Memoria 2017: recuento literario

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    Collage: Jenny La Fuente.
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    Más vale tarde que nunca. Compartimos un amplio recuento literario del 2017.

     

    Por Gabriel Ruiz Ortega

    Llevar a cabo un recuento literario no es más que un salvaje ejercicio de memoria. Sin embargo, aparte de recordar, hay que revisar los apuntes y sacar lustre a la percepción para detectar los libros que aún no has leído y que debes buscar para tener una idea decente de aquello que se ha publicado en el 2017. Este recuento es pues una selección, en la que se comentan títulos de valía, del mismo modo aquellos que no te han gustado y los que, sencillamente, te han decepcionado profundamente.

    En este sentido, me resulta imposible equiparar el presente recuento con el realizado por Ricardo González Vigil, que ya debemos catalogar de catastro, como documento útil para los estudiosos de la literatura peruana del futuro, cosa que en lo personal agradezco, porque si algo sé de títulos de las últimas décadas, se lo debo a sus recuentos. Pero tampoco puedo ser ajeno a su criterio y me resulta imposible sintonizar con su entusiasmo, por la sencilla razón de que aparecer en el catastro no es lo mismo que ser un autor destacado.

    Aprovecho la ocasión para pedir disculpas a todas las personas que se sintieron ofendidas por mi recuento del año pasado. Reconozco que se me pasó la mano, muy tarde me di cuenta de la dimensión diabólica que tienen ciertos apelativos que espeto, de la resonancia que en ámbitos laborales y académicos sufren sus destinatarios. Hubo un caso de un narrador y crítico que sufrió sus consecuencias, el apelativo llamó más la atención que el justificado señalamiento sobre el amiguismo reseñil que practicaba en un conocido medio.

    Este recuento estará libre de apodos, pero no de su postura habitual. Los autores tienen que aprender que no siempre gustará lo que publican, creerse un iluminado de la narrativa o la poesía, aparte de acto de soberbia, es también síntoma de inmadurez.

     

    *

    2017 no fue un año marcado por la tragedia. Si hacemos memoria, en 2016 nos dejaron dos de nuestros más grandes narradores contemporáneos, Miguel Gutiérrez y Oswaldo Reynoso, de quienes seguimos sintiendo su ausencia, el legado más allá de la evidente calidad literaria mostrada: la voracidad lectora en el caso del primero y la actitud transgresora en el segundo. A su manera, ambos fueron consecuentes, y dejando de lado las diferencias personales que tuvieron en sus últimos años de vida, Gutiérrez y Reynoso nos heredaron un principio: jamás hipotecarse. Es decir, una ética refrendada en el cuidado mayor que debe mostrar todo escritor: la fuerza de la proyección del discurso extraliterario en relación a la obra.

    Dicho esto, el 2017 estuvo marcado por la onda tristeza. Nos dejaron autores, algunos de ellos no eran de mi preferencia en mi condición de lector, tal el caso de Arturo Corcuera, poeta querido y admirado por centenares de poetas y lectores, de quien tuvimos dos publicaciones, siendo sus memorias Vida cantada / Memorias de un olvidadizo un libro llamado a ser uno de los más llamativos del año, pero que no tuvo la resonancia que merecía, quizá este libro goce de una mayor recepción en un futuro cercano, y deseo que sea así porque en sus páginas hay muchísima información sobre la trastienda de la historia literaria peruana a partir de la segunda mitad del siglo pasado. Hubiésemos deseado, hay que decirlo, una edición más responsable. Por otro lado, poco antes de partir, Corcuera entregó un extenso y hermoso poema en formato de libro, Celebración de tu cuerpo.

    También partió uno de los más grandes estilistas que haya dado este país: Gregorio Martínez. Son varias las impresiones que depara su partida, en primer lugar, fue un autor que supo fusionar el verbo carnal con una peculiar visión antropológica de la costa sureña peruana. Con Martínez éramos partícipes de una ceremonia festiva por la vida, tenía el don de comprometer al lector, sin importar si este era ajeno o no del mundo que nutría su imaginación. Siempre he pensado que Martínez se consideraba un gran escritor, prueba de ello es la fidelidad que siempre tuvo con su poética, a la que jamás traicionó por intereses de moda editorial, además, era un autor que conocía su valor como ser social, por esa razón fue muy dueño de una actitud en consonancia con sus principios éticos y morales. Dijo lo que dijo sin importar si había o no ofensas en su discurso. En segundo lugar, Martínez nos hizo pensar en lo más grande que ha tenido la tradición narrativa peruana en el siglo XX, la cantera que significó el Grupo Narración. Autor peruano, sea joven o con recorrido, que no haya leído al menos un libro de cualquiera de sus integrantes, es dueño de una condenable laguna formativa. Varias veces he pensado que una de las razones que sustenta la seducción frívola por el reconocimiento que carcome a muchos de nuestros últimos narradores obedece al desconocimiento que se tiene de lo producido por los escritores de este grupo narrativo y político. En Narración no solo había política e ideología de izquierda (así agrade o no), existía también una comunión religiosa con el acto de escribir, que se manifestaba precisamente en lo publicado. Esta comunión con la escritura es lo que dignifica la vigencia de varios autores del grupo, entre los vivos y a los que hay que (re)leer: Augusto Higa y el estupendo Juan Morillo Ganoza. Narración era/es y seguirá siendo Narrativa de alta calidad, reducirlo a sus vaivenes ideológicos no es más que mera mezquindad condimentada de ignorancia. Los libros de sus integrantes siguen lozanos, gozando de actualidad, en cambio la producción de sus detractores resiste gracias a la truculencia del relacionismo editorial, autores muertos en vida o resucitados a la fuerza.

    Partió también el polifacético escritor Luis Enrique Tord. De los géneros que abordó, destacó en narrativa y estudios históricos. Como autor de ficción, habría que volver a Diana, verano del 53 y Sol de los soles. Sin duda, Tord ha dejado una obra en la que se tendría que indagar más en pos de un noble objetivo: ser saludado por los lectores, cosa que de esta manera lo divorciamos de la consagración académica, que trae prestigio, pero no lo que le interesa a un escritor.

    La muerte de Moisés Sánchez Franco se dio a conocer mediante un enloquecido rumor. Su suicidio y los motivos que lo llevaron a tomar esa decisión no tendrían que ser la referencia inmediata cuando hablamos de él, siendo en vida un autor de enorme talento, que dejó un cuentario de estupenda factura, Los condenados. Los cantamañanas de la narrativa fantástica en Perú, que ya vienen aceptando que vienen trabajando en retazos y no en obras maestras o aunque sea interesantes, ya calmados de proclamas imbéciles tipo “Aquí murió el realismo” (situación a la que arriban ante el mayor chicotazo recibido: la percepción del lector interesado (en narrativa fantástica peruana), que se da cuenta de que lo están floreando o vendiendo un verso), tendrían que fijarse en Sánchez Franco. Los condenados no es una obra maestra, pero sí un libro con epifanías que no dependen del coto genérico en el que está inscrito. Recuerdo que tras participar en la presentación del libro en una librería local, tuve la absoluta certeza de que Sánchez Franco obtendría los más justificados saludos de la crítica. Pero algo pasó, seguramente la mezquindad de la prensa cultural hizo su gracia, ni siquiera los esfuerzos por reconocer su legado (Homenaje en la última FIL) resultaron suficientes para extraer su poética del silencio en el que se encuentra. Esta es pues una tarea para los cantamañanas de la narrativa fantástica: ocuparse de una obra reveladora.

     

    1

    Aunque no fue el año de la poesía, ello no quiere decir que no hayamos disfrutado de publicaciones a destacar. No hubo que esperar hasta el final de la temporada para saber cuál era el poemario más importante. Nos hallamos ante el libro de uno de los vates medulares de la poesía peruana contemporánea, la caja de herramientas que dan cuenta del talento, la formación, la genialidad y la locura de Enrique Verástegui en la década de los setenta. Bodegón recoge los poemas no incluidos en libro de nuestro apreciado autor, tarea titánica y apasionada que llevó a cabo Renzo Porcile, uno de los mayores especialistas en poesía peruana setentera. No es la primera vez que Porcile nos ofrece un rescate, ya lo hizo el año pasado junto a José Carlos Yrigoyen, cuando dio orden y forma a Canciones desentonadas y alegres aterrizajes para evitar el suicidio de Óscar Málaga. Con Bodegón repasamos al primer Verástegui, el punto de partida que a muchos nos hizo abrigar la poesía como una posibilidad de vida en la sola admiración de la lectura. Señalemos también que la presente edición viene con un extraordinario prólogo de Jorge Pimentel.

    Confieso que fue difícil designar a Bodegón como el principal poemario, puesto que a fines del 2017 se publicó Arquitectura de Martín Adán, gracias al editor Jorge Valverde. Este libro comparte algunos lazos con el de Verástegui, porque estamos ante los poemas (sonetos) que Adán publicó en La República en los ochenta. En otras palabras: dos de nuestros más importantes poetas (para quien escribe Adán es la voz mayor de nuestra tradición poética) nos sorprendieron con registros ya recorridos, con las suficientes luces para imponer su evidente jerarquía. Adán es el fuego de la locura en acción, Verástegui es también ese mismo fuego de la locura, pero en su mejor momento. Esa es la pequeña diferencia.

     

    1.1

    Siguiendo con los grandes de la poesía peruana, participamos del acontecimiento que significó la publicación de la obra poética completa de Emilio Adolfo Westphalen, Simulacro de sortilegios. Rasgo peculiar de la presente edición de Sur Librería Anticuaria, que no es nueva como aparición, pero sí diferente como registro. Más de uno reconoce la silenciosa radiación de EAW, y lo es gracias a sus primeros poemarios Ínsulas extrañas (1933) y Abolición de la muerte (1935), pues bien, a la presente publicación se añaden los poemas de Balanza exacta. Estos poemas escritos en los años treinta fueron enviados a César Moro, y editados por André Coyné en 1988 sin consentimiento del autor, que recién los pudo revisar a inicios de los noventa. La versión definitiva de estos poemas se restituye en esta publicación. La (re)lectura de esta se hace necesaria para saber la clase de poeta que fue EAW: la distinción de su ritmo, la magia de su resonancia, lo que nos lleva a pensar en la importancia del ejercicio poético para el poeta: su relación con la palabra, no su mera exhibición.

    Si había un poeta que merecía una edición de su poesía completa, ese era el recordado Rodolfo Hinostroza. Tengamos en cuenta que esta obra poética venía sufriendo de un vacío bibliográfico que escaseaba en los últimos años. Las ediciones de su poesía o bien estaban agotadas o pésimamente distribuidas. Poesía reunida tiene el gran valor de acercar a Hinostroza a un público ya cautivado, como también a los estudiosos de su obra. Otro aspecto a destacar es el prólogo de Mario Montalbetti, lejos del lugar común con el que se suele abordar esta poética. Montalbetti lleva a cabo una tarea que últimamente no es muy frecuente: ofrecer una nueva lectura de la galaxia RH. Es decir, una invitación a volver a uno de los poetas más importantes de nuestra tradición literaria. Para quien escribe, Hinostroza está entre nuestros diez más grandes poetas, que no es para nada poco, puesto que la tradición poética peruana la rompió en el siglo XX.

     

    1.2

    No solo las editoriales independientes sufrieron un frenazo, también la poesía. A comparación del 2016, lo hecho el año pasado no estuvo caracterizado por la cantidad de buenos e interesantes poemarios. Esta vez no leímos muchos poemarios que despertaran nuestro interés lector, o sea, el que importa. Lo que sí llamó mi atención fue el ejército de las portátiles virtuales al servicio del poetastro, a este espanto sumemos los textos de presentación ventilados como reseñas consagratorias.

    Lo que he percibido es que el apuro por publicar ha pasado la factura a varios, si a ese apuro sumamos la ausencia de editores de poesía que son incapaces de comprometerse con el texto del vate de turno (hay que hacerlo, así se corra el riesgo y amenaza por parte del autor que anhela ser poeta: no pagar su edición), porque una cosa es publicar y editar a consagrados y otra muy distinta hacerlo con jóvenes poetas (aunque hay poetas mayores que se portan como chibolos, pero esa es otra historia), que se han visto desamparados ante la ausencia de editores que apuesten por sus proyectos. Ni hablar de la soberbia bruta del poeta en ciernes.

     

    1.3

    Ya lo he dicho públicamente, del mismo modo por escrito: si se habla de poesía peruana, esta pasa por la editorial Celacanto de José Miguel Herbozo y Paul Forsyth. Ver su catálogo nos acerca a su política: no están en carrera por publicar poemarios como “cancha”. Nos pueden gustar o no sus títulos, pero seríamos mezquinos si desconocemos el trabajo editorial en los poemas.

    Dicho esto, Celacanto publicó un canto al voltaje lírico, una patada a la posería del poeta: Plaza Mayor de Braulio Muñoz.

    De quererlo, Muñoz pudo labrar una trayectoria poética desde hace varias décadas y, de haber sabido mover sus fichas, como sí otros que viven de la circunstancia vivida (generación, revista, grupo y movimiento), sería a la fecha un poeta más que llamativo. Pueda que Muñoz haya llegado muy temprano a la fiesta setentera y tarde al cambalache ochentero. Ese es el caso de Muñoz, que debe estar cerca de los ochenta años, cuyo poema-novela es un testimonio de la explosión verbal sin efectismo y un recuento vital signado por la exposición de las miserias del desamor. Plaza Mayor es un poemario para celebrar y que consagra a Muñoz como un autor que proyecta en su poética lo que muchos no: la oportunidad de que tu visión de la vida cambie a razón de la poesía. Muñoz puede ser nuestro abuelo, pero es más vital que muchos jóvenes poetas que se portan como si estuvieran en cuidados intensivos a la espera de un indulto por sus payasadas nocturnas cometidas.

    Ya lo señalamos líneas atrás, publicar poesía como si se estuviera en carrera perjudica el poema y quema al poeta. No sé si Bruno Mendizábal haya hecho suyo este principio, pero nos alegra que siga fortaleciendo su nombre lejos del circuito poético y de la agenda promocional. Al menos, esta es la impresión que tengo de él. Por esa razón, sus poemarios son esperados y más allá de sus resultados, lo que nos brinda es la experiencia de la verdad poética. Hemos sido testigos de la misma en Todos estos años, poemario que lo confirma como una voz fuerte en la sencillez de sus registros y tópicos.

    No es novedad, aunque para algunos sí: el vate peruano del nuevo siglo se la ha venido jugando al todo o nada, lo que busca no es consagración ni reconocimiento, sino fama. La poesía para muchos es solo un pretexto, una mototaxi sin destino.

    Como lector de poesía peruana he visto propuestas que han alcanzado niveles de celebración, sustentada en la anuencia del lector. Pero no hablamos de un lector cualquiera, el lector de poesía tiene el poder de dictaminar, sea para bien o para mal, mediante la discusión del texto. Los libros tienen que generar una actitud que justifique la pasividad de la lectura. Que no nos sorprenda que solo un puñado de voces haya alcanzado un sitial de expectativa, y sin importar si sintonizo o no con las poéticas, reconozco lo conseguido en estos últimos tres años por José Agustín Haya de la Torre, Denise Vega, Bruno Polack y Gino Roldán. Por ello, si había un poeta que venía construyendo una obra coherente y que despertaba opiniones encontradas, ese es Paul Forsyth, quien con El sendero del irivenir se erige como una de las voces más atendibles del espectro poético del nuevo siglo. Un río de palabras que se justifica en el hechizo del exceso. Hablamos de un proyecto riesgoso, con caídas y cimas, y su sola ejecución no es más que la muestra del inmenso talento y de la sensibilidad de Forsyth.

     

    1.4

    Como ya indicamos, no hemos tenido una buena cantidad de poemarios interesantes. De lo que me gustó, me quedo con Tequila Prayers de Julia Wong, a la que tendríamos que calificar como escritora y no solo como poeta. Este poemario es un reflejo de los evidentes avances que viene experimentando en su ejercicio con la palabra. Estamos ante una obra de madurez. También saludamos Diccionario elemental de Miguel Ángel Sanz Chung. Si se escribiera sobre la poesía peruana del nuevo siglo, la propuesta de este poeta es ineludible. Ahora asistimos a una andamiaje conceptual complejo, pero que en el curso de la lectura esa aparente dificultad se vuelve gaseosa hasta la desaparición, lo que, a todas luces es mérito. Mas el carácter de diccionario de la publicación resiente la epifanía de su primera mitad. Reparo menor, sin duda, que no resta en absoluto la buena impresión que nos dejó esta publicación.

    Otros nombres que aparecieron y que, ya sea en el avance o la irregularidad, han podido transmitir las señas de sus propuestas que ojalá fortalezcan en el futuro. No importa si son o no poetas de trayectoria: Los tratados de la perdedora de Fiorella Terrazas, La psicoputa de Liz Matta, La liberación de las ranas de Eduardo Cabezudo, Diario animal de Miguel Ildefonso, Ciudad (c)coral de Odi González, Lírico puro de Willy Gómez Migliaro, Vide Cor Tuum de Juan de la Fuente, Ramón de Silvana Reyes Vasallo, Intrarrevolución de Katherine Estrada, Sueño del no nacido de Fréderick Lombardo, Starfuckers de Jorge A. Castillo, Feelback de Valeria Román, Manifiesto de Lourdes Rojas, Tu luz de invierno de Luis Fernando Jara, Block d-001 de Jules Vert, Horas sin nombre de Alexander Sandman y Cuadros concretos y disonancias de Daniel Bedoya Ramos.

     

    1.5

    Sección aparte merece la reedición de uno de los poemarios fundamentales de la poesía peruana de los últimos cincuenta años. Me refiero a Un par de vueltas por la realidad de Juan Ramírez Ruiz. Nos faltan palabras para tratar de explicar en contadas líneas lo que significa este poemario en nuestra formación de lectores de poesía peruana. Mérito total de la editorial Vivirsinenterarse por los esfuerzos realizados en pos de poner en circulación un texto que muchos hemos leído en fotocopias. En lo personal, me alegra que Ramírez Ruiz esté en una casa libre de los intereses discursivos que usan su nombre y poesía para atacar a sus compañeros generacionales de Hora Zero. Si bajáramos un poco el tono, si pensáramos más en la fuerza de la poesía y no en el cambalache discursivo, tendríamos un panorama por demás enriquecedor de nuestra poesía en las décadas del setenta y ochenta, y con ecos muy atendibles en los noventa.

     

    1.6

    El caso Marco Martos.

    No voy a decir que el poemario El espíritu de los ríos es el más flojo del 2017, porque hay otros que merecen ese sitial. Pero resulta penoso corroborar la poca franqueza que se está teniendo con Martos. Mientras escribo este recuento, leo una entrevista en la que el autor de Casa nuestra (excelente poemario de 1965. Pregunto: ¿por qué no lo reeditan?), dice lo siguiente (un fragmento) sobre su actual estado prolífico: “Hay poetas copiosos, y yo no he sido copioso, me he vuelto copioso”.

    Como asistente que aprendió mucho en su legendario taller de poesía de San Marcos, que dirigió junto a otro Maestro, Hildebrando Pérez, debo manifestar mi desconcierto ante esa respuesta. Es cierto, todo hombre de letras no debe dejar de aprender, pero él lo sabe muy bien: lo que se aprende no garantiza el ticket de la publicación. La exploración de nuevas técnicas poéticas le vienen pasando la factura de la irregularidad y no creo que esa situación sea justa para uno de los mejores exponentes de la generación del sesenta.

    Hay poca franqueza. Tengamos en cuenta que Martos es una presencia oficial de nuestro circuito, presidiendo jurados y presentando libros, actividades que no cuestionamos, pero que sí retraen la opinión del falso lector de poesía (aquel espécimen que hace alarde del arte de la fijonería y de la sobonería) que no quiere quedar mal con él. De haber más franqueza, o aquello que acertadamente Octavio Paz llamaba, “rigor generoso”, la poesía última poesía de Martos no habría ingresado en un innecesario entredicho.

    Pero si Martos desea publicar, entregar la luminosidad de su conocimiento y talento, no estaría mal tentar con un libro en el que se reúnan sus ensayos y artículos sobre poesía, que estoy seguro debe tenerlos en una carpeta virtual. Los interesados pueden buscar esta maravilla, fiel reflejo del vuelo ensayístico de Martos: En las fronteras de la poesía, editado por Lápix en el 2012.

     

    1.7

    No dejo de preguntarme por qué cuesta tanto hacer una buena antología poética si solo basta saber buscar, claro, hablamos de hurgar y leer sin estar condicionados por discursos extrapoéticos, dejando de lado los sentimientos menores.

    Dos antologías me decepcionaron: la primera: Poesía super contemporánea de Perú y Estados Unidos a cargo de Noah Cicero y Jorge Vargas Prado. Saludemos su criterio trilingüe. Pero fijándonos en los textos de los poetas peruanos convocados (no así en la Introducción que es una desgracia), no tardamos en percibir una intención forzada por poner en reflectores poéticas que están en pleno proceso de formación. En estas páginas hayamos talento, sensibilidad y sentido de dirección, eso es evidente; pero más evidente es la puesta en escena de la irregularidad de los discursos. Chicos, ser joven no es un estado de gracia, ser joven es una oportunidad. Nadie los apura. Si piensan que están en carrera contra algo, si están convencidos de que el mundo está a la expectativa de ustedes, les digo que están tremendamente equivocados. Piénsenlo, mediten, de lo contrario será muy divertido verlos envejecer. La segunda: Divina metalengua que pronuncio: 16 poetas transbarrocos. Edición, selección y comentarios de Rubén Quiroz. Aquí hayamos voces por demás atractivas, siendo José Morales Saravia el poeta en quien se sustenta, me permito especular, el proyecto. Salvo contados accidentes en la nómina a razón de las corrientes del amiguismo servil, nos enfrentamos a un imprescindible mapeo de propuestas que han marchado a contracorriente de registros poéticos atendidos. Entonces, ¿en qué falla el libro? Pues en el prólogo del autor de Niño vudú, cosa que sorprende porque Quiroz es capaz de entregarnos textos mejor elaborados y más honestos que este que pretende pasar como redescubrimiento lo que a todas luces es una categoría más del (neo)barroco escrito en Perú.  De los prólogos a antologías que le he leído, el que nos cita hierra en lo que Quiroz más detesta: la formación de una propuesta obediente de un orden interesado de lectura.

    Hubo una antología que merece no caer en las ciénagas del olvido, una que no tendría que estar supeditada a las temporadas de novedades editoriales. Visto de cerca y visto de lejos, Sitio de la Tierra. Antología del vanguardismo literario andino de Mauro Mamani Macedo, es un gol de otro de partido. Saludamos los esfuerzos que se vienen realizando por revelarnos una etapa de nuestra tradición que es más mentada que leída. Su antecedente inmediato es otro libro de corte similar, el imprescindible poesía peruana 1921 – 1931. vanguardia / indigenismo / tradición (2013) de Marta Ortiz Canseco. En su trabajo, Mamani marca un recorrido, en clave de difusión, por los hitos del vanguardismo literario andino de los años veinte y treinta. La publicación no solo obedece a la producción poética, se incluyen también secciones dedicadas a la prosa y la correspondencia. En la sección de poesía, gratifica ver a Federico Bolaños, Mario Chabes, Guillermo Mercado, César Atahualpa Rodríguez, Adalberto y José Varallanos, Luis de Rodrigo y Nazario Chávez Aliaga. Nombres no muy conocidos para el lector común, pero su inclusión nos refleja la verdadera dimensión de nuestra tradición poética, no solo rica en sus grandes poetas, sino también en los llamados “menores”.

     

    *

    Dos ferias de libro me gustaron este año. Vayamos por la que me entusiasmó: La Feria La Independiente, organizada por el Ministerio de Cultura. Ante ciertos comentarios y artículos que describían su “fracaso”, confieso que fui para brindar apoyo moral y palabras de aliento a los editores independientes, sin embargo, lo que vi fue buena disposición para el diálogo entre los editores, lo que me agradó porque por primera vez dejaban de lado sus conocidos cuchillazos bajo la mesa. Y el público también supo responder. No creo que haya sido una feria exitosa en lo económico, pero sí necesaria para proyectar unidad de grupo en temas afines. Ojalá este año tengamos otra edición de La Independiente.

    Para nadie es novedad: la FIL 2017 ha sido la mejor en la historia ferial peruana. La Cámara Peruana del Libro supo hacer un buen cronograma de actividades y mejoró en la comunicación. Los resultados se vieron en tiempo real: todas las presentaciones, hasta en las que comenzaban a las cuatro de la tarde, estuvieron bendecidas por la asistencia. Y lo que jamás creí que sucedería: había que hacer cola para entrar a las salas.

    Sin embargo, esta FIL pecó en lo mismo que en otras gestiones: la argolla que designa a quienes estarán en las presentaciones oficiales. En este sentido, la comitiva de escritores de la CPL, en su mayoría, dio vergüenza ajena. Uno no entiende cuál es el criterio que se usa para designar a un escritor que presentará a una referencial voz invitada. Hasta llego a pensar que no solo hay amiguismo, sino simple googleo del nombre a convocar. Entre el escritor designado y el autor a presentar tiene que haber una afinidad, la principal: el conocimiento de la obra del autor del que se va a hablar.

    Esta última FIL fue aprovechada por muchos escritores. Todos querían ser parte de este carnaval y no dudaron en llevar a cabo todas las artimañas del relacionismo (“¿Cuántos cupos hay?”). No estar presente en las actividades de la FIL era prácticamente no existir. Entiendo que el ego del escriba peruano se repotencia en estas fechas, y saludo los esfuerzos por dejar de ser invisibles, pero al menos prepárate, querido(a). Hay que aparecer con estilo. Recuerda, tus potenciales lectores te estarán mirando.

    Pero no todo fue fiebre participativa. También hubo honestidad, criterio e inteligencia, que quedó reflejada en la decisión de Katya Adaui al no aceptar la propuesta de presentar a Richard Ford por la sencillísima razón de que no lo había leído. ¿Las luces o el papelón? Me saco el sombrero ante esta actitud que espero sea imitada por sus colegas de oficio.

     

    *

    Otro evento que alteró los sueños de nuestra comunidad letrada fue el Hay Festival de Arequipa.

    Este atentado al tutumeme del escritor peruano puso en evidencia su asombro primerizo. Soy de la idea de que llegará el momento en que ningún escritor dejará de ser invitado a este festival cultural. Hay espacio y tiempo para todos, solo hay que esperar.

    Además, el Hay Festival es un festival más. Importante, sí, mas no consagratorio. Quien piense que porque se participa en un Hay ya puede llamarse un “posicionado”, pues está fumando de la mala.

    Es obvio que es todo un misterio la logística de cómo se manejan las invitaciones. La organización tiene su criterio literario y tal y como vimos en la tercera edición, tarde o temprano explotará por su falta de visión. Hay gente en la trastienda del Hay que tiene una lectura muy sesgada (o pésimo asesoramiento) de la literatura peruana actual. Pero esta vez demostraron que el criterio del caballazo es lo que la caracteriza, como cuando organizan mesas en las que es necesaria una mínima cuota de seriedad.

    Pienso en la mesa donde se debatió la posibilidad de tener (por fin) una Ley del Libro. Todos los debates al respecto deben ser tomados en cuenta, pero también debe contarse con gente no solo capaz de dar luces sobre el tema, sino también intachables, a años luz del señalamiento. Si de algo estoy seguro es que tenemos editores con la capacidad y la autoridad moral para brindar estrategias sobre una ley que beneficia a las personas y empresas vinculadas al mundo del libro en Perú. Del quinteto en aquella mesa, uno no puede evitar la mueca de sorpresa y fastidio por la presencia de Álvaro Lasso y Arthur Zeballos. No tengo nada personal contra ellos, pero sé también de sus incumplimientos con muchísimos autores, versión que no solo es manejada por mí, puesto que esos incumplimientos ya forman parte del imaginario del circuito. En otras palabras, si se cometió un error, se tiene que corregir. No queda otra. Trabajar mucho para cumplir y seguir editando de la manera en que lo hacen. Su presencia obedece a los frutos del relacionismo, tara nacional que esta vez enturbió una mesa en la que se trataría un asunto por demás trascendental para la cultura del país.

    Como ya señalé, no hay que desesperarse si no te invitan al Hay. La espera es una cualidad humana y ten por seguro que no verás pasar tantos años. El sueño del Hay, como sus nutrientes de sabiduría y ríos de alcohol también tocarán tu puerta. No cometas el error de quejarte, se ve huachafo y patético.

     

    2

    Si el 2016 fue calificado como el Año de la Poesía, en el 2017 las reediciones marcaron la pauta, las que fueron saludadas por los lectores, la crítica y la prensa cultural.

    Pero antes de entrar en materia, debo indicar que en la Feria La Independiente compré la tercera edición de Los ilegítimos de Hildebrando Pérez Huarancca, gracias a la editorial ayacuchana Amarti. No estamos ante un cuentario medular de la narrativa peruana, pero sí uno importante. La CVR señala que su autor fue el responsable de la matanza de campesinos de Lucanamarca en 1983, pero dejando de lado aquella atrocidad, Los ilegítimos es un libro de ficción que merece leerse. Ahora que las editoriales independientes han entrado en una crisis de catálogo, sería bueno que algún sello valiente lo edite y distribuya para el circuito limeño. No solo están aseguradas las notas en prensa, puesto que PH fue un autor con oficio narrativo. A ello, sumemos que en lo comercial el libro se vende solo. Es un pequeño Best Seller en los circuitos feriales del interior del país. Además, el ejemplar que compré fue el último de un tiraje de 1500 ejemplares.

     

    2.1

    Reeditar/rescatar un libro es un acto de mística editorial. Desde hace buen tiempo José Córdova venía persiguiendo el anhelo de ofrecernos Los juegos verdaderos de Edmundo de los Ríos. Una novela que recomendamos, por el testimonio de época que la identifica y la fuerza narrativa que ha sabido envejecer con estilo. Novela política por donde se mire y que ha merecido todos los saludos conseguidos. Sin embargo, un reparo, extraliterario, pero no menor: su pésima distribución. Una novela de este calibre tuvo que estar en todas las librerías locales. También fuimos partícipes de la quinta vuelta de Generación Cochebomba de Martín Roldán Ruiz. Novela de culto y legitimada por los lectores que la validaron mediante la prensa a la puede aspirar libro alguno: el boca a boca. RR es el narrador que conocemos gracias a esta novela, novela majadera, con nervio y postura política que consigue lo que poquísimas novelas: brindarnos un mural generacional. No solo va de chicas y chicos subtes, también de la desazón juvenil de fines de los ochenta e inicios de los noventa. Su salida del círculo en que fundamentó su prestigio hacia una transnacional obedece a un fin tácito: conseguir más lectores de los que ya tiene.

    Todo muy bien con la reedición de El escarabajo y el hombre de Oswaldo Reynoso. Nos enfrentamos a un trabajo editorial cuidadoso y pulcro, que también contó con muy buenas ilustraciones, sin embargo, pese a la modestia material de la primera edición, esta venía pautada por la marca de agua en coherencia con el contexto en que se dio a conocer. Recordemos la reedición de Estruendomudo de Los inocentes, que pudo mantener la frescura intrínseca de la poética de Reynoso. Reeditar a Reynoso, aparte de presentarlo de la mejor manera, requiere de una disposición de elementos que hagan sentir a su lector más cerca de su autor fetiche. A eso, entre otras cosas, llegó Reynoso: ser autor de colección. Estamos ante una reedición bellísima, pero muy Light para el gusto de nuestro recordado escritor. Saludemos los regresos de los primeros libros de Miguel Gutiérrez, como la pequeña y maravillosa novela, inubicable a menos que seas capaz de sumergirte en las nubes de polvo: Babel, el paraíso. Del mismo modo un título que tendría que ser una suerte de biblia para todo aquel interesado en escribir novelas y para conocer el arsenal libresco del que estaba hecho Gutiérrez: Celebración de la novela 1.

    Una de las novelas más importantes de la década pasada tuvo un justo reingreso, pero algo silencioso, seguramente porque es una novela que ha conocido de reediciones anteriormente, pero en esta ocasión La hora azul de Alonso Cueto tiene todas las características de Clásico. Novela que gusta y que no gusta, es decir: novela que motiva discusión, y en esa ausencia de valoración uniforme radica su vigencia. Bien sabemos que Óscar Colchado es un autor esencial para la narrativa peruana contemporánea. No podemos hablar, por ejemplo, de violencia política sin tener en cuenta su obra cumbre, Rosa Cuchillo, ni hablar de sus cuentazos “Cordillera negra” y “La casa del Cerro El Pino”. Pero Colchado tenía una novela, La tarde de toros, publicada en 1978. Quizá estemos ante un título desconocido para muchos, pero gravitante para entender los senderos estilísticos y temáticos que recorrió después. Colchado era un joven autor y es notoria la sombra de José María Arguedas como influencia mayor. Colchado, a diferencia de otro escritor, no sacó provecho comercial de la misiva que Vargas Llosa le envío felicitándolo por esta novela.

    Si hay un género en deuda en la literatura peruana, ese es el biográfico. Pocas biografías de nuestros escritores canónicos. La última que recuerdo es la de Stephen Hart, César Vallejo: Una biografía literaria. Tenemos pues una gran deuda en biografías. ¿Para cuándo la de Ribeyro? ¿La de Martín Adán? Preguntas válidas, porque lo que sí hemos tenido son biografías de escritores cachina. Dicho esto, recomendemos la reedición del que para mí es el mejor título de Luis Alberto Sánchez: Aladino o vida y obra de José Santos Chocano. Librazo, a secas.

    Y otro librazo que, por razones oscuras, incomprensibles y condenables, fue blanqueado: Arte de introducir de Fernando Iwasaki. Iwasaki es un autor para leer, es decir, perderías con roche si se te ocurre imitarlo. Esta edición de Ceques nos acerca a un fino e irónico prosista, en donde encontramos sus textos de presentación. Con el tiempo, este libro podría llegar a ser equiparado con Inquisiciones peruanas y El descubrimiento de España, ergo, un pequeño clásico.

     

    2.2

    Una reedición obedece a diversos factores, como su frescura en propuesta literaria, en especial si sus autores son jóvenes o relativamente jóvenes.

    La edición argentina del cuentario Los Buguis ubica a Joe Iljimae como el narrador peruano joven de mayor proyección de nuestro medio. Narrador menor de treinta años cuya generación es toda una calamidad (consagrada a parecer escritores y entregada a las vomitivas resacas de la vida literaria). En ese circuito, Iljimae ha corrido solo, pero ha sabido alejarse y ganarse el reconocimiento del lector real: el lector anónimo. También de los lectores con voz. Los Buguis es un primer libro que nos ofrece las cualidades narrativas de un autor que deja la sensación de estar ante uno comprometido con la palabra y en franca construcción de un mundo novelesco que orbita en un macrocosmos, el distrito limeño de Ñaña. Pienso en cuentos del vuelo de “Santa María Goretti”, “Nunca te olvides de morder” y “BwBw”. Tuvimos también la reaparición de un título que ha pasado desapercibido. Solo recuerdo una pequeña reseña en una conocida revista sabatina. Cosa rara, puesto que estamos ante una entrega que puede ser motivo de celebración para cualquier autor. Me refiero a Las islas de Carlos Yushimito. En este cuentario está, para mí, el mejor Yushimito, el Yushimito de pasajes inolvidables y resonancias luciferinas. Pienso en los cuentos “Seltz”, “El mago” y “La isla”. El prestigio de nuestro autor yace en esta publicación. Las islas es una prueba fidedigna de la Edad de Oro de la narrativa peruana del siglo XXI, la comprendida entre 2004 y 2007. Una de las narradoras peruanas sin la que es imposible tener un panorama del desarrollo de la narrativa actual es Jennifer Thorndike. Después del traspié de Esa muerte existe, Thorndike tenía que volver a la novela que la consagró. El regreso no pudo ser mejor, en una colección a la que solo acceden los elegidos por la legitimidad. (Ella) es una pequeña joya de la narrativa latinoamericana actual. Un novela incómoda y riesgosa en su forma, en donde la autora no duda en llevar al límite la sensibilidad de su protagonista. Al lector le puede o no gustar la novela (ese es su derecho), mas esta no lo deja indiferente.

    Un narrador que se apagó a razón de la nula inspiración de sus últimos títulos, y que volvió a fines del año pasado con el libro que lo identificó como uno de los escritores de interés de los noventa. Iván Thays. La relectura de Las fotografías Frances Farmer refuerza la sospecha sobre su poética inicial, la que nunca debió traicionar por buscar la consagración internacional apelando al tópico editorial de moda. Estamos ante un conjunto que nos anunciaba a un escritor peculiar y distinto de sus compañeros generacionales, y en ese detalle consiguió lo que ningún escritor peruano desde Miguel Gutiérrez: la posibilidad de formar magisterio. Volver a los cuentos de Thays nos deja sensaciones encontradas, por un lado la sugerencia de su prosa y, por otro, el peso de los años en el conjunto. Se resiste a envejecer no es lo mismo que estar vigente. Pero en esa irregularidad hay una luz en cada una de sus páginas, luz que esperamos disfrutar en todo su esplendor cuando volvamos a leer la reedición de La disciplina de la vanidad, tal y como lo anunció en la presentación del presente cuentario. No olvidemos La furia de Aquiles de Gustavo Rodríguez. En más de una ocasión he manifestado mis reparos a sus últimas novelas. Pero esta es lo mejor que le he leído como argumento y es también una radiografía emocional de cómo se pierde la inocencia en el paso de la adolescencia a la adultez. Su personaje central, Aquiles Cacho, es tan entrañable como inolvidable. Ojalá Rodríguez sepa aprovechar la lozanía de esta novela y rescate de ella la naturalidad narrativa que le podría servir en el futuro.

    Richard Parra es un autor que inyecta buena salud a la narrativa peruana. Me atrevería a decir que es un silencioso autor consagrado. Sin exagerar, los cauces que adopte la narrativa peruana actual, tan propensa a modas de temporada, tiene que pasar antes por lo que esté haciendo este autor que nos presenta la reedición de su libro debut, en el cuentario Contemplación del abismo podemos rastrear los intereses que Parra desarrolló en Nekrofucker/La pasión de Enrique Lynch y Niños muertos. La relectura del volumen, en la que ahora hay dos cuentos adicionales (“Pelícano” y “Motosierra”), se mantiene en una febril y envidiable actualidad. Hay que saludar de pie y aplaudir.

    También tuvimos el regreso de una novela como Puñales escondidos de Pilar Dughi. Por esas cosas extrañas de nuestra aldea literaria, el 2017 pudo ser el año de Dughi… Esta novela puede ser vista como el taller de materiales narrativos de la autora: nos enfrentamos a sus recursos atomizados, pero fiel a la ley que debe seguir todo creador de ficción que se respete: la configuración moral del personaje. La protagonista, Fina Artadi, es una mujer que sin ningún problema puede ser las mujeres y los hombres del mundo neoliberal de hoy, arrastrados por el yugo de la incertidumbre. Todo buen autor necesita una puerta de entrada para los lectores. Si bien es cierto que lo mejor de Dughi son sus cuentos, Puñales escondidos tiene los suficientes atractivos que para ser esa puerta de entrada para quienes aún no tienen el privilegio de leerla.

     

    2.3

    La reedición del 2017: Un único desierto de Enrique Prochazka. No sé si Prochazka sea un escritor para escritores. O si lo es para lectores entrenados. Lo que sí sé es que estamos ante uno de los libros más raros de nuestra historia narrativa. Su fuerza se alimenta de su extrañeza. Hay algo más en estos cuentos, no solo inteligencia narrativa, sino una visión de lo que tendría que ser el poder de la escritura, su libertad temática que nos ubica en el primer asombro, digamos uno relativamente infantil, de cuando nos contaban historias y leyendas. Prochazka es un autor extremadamente interesante, y en lo personal, me causa fastidio el encasillamiento literario que se le ha adjudicado. Se requiere de paciencia para leerlo, y vale la pena el primer esfuerzo, esa es la aduana a pasar para forma parte de la UUD Experience.

     

    *

    Todo autor tiene la ambición de fichar por una editorial grande. De nuestro medio: Planeta y Ramdon House; también Peisa y El Fondo de Cultura Económica.

    Esta ambición no tiene nada de malo. Lo he dicho antes y no me canso de decirlo una vez más: el reconocimiento es una ambición lícita a la que debe aspirar todo escritor.

    Pero lo que no entiende el escritor peruano promedio es que las llamadas editoriales grandes no son beneficencias que apuestan por sus libros obedeciendo al puro acto del buenagentismo. Estas editoriales buscan ganar dinero y como toda empresa cumple su mandato: si libro por el que dispongo recursos no funciona, no vuelvo a contratar a su autor.

    Ahora, lo que el autor debería entender de una vez: estar en un sello grande no te garantiza que seas un mejor escritor que estando en uno independiente. Entonces, el autor que aspira a ser fichado y así dejar de pensar que lo miran inclinando la cabeza, debe preguntarse lo siguiente: ¿soy capaz de cumplir las expectativas comerciales? ¿Por lo comercial cuánto se resiente mi naturaleza creativa, o si eres un escritor de reglas extremas: cuánto afecta mi discurso extraliterario? Pero la pregunta más importante, la que muy pocos se formulan porque les destroza el ego: ¿tengo suficientes lectores que me sean fieles y sepan justificar en compra la inversión que han hecho por mí?

    Conversando con uno de mis mejores amigos, también escritor y a quien Vargas Llosa ha felicitado por su último libro, palabras de aliento que no usará para promocionarse porque es decente, este me decía que si una editorial grande lo llama para ponerlo en su catálogo, no dudaría en aceptar la oferta porque le permitiría una mayor presencia de su trabajo en el circuito librero. Le di la razón hasta cierto punto, pero en lo personal soy de la idea de que los tiempos han cambiado. Ya no estamos en los noventa ni en el primer lustro del decenio pasado para estampar rúbrica al primer runrún del móvil. En esos años podías tener derecho a una segunda oportunidad si en caso resultabas un fracaso en ventas. Pero ahora no, si no respondes a las expectativas, así seas la versión peruana de Naipaul, considérate un deudor de aquellos que invirtieron en ti. Así es, es una realidad injusta porque el valor literario no tiene que obedecer a la engañifa de las ventas y de la fama. Pero esa es la realidad a la que te expones. Y más de uno no dudó en exponerse en la última edición de la FIL de Lima. Nos topábamos con autores que debutaban en sellos grandes, orgullosos de su medio millar de Likes tras el anuncio de su clasificación a la primera división editorial pero a los que veíamos nerviosos porque a duras penas firmaban quince ejemplares tras la salvaje promoción líquida que antecedía a sus presentaciones.

    Las redes sociales, o mejor dicho, el mal uso de estas, han edificado una realidad paralela, un escenario engañoso tipo The Rocky Horror Picture Show pero sin vuelo, en donde cada escritor, sin importar su condición de narrador o poeta, cree merecer más de lo que tiene. Por esa razón, muchos transitan en la sobredimensión hasta recibir el primer reporte de sus ventas. O llegan a la bajeza de crear falsas cuentas virtuales para fastidiar a quienes “cometen el error” de decir que su novela/cuentario no es la maravilla que creen. El camino hacia el forzado reconocimiento no está libre de actos que rondan lo delincuencial: el hackeo a medios de comunicación en pos de erigir una consagración tiene que ser condenado y puesto en evidencia por los mismos medios que han sufrido ese acto terrorista. Pues bien, el escritor que hackea no espera ser descubierto, según él es tan inteligente que nadie se da cuenta, cuando lo cierto es que su forzado reconocimiento ya es tópico anecdótico de la aldea literaria, solo que esta no lo va a señalar porque hay una política implícita que la define: no quedar mal con nadie.

    A lo dicho, si algo tuviera que sugerir al narrador que anhela ser fichado por una editorial grande, si esa es su aspiración en la vida, pues tendría que formar lectores propios, construir un prestigio legítimo. Algo simple y sencillo, porque esos lectores no solo le garantizarán la justificación de la inversión, sino también protegerán la esencia de la poética narrativa. Ya sabemos lo que buscan estas editoriales, pero no todo en ellas obedece al capricho de la calculadora, también atesoran propuestas literarias, que no dependen de su impacto comercial.

    Son los lectores los que harán de su autor peruano preferido un digno aspirante al Club de los 500. ¿Qué es eso, acaso un hostal?, me preguntó un amigo cuando le comenté del club. Este club lo integran autores de incuestionable calidad literaria, en quienes no se depositan las esperanzas de la caja chica, sino el prestigio editorial. Un autor X saludado por la crítica y con lectores, conviene a cualquier editorial de prestigio. No será petardeado por las demandas de las oficinas contables, porque no importa cuánto demore en venderse sus ejemplares. Contra lo que puede creerse, algunas editoriales tienen a este tipo de autores en sus catálogos y son más cuidados que los superventas. Pensemos en Antonio Gálvez Ronceros, Carmen Ollé y Carlos Calderón Fajardo.

    El camino puede ser duro, pero bien vale la pena el recorrido. Quien quiera seguir este consejo debe comenzar a dinamitar su ego. Si crees que fichando por una editorial con logística serás el epígono de Renato Cisneros o Santiago Roncagliolo, pues déjame decirte que estás fumando orégano. Aunque claro, también queda la sana opción de desarrollar una trayectoria importante y reconocida en una editorial independiente, con lectores y respetado como autor.

     

    3

    En No Ficción, a diferencia del 2016, no tuvimos muchos títulos para destacar. Pero entre lo poco, un puñado sobrevivió a la criba. Si tuviéramos que destacar el logro mayor, muy fácil: Abimael, de Umberto Jara, es el título que se impuso como el más importante. Muestra del oficio del autor, que en esta ocasión se ocupa de la génesis del líder del sanguinario grupo terrorista Sendero Luminoso. Jara explora un periodo de la vida de Abimael Guzmán que, al menos para mí, no me resultaba llamativo e imagino que a muchos/pocos otros tampoco. En hacer interesante lo que no parece a primera impresión yace la enorme capacidad del autor. Mas lo que llamó mi atención es que Jara toma partido, llámalo posición, desde su condición de autor simpatizante de la derecha. Fue ajeno al barroquismo discursivo que usan los simpatizantes de izquierda cuando se refieren a este monstruo. A eso se llama tener personalidad y mediante ella afianza el sentido de su narración. Estamos ante un texto de lectura imprescindible para todo aquel interesado en hacer reportajes ambiciosos y, obviamente, para quienes queramos enterarnos más de cómo nació esta Bestia que dañó al país.

    Siguiendo en el sendero temático sobre Guzmán, tuvimos La hora final de Carlos Paredes. Para empezar, nos ubicamos ante una lectura amena y que contiene algunos datos reveladores sobre la captura del líder senderista. Sin embargo, la narración es irregular. Paredes no puede mantener el impacto discursivo y en más de un tramo tenemos la sensación de que nos está contando lo mismo. Quizá esto se deba a la muchísima información que se tiene de este suceso histórico, pero ante esa situación, tiene que imponerse la maña del escritor para hacer atractivo el dato ya asumido en el imaginario del lector. Hubiera optado por una densidad en la escritura en esos pasajes caracterizados por la irregularidad, a manera de preparación para la fuerza narrativa de la nueva información. Esta es una estrategia proveniente de las novelas de espionaje, válida para este tipo de proyectos.

    Los dos títulos anteriores comparten el lazo común: los años de la violencia política. Aunque no es un reportaje, sino un híbrido entre este y el ensayo, el historiador Antonio Zapata publicó La guerra senderista. Hablan los enemigos. Para el lector habituado al tema quizá hayan sido innecesarios los tramos mediante los cuales el autor nos presenta el punto central de su propuesta: conocer la médula senderista desde la voz de sus protagonistas. En cambio, a otros nos gusta que se nos cuente la historia. Narrativamente hay que destacar la voz de Zapata. Por esa razón la narración ejerce un hechizo en la lectura que agradecemos, en especial cuando incluye la versión de Elena Iparraguirre, número tres de la organización terrorista. Por otra parte, la presente publicación obedece a un fin divulgativo y hacia ese fin tendrían que enfocarse los futuros trabajos que se hagan sobre esta rama temática tan sensible. Aunque el libro no tuvo el impacto que se esperaba (esa es la impresión que tengo y puedo estar equivocado), no deja de ser importante, y también se hermana con los textos abordados en esta sección. En nombre del gobierno. El Perú y Uchuraccay: un siglo de política campesina de Ponciano del Pino. Nos enfrentamos a un estudio con rigor, que pone en evidencia la situación de los campesinos y habitantes de Huanta, espacio al que asociamos con la matanza de ocho periodistas y dos comuneros en Uchuraccay, en 1983. Partiendo de este hecho, Del Pino realiza una construcción de las memorias de estas comunidades, enarbolando una narrativa histórica que nos explica la razón que llevó a los comuneros a reaccionar como lo hicieron aquella fatídica fecha, una consecuencia letal anunciada. Pero ante todo, este estudio refleja la poca atención que el Estado ha tenido con los peruanos del interior que creyeron en sus promesas de desarrollo. Bien podríamos calificar a la publicación como el registro de la vena abierta de un justificado resentimiento colectivo. Lectura imprescindible.

     

    3.1

    Entre la crónica y el articulismo, dos títulos a destacar. El primero, La balada de Rocky Dontal de Daniel Alarcón. Una palabra para designar la prosa de Alarcón para este proyecto: magistral. Recomiendo del libro sus dos mejores crónicas: “El manuscrito” y “Desde el Pabellón 7”. La publicación va, principalmente, sobre personas que purgan condenas en cárceles peruanas y extranjeras, pero aquí el lugar de encierro no es lo que define a las sensibilidades en conflicto, sino su radiografía moral destrozada. No es el mejor libro de Alarcón, y la verdad poco o nada interesa esta calificación. Lo cierto es que a ritmo de entrenamiento, Alarcón da una seña del porqué es considerado uno de los mejores narradores “peruanos” en actividad. El otro libro, y disculparán la cursilería y su signo de lugar común, es sencillamente precioso. Enrique Planas en estado de gracia. Demasiada responsabilidad. Nos encontramos con una agradecida dosis de sabiduría, sensibilidad y amor por vivir. No hablamos de un libro feliz, sino de uno que nos transmite el compromiso con la vida, fijándonos en los detalles del recuerdo que nos definen, entre los artículos, destaca el encuentro del autor con José Donoso. Ya lo dijo Carlos Fuentes: “la experiencia es el destino”. Eso es este pequeño y maravilloso libro.

    No es un libro de crónicas y artículos, más bien un híbrido que obedece al testimonio. Ezio Neyra nos ofreció Pasajero en La Habana. La obra de ficción de Neyra ha envejecido, nos da la impresión de que como autor agotó su fuente de transmisión, recordemos que su comienzo fue muy auspicioso a cuenta del extrañamiento, pero el extrañamiento sin dimensión humana termina ahogándose y quedando únicamente como forma laxa. Sin embargo, en este último título, Neyra pone de manifiesto algunos senderos que podrían resultar provechosos en el futuro. Hay pues una incomodidad latente motivada por el asombro que depara el nuevo lugar en el que se vive. Considero que debió hurgar más en esa incomodidad y no fiarse de la tranquilidad narrativa. Y claro, asesinar esa solapada soberbia opinativa que vemos en las primeras y últimas páginas. Contra esas páginas hizo falta un editor que repotencie esa incomodidad de asombro. Aquí, mucho menos pudo ser algo más. Lamentablemente, no satisfizo No soy tu cholo de Marco Avilés. No por su tema, el racismo, que hay que desgranar todas las ocasiones posibles. El indudable logro de Avilés es haber puesto en difusión un tópico que estaba siendo tratado solo en los círculos de la academia. Lo pudimos ver en De dónde venimos los cholos, una de las publicaciones más importantes del 2016. El problema que vemos en su último libro es el carácter caliente de la denuncia, proyectado en los conceptos y la prosa misma. En muchos aspectos estamos de acuerdo con el autor, pero una vez terminada la lectura, una nube de olvido se cierne sobre el ocasional lector. El proyecto necesito de un mayor reposo.

     

    3.2

    Extenso reportaje, y también reflejo de la valentía de su autor: Charlie Becerra sorprendió con El origen de la Hidra. Crimen organizado en el norte del Perú. Partiendo de una desgracia personal, el asesinato de un tío que debía 500 soles a dudosos prestamistas, Becerra indaga en un círculo de podredumbre moral no por medio del análisis, sino guiado por la intuición, el olfato periodístico que especula sobre la red criminal que viene actuando en el norte del país. A Becerra no le tiembla la mano y consigna nombres, salvo en casos en donde debe protegerse a los informantes. El ritmo es trepidante aunque resbala en las últimas treinta páginas. Libros como este nos hacen creer que no todo está perdido para los periodistas de su generación, que cada día parecen meros comunicadores, ajenos a la Verdad y propensos al festejo relacionista. Ahora, una sugerencia a Becerra: no frivolices la promoción del libro que trata un asunto por demás serio (hay muertos y gente destrozada que confió en ti). Si fuera ficción lo podría entender, pero aparecer en las redes sociales como El Chavo del Ocho celebrando su repercusión como si tuvieras en manos una torta de jamón te hace quedar como un necesitado de atención. Piénsalo. Hay otras maneras de difundir el impacto de la publicación. Llámalo estilo, si gustas.

    Fred Rohner y Historia secreta del Perú. Rohner brinda una selección de mentiras y leyendas que forman parte de nuestro imaginario social. El patrimonio temático de la conversa al paso diseccionado mediante una estrategia a saludar: ponerse a la altura del lector común. Hay pues un conocimiento académico, mas esta herramienta no se impone durante la lectura, privilegiando su carácter risueño, que agradecemos. Más allá de la promoción de la que viene gozando el libro, la que importa es el rumor del lector. En este sentido, nos gustaría que el autor no caiga en la tentación de presentarnos una segunda parte, menos un Spin off, por llamarlo de alguna manera. Si en caso suceda, que sea después de un buen tiempo, de hacerlo en los próximos meses, el proyecto caería en las traicioneras ciénagas del apuro.

     

    3.3

    Aunque estos títulos pudieron estar en la sección de reediciones, las incluimos en este apartado. La colección Memoria Perú, dirigida por María Fernanda Castillo de Planeta, es una de las dos mayores colecciones editoriales del año (la otra la mencionaré más adelante). Compuesta por Sendero de Gustavo Gorriti, Estado corrupto de Juan Pari, El caso García de Pedro Cateriano, Sombras de un rescate de David Hidalgo y Caiga quien caiga de José Ugaz. Confieso que en un principio tuve dudas sobre su posible impacto en los lectores, pero los libros fueron abriéndose paso, a lo mejor debido a la coyuntura de nuestra maravillosa clase política. Lo cierto es que su intención moral, la de rescatar una memoria amenazada precisamente por el olvido es la que terminó convirtiendo a la colección en referente. Se rescataron textos inhallables, como el de Cateriano, y volvieron aquellos que jamás deben desaparecer del mercado, el de Gorriti.

     

    *

    Los primeros meses del 2017 estuvieron pautados por una inusitada abulia. Claro, es poco o nada lo que podemos esperar en días y semanas de sol y esparcimiento. Sin embargo, a diferencia de otros años, cuando en los pasadizos del circuito escuchábamos hablar a los editores sobre los libros que estaban preparando, sabíamos que debíamos estar atentos a lo que ofrecerían en los próximos meses. Este año eso no ha ocurrido y no porque nuestros editores hayan optado por la discreción (como tendría que ser todo editor que se precie de ser tal), sino porque la mayoría de ellos (en referencia a los independientes) han pretendido posicionar la imagen de marca editorial descuidando la esencia de su catálogo. Esta crisis de catálogo se veía venir y no se hizo lo que se suponía: buscar y apostar por propuestas renovadoras, sin condicionarlas a su impacto comercial. Esta especie de apuesta por lo comercial, dicen los apologetas de este desastre, obedece a que estos sellos tienen que sobrevivir. Es cierto, hay que sobrevivir, pagar a quienes conforman el universo de la construcción de un libro, pero antes nuestros editores se daban maña para sobrevivir con estilo, respetando la naturaleza del editor independiente, cualidad que no llevaron a cabo porque no se dedicaron a rastrear y leer con atención los anillados de novelas y cuentarios que se les hacía llegar. Siguiendo en esta apología de la mediocridad, no pocos se quejaron de que una casa editorial grande estaba fichando a sus “estrellas” y que les estaba arruinando el mercado (así como se lee: el mercado (já)). Obvio: ante la oferta de un sello mayor, el autor “estrella” dejará su sello independiente en pos de la garantía que se le ofrece: la distribución de su libro. Esto pasa en todos lados y contra ese oleaje el verdadero editor independiente tiene que estar preparado. Por eso vimos, más allá de algunas milagrosas excepciones, la dolorosa caída de todos los catálogos independientes, que en años anteriores sorprendían, manifestando para la felicidad del lector la médula de su idealismo: encontrarse ante una alternativa real. En este sentido, no podemos faltar a la verdad: esperábamos más de Estruendomudo, que sin importarme la persona que lo conduce, publicaba entre cinco o seis libros de interés por año; del mismo modo Paracaídas Editores, que confirmó lo que no se quería aceptar: la irregularidad de su catálogo de poesía. Para hallar Poesía había que sumergirse en el cilindro de aceite en pos de la maravillosa pastilla azul. Tampoco oculto mi desazón ante el frenazo de Animal de Invierno, editorial de la que más de una vez he dicho que es mi preferida, por la manera en que se estaban abriendo paso, con honestidad y justificando en lo publicado una saludable proyección. Cómo pasar por alto el desprestigio de Mesa Redonda. Esta editorial comenzó muy bien, ¿lo recuerdan? Pero lo que quiero señalar no es su caída, sino su incumplimiento con autores que llevan años esperando ver lo que se les prometió: el libro publicado por el que han pagado. Tarde o temprano, Mesa Redonda tendrá que cumplir con ellos, solo así podrá sacudirse de su mala fama ya posicionada en el imaginario local como cosa normal.

    Lo digo con respeto, sin chacota: hubo una vez una editorial independiente de la que todos se burlaban. Autores, editores, críticos, periodistas, libreros, gestores culturales, lectores o simples paseantes feriales. No existía piedad con esta editorial. Hasta recuerdo cómo la ninguneaban en las varias asociaciones de editores independientes formadas entre el decenio anterior y este. Y también asumo mi responsabilidad, porque en más de una ocasión, sea en mi blog o en alguna presentación, hice ironía de su editor llamándolo Richard Gere.

    Pero cierto día este editor despertó. Tenía lo que los burlones no: visión de empresa, a ello, indiquemos una cualidad que en un circuito normal no sería tal: no tenía fama de cabecero. Sabía que debía mejorar la presentación de sus ediciones, pero supo hacerse fuerte en un mercado descuidado: el circuito del interior del país.

    Se asesoró con lectores y críticos, además, apostó por autores limeños y de provincias. También mejoró su diagramación. Y comenzó a llevar a cabo giras de autores capitalinos a provincias, como también de autores de provincias a Lima. ¿Qué hizo a fin de cuentas? Pues un circuito, una cadena libresca que jamás se le ocurrió realizar a los representantes de las editoriales independientes, felizmente hoy en día desaparecidos del mapa por demagogos.

    El catálogo de Ediciones Altazor es impresionante, pero no te confundas, lector(a), no quiero decir que todo merezca calificarse como el último pucho del concierto. De lo que puedo destacar, dos apuestas editoriales brillan: las novelas, cuentos, ensayos y traducciones de Carlos Calderón Fajardo y Poesía en rock de Carlos Torres Rotondo y José Carlos Yrigoyen. Seguramente, el lector(a) guste de otras preferencias, no tenemos que sintonizar en todo.

    A Willy del Pozo le podemos criticar no pocas líneas editoriales, pero sería mezquino negar lo mucho que ha crecido su editorial en estos últimos años. Y eso que no vamos a detallar las giras con autores extranjeros que ha organizado, ni las ferias que en silencio viene organizando, como la que realizó en Ayacucho a fines del año pasado, con una delegación de más de quince autores extranjeros (entre ellos un par de seleccionados para Bogotá 39). No podemos dejar de reconocer que Altazor es la única editorial independiente peruana que organiza dos premios narrativos internacionales de Novela. ¿Si esto no es crecer?

    Mientras que los otros editores prendían rosarios para ser empelotados por Papito Estado, Del Pozo patentizaba su avance, prueba de ello se vio en la pasada FIL: un stand grande y visible. Sé que puedo ser malvado, pero la comparación alecciona: editoriales independientes que otros años gozaban de espacio propio tuvieron que ser inquilinos de otros grupos editoriales.

    Como gestión, Altazor se posicionó en el 2017. Me alegra, pero eso sí: también debe mejorar en lo que sus pares independientes fallaron este año.

     

    4

    El 2017 no fue muy generoso en ensayo, pero el solo hecho de manifestarlo es un sinsentido. Así duela: no tenemos una tradición ensayística de los últimos años. A menos que se crea que la monografía, la tesis, el estudio y el Paper lo sean. Quien así lo crea, quien jure que el ensayo debe estar signado por un marco teórico y referencias bibliográficas a pie de página, pues tendría que volver (o empezar a leer) al Padre del Ensayo, a Montaigne. Montaigne es pues la libertad de pensar y escribir, sin depender si se llega a una verdad, porque el ensayo no aspira a ese fin, su objetivo no es demostrar, solo la puesta en escena de la inteligencia, verbo y punto de vista de su autor. Releamos los ensayos de José Carlos Mariátegui, Luis Loayza, Miguel Gutiérez, Mario Vargas Llosa, Alonso Cueto, Carlos Araníbar, entre otros.

    Nos hemos malacostumbrado a rotular de ensayo cualquier texto académico o travestido a ensayo a partir de una reescritura de tesis. El mayor ejemplo de ello lo vemos en los Premio Copé de Ensayo, a excepción del Diccionario Abracadabra de Gregorio Martínez.

    Y si causa flojera (re)leer a Montaigne, pues busquen los libros de otro capo, uno vivo y en febril actividad de pensamiento: Eduardo Subirats.

     

    4.1

    Siguiendo esta línea. Dos títulos llamaron poderosamente mi atención: el primero, Atajos a la nada (opiniones y versiones) de Renato Sandoval. Nos hallamos, probablemente, ante el mejor Sandoval, que discurre sobre el oficio de la traducción, pero no desde la solemnidad del conocedor, sino desde el practicante con dudas que no teme exhibir sus flaquezas. Valiéndose del recurso del aforismo (o en todo el caso la nota al vuelo como sugiere el subtítulo), el autor manifiesta furia, pero también un conocimiento generoso que no pretende ser certeza. Lamentamos, sí, que no se haya extendido más.

    El segundo. Calificado con justicia en todos los recuentos como el Ensayo del 2017, Persona, de José Carlos Agüero, es una publicación llamada a quedar en la memoria. Me atrevería a decir que su resonancia será mayor que Los rendidos, que para nada es poca cosa. Agüero funde registros, quiebra las fronteras genéricas del ensayo, el testimonio, la crónica, la narrativa y la poesía.  Extenso “manifiesto” sobre la recuperación del cuerpo destruido/mutilado durante los años de la violencia política. En esta libertad discursiva, Agüero se inserta en la herida abierta, exponiéndola gracias a una escritura privilegiada, una actitud ética que le permite manifestar con inteligencia posturas y críticas como ese chicotazo sutil (de los que duelen en el alma) a todos los cantamañanas que han hecho negocio editorial con el tópico de la violencia política. Una estrategia como esta no es libre de caídas, pienso en las páginas marcadas por el aliento poético. Más allá de este señalamiento, Persona tiene el poder de generar muchas lecturas, y en cada de ellas seremos confrontados y arrinconados por la memoria del dolor.

    Publicado en Chile en 2016, pero circuló el año pasado en nuestras librerías: Descolonizar el lenguaje de Patricia de Souza. La autora ofreció una clase maestra de literatura y feminismo, en la que destaca su personalidad y la fe en su discurso. De Souza no se calla nada, nombra y explica sobre la Historia de la Mujer que escribe. Así estemos o no de acuerdo con sus puntos de vista políticos, gratifica leer a una autora que lleva a los extremos sus convicciones. Roberto Reyes Tarazona presentó Tres veces Miguel Gutiérrez, un acercamiento en clave de difusión a la obra de nuestro canónico escritor. De Tarazona esperamos (ruego para que sea un proceso en pleno desarrollo) la Memoria del Grupo Narración. Si él no la escribe, pues nadie.

     

    4.2

    Entre los estudios literarios, tengamos en cuenta La ficción y la libertad. Cuatro ensayos sobre la poética de la ficción en Mario Vargas Llosa de Jorge Valenzuela. Valenzuela a la fecha es uno de los mayores conocedores de la poética de nuestro afamado escritor. En estas páginas el autor consigue no la exhibición de conocimiento, sino el contagio a repasar la obra de Vargas Llosa. Sugiero la lectura del capítulo “La génesis de las ficciones. Una aproximación a la categoría de la ´realidad real´ en la poética de la ficción vargasllosiana”. Tenemos que destacar Naturaleza de la prosa de José María Eguren de Miluska Benavides. Benavides, aparte de extraordinaria narradora y excelente traductora (léase su traducción de Una temporada en el infierno de Rimbaud), es también una académica de gran proyección. A diferencia de no pocos estudios, la autora marca sana distancia de los abusadores de la jerigonza y del muestrario de conocimientos que tapan lo que resulta evidente: la poca pericia en la escritura y la carencia de conexión con el lector. Es la escritura de Benavides la que permite que el libro se dirija a un público enterado, interesado y conocedor de Eguren, no necesariamente de la academia. Recomiendo también La ciudad como utopía. Artículos periodísticos sobre Lima 1953 – 1956 de Sebastián Salazar Bondy. Alejandro Susti es el encargado de la selección y del prólogo. SSB aborda el fenómeno urbano limeño, pese a la distancia de los años en que fueron escritos los textos, tenemos la impresión de que estuviera escribiendo de la Lima de hoy. Mérito de Susti en haber acertado en las secciones, siendo la que prefiero “El verde que nos han dejado”. El destino de esta publicación será la referencialidad, aunque demorará ser tal. De Detectives perdidos en la ciudad oscura de Diego Trelles, sugiero prestar atención a los capítulos II y III, “Crítica y ficción. Antecedentes teóricos de la novela policial alternativa” y “Detectives perdidos, asesinos ausentes: Leñero, Ibarguengoitia y Piglia”, respectivamente. Y el estudio que me gustó más: La modernidad imaginada. Arte y literatura en el pensamiento de José Carlos Mariátegui (1911 – 1930) de Álvaro Campuzano Arteta. El académico indaga en los intereses intelectuales de Mariátegui, en los recursos que lo ayudaron a forjar su obra, como también aquellas inquietudes que desechó. Campuzano condensa entre el rigor bibliográfico y la contextualización de época, apelando en más de un tramo a la crónica y el ensayismo. En tiempos en los que se ha vuelto costumbre criticar a Mariátegui, reconforta leer un trabajo que rescata/destaca la trastienda intelectual de uno de los mayores ensayistas de la cultura nacional.

     

    4.3

    Un par de publicaciones sobre un mismo tema: el movimiento subte de los ochenta.

    Desborde subterráneo 1983 – 1992 de Fabiola Bazo. En líneas generales, Bazo nos ofrece una justa radiografía de época y una cirugía emocional de los protagonistas que vivieron un merecido verano de la anarquía. Gracias a la bastaría genérica del registro, la autora consigue cumplir con el fin de esta edición: difundir. Lo destacable, Bazo no idealiza, solo muestra y exhibe testimonios de los protagonistas de la movida, aunque por momentos se percibe una innecesaria dimensión emocional, que podemos asumir como reparo, del mismo modo como saludo porque dota al texto de aliento personal. Y lo tácito: la belleza del libro como objeto.

    En cambio 7 interpretaciones de la realidad subterránea, de Shane Greene, no cumplió con ninguna de nuestras expectativas. Saludemos lo que se tiene que saludar: la extraordinaria diagramación de la publicación, que como tal la ubica como candidata a ocupar un espacio en el anaquel de la biblioteca personal. Greene peca en sus conceptos, más aún cuando estos vienen alentados por la intención forzada de los mismos al tratar de explicarnos una época por demás compleja. No hay nada que me guste más que leer a un autor con personalidad. Greene la tiene, pero lo que no se vio en este libro, y lo digo con respeto, fue honestidad intelectual. Sus conceptos terminan traicionándose por el relieve de la pose ideológica que parte de lo que le interesa conocer del movimiento peruano subte ochentero, cuando lo honesto hubiera sido que se informe en su totalidad del mismo y no solo de una vertiente que se ajustara a su preferencia ideológica. La movida subterránea no fue una ola generacional, pero en su carácter de movida fue dueña de muchas capas y esferas culturales y sociales que configuraron su riqueza, he allí la razón por la que sigue motivando expresiones artísticas y estudios. Greene debió leer más e informarse más de este fenómeno cultural. Desaprovechó la oportunidad que casi nadie tuvo: la distancia para abordar lo que fue esta movida.

     

    *

    Una aparición y una desgracia.

    La génesis del Comando Plath y su visibilidad. La presencia de este colectivo le hace bien al circuito literario peruano. Claro, el CP es más, ya que obedece a una coyuntura histórica en defensa y protección de la Mujer. En este sentido, su llamado de atención ante el ninguneo que sufre la mujer peruana que escribe y publica no pudo llegar en mejor momento. Tenemos escritoras valiosas que merecen ser atendidas a causa de la calidad de su obra, pienso en las poéticas de M. Benavides y en la de Teresa Ruiz Rosas, que considero la mayor narradora peruana en actividad (lo dije en el recuento del 2016 y lo repito en esta ocasión). Sin duda, hay más narradoras y poetas de las tenemos que evidenciar logros.

    Desde su aparición como colectivo el CP ha despertado los más ocultos temores de escritores y letrados acosadores de la aldea local. No es novedad, es parte del conocimiento popular las oscuras y condenables prácticas de chantaje sexual a las que se han visto expuestas muchas escritoras. El CP puso en el tapete el rumor del acoso, y este aspecto no es para nada moco de pavo, ha sido una práctica que ya se estaba asumiendo como asunto normal y que solo podía ser condenada en el momento serio de la conversa/reunión social. Pero también su falencia mayor. Su falencia no es la acusación sin pruebas. Tampoco la visceralidad y furia de sus comunicados, lo que me parece un sinsentido, porque si te llamas “comando” no puedes ser “frágil” en tus observaciones. Su falencia mayor ha sido la incoherencia con los principios que el CP dice defender. Está muy bien aplastar cadáveres/pichiruches, pero estaría mejor hacerlo con aquellos que se venden con la insignia moralista y que en el colmo de la desfachatez discursiva pregonan defender los derechos de las mujeres. De esa incoherencia se valen sus detractores, y esta incoherencia es vista con pesar por sus simpatizantes.

    La desgracia: el cierre de la librería La Libre de Barranco. A menos que esté equivocado, el apoyo que recibieron los libreros Ana y Carlos vino de los lectores y de todo aquel que creía en su propuesta cultural. La indignación fue total, pero esa indignación no se manifestó en algún comunicado oficial, más en estos tiempos en los que la promoción de la lectura y la cultura se han convertido en insumos discursivos para el saludo de la platea. Hubiésemos deseado que el Ministerio de Cultura haga un acto de presencia con alguna clase de apoyo, aunque sea moral con un comunicado oficial. Lo que pasó con esta librería es una cruda metáfora de lo que es la cultura y la lectura para nuestros gobernantes: nada.

     

    5

    No ha sido un año generoso en cantidad para los libros de cuentos. Se dirá que no se publican cuentarios porque no son muy atractivos para la industria editorial. Al respecto, prefiero ver la situación de otra manera: el escritor peruano se ha vuelto más cauteloso en este sutil terreno de las distancias cortas. Por ello, no incluiré en esta sección los cuentarios que me han parecido deficientes. Pero tampoco esto quiere decir que el 2017 haya sido el Año del Cuento.

    Esta cautela del escritor peruano en la escritura de cuentos también se puede ver en la novela. Como ya lo he señalado en su momento, y no es para estar festejando como locos: se está escribiendo mejor que décadas atrás. De esta situación se aprovecha el escriba de hoy para la falsa propaganda. Hasta donde sé, no he escuchado disparate semejante en los lectores: el buen momento de la narrativa peruana actual.

    Tenemos voces y propuestas a considerar, pero aún nos faltan más cuentarios y novelas que permitan aseverar en los hechos, y no en la direccionada especulación, un “buen momento narrativo”, suerte de propaganda de perdida estación radial de AM a la que se han entregado prácticamente todos los narradores aparecidos en el siglo XXI. Aún estamos en proceso, si bien es cierto que la escritura ha brillado por su buena ejecución, falta saldar la deuda con la transmisión que supone debe motivar cualquier texto de ficción. Un texto sin transmisión es pura cáscara, queda en mero artificio, como bien señala James Wood en Lo más parecido a la vida.

     

    5.1

    Los lectores hemos sido testigos de un hecho aberrante: la (casi) nula atención prestada por la prensa cultural a Todos los cuentos de Pilar Dughi y El color de los hechos. Narrativa breve (1986 – 2016) de T. Ruiz Rosas. Del primer título, pues resulta imperdonable su escasa difusión en prensa (los editores dejaron el libro en todas las redacciones culturales y estas prefirieron el lustrabotismo a la “novedad”). Este lingote de oro estuvo en todas las librerías e hizo su camino por medio de la sana recomendación del lector, que tiene la oportunidad única de presenciar el proceso de Dughi en el terruño del cuento, participando de su versatilidad narrativa y de su curiosidad por explorar registros no solo realistas. Este libro tendría que ser asumido como una clase de escritura para el aspirante a cuentista. En el caso de la narrativa breve de Ruiz Rosas, la distribución no ha sido del todo efectiva. Nos hallamos ante las pruebas tajantes de la dimensión narrativa de la autora, que ha sabido conseguir un legítimo reconocimiento internacional, el cual ya tendría que replicarse en nuestro circuito. De los títulos a recomendar: las novelas cortas El copista y La mujer cambiada.

     

    5.2

    Entre las antologías publicadas, una desapercibida y la otra con una relativa atención mediática. La primera, El cuadro de Marylin, conjunto que reúne los textos ganadores y finalistas de la última edición del Copé de Cuento. No hay mucho que decir, solo que estamos ante el Copé más flojo y olvidable en la historia de este importante galardón. Sobre este libro he leído algunas mentiras, como aquella que señala la “buena salud” del premio. Es evidente que estas apologías de la mediocridad obedecen a la buena voluntad de sus defensores, pero esta falsa intención queda en evidencia al leer los tres primeros lugares. Pero no todo es llanto y molestia en este libro, en donde también encontramos cuentos que merecieron mejor suerte. Me refiero a los textos de Joe Iljimae (al parecer de muchos, un gran cuento), Carlos Zambrano y Jorge Casilla. La segunda antología, Como si no bastase ya ser, de Nataly Villena. Villena realiza una selección de quince narradoras peruanas. Lo ideal en estos menesteres es cumplir lo siguiente a nivel de selección: pueden faltar nombres, pero no sobrar ninguno. La antología cumple raspando con este principio, pero también consideramos que hay ausencias imperdonables, como Julie de Trazegnies y M. Benavides (no fue incluida por no cumplir el requisito de tener más de un libro de ficción cuando en esta antología hay dos autoras con un solo libro publicado). Pero nuestro señalamiento mayor apunta al prólogo de Villena, del que esperábamos en su brevedad una actitud más frontal, tal y como lo vemos en su primera página y no optar en las siguientes por la mera descripción. Las antologías se leen por sus textos seleccionados, pero más por la propuesta de sus prólogos, así el proyecto tenga el carácter de muestra.

     

    5.3

    Pedro Llosa es un narrador que desde hace tiempo debía figurar en una editorial que garantizara la difusión de sus libros. De haber sido otro su devenir editorial, hoy en día estaríamos hablando de una pluma medular de nuestra narrativa. Llosa no tiene nada que demostrar a estas alturas. Prueba de ello es La medida de todas las cosas, en donde reúne tres cuentos premiados en el Copé más tres inéditos. Su dominio de las técnicas narrativas lo posiciona como un autor que conoce como pocos los entresijos de un género difícil y al que solo le falta tener muchos más lectores. Cuentos para tener una idea del oficio de Llosa: “Unas fotografías, apenas”, “El juglar de feria” y el que titula al conjunto. El japonés Fukuhara es una muestra más del evidente oficio narrativo de Selenco Vega. Dos cuentos que me gustaron, el homónimo de la publicación y “Dos hermanos”. Ahora, confieso que hablar de la narrativa de Vega me genera sensaciones encontradas, por un lado, lo ya expuesto, su reconocido oficio; por otro, y esto es sospecha razonable, el daño que la concursografía (de este fenómeno hablaré en las próximas líneas) le viene haciendo a su poética. Vega es excesivamente cauteloso, no arriesga, no quiebra hacia el sendero inseguro. Vega desperdicia potencia narrativa al ser aburridamente correcto. No transmite, lo que nos resulta penoso para quienes lo leemos con atención desde sus inicios.

    Fernando Ampuero publicó Lobos solitarios. Hay varias lecturas que podemos hacer del par de textos que dan forma al libro. Asistimos a un extrañamiento genérico, y en lo personal prefiero los asumo como cuentos. Ampuero da en el clavo y eleva la metáfora de la imagen del escritor con talento, o esforzado, que tiene la oportunidad de ser “algo” en el mundo letrado, pero a quien las vicisitudes condenan al olvido. Para nadie es un secreto del gran momento narrativo del autor, nos resulta difícil hablar del cuento latinoamericano sin tenerlo en el radar de nombres a conocer. Saludemos también la publicación en Tusquets de su antología Íntimos y salvajes, que reúne lo más conocido de su producción cuentística.

    Un título que ha pasado totalmente desapercibido. En este ninguneo creo encontrar dos razones: la más frívola, que no debería pesar, pero así es nuestro circuito provinciano: la poca pericia de su joven autor para el relacionismo (no es su culpa), pero la responsabilidad mayor recae en su casa editorial, Caja Negra, que no ha sabido promocionar uno de sus cuentarios más interesantes desde su existencia. No es una obra maestra, ni mucho menos un cuentario a poner orden en el patio de recreo de la literatura peruana de hoy, pero sí uno que nos presenta la mirada de su autor, atento al detalle del que parte para la construcción de sensibilidades y descripción de escenarios. Ojalá no se desanime y siga escribiendo. El título y autor: Cuentos ordinarios de Aaron Alva.

    Aunque no es un autor novel, para muchos la aparición de Paul Baudry significó todo un acontecimiento. El arte antiguo de la cetrería ubica a Baudry como un autor a tomar en cuenta en antologías y en posibles cartografías sobre nuestra narrativa. Dos triunfos en esta propuesta extraña para lo que se viene escribiendo: versatilidad en el lenguaje y visión de argumento. Características del lugar común, dirá seguramente el lector, pero que resultan gravitantes para revelar lo que nos interesa: Baudry puede escribir de lo le venga en gana. Aquí la densidad narrativa es un logro que aplaudimos en todos los cuentos: “La guerra de los langostinos”, “Miniatura de la muerte”, “Historia de una rana” y el del título. En estas páginas hayamos ironía e inteligencia, pero también aquello que es su punto en contra: la excesiva racionalidad en el curso narrativo. Cuando Baudry supere este óbice, sus compañeros generacionales tendrán que correr detrás.

    En más de una ocasión he manifestado mis reparos a la narrativa Irma del Águila. Ahora la autora nos ofreció Mínima señal, sugerente artefacto narrativo. Poco o nada me importa si nos enfrentamos a relatos o cuentos. Lo que consigue Del Águila en la condición aséptica de la prosa es una oscura transmisión mediante los silencios que revelan el destrozado mundo anímico de sus personajes. No nos preguntamos por lo que hacen, sino por qué son así. En la extrañeza de esta escritura nos quedamos pensando en los personajes, y esto, amigos, es experiencia literaria. Este es el camino que debe frecuentar nuestra autora, que se olvide de la metáfora de la denuncia, que para eso hay otros registros.

    Desde Casa de Islandia de Luis Hernán Castañeda no veía libro publicado por editorial independiente capaz de generar muchas impresiones. El cuentario Una calma aparente, de Christian Solano, es el libro más comentado del 2017. Comentarios a favor y en contra, hasta para regalar a los que no han pasado de la segunda reseña. Esto hay que reconocerlo más allá de su irregularidad. Como dicen los maestros del cuento, si un libro de cuentos tiene un par de cuentos para recordar, este sobrevivirá. Los cuentos de Solano nos ponen en bandeja la suciedad temática que a gritos necesita la narrativa peruana, el olor de la calle, el golpe al orgullo viril, los complejos anímicos y raciales, que casi todos nuestros escritores no quieren explorar por recomendación del psiquiatra, seguramente. Saludamos la contundencia de “Love Will Tear Us Apart”, cuentazo que fija las coordenadas que aconsejamos seguir al autor.

    Aunque es una publicación a la que ubico en este apartado, como también podría hacerlo en No ficción, fue gratificante leer Ruido de pasos de un gran criminal. Cuentos y pensamientos de César Vallejo. Aquí encontramos Escalas y Contra el secreto profesional. Puede sonar a lugar común, pero una publicación como esta, a cargo de Ediciones del Caxicondor de Chile, nos invita a leer a Vallejo en su dimensión narrativa y de esta manera comprobar que también fue un excelente prosista. Lectura necesaria en estos tiempos de lecturas rápidas y valoraciones obedientes a la linealidad narrativa.

     

    5.4

    Katya Adaui consiguió con Aquí hay icebergs un justo reconocimiento de los lectores y la crítica. Estamos ante un conjunto que revela lo que siempre supimos de la autora: su axiomático oficio narrativo. En esta oportunidad Adaui repotenció sus temas vistos desde sus primeros libros, el principal, el núcleo familiar en tensión. “La forma es todo”, decía Barthes. Adaui hizo suyo este postulado y los logros son evidentes, cuentos como “Todo lo que tengo lo llevo conmigo”, “El color del hielo” y “Si algo nos pasa”, proyectan el extrañamiento, un algo más a lo expuesto, o llámalo el poder de la sugerencia, la sospecha y el hechizo ante lo no dicho. La compleja sencillez sobre la aglomeración de palabras que algunos despistados consideran virtud. Un libro como este despierta entusiasmos a favor y en contra. En esta segunda línea podríamos reclamar por la carencia de carga emocional, esos son los riesgos que se corren al optar por estrategias y andamiajes narrativos como los que presenta Adaui. No obstante, con esta publicación Adaui deja de ser promesa, es toda una realidad para la narrativa peruana y latinoamericana del siglo XXI.

    En nuestro recuento del 2016 señalamos que la novela breve Perro de ojos negros, de María José Caro, confirmaba la configuración moral del mundo interior de su personaje recurrente Macarena, a la que conocimos en su cuentario debut La primaria. No hablamos de una característica, sino de una virtud que pocas hemos visto entre nuestros narradores: Caro ha sabido respetar sus fronteras, hacerse fuerte en sus posibilidades temáticas y narrativas. En lo poco, mucho. Tenemos la radiografía de un personaje femenino mediante el cual la autora testimonia su mundo quebrado y su evidente dificultad para relacionarse socialmente, del mismo modo asistimos a una estrategia narrativa guiada por la concisión. En la aparente sencillez de sus recursos, los cuentos de Caro fastidian, emocionan y enternecen, pienso en “Árbol de navidad”, “Fiesta”, “Farallones” y “Beirut”. Cada página se justifica en la exposición del complejo mundo anímico de Macarena, y ese es el gran mérito de Caro, llevó al límite expresivo a su protagonista. Esta lectura nos arroja una tajante certeza: nuestra autora aún tiene mucho que escribir sobre Macarena. No tengo dudas: ¿Qué tengo de malo? es el libro de cuentos más destacado del 2017.

     

    *

    Hay una obsesión en el escritor peruano promedio: los premios literarios.

    Sea en mi blog o en otro espacio, he manifestado en más de una ocasión la importancia de los premios literarios en su dimensión de incentivo, más aún en un país como Perú. Lamentablemente, los premios privados y oficiales han construido su prestigio en base al dinero que otorgan y no en relación a su contribución literaria, salvo excepciones.

    Lo primeros perjudicados por estos certámenes son los mismos autores premiados. Uno, en la primera impresión dirigida por la buena voluntad, se pregunta por qué no se toma en cuenta a estos autores, ya sea a nivel de prensa cultural y crítica. Pero más por el nulo impacto que ellos generan en el lector. Los premios literarios peruanos, en lugar de hacer visible al creador ganador, lo ocultan bajo un manto de desprestigio. Quien crea que al ganar un premio se le abrirán las puertas de las editoriales, peca de ingenuo.

    ¿A qué puede obedecer esta injusticia?

    Sobre sus posibles causas podemos barajar varias opciones, siendo la tara que identifica a esta injusticia la asociada a la visión periclitada de los jurados, que prefieren transitar caminos seguros en lugar de arriesgar por propuestas novedosas. Bajo este criterio, autores que se ejercitan en registros distintos a los preferidos no tienen la más mínima opción de ser tomados en cuenta. A ello sumemos lo condenable para la ética del escritor: no pocos autores escriben bajo fórmulas ganadoras, al gusto de los jurados o siguiendo la línea de premiación de la institución que promueve el concurso. Textos de ficción y de poesía bajo el ánimo Delivery.

    Los lectores han sido los primeros en darse cuenta de esta trampa. Son ellos los que han dictaminado el desprestigio de los premios literarios en Perú. Por eso, la gran mayoría de sus ganadores son, literalmente, ninguneados. Sus trabajos son vistos como narrativa y poesía a pedido, sin guardar relación alguna con la búsqueda de la epifanía literaria.

    Hagamos memoria: los pocos autores premiados que han recibido atención, son aquellos que ya venían construyendo una propuesta narrativa/poética ubicada por críticos y lectores. Entonces, esa podría la solución para aquel que quiera ganarse una nombradía en este pueblito literario: forjar primero una obra que sea ubicada por los lectores y críticos, y luego dedicarse a la parrillada concursal.

     

    *

    El Premio Nacional de Literatura 2017 trajo sorpresas y alegrías.

    A diferencia de los otros premios que se conceden en estas tierras, en el patrocinado por el Ministerio de Cultura entran a competir obras que ya han sido publicadas. ¿Qué ofrece este criterio? Fácil: el lector también puede cotejar.

    Susanne Noltenius ganó en Cuento. En este sentido, la decisión del jurado debió ser reñida. No creo que Tres mujeres se haya impuesto por unanimidad. Esto habla bien del jurado designado y legitima la obra de Noltenius.

    Sin embargo, tengo ciertos reparos en las categorías Poesía y Literatura Infantil/Juvenil.

    Entiendo que se premian libros y no trayectorias. Respeto mucho la trayectoria de Miguel Ildefonso, del mismo modo la de Mario Montalbetti. Dicho esto, me queda claro que el poemario del segundo es muy superior al del primero. Pues bien, las alarmas se activan cuando uno ve los nombres de los otros dos finalistas. Se desfigura la tolerancia y el cuestionamiento se sustenta en las sospechas razonables. Si estamos ante un Premio Nacional de Literatura, no solo el jurado debe ser intachable, también la gente del Ministerio de Cultura encargada de su proceso debe ser conocedora de la materia. Ildefonso, Okey. Montalbetti, Okey. El conocimiento de los comisarios es la garantía de la transparencia de la selección de los libros que pasan a la fase final. Si yo fuera testigo de este chiste, pediría que se realice el proceso de elección otra vez. Mi misión como comisario de este Premio Nacional no solo se limita a servir bocaditos y gaseosas. Es mi deber garantizar la total la transparencia de la criba por la sencilla de que el dinero con el que se premia no sale de mi bolsillo, sino del erario público o de las instituciones que confiaron precisamente en mi carácter de Premio Nacional.

    Tengo la misma impresión en la categoría Literatura Infantil/Juvenil.

    A ello, y esto debiera hacerse en las próximas ediciones del Premio Nacional, tendría que publicarse la relación de todos los libros participantes.

     

     

    6

    La producción novelística del 2017 estuvo marcada por las expectativas. Aunque no se cumplieron todas en cuanto a lo que se esperaba. Podemos decir que nuestros autores cumplieron.

    6.1

    En un artículo publicado en la revista Caretas, ofrecí los lineamientos generales de las novelas peruanas más destacadas del año. Pero antes de entrar en materia, quiero centrarme en el resultado del acalorado repechaje que tenía a No nomos nosotros de Ricardo Sumalavia y No tengo nada que ver con eso de Juan Carlos Ubilluz como candidatas a la Novela menos eficiente del 2017.

    Vistas las cosas al momento de escribir este recuento, estoy convencido de que ese repechaje no se debió jugar, pero la formalidad demandaba ese partido. En este sentido, la novela se Ubilluz se impuso por un marcador de goleada en los partidos de ida y vuelta.

    La propuesta formal de Sumalavia para esta novela era por demás atractiva (a mí me entusiasmó). Pero propuesta sin inspiración narrativa queda en estado larvario. A ello sumemos el escueleo mediático en el que se embarcó el autor: “así debe leerse mi novela”, más o menos. Error/horror que sabemos no volverá a repetir. La segunda temporada de The Affair deja una enseñanza al respecto: los libros se mueven con personalidad si es que no te va bien en reseñas. En cuanto a la novela de Ubilluz, ya es de dominio público la sentencia: es una de las novelas más flojas que se hayan publicado en Perú en lo que va del siglo XXI. Resulta penoso que un argumento llamativo se eche a perder por culpa de la soberbia intelectual. Una novela como No tengo nada que ver con eso se sustenta en la configuración moral de sus personajes en conflicto. Los personajes que nos ofrece Ubilluz no son más que esbozos, nociones de hologramas arrinconados por un innecesario discurso explicativo. Pero es mucho más penoso que la colección Roja & Negra de PRH debute de esta manera. Si hay una colección idónea para las novelas de género, esta es. Perú es un país idóneo para géneros como el policial, el Thriller, el espionaje y demás. Esos proyectos sí tienen cabida en una colección como Roja & Negra.

    Leí novelas que no me gustaron, pero no gustar no es lo mismo a que el libro sea malo, pequeño detalle que tendría que empezarse a distinguir antes de reseñar libros. Pienso en Usted me desespera de Marcela Robles, Halo de la luna de Carmen Ollé, La secta Pancho Fierro de Miguel Sánchez Flores, La procesión infinita de Diego Trelles, Algunas muertes de Miguel Ángel Torres Vitolas, Anamorfosis de Julián Pérez, La noche sin ventanas de Raúl Tola, y Cuando llueve en Iquique, de Daniel F. Una mirada fugaz a esta lista nos arroja una primera impresión: vemos nombres ubicables por el lector recurrente, varios de ellos con novelas a perdurar, como Pérez y su novela Retablo. Un escritor no siempre va a escribir buenos libros, de eso se trata el ejercicio literario: errar para mejorar. Además, nada está sentenciado hasta el último suspiro.

     

    6.2

    Más allá de lo que puedan decir sus detractores, pocos pero bulleros y campeones en el berrinche, Alonso Cueto consigue una vez más lo que casi todos los narradores peruanos obvian por andar preocupados por la aparición de la arruga en el ombligo: ver la calle y buscar historias en ella. La segunda amante del rey es un ejemplo más del interés de Cueto por contar historias, además, es también una clase maestra de cómo se deben narrar novelas de asunto. La irregularidad no ha sido la excepción en esta oportunidad, lo que a sus miles de lectores no les importa en absoluto. Alejandro Neyra se destapó con El espía innoble. En esta ocasión Neyra potencia lo que no en las anteriores entregas de la saga CIA Perú: el humor signa a las novelas precedentes, pero ahora ya nos hallamos ante uno natural, ajeno a la imposición del mismo en el curso narrativo. Humor, espionaje y testimonio de época que nos convierten en lectores a la expectativa de lo que Neyra hará en el futuro. Más de una vez he señalado las virtudes narrativas de Pedro Novoa, prueba de estas cualidades la leímos en La sinfonía de la destrucción. Novoa nos ofrece una novela sobre la violencia, pero no de aquella obediente del interés editorial, sino de la que explora el lado degradante del ser humano. Su proyecto lo encausa por medio de una apuesta por el lenguaje que se alimenta del código callejero, cosa que saludamos, pero también en esta apuesta yace su yerro: el desborde del mismo. Un reparo, sí, pero más por ambición narrativa que por defecto. También Jack Martínez hizo acto de presencia con una novela que ha generado opiniones divididas. Aparte de los reparos de estructura que podamos tener con Sustitución, Martínez ha brindado las suficientes muestras de su capacidad creativa, del mismo modo del mundo en conflicto con el que define a sus personajes. Este cosmos emocional quebrado lo vimos en Bajo la sombra, pero en esta oportunidad asistimos a una madurez en el tratamiento del mismo. Martínez solo tiene que ordenar el escenario estructural en el que despliega la grieta anímica. Cuando lo haga, no solo nos sorprenderá, también conseguirá el lugar de privilegio que merece en la narrativa peruana del presente siglo.

    Tres narradoras nos brindaron señas de su nueva producción: Karina Pacheco, Alinda Gadea y P. de Souza. La primera nos entregó su sexta novela, Las orillas del aire, una recomendable revisión atómica de sus tópicos recorridos. A Pacheco le interesa contar historias y lo hace extremadamente bien, pero tal y como vimos en sus anteriores incursiones en la ficción, cae en las ciénagas de la denuncia, que resienten su privilegiada mirada narrativa. En cuanto a Gadea, nos hallamos ante sus alcances que puede conseguir gracias a la prosa aséptica que a la vez encierra una agradecida dosis poética. Destierro no es una novela sobre la separación, sino sobre la destrucción moral de su narradora protagonista que halla en la escritura su justificación como persona. Para muchos, la mejor novela de Gadea, para otros medio paso atrás de Otra vida para Doris Kaplan. Lo cierto es que nos hallamos ante una escritora con potencial narrativo a la que solo le falta liberar del conservadurismo a sus personajes. Y la tercera novela, Mujeres que trepan a los árboles, en donde De Souza discurre con naturalidad debido al registro diarístico en el que descansa su presente propuesta. El diario suele ser percibido como opción fácil, pero su sola ejecución requiere de dominio de los registros narrativos para arribar a buen puerto. Optar por el diario es como escribir poemas, basta el más mínimo atisbo de “mentira” para que aflore el efectismo. De Souza tensa el diario hasta convertirlo en un ente gaseoso, el lector poco o nada le importará el capricho de la trama, menos la cacería del registro. De Souza experimenta desde la voz femenina, como también masculina, exponiendo a su narradora sobreviviente de sí misma.

    Juan Carlos Suárez Revollar nos entregó una inquietante y divertida novela: Cautivos de mar y tierra. Consignemos que estamos ante una primera novela marcada por la madurez. El autor ha sabido calibrar el paso del tiempo y no ha sido presa del apuro por publicar. Suárez cumple con la máxima de la ficción: perfilar personajes. Nuestro autor nos presenta a Franz Von Carnap y Matías Serna, dos jóvenes que huyen de enemigos comunes por el Congo Belga ad portas de la Primera Guerra Mundial. En la interacción de estos dos personajes Suárez se posiciona como un autor de oficio, pero también nos hace levantar las cejas ante forzadas metáforas, obedientes a la denuncia sobre la colonización. Más allá de este reparo, no me hago problemas: Suárez es el autor revelación del 2017. Narrador talentoso ajeno a los vaivenes del circuito literario local, Roberto Zeballos Rebaza viene construyendo una obra narrativa a tener en cuenta. Ganador en el 2008 del BCR de Novela con Tigre Hircana, acaba de publicar una novela necesaria para el lector acucioso y paciente: Decir umbral (extravío). Zeballos dispone de todos sus recursos como lector (referencias y fuentes) en pos de la formación de una sensibilidad al servicio de la memoria. Su narrador protagonista, un hombre que lo único que hace es recordar su vida en largas anotaciones y reflexiones en un cuaderno a manera de diario (aunque esta relación resulta frágil), terreno fértil contra los caprichos del asunto. El No-lugar es el destino del presente curso narrativo, el lector de ocasión no sabe hacia dónde se dirige y en esa incertidumbre nuestro autor encuentra el nervio. Si el estilo era la luz en su primera novela, ahora ese estilo es un sol que garantiza la perdurabilidad a su segunda novela.

     

    6.3

    A menos que esté errado (lo que reflejaría mi poca atención a los medios de cultura nacionales), la Colección del Bicentenario, proyecto dirigido por Juan Manuel Chávez, no ha recibido la repercusión que merecía. Tiempo atrás Chávez me comentó de la posible existencia de esta colección y le hice observaciones sobre los peligros de la escritura a pedido. Felizmente, el resultado es más que alentador: ocho novelas más una traducción, es decir, nueve libros. Entre las novelas no hallamos obras maestras, pero todas vienen marcadas por el relieve del buen entretenimiento histórico, con esto no quiero decir que vayan a enfrentarse a una serie de historias de aventuras. Pienso más en un entretenimiento narrativo bajo el contexto de recreación de época, el relacionado con la Emancipación e Independencia de Perú. Las novelas, sin orden de preferencia: 1814. Año de la independencia de Claudia Salazar, El año de Accarhuay de Ulises Gutiérrez, El molle y el sauce de Zoila Vega Salvatierra, El aroma de la disidencia de Sandro Bossio, Historia de dos bernardos de A. Neyra, El barco de San Martín de J. M. Chávez, El marqués en el exilio de Fabrizio Tealdo y Potosí de David Lozano Garbala. A ellas, sumemos la excelente traducción de Rosalí León-Ciliotta, Extractos de un diario: Perú, 1821 de Basil Hall.

    No es complicado deducir: esta colección es el otro proyecto editorial del año. Ojalá próximamente, y no necesariamente por la llegada del Bicentenario, vengan más proyectos editoriales del mismo corte. Si esta colección es lo que es, no se debe a que detrás del mismo haya habido un gestor, sino un lector.

     

    6.4

    Tras el éxito de La distancia que nos separa, Renato Cisneros sigue explorando en el imaginario familiar. Dejarás la tierra es una novela que se lee con gusto y placer; a estas alturas es innegable obviar la vena narrativa de Cisneros. En lo que va del siglo XXI, Cisneros es de los contados escritores con lectores, y en esta apreciación poco o nada tiene que ver su pasado mediático. Los lectores, en estos menesteres, son fieles, pero hasta cierto límite, no te garantizan una eterna fidelidad si lo que lee no colma sus expectativas. Poner en duda el reconocimiento literario de Cisneros no es más que mezquindad e ignorancia. No obstante, percibimos en este nuevo libro que Cisneros y sus editores debieron cortar un poco más, no siempre cantidad de páginas es ambición.

    Para los seguidores de narrativa peruana nos queda claro que el 2017 fue el año de Marco García Falcón. Esta casa vacía lo consagra como un narrador de primera línea. Todos sus reconocimientos obtenidos están más que justificados: MGF recargado, exponiendo a sus personajes como nunca antes, detalle que extrañábamos en sus anteriores libros, no así a nivel de prosa, puesto que es uno de los mayores prosistas peruanos de los últimos cincuenta años. Tenemos algunos reparos, pero estos son tan nimios que ni siquiera adquieren la dimensión de turbiedad. Para muchos recuentos, esta novela representa a toda la producción novelística peruana del año pasado. No puedo estar más que de acuerdo, era menester la consagración de un autor serio.

    Pero también hubo otra novela que captó mi atención. Para elegir a la novela más destacada, releí Esta casa vacía y, la que nos ocupa en este instante, ¿Quién es D´Ancourt? de Carlos Arámbulo. Como lectores tendríamos que estar agradecidos por haber leído dos muy buenas novelas beneficiadas por el boca a boca del lector y no por encuestas virtuales teñidas de mentiras, menos por el andamiaje de la propaganda, el asunto es muy simple: así te entrevisten en The Paris Review y tu libro consiga toda visibilidad imaginable (tu rostro en un banner del paradero de la Chama, o medio cuerpo en la gigantografía de una conocida cadena de librerías, imagen que confirma el silencioso rumor de la sospecha: tu falta de cuello), si este no gusta a quien debe gustarle, no pasas de los ejemplares vendidos en tu presentación. Arámbulo nos ofrece una historia compleja, marcada por una prosa poética y dependiente de muchas referencias literarias. Vamos tras los pasos de un desaparecido y oscuro poeta sanmarquino de los ochenta, y en esta empresa Arámbulo no dudó materializar su intención: la novela no se justificaba en su linealidad, de haber sido así, no estaríamos hablando de ella. La complejidad en la que Arámbulo eleva todos sus recursos, como la exégesis del poema de D´Ancourt, la parodia del lenguaje y sus capas connotativas, la exploración en el mundo femenino, la desazón generacional de mujeres y hombres jóvenes de los ochenta, el influjo del vitalismo sucio, etc. Seguramente, la novela peque en su circularidad situacional, pero como ya indicamos: la linealidad no era aliada idónea. Por otra parte, la novela de Arámbulo le hace bien a nuestro contexto editorial. Su existencia derrumba mitos de la mente ociosa y prejuiciosa sobre lo que se dice de las grandes casas editoriales. Arámbulo recién está construyendo su trayectoria, aún no es un narrador mayor al que se le publique narraciones “arriesgadas” a cuenta de su prestigio. Estamos ante una apuesta de un editor que lee, Jerónimo Pimentel. No es la primera vez que Pimentel realiza apuestas que descansan en el valor literario, pienso en El fuego de las multitudes de Alexis Iparraguirre, estupendo cuentario rechazado por una importante editorial independiente porque era muy “denso” y poco comercial.

    Como ya indiqué, es muy saludable que el año pasado hayamos tenido dos novelas importantes, y aunque parezca provocación: me alegra que sus autores sean narradores respetuosos de su oficio y no meros payasos carcomidos por la falta de atención. Sintonizo con la unánime impresión positiva de Esta casa vacía de Marco García Falcón. Pero me quedo, y por casi nada, con la propuesta de Arámbulo en ¿Quién es D´Ancourt?

     

    *

    De entre las revistas publicadas, habría que reconocer la vigencia de Hueso Húmero y la consagración de Lucerna. Sin embargo, tanto sus números 67 y 10 comparten un par de características, que a primera vista no es detectada por el interesado y que se revela en la sola lectura: la irregularidad y el cantado paso seguro en la mayoría de sus textos, salvo honrosas excepciones. Mención especial para Lucerna, que nos tenía acostumbrados a obsequiarnos un libro desde hace varios números, y en esta ocasión llevo el obsequio a niveles de fino trabajo editorial, como la publicación de la antología bilingüe El bosque de las plumas de Li Tai Po. Pero hubo una revista que me gustó por su actitud, por su postura contestaria. Tampoco se libra de la irregularidad, pero siempre voy a caer rendido ante la personalidad, la toma de posición y la invitación a la polémica. Así es: Basuco, dirigida por R. Parra y Fernando Toledo. El editorial de la revista vendría a ser el manifiesto que con urgencia necesita ser leído por absolutamente todos los escritores peruanos de hoy.

     

    *

    Todo repaso es injusto. En este recuento he tratado de consignar todo lo que merece comentado y mencionado. Sé que aún me faltan muchos libros del 2017 por leer y seguramente algunos de ellos pudieron ser incluidos en este ejercicio de memoria que se justifica en mi verdad emocional de lector, parafraseando al maestro Lester Bangs.

    Cuarenta páginas en Word, poco más de cien páginas en formato de libro. Gracias por leerlo. Hasta el 2019.

     

     

     

     

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