Mirar el árbol, mirar el bosque: una reseña de “Nunca sabré lo que entiendo”

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Compartimos esta lectura de la primera novela publicada por Katya Adaui Sicheri, cuya estructura fragmentaria y brevedad transmiten con destreza las sensaciones y pensamientos de su protagonista.

ReseniaNuncaSabreLoQueEntiendo

 

Por Marlon Aquino Ramírez*
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En Nunca sabré lo que entiendo de Katya Adaui, Ana, la protagonista de la historia, emprende un viaje en tren tras decidir separarse de su esposo. La imposibilidad de la pareja para tener un hijo se presenta como una de las razones principales de la crisis matrimonial. Sería muy facilista decir que se trata simplemente de la narración de un “viaje interior”. Ciertamente lo es, pero más importante es señalar que Adaui aborda este tópico de una manera muy sugestiva gracias al acertado recorte en la trayectoria existencial de su personaje. No importa de dónde viene Ana o hacia dónde va. Lo que importa es que lo que ocurre con ella mientras está en el tren. Adaui difumina el pasado y el futuro de la protagonista. Diluye los puntos de partida y de llegada, tanto en el exterior como en el interior de Ana y por ello, así como no presenta claramente al lector su traslado físico desde el punto A hasta el punto B, tampoco da contornos definidos ni al origen de su crisis ni a su final. Importa el instante. Por eso es irresistible comparar este libro con una toma fotográfica en la que se ha recortado un significativo fragmento de experiencia humana. Las correlaciones con el arte fotográfico son numerosas. A nivel extratextual, por ejemplo, la brevedad del libro –de apenas 66 páginas– replica la brevedad del flash. Mientras que a nivel intratextual el carácter fragmentario de su estructura lleva a pensar en una sucesión de snapshots que van capturando las más diversas impresiones de una conciencia en crisis.

Ahora bien, este carácter fragmentario del libro, revela tanto sus aciertos como sus puntos débiles. Entre los primeros, es evidente la destreza de Adaui para densificar en pocas líneas una sensación o un pensamiento. De ahí que, a pesar de ser un libro breve, no es un libro que entregue fácilmente toda su riqueza en una lectura apresurada. Las pocas páginas de Nunca sabré lo que entiendo no deben conducir a engaño, porque no se trata de un libro complaciente. El lector ideal que la primera novela de Adaui se esfuerza por construir es uno que no busque entender, sino participar de una experiencia emocional; un lector que no espere soluciones fáciles, sino uno que se deje arrastrar por el torrente de enigmas de la protagonista, sin importarle ningún punto de llegada. Aquí lo que interesa es el viaje y no el destino.

Hacer corresponder la experiencia visual del movimiento en tren con el movimiento de la conciencia de la protagonista es otro de los méritos de esta entrega. Esto le permite a la autora construir una estupenda alegoría tanto del acto de lectura como del de escritura literaria. Así, el lector se convierte también en un pasajero de tren que al asomarse por la ventana ve transcurrir ante sus ojos la interminable secuencia de experiencias, intuiciones, pensamientos, temores, esperanzas, hallazgos y alegrías que desfilan por la mente en ebullición de Ana. La brevedad y variedad de los fragmentos juegan un papel fundamental en la creación de este efecto. De otro lado, y puesto que estos fragmentos están constituidos por los apuntes que Ana ha anotado previamente o va anotando en el tren, su escritura se emparenta con la paciente e intensa exploración interior que constituye la labor de todo escritor.

Sin embargo, lo fragmentario no es igual a lo caótico. El primero tiene un principio secreto de organización del que el segundo carece. Y pienso que el caos es la mayor amenaza al libro como conjunto. Hay varias anotaciones que, al guardar sólo una remota o forzada relación con los temas que obsesionan a la protagonista, son totalmente prescindibles, pues arruinan por momentos el seductor desorden organizado que constituye la fuerza centrípeta del libro. Me parece que el excesivo culto al aforismo, a la frase brillante, contribuye también a estos descuidos en la organicidad del texto. Lo cual no quiere decir que el libro no tenga frases brillantes, que las tiene y muy hermosas (“Comprendí que no hay mayor tristeza que la belleza que no se puede compartir”, mi favorita). No obstante, cuando se quiere poblar el relato con ellas, el que termina llamando la atención es el autor (un elemento ajeno al mundo representado) y no el personaje. Estos aspectos señalados me parecen comprensibles en una primera entrega novelística, sobre todo en una autora que ha demostrado moverse con talento y comodidad en la narración breve, como atestiguan las reseñas a sus publicaciones previas. Katya Adaui sabe cómo mirar el árbol, debe ahora continuar aprendiendo a mirar el bosque. La expectativa es grande.

 

 

Marlon Aquino estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Actualmente sigue estudios de posgrado en Northwestern University (Chicago). En 2011 publicó la novela Las tristezas fugitivas.

 

 

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