Pedro Novoa y un relato inédito dedicado a Oswaldo Reynoso

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    «Gardenias Rojas» se titula el siguiente cuento que el escritor Pedro Novoa publicó recientemente en El Dominical, de El Comercio, y que con su autorización reproducimos aquí.

     

    A Oswaldo Reynoso

    Ismael saboreó la sangre que le obstruía la respiración. Tosió y aunque la encontró tibia, dulce y agradable, no pudo evitar escupirla en medio del patio central del colegio.
    De inmediato, se estrujó el vientre con ambas manos para atrapar la raíz de un torbellino de arcadas que le empezaba a subir por la garganta. Evitó el vómito en medio de una transitoria ceguera que lo hizo trastabillar, pero no caer. Soportó el vértigo, el desconcierto, aferrado a un equilibrio precario. Y entre pausa y pausa, entre tos y tos, imaginó que los escupitajos sanguinolentos formaban en el suelo gardenias rojas. Hermosas gardenias rojas que herían los ojos con su color filudo y tenaz.

    Aquella visión de sangre y belleza lo cautivó por unos segundos. El espectáculo de las gardenias lo llenó de una sensación de disolución y fulgor nunca antes sentida. Un lago de sangre que alguien extiende en el abismo como único gesto de salvación. Cuando aprestaba a lanzarse, Ismael sintió una fuerza acaballada encajarle una coz en una esquina del hígado. De golpe jadeó, boqueó como pez fuera del agua, pero resistió y logró sobreponerse.

    A pesar de dolerle hasta la propia sombra, siguió contemplando en trance las manchas del piso. Figuras amorfas que le transmitían mensajes sobre la necesidad de ver la realidad con otra luz. Una luz lo suficientemente potente para identificar entre cada gardenia sangrienta el color o la forma exacta de algún sentimiento imposible. El peso de estas sentencias hizo que las piernas de Ismael flaquearan y cayera boca arriba al lado de los espumarajos rojizos. Ya en el piso se fue ovillando en posición fetal, para anular de alguna manera el imperio de la oscuridad última, sus náuseas, y poder soñar.

    Su agresor se llamaba Fernando, un muchacho que lideraba una pequeña pandilla dentro del colegio. Desde primaria y ahora en el último año de secundaria, Fernando y sus amigos habían ideado juegos de agresión y burla donde Ismael era una de las víctimas frecuentes. Al final de algún exceso, la pandilla advertía: “Hay que joderlo, pero con cuidado. Estos deficientes mentales son como niños. Un día amanecen con ganas de cagarlo todo y los primeros en aparecer embarrados de mierda vamos a ser nosotros. Deberíamos deshacernos de él. ¿Por qué no lo sacamos del juego? ¿O estás empezando a sentir algo especial por el taradito?”.

    Esa tarde Fernando se enfureció con sus amigos. Luego de insultarlos y amenazarlos de mil maneras fue en busca de Ismael. Rabiaba, maldecía con los dientes apretados. “No podían, no debían esos cabrones, pensar esas mariconadas de él”, refunfuñó. Así que se dejó llevar por el estremecimiento que le hacía cosquillas en el bajo vientre, por una lengua rabiosa que le quemaba por dentro. Ya casi no tenía saliva por el ardor, por toda la ira contenida: sus pupilas se habían convertido en dos puntos fijos de candela líquida. Tenía que aprovechar el recreo, esa vorágine usual de bulla y desorden, para llevar a cabo su definitiva reivindicación.

    Mientras soñaba, Ismael se veía nadando entre las gardenias flotantes. Gardenias rojas y tersas como las que el amor le alcanzaba en su imaginación, o como las que Fernando le alcanzó alguna vez en su vida. Se vio la primera vez que salieron de excursión con todo el salón, cuando estaban en cuarto de primaria y aún no era un escándalo llamarse con diminutivos. “Diminutivos que curiosamente los hacían más grandes y cercanos”, recordó. No podía olvidar ese paseo, porque ese día, los muchachos intentaron ahogarlo en una laguna. Aquella vez comenzaría a reír entre cada golpe, a carcajearse estúpidamente sin motivo alguno. Los rodillazos, los puntapiés, los manazos, toda afrenta le provocaría a partir de entonces dicha y risa. Una extraña complacencia babosa, orate, sin ningún asidero de sentido o justificación. Y así, en cada molestia, en cada uno de los mil abusos cometidos contra él, se sintió vivir. Se reconoció verdadero, más auténtico que nunca. Cada vez que lloraba, reía; cada vez que lo escupían, lo humillaban, una complacencia contradictoria lo incorporaba: vital e infinito.

    Cuando lo golpeó entre los resquicios de cada resuello, Fernando creía silenciar poco a poco una historia que ya no podía corregir. Una historia de odio y amor, de abandono y rescate que aún resonaba en su interior: “Ese día lo hubiese dejado que se ahogue”, lamentó.

    —¡Miren, Fernandito está besando al tarado en el lago! ¡Se aman, se aman, de grandes van a casarse…!

    Ismael se fue disolviendo en sus recuerdos de niño con sus amigos, con esos chicos que ahora de jóvenes lo seguían agrediendo. El dolor y el amor estuvieron tan juntos para él, que no podía entender ninguno separado del otro. Quizá la simpleza de una mente como la suya que no hacía distingo entre ángeles y demonios, quizá esa extraña forma de amar que le hizo ver en las agresiones continuas una forma dolorosa de afecto. Ahora estaba cansado, recordando el día que Fernandito evitó que pereciera entre espumarajos de sangre y asfixia. No podía olvidar cuando lo sacó del lago, lo tendió y lo besó, para prestarle su aliento y devolverlo a la vida.

    —¡Se está muriendo, Fernando, lo has golpeado muy fuerte, animal! —advirtió la voz coral de la pandilla—. Mira, mira, está convulsionando. Debes hacer algo, cabrón… No puedes dejarlo allí, está ahogándose con su propio vómito…

    Ismael todavía golpeado, todavía soñando o terminando de soñar, abrió los ojos. Estaba tan feliz como confundido, tan adolorido como completamente emocionado. Y no era para menos: al frente tenía a Fernando dispuesto a practicarle una respiración boca a boca. Un Fernando con la mirada luminosa de cuando era niño, que se agachó para recogerlo, para rescatarlo de esa laguna de gardenias rojas que había sido su vida y prestarle por última vez su aliento.

     

     

    Pedro Novoa (Lima, 1974). Es profesor universitario y autor de las novelas Seis metros de soga, Maestra  vida (Premio de Novela Breve Mario Vargas Llosa) y Tu mitad animal (finalista del Premio Herralde); y de la colección de relatos Cacería de espejismos. Recientemente publicó el poemario El aleteo azul de la mariposa.

     

     

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