Richard Parra: Deseo, pandemia y crisis de la escritura literaria

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    Ruinas de la biblioteca Holland House en Londres, en 1940, durante uno de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. (Foto: Elmundo.es)
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    Presentamos el discurso del escritor Richard Parra al recibir el Premio Nacional de Literatura 2021 en la categoría cuento por su libro Resina.



    Lima, 24 de setiembre de 2021

    Estimadas autoridades del Ministerio de Cultura y de la Dirección del libro y la lectura. Estimado público presente, buenos días.

                En primer lugar, quiero agradecer al jurado por haberme concedido este importante premio. Para mí significó una sorpresa. Por la severa depresión que me produjo la pandemia el año pasado, llegué a pensar que Resina ya era un periódico de ayer, como dice la popular salsa. Así que este premio resultó como un “levanta muerto” o como una inyección de adrenalina en el corazón para este librito que es el primero que concluí de escribir en el Perú.

                Me sorprende más aún porque creo que Resina es un libro sin unidad, misceláneo, un Frankenstein mal soldado y cosido, hecho de retazos, de chatarra, de textos recogidos literalmente del tacho de basura. Textos que en sus primeras versiones fueron rechazados por diversas editoriales. En Resina hay escrituras lumpen, vulgares, cronísticas, históricas, light, barrocas y también bipolares y esquizofrénicas. Y, en este sentido, recuerdo que redacté el borrador del cuento “Calandria” en semanas de desenfrenada y peligrosa manía bipolar y lo corregí en días de depresión, inmovilizado en una cama, totalmente dopado con fármacos.

    Desde la representación, me parece que algunos personajes de Resina son seres confundidos, que apenas pueden confrontar y racionalizar las situaciones límite que experimentan. La verdad, ni les importa. Otros viven en una profunda alienación e inercia. Es como si no tuvieran moral, ni ética, ni emociones. Son antisociales, sociópatas, cínicos, carepalos y seres recontra tóxicos y densos.

    Por otro lado, Resina carece de lo que antes se llamaban las “bellas letras”. El libro no sigue el modelo neoliberal individualista global (que exige un lenguaje estándar), ni las modas del Río de la Plata o Madrid o del millonario y superficial Hay Festival. Es un libro local al extremo. No busca ni lo universal, ni trascender. Es un híbrido, un mostrito con todas las cremas, una chanfaina. Utiliza lo documental, entrevistas, la parodia textual, lecturas afiebradas de psicoanálisis, marxismo y de la deconstrucción. El teatro, el performance, el ensayo, el montaje cinematográfico y el guion. También la mitología arguediana, aunque deformándola. Resina no apuesta por una narrativa pura, sino por una virulenta, llena de parásitos.

    La escritura de Resina no quiere perdurar, ni conmover, a veces, la veo como un grafiti callejero efímero, como una instalación provisional de anécdotas. Tampoco responde a ningún empolvado decálogo, sino a sus propios materiales y fuentes (son estos los que imponen las estructuras, las voces, los ritmos), y su redacción fue accidentada, en distintos tiempos, entre Nueva York y Lima, con varias reescrituras, salvo el rush final en el que me encerré unos meses en la biblioteca de San Isidro.

    Con Resina yo intenté hasta cierto punto practicar una antiliteratura, como la que Mariátegui privilegiaba en su reseña de los “antisonetos” de Martín Adán. Creo que es un libro saturado de deformidad, de altibajos, de irresponsabilidad política y truculencia. Y por eso me sorprende que haya sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura en el año de nuestro Bicentenario. Resina no fue escrito para ganar nada, porque no cree en la teoría del valor del Capital, se escribió con un deseo obsesivo y tóxico, con cierto malestar y odio, con resentimiento, y con un caótico impulso político.

                Ahora bien, en esta intervención no quiero dejar de mencionar que vivimos aún una crisis global que, además de sanitaria y económica, es cultural y civilizatoria. Sus signos autoritarios, sus confinamientos biopolíticos, sus lenguajes tajantes, muchos de ellos cargados de falsedad, y su mesianismo retrógrado, sacrificial, han impactado también en la cultura literaria y en sus modos de producción y distribución. Escritoras y escritores interrumpieron proyectos, las bibliotecas y archivos cerraron, las editoriales redujeron su producción al mínimo, o centraron sus publicaciones en títulos comerciales, o legibles, o en relaciones predecibles de la pandemia. Los espacios de intercambio de ideas e historias desaparecieron, la utopía tecnológica quiso suplirlos, pero no logró reemplazar el contacto corporal tan importante para la escritura, como lo afirmaba Sarduy. En este contexto, pues, la literatura peruana (y la de otros países subdesarrollados) vive una profunda crisis que, temo, tomará tiempo remontar.

     Pero vayamos a la escritura. Así como los paradigmas y las formas literarias en el Perú cambiaron con la Guerra del Pacífico, y con el conflicto armado interno de los ochenta, en estos tiempos la narrativa, las palabras y los significados pasan por un momento de incertidumbre. Percibo una lucha por los sentidos, que también es una lucha política y de clases. Aunque no es el mismo caso, el filósofo Theodor Adorno sentenció que después de Auschwitz y el Holocausto ya no se podía escribir poesía, pero igual se siguió escribiendo, aunque en formas y con sensibilidades nuevas. Los mismo sucedió con la novela europea. Con la narrativa peruana, presiento que algo similar irá ocurriendo mientras más se corporice la catástrofe en los proyectos de escritura y se desarrolle una crítica literaria historicista.

    Tengo una limitada visión de lo que se ha venido publicando durante la pandemia, pero siento que algunos libros se aferran a modelos literarios consagrados por el mercado (pe. la escritura legible neoliberal, el idealismo confesional melodramático, el pop gótico industrial, la literatura policial de manual, la genealogía de familias disfuncionales, la autoficción y la literatura realista sin reflexión sociológica ni estética) tratando con ello de agradar a una crítica, que busca ilusamente “booms”, o querer internacionalizarse en un puñado de librerías de España (en donde apenas se lee literatura latinoamericana).

    Se trata esta de una literatura que se autodenomina apolítica (o sea burguesa) que se produce y reproduce de espaldas al acontecer histórico, la memoria, las lenguas originarias y otras disciplinas como la poesía, el performance, las artes plásticas, la danza y la música popular, por mencionar algunas. O a la tradición crítica de autores como Guaman Poma, o escritoras como Clorinda Matto de Turner. Lo que digo es que mucha de la narrativa del presente se ha encerrado en sí misma, en sus controlados talleres formulaicos de trucos y estructuras manidas, y se ha vuelto resignadamente satelital. Y sus únicas fuentes son la cultura esquemática de la industria globalizada que busca perpetuar las cosas a favor del Capitalismo.

    Sin embargo, veo otros escritores y escritoras (de poesía y narrativa) que van tomando conciencia de la catástrofe que padecemos y, como diría Blanchot, practican una escritura del desastre, o una escritura feliz, carnavalesca y endemoniada como la de Arguedas, o como dijo la novelista chilena Diamela Eltit, una escritura que rompe el espacio burgués y atiende a las fuerzas populares, a la pobreza, siempre temida y marginada. Ya oigo de proyectos que plantean una escritura que busca fracturar el encierro, descuartizar la biopolítica de la enfermedad, erotizar de la inercia del cuerpo, resignificar el luto y la muerte, viralizar los textos. Son temas viejos estos, están ya en los trágicos griegos, pero, como espectros, resurgen. Y por eso los signos y significantes tendrán que buscarse en las ruinas, en los crematorios y en nuestros cuerpos atosigados por la peste, en nuestras bocas tapadas. Si escribir era complicado antes de la pandemia, ahora es peor, porque se exigen narrativas que mercantilicen y fetichicen ese dolor como en las series televisivas, o en estúpidos libros de autoayuda, o en ciertos libros de no ficción que postulan una idea de verdad degradada en propaganda.

    Espero equivocarme, pero en este texto planteo que la narrativa peruana padece una crisis incluso desde antes de la pandemia (por su ilusa ansiedad cosmopolita, por su copia subalterna de modelos extranjeros, por el agotamiento del paradigma vargallosiano y por la corrupción de ciertos espacios literarios y sus argollas). La pandemia acentuó estos problemas y menciono la crisis aquí para decir que recibir el Premio Nacional de Literatura es para mí una experiencia ambigua. Por un lado, me entusiasma, porque representa una ayuda para culminar mi próximo proyecto escritural debido a que, como muchos y muchas compatriotas, me encuentro desempleado, viviendo como freelance. Además, las palabras de un libro no caen del cielo, ni de ninguna religiosa inspiración, cuestan tiempo, esfuerzo físico, mental, investigación y dinero. No es un pasatiempo. Por otro lado, sin embargo, quiero decir que recibir el premio en medio de una crisis en la que seguramente muchos títulos no lograron publicarse en el 2020 me produce una sensación angustiante y hasta de pánico y depresión. No hay tanto que celebrar me parece, sino mucho que reflexionar e investigar.

                Bueno, por último, quiero mencionar que dedico este discurso a la memoria de la escritora ayacuchana Patricia de Souza fallecida en 2019, y a las memorias de Brian Pintado e Inti Sotelo, asesinados el año pasado por la Policía y cuyas muertes continúan impunes. Muchas gracias.  

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