un procedimiento sobre cómo se va a contar esa idea, y esto de alguna manera limita esa idea. Los límites te obligan a pensar nuevas maneras para llegar a ese lugar al que vos querés llegar y sin ese juego el recorrido sería un recorrido en el que todo vale y no me interesa. Es como en la literatura no todo puede pasar; en un cuento particular con leyes particulares no todo puede pasar, siempre hay un procedimiento, una manera de ser de ese cuento que permite o no ciertos movimientos.

—Y ese proceso de escritura es racional hasta cierto punto?
— (Piensa) Yo creo que es intuitivo al principio, ¿no? Una suerte de repetitivos ensayos en los que intento entender cómo va a ser esa forma y en los que me permito mucha libertad, puedo ir y volver, puedo tirar un borrador entero y usarlo solo como una suerte de impronta para lo que sigue. Pero una vez que lo entiendo, una vez que me doy cuenta cuál va a ser esa forma ahí me vuelvo súper controladora, ahí sí necesito tener mucha conciencia de lo que estoy haciendo, en toda la etapa de escritura y de corrección.

 

Su apellido, Schweblin, es de origen alemán y, como comentó alguna vez, las revelaciones sobre su familia las fue conociendo después de escribir. “No están presentes en mi literatura, porque no las sabía, pero están presentes sus ausencias”, dijo. Además, la familia es uno de sus puntos de partida en sus historias. “Es un tema del que no podemos desprendernos, el espacio de la familia es el espacio donde empezamos por primera vez a enfrentarnos a las grandes tragedias con las que después vamos a vivir toda la vida. Es una serie de relaciones que a mí me llaman mucho la atención”, nos dice en un momento de la conversación.

 

—Dictas talleres en Alemania a escritores hispanos y en estos espacios los escritores noveles suelen pedir recomendaciones. ¿Qué le aconsejarías a alguien que quiere escribir un cuento y no sabe cómo?
—Les contestaría que tendrían que ir a un taller (risas). Los talleres no son para todos, hay gente a la que no le funciona pero bueno, en mi experiencia personal fue muy importante. Creo que para empezar a escribir lo primero que hay que hacer es leer, leer mucho y con mucha atención. Leer con mucha atención significa leer despacio y tratar de entender palabra a palabra qué impacto tiene ese texto que uno está leyendo sobre, casi diría sobre el cuerpo. Tratar de poder ver cómo, en la propia carne del lector, una historia va creciendo, va formándose porque me parece que esta manera en que la literatura puede impactarme en la cabeza y en el cuerpo, uno no llega a concientizarla paso a paso como lector. No sé hasta qué punto se puede recrear después como escritor. Para mí la literatura, por lo menos yo a nivel personal, la vivo como algo muy orgánico, o sea, es algo que pasa o no pasa y tiene que ver con el cuerpo y con la cabeza.

—Has tenido una serie de reconocimientos por tu obra, ¿pero cuál es tu ambición como escritora?
—Quizá la ambición sea de continuidad, es decir, para mí hasta hace unos años la literatura ha sido un espacio de descanso, una mezcla entre descanso —descanso del ruido externo—, del no entender, del no poder controlar y también algo de esto, de control. Clarice Lispector decía que “la palabra es mi dominio sobre el mundo” y yo siento algo parecido, o sea, es por la palabra que de verdad puedes tranquilizar todo eso y decir “esto quiero decir”. Para mí la literatura tenía que ver casi con algo saludable. Cuando el mundo literario irrumpió en mi vida (risas) y empecé a publicar y a tener más espacio entre los lectores, todo eso de alguna manera atenta también contra mi literatura. Es difícil escribir, los tiempos son complicados, para mí todo lo que es prensa y todo lo que implica exposición me pone muy nerviosa, me cuesta escribir en ese contexto. Entonces por eso digo que mi ambición es de continuidad porque ahora mi gran interrogante es cómo sigo escribiendo lidiando a la vez con todo esto. No porque no haya ideas y ganas de escribir sino por un tema de tiempo y de ánimos.

 

LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE SAMANTA SCHWEBLIN

Samanta nos advierte que no puede hacer una selección de sus libros de toda la vida y que solo se remitirá a lecturas recientes. Ahí van:

  1. El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle
  2. Los cuentos de Amy Hempel
  3. Los cuentos de Kelly Link
  4. El ruletista, de Mircea Cărtărescu
  5. Claus y Lucas, de Ágota Kristof

 

 El video de nuestra conversación con Samanta Schweblin

 

 

 

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