Narradores peruanos de espaldas a la realidad

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    ¿A qué se debe el desinterés de los escritores peruanos actuales por la novela policial, un género tan rico en posibilidades? Algunas consideraciones sobre ello en esta columna del crítico Gabriel Ruiz Ortega.

     

     

    Por Gabriel Ruiz Ortega

    Si nos aunamos a la opinión común, podemos decir que la narrativa peruana comienza a vivir un buen momento. De lo que viene escribiéndose en estos años, tenemos para todos los gustos, lo cual es bueno y edificante, pero lo que sí me causa sorpresa es la poca disposición de nuestros escritores para acercarse a la realidad en todo el paisaje de su crudeza. No, no hablo en función a la práctica de una ideología plasmada en la obra literaria, o como sustento de la misma, sino a un desinterés por un género que nos permita entender mejor nuestro contexto, el de hoy, teñido de sangre, violencia y corrupción.

    Sé que tenemos voces narrativas que vienen escribiendo de la violencia, no necesariamente política, sino de la violencia en un sentido más amplio, una violencia cotidiana y social. De alguna manera, la violencia de la que escriben yace en los terrenos de la más absoluta estética literaria. Pues bien, cuando líneas arriba me refería a nuestro contexto teñido de sangre, violencia y corrupción, lo hacía en relación a la carencia de un género que la represente, al hecho de que no estamos aprovechando un género idóneo, un género que el mercado editorial ha convertido en plástico, pero que nuestra realidad bien podría regresarlo a su estado de pureza, cosa que podríamos forjar una tradición fuerte en el género policial.

    Eso es lo que viene pasando. Con todo lo que vemos, hasta en sus lados más circenses, el contexto peruano está llamado a cimentar una tradición en narrativa policial. Cuando me refiero a tradición en narrativa policial, no cuento con las incursiones de ciertos autores en este género, como Alonso Cueto, Mirko Lauer, Peter Elmore, Fernando Ampuero, Vargas Llosa y el recordado Carlos Calderón Fajardo, que a lo mejor han incursionado en él bajo el ánimo de la curiosidad y la experimentación temática.

    No hay que negarlo, el género policial es llamativo, en donde no solo podemos encontrar divertimento, sino también cimas literarias. Por esta razón, la inquietud se asienta más, porque se está dejando pasar una oportunidad única para comenzar a sacarle el jugo a este género que más temprano que tarde nos podría ofrecer novelas que podamos calificar de maestras. Entonces, ¿a qué se debe el desinterés de los escritores peruanos actuales por este género rico en posibilidades? Las respuestas podrían ser variadas y en busca de una me lancé en algunas especulaciones, quizá más de una chocante, pero son especulaciones en buena onda.

    AgathaChristieNovelaTodas mis especulaciones yacen en un estado por demás vergonzoso. El estado: la experiencia de la lectura en muchos escritores peruanos ha empezado tarde. No me refiero a que no lean. Ese no es el punto. Me explico mejor: la mayoría ha empezado a leer en los años formativos ni bien terminaron el colegio. En esos años las lecturas son más canónicas en todo sentido, no solo de autores nacionales, sino también de los foráneos. Esto no me sorprende, conozco a narradores y narradoras que se resisten a leer a Dumas, Salgari y Verne por considerarlas lecturas para adolescentes; o peor: cuando les hablo de Conan Doyle y Agatha Christie, piensan en amas de casa y en lectores limitados.

    Bien sabemos que el género policial ha sido por décadas desdeñado por la academia y por la llamada comunidad de lectores cultos, que consideraban al género policial como un subgénero, una literatura de divertimento pasajero. Con los años, el policial ha ido quebrando barreras. Hoy en día habría que ser una bestia o un subnormal para no reconocer los ecos perdurables de un Dashiell Hammett y un Raymond Chandler, por ejemplo. En el caso peruano, percibo que el interés viene creciendo, pero crece gracias a los grandes del género, por cuenta de lectores diletantes y, felizmente, ahora desprejuiciados. Sin embargo, apunto a los narradores, a la nueva hornada bañada en fama virtual y a los que anhelan estar en ella. ¿Qué pasa? ¿Por qué el género les es tan esquivo? No creo que esta situación obedezca a un desinterés, sino más bien a las lagunas que arrastran desde la adolescencia, porque en esta etapa es cuando se lee a los grandes maestros del divertimento, en donde el buen divertimento literario se cuela en la formación lectora que ni las más ineludibles lecturas de textos canónicos va a poder desaparecer, sino enriquecer.

    El policial seduce y gusta a muchos escritores peruanos, pero el problema es que no saben cómo escribirlo. No conocen la tradición, se sienten achibolados, traicionados, menos, por leer a los mencionados Conan Doyle y Agatha Christie, igual con George Simenon, Manuel Vásquez Montalbán, P.D. James, Patricia Highsmith, Juan Madrid, Leonardo Sciascia y demás referentes ubicables. Echemos un vistazo a otras tradiciones, como la chilena y argentina, que sí tienen una tradición en el género policial, que pueden jactarse de tener genuinas obras maestras. No lo pienso mucho. Sus escritores leían desde la adolescencia y leían el policial para pasarla bien. Pensemos en la colección El séptimo círculo de Borges y Bioy Casares, conformado por novelas policiales inglesas. Esta colección no iba dirigida exclusivamente al llamado lector culto, al lector de rarezas, sino al público en general.

     

    Elseptimocirculo

     

    Si el policial no ha prosperado en nuestro país es debido a la carencia de una política cultural preocupada en democratizar la lectura. El policial es solo un género perjudicado, una extensión temática más junto a registros como el fantástico y el horror. Estos géneros se asimilan en la adolescencia, por lo general es así, aunque esta no es una ley, valgan verdades. Por ejemplo, esta impresión la comparten los narradores suecos de policiales, que no se cansan en declarar que gracias a las lecturas de las novelas de divertimento que leyeron en su adolescencia llegaron a ser lo que son: los mejores hoy en día en el género policial. En apariencia, en Suecia no pasa nada y de lo poco que ocurre allí, estos narradores saben cómo elevar el crimen, que si lo comparamos con el crimen que acaece por estos lares, es absolutamente nada o inocente. Pensemos en un capo del policial, esta vez gringo, Richard Price,TheWire cuya poética es deudora de un híbrido entre Simenon y The Black Mask. Price se formó como lector en las bibliotecas públicas de su ciudad, su primer amor fue el policial y, por consecuencia, de adulto se propuso ser un escritor de novelas policiales (ten en cuenta que fue uno de los guionistas de The Wire). La llamada lectura de divertimento le reforzó la mirada hacia la realidad y vaya producto que salió de esa formación, novelas de una brutalidad tan actual, brutalidad de la que no es necesario conocer a fondo el contexto que retrata, tan parecido al nuestro.

    Ahora, que no pocos escribas locales hayan empezado a leer tarde y su formación lectora dependa únicamente de textos canónicos no es justificación para no conocer y leer a los cracks del policial. Sumergirse en las páginas de las novelitas de Christie y Simenon bien puede valer un curso intensivo de narratología. Estos maestros enseñan a narrar, son maestros e hijos del extraordinario Dumas.

    Por eso, querido narrador peruano preocupado en narrar esta realidad privilegiada para los fines literarios, no te avergüences, ni paltees si no eres sueco, mucho menos si no ha habido una espectacular biblioteca pública en tu barrio. Nunca es tarde para comenzar. Si te fascina el policial, si no tienes la más puta idea de cómo escribir una novela policial sobre lo que, a saber, viene pasando en los puertos, en las extorsiones a los empresarios, en los anticuchos de los gobiernos regionales y en la narcopolítica, pues busca a los maestros del divertimento, a las voces mayores del policial. No tengas roche. Y para animarte en la empresa y así te vacunes contra las opiniones de los poseros que leen la última mentira editorial sin haber revisado a Chaucer ni Tolstói, te cuento lo siguiente: en el imprescindible libro de ensayos Celebración de la novela, Miguel Gutiérrez cuenta que empezó a leer a los treinta y cinco años las novelas de aventuras de Salgari, Dumas y Verne.

    No digo más y ponte a leer, a recuperar el tiempo perdido si es que te haces llamar narrador.

     

     

     

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