Mónica Ojeda: «Me interesa la parte sensorial de la literatura»

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La escritora Mónica Ojeda ha publicado novelas muy celebradas como «Nefando» y «Mandíbula». (Foto: Sergio Cadierno).
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Conversamos con la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda, quien a través de su obra explora temas vinculados con el miedo, el dolor y la perversidad, así como las relaciones de poder dentro de la familia.


Por Jaime Cabrera Junco

Es una de las nuevas voces de la literatura latinoamericana junto a nombres como los de Samanta Schweblin, Liliana Colanzi, Mariana Enríquez, por mencionar solo a algunas autoras, cuya obra destaca por sus temas y singularidad. Nació en Ecuador y reside actualmente en la ciudad de Madrid. Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) nos presenta historias con personajes perturbados abordando temas tabú como el incesto, la pornografía infantil y el despertar sexual en menores de edad. Su más reciente libro de cuentos, Las voladoras, explora la tradición oral a través de aquello que ha denominado el gótico andino. «En Ecuador había mucha gente que hablaba de este de este término de forma oral e incluso algunos académicos. Quise lanzarme a la odisea de hacerlo también y ver qué me salía», nos dice a través de una conversación que transmitimos en video.


Tengo entendido que empezaste escribir desde los 12 años. Mi curiosidad es si en esos primeros cuentos se insinuaba ya algo del de los temas que escribirías después

Creo que sí, de hecho eran cuentos muy malos, pero recuerdo que el primero iba sobre la locura. Era sobre una chica que miraba obsesivamente volar a los pájaros y buscaba algún patrón en sus vuelos. También escribí un cuento sobre fantasmas y el despertar sexual de una adolescente que le bajaba la regla por primera vez. Creo que tenía una inclinación temática a determinadas experiencias.



¿Cuándo es que empiezas a tomarte más en serio la escritura?

Bueno, creo que en realidad me la tomé en serio casi desde el principio. Sobre todo porque me di cuenta de que era algo que podía hacer bien. Yo era una niña muy torpe y, además, tenía muy baja autoestima y pensaba que en general no hacía las cosas bien. Tampoco era muy buena estudiante, aunque en secundaria sí lo fui. Era una chica muy distraída, mis padres me llevaron muchas veces al psicólogo porque pensaban que tenía déficit de atención. De repente empecé a escribir, mis profesoras notaron que tenía habilidades para ello, mi madre también, y, entonces sentí que había algo que se me daba bien. Entonces, empecé a escribir casi por una cuestión vanidosa y egocéntrica. Luego me di cuenta de que la escritura me llamaba por otras razones que no eran tan sencillas.


Vargas Llosa habla de «demonios», Sabato los llamaba «fantasmas», todo esto para referirse a los temas que rondan a un escritor y que sirven de punto de partida para escribir. En tu caso, ¿de dónde nacen las historias?

Creo que las historias probablemente son lo menos importante. Lo que me parece más íntimo e importante a la hora de escribir es la experiencia sensorial. Esta experiencia que puedo tener con el lenguaje casi como un baile. Es decir, a quién le importa tanto el contenido de la letra de una canción. Cualquiera puede escribir una buena historia si maneja las técnicas narrativas, pero el trabajo con el lenguaje es más poético, más sensorial. Requiere de un tipo de sensibilidad que también se puede aprender y ejercitar, pero es más complicado y desafiante literariamente hablando. Entonces, como me desafía, me apasiona más. Las historias las construyo más cerebralmente, pero el lenguaje es algo más instintivo.


¿De dónde vienen tus influencias para abordar temas como el miedo, el dolor y la perversidad?

Posiblemente de todos los libros, pero los que más me ha marcado a mí es la poesía. Creo que la poesía trabaja con temas que tienen que ver con el cuerpo, con la violencia y con emociones extremas. Particularmente a mí me resulta abrumadora, incluso he llegado a tener pesadillas con algunos poemas. Creo que el trabajo con el lenguaje que hacen determinados poetas es capaz de abrir puertas inhóspitas en la mente. Hace poco estoy volviendo a ver toda la serie Los expedientes secretos X, que está llena de mitologías y símbolos. También están los cómics de Alan Moore, pues la literatura está constantemente nutriéndose de otras artes y de otras experiencias culturales.


Ahora que mencionas la poesía, esta se encuentra presente o se vislumbra ya desde tus epígrafes, donde citas a poetas como Victoria Guerrero, Mario Montalbetti, Raúl Zurita.

Como te decía antes, me interesa mucho la parte sensorial de la literatura. Creo que esto me lo ha dado la lectura de poesía. Muchas veces cuando se habla de narrativa se olvida que en realidad, la novela y el cuento, siguen siendo artefactos creados con palabras, es decir, que no solamente importa el contenido. Porque a veces pareciera que lo único importante es la trama, el argumento. Creo que lo más complicado es desarrollar una relación realmente íntima y sensorial con el lenguaje. No quiero ser prescriptiva, pero siento que con el lenguaje se vislumbra, a veces, esos abismos de la conciencia, como una zona misteriosa, donde puede habitar aquello que no controlamos nunca del todo. En mi caso, siento que el lenguaje es algo que constantemente estoy tratando de domar, pero que tiene una parte que es absoluta y radicalmente indomable y que nunca voy a poder domesticar.


¿Cómo es tu relación con la novela y el cuento? Decías en otra entrevista que te interesa los géneros para perturbarlos.

Siento, como como decías justamente, que los géneros me interesan en tanto puedo explorar hasta qué punto puedo llegar para para conectarlos con otros. En Las voladoras, estrictamente son cuentos y se pueden leer como tal, pero hay un cuento que es muy breve y que podría leerse en versos. Sería una especie de cuento-poema. Los cuentos tienen un trabajo con la palabra que creo está muy cercana a la experiencia poética. Tengo un libro de poemas que tiene una parte narrativa, o sea, como la posibilidad de que los géneros no sean una barrera o una jaula, sino una posibilidad de explorar el lenguaje.


¿Cómo es tu trabajo con la escritura? ¿Tienes algún método, alguna manera de organizarte? Si acaso tomas notas o escribes directamente en la computadora.

Escribo en ordenador porque mi letra es bastante horrible (ríe) y no la soporto. Entonces, no puedo estar escribiendo en papel durante mucho tiempo sin tener una crisis estética. Escribo siempre en ordenador, pero siempre tengo una un cuaderno. En este voy anotando porque, a veces, cuando estoy escribiendo se me vienen ideas como destellos que no puedo incluir en ese momento y los anoto. Lo curioso es que cuando termino la novela normalmente me quedo con un cuaderno, cuyas páginas enteras están todas tachadas, que parecen de loca esquizofrénica (ríe). No me gusta hacer esquemas ni planificar demasiado antes de sentarme a escribir. A mí me funciona mucho tener algunas intuiciones de lo que quiero escribir. Realmente no tengo una clara idea de la trama argumental ni de nada de lo que va a ocurrir. Lo que hago es sentarme a explorar las posibilidades narrativas mientras estoy escribiendo. Voy diseñando la trama sobre la marcha y, por eso, después el pulido es muy largo. O sea, yo escribo, pero después tengo que dedicarle mucho trabajo a pulir, releer y reescribir. Me gusta escribir así porque me funciona mejor trabajar instintivamente sobre la marcha y descubrir qué quiero escribir mientras lo hago.

 

En Nefando hay una cita que te la voy a leer para llevar a la pregunta que te quiero hacer: «Perturbar es escribir con la mitad del cuerpo hundido es una ciénaga» Para ti ¿qué es la escritura?

Voy a responder con lo mismo que he estado respondiendo en las últimas entrevistas sobre Las voladoras. Diré que la escritura es un conjuro. Trabajar las palabras de tal manera que cambien la materia que transformen algo en el cuerpo que reciben las palabras. Los que escribimos estamos tratando que la experiencia se convierta en una experiencia para otros, en una emoción. Y eso, estrictamente, es un conjuro.

 

¿Logras discernir qué temas están orientados hacia un cuento o hacia una novela?

Creo que casi todo tiene la posibilidad de ser una novela, de ser un libro de poesía, o de ser un cuento. En mi caso, por lo menos, es así. Las historias no me van diciendo el género, sino más bien el estado anímico. Cuando tengo ganas de escribir, de repente una idea, tengo los personajes, pero primordialmente tengo una emoción o varias que quiero explorar. Esta emoción o emociones me dan la atmósfera del libro. Antes de siquiera escribirlo de saber la historia, ya tengo la atmósfera. En ese sentido, la atmósfera me va diciendo si esto es para trabajar una novela, que requiere un tiempo distinto, o un cuento, donde el tiempo es veloz. Y en un poema, donde el tiempo es casi cíclico. Los tiempos se manejan distinto y, en ese sentido, yo creo que las atmósferas me van dando el sentido del tiempo que quiero trabajar.

 

 

LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE MÓNICA OJEDA

1. Autobiografía de Rojo, de Anne Carson.

2. El libro de las preguntas, de Edmond Jabès.

3. Zurita, de Raúl Zurita.

4. Las nadas y las noches, de María Auxiliadora Álvarez.

5. Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor.

 

BONUS TRACK:

6. Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi.

 

 

 

 

 

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