Patricia Highsmith sobre “Carol”, una novela releída por el cine

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    La versión en español de "Carol" ha sido editada por Anagrama.
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    Rechazada inicialmente en 1951 por retratar una relación lésbica, “Carol” –titulada originalmente El precio de la sal─ fue publicada un año después con el seudónimo de Claire Morgan. En este texto que presentamos, la escritora estadounidense Patricia Highsmith nos cuenta cómo surgió esta novela así también el impacto inicial que tuvo entre los lectores homosexuales, quienes se contactaron con ella por correspondencia. La versión cinematográfica del libro ha sido dirigida por Todd Haynes, siendo ─para muchos─ injustamente postergada de la nominación a mejor película en los premios Oscar.

     

     

    Por Patricia Highsmith

    La inspiración para este libro me surgió a finales de 1948, cuando vivía en Nueva York. Había acabado de escribir Extraños en un tren, pero no se publicaría hasta fines de 1949.Se acercaban las Navidades y yo estaba un tanto deprimida y bastante escasa de dinero, así que para ganar algo acepté un trabajo de dependienta en unos grandes almacenes de Manhattan, durante lo que se conoce como las aglomeraciones de Navidad, que duran más  o menos un mes. Creo que aguanté dos semanas y media.

    En los almacenes me asignaron a la sección de juguetes y concretamente al mostrador de muñecas. Había muchas clases de muñecas, caras y baratas, con pelo de verdad y pelo artificial, y el tamaño y la ropa eran importantísimos. Los niños, cuyas narices apenas alcanzaban el expositor de cristal del mostrador, se apretaban contra su madre, su padre o ambos, deslumbrados por el despliegue de flamantes muñecas nuevas que lloraban, abrían y cerraban los ojos y se tenían de pie y, por supuesto, les encantaban los vestiditos de repuesto. Aquello era una auténtica aglomeración y, desde las ocho y media de la mañana hasta el descanso del almuerzo, ni yo ni las cuatro o cinco jóvenes con las que trabajaba tras el largo mostrador teníamos un momento para sentarnos. Y a veces ni siquiera eso. Por la tarde era exactamente igual.

    Una mañana, en aquel caos de ruido y compras apareció una mujer rubia con un abrigo de piel. Se acercó al mostrador de muñecas con una mirada de incertidumbre ─ ¿debía comprar muñeca u otra cosa?─ y creo recordar que se golpeaba la mano con un par de guantes, con aire ausente. Quizá me fijé en ella porque iba sola, o porque un abrigo de visón no era algo habitual porque era rubia y parecía irradiar luz. Con el mismo aire pensativo compró una muñeca, una de las dos o tres que le enseñé y yo apunté su nombre y dirección en el impreso porque la muñeca debía entregarse en una localidad cercana. Era una transacción rutinaria, la mujer pagó y se marchó. Pero yo me sentí extraña y mareada, casi a punto de desmayarme, y al mismo tiempo exaltada, como si hubiera tenido una visión. Como de costumbre, después de trabajar me fui a mi apartamento, donde vivía sola. Aquella noche concebí una idea, una trama, una historia sobre la mujer rubia y elegante del abrigo de piel. Escribí unas ocho páginas a mano en mi cuaderno de notas de entonces. Era toda la historia de The Price of Salt (El precio de la sal), como se llamó originariamente Carol. Nutrió de mi pluma como de la nada: el principio, el núcleo y el final lardé dos horas, quizá menos.

    A la mañana siguiente me sentí aún más extraña y me di cuenta de que tenía fiebre. Debía de ser domingo, porque recuerdo haber cogido el metro para ir a una cita por la mañana y en aquella época se trabajaba también los sábados por la mañana, y durante las aglomeraciones de Navidad, el sábado entero. Recuerdo que estuve a punto de desmayarme mientras me agarraba a la barra del metro. El amigo con el que había quedado tenía ciertas nociones de medicina. Le conté que me encontraba mal y que aquella mañana, mientras me duchaba, me había descubierto una ampollita en la piel, sobre el abdomen. Mi amigo le echó una ojeada a la ampolla y dijo: «Varicela.» Desgraciadamente, yo no había tenido esa enfermedad de pequeña, aunque había pasado todas las demás. La varicela no es agradable para un adulto: la fiebre sube a cuarenta grados durante un par de días y, lo que es peor, la cara, el torso, los antebrazos e incluso las orejas y la nariz se cubren de pústulas que pican y escuecen. Uno no debe rascárselas mientras duerme porque entonces quedan cicatrices y hoyuelos. Durante un mes uno va por ahí lleno de ostensibles manchas sangrantes, en plena cara, como si hubiera recibido una descarga de perdigones.

     Un fotograma de la versión cinematográfica en la que Carol es interpretada por Cate Blanchett y Therese por Rooney Mara.

    Un fotograma de la versión cinematográfica en la que Carol es interpretada por Cate Blanchett y Therese por Rooney Mara.

    El lunes tuve que notificar a los almacenes que no podría volver al trabajo. Uno de aquellos niños de nariz goteante debía de haberme contagiado el germen, pero también era el germen de un libro: la fiebre estimula la imaginación. No empecé a escribirlo inmediatamente. Prefiero dejar que las ideas bullan durante semanas. Y además, cuando se publicó Extraños en un tren y poco después la compró Alfred Hitchcock para hacer una película, mis editores y mi agente me aconsejaron «Escriba otro libro del mismo género y así reforzará su reputación como…» ¿Cómo qué? Extraños en un tren se había publicado como «Una novela Harper de suspense», en Harper and Bros -como se llamaba entonces la editorial- y de la noche a la mañana yo me había convertido en una escritora de «suspense».

    Aunque, en mi opinión, Extraños en un tren no era una novela de género, sino simplemente una novela con una historia interesante. Si escribía una novela sobre relaciones lesbianas, ¿me etiquetarían entonces como escritora de libros de lesbianismo? Era una posibilidad, aunque también era posible que nunca más tuviera la inspiración para escribir un libro así en toda mi vida. Así que decidí presentar el libro con otro nombre. En 1951 ya lo había escrito. No podía dejarlo en segundo plano y ponerme a escribir otra cosa por el simple hecho de que las razones comerciales aconsejaran escribir otro libro de «suspense».

    Harper and Bros rechazó The Price of Salt, y me vi obligada a buscar otro editor estadounidense. Lo hice a mi pesar, pues me molesta mucho cambiar de editor. En 1952, cuando se publicó en tapa dura, The Price of Salt obtuvo algunas críticas serias y respetables. Pero el verdadero éxito llegó un año después, con la edición de bolsillo, que vendió cerca de un millón de ejemplares y seguro que fue leída por mucha más gente. Las cartas de los admiradores iban dirigidas a la editorial que había publicado la edición de bolsillo, a la atención de Claire Morgan. Recuerdo que, durante meses y meses, un par de veces por semana me entregaban un sobre con diez o quince cartas. Contesté muchas de ellas, pero no podía contestarlas todas sin elaborar una carta modelo, y nunca me decidí a hacerla.

    Mi joven protagonista, Therese, puede parecer ahora demasiado timorata, pero en aquellos tiempos los bares gays eran sitios secretos y recónditos de alguna parte de Manhattan, y la gente que quería ir cogía el metro y bajaba en una estación antes o una después, para no aparecer como sospechosa de homosexualidad. El atractivo de The Price of Salt era que tenía un final feliz para sus dos personajes principales, o al menos que al final las dos intentaban compartir un futuro juntas. Antes de este libro, en las novelas estadounidenses, los hombres y las mujeres homosexuales tenían que pagar por su desviación cortándose las venas, ahogándose en una piscina, abandonando su homosexualidad (al menos, así lo afirmaban), o cayendo en una depresión infernal. Muchas de las cartas que me llegaron incluían mensajes como «¡El suyo es el primer libro de esta especie con un final feliz! No todos nosotros nos suicidamos y a muchos nos va muy bien». Otras decían: «Gracias por escribir una historia así. Es un poco como mi propia historia…» Y: «Tengo dieciocho años y vivo en una ciudad pequeña. Me siento solo porque no puedo hablar con nadie…» A veces les contestaba sugiriéndoles que fuesen a una ciudad más grande, donde tendrían la oportunidad de conocer a más gente. Según recuerdo, había tantas cartas de hombres como de mujeres, lo que consideré un buen augurio para mi libro. El augurio se confirmó. Las cartas fueron llegando durante años, e incluso ahora llegan una o dos cartas de lectores al año. Nunca he vuelto a escribir un libro como éste. Mi siguiente libro fue The Blunderer. Me gusta evitar las etiquetas, pero, desgraciadamente, a los editores estadounidenses les encantan.

     

    24 de mayo de 1989.

     

     

     

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