Matar al conejo: a propósito de “Austin, Texas 1979”

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La segunda novela del escritor Francisco Ángeles sigue suscitando comentarios elogiosos y con justa razón. Austin, Texas 1979 es una novela que conmociona al lector, pues lo lleva a pensar sobre esta tendencia que tenemos los humanos de echarlo a perder todo. Este texto que compartimos fue leído por el poeta Roger Santiváñez durante la presentación de la novela en la ciudad de Nueva York.

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Por Roger Santiváñez*

Lo primero que quiero decir es que aquí estamos ante una gran novela: Austin, Texas 1979 de Francisco Ángeles. Digo esto, no por retórica, ni por simpatía; sino porque es lo que he sentido al terminar de leer el libro. Inicialmente lo que podemos resaltar de esta ficción es lo muy bien ensamblada que están las distintas historias: la del personaje protagonista que es el narrador, la de su padre (la cual ocurre en Austin, Texas y da título a la obra) y la historia del conejo que podemos considerar aparte e independiente aunque está profundamente vinculada a las dos anteriores.

La trama es bastante sencilla, un joven que se separa de su también joven esposa y la súbita relación básicamente sexual que entabla con la hija de su psiquiatra, Adriana, quien vive obsesionada por el odio contra su padre, debido al crimen que él habría provocado y que trajo como consecuencia la muerte de su madre. Por otro lado la historia del papá del narrador, confesada muchos años después de sucedida (en 1979 pues) y el remate que significa el pasaje final y que gira en torno a la muerte inducida del conejo, mascota del matrimonio del narrador, que como ya dijimos, ha culminado en separación.

El punto es que el tema de la novela es uno muy humano y universal, quizá el más humano de cuantos pueda imaginarse y presentarnos la literatura. Se trata de la tendencia que tenemos nosotros –esos barros pensativos como nos llamó el gran César- a malograrlo todo, más aún si nos parece que las cosas están yendo perfectamente o demasiado bien. Así visto, la separación del personaje narrador respecto a Emilia, su esposa, sucede sin que medien mayores problemas entre ambos. Simplemente –al cabo de seis años- una sensación de hastío corroe la relación al punto de hacerla parecer absurda y sin motivo para continuar. Sólo el deseo de cambiar, de dejar de seguir haciendo lo que se ha venido realizando rutinariamente podría justificar el rompimiento de la pareja.

Del mismo modo, el psiquiatra se mete con la mejor amiga de su mujer, casi con la única finalidad de demostrarse a sí mismo que era capaz de destruir por las puras albóndigas (o por un alarde de inteligencia) la supuesta felicidad, orden y tranquilidad que había conseguido con su esposa. Y por último el caso del padre del protagonistas cuya historia se nos relata lentamente y con lujo de detalles, acerca de un amor o un deseo –o todo junto a su vez- que le nace en el corazón ante una alumna suya mientras hacía una temporada académica en la Universidad de Austin, Texas. Sólo quizá Adriana es el personaje sui-generis que escapa al esquema de los seres que se ven tentados o que de hecho destruyen lo que han construido en sus vidas. Ella está motivada por el rencor y al parecer sólo le interesa el disfrute del sexo, con los pacientes de su padre, a quienes muy hábilmente va coleccionando como amantes. Quizá con este personaje Francisco Ángeles quiere decirnos que lo único que tiene sentido en este mundo es el sexo -mondo y lirondo- sin mediar sentimiento alguno. Es una interrogante que queda balbuciendo durante la lectura. Porque lo concreto -y es donde el novelista ha ahondado mejor y con gran maestría– es en la relación de su papá- el profesor de español y su alumna Alessa-. Una relación que sucedió hace muchos años atrás y le es narrada al protagonista, como una especie de revelación, que viene siendo finalmente la revelación del libro en su conjunto.

FranciscoAngelesLaPazcafeLa pasión crece entre el profesor y su alumna, pero al final, él se rehúsa a estar con ella. No da el paso inicial que tenía que dar para entablar el contacto carnal con Alessa. El hombre retrocede, tiene miedo, se acobarda, prefiere escapar de la situación. No quiere arriesgar la estabilidad de su matrimonio y de todo lo que ha logrado con su esposa y su familia durante la primera juventud. Hacia los treintitantos años, evade la posibilidad de aquella felicidad concreta y real que le ofrecía la vida y el destino. Y cuando le ha terminado de narrar la historia a su hijo, dice: “Fui correcto o fui sensato o fui cobarde o todo al mismo tiempo, pero a la larga, con los años, igual uno se vuelve viejo, igual todo se va a la mierda”.

Nos queda una enorme tristeza al comprobar la infelicidad que se autoprovocó este hombre, porque a cada instante se arrepiente de no haber tenido la valentía de aceptar su pasión por Alessa e irse con ella, no importa lo que hubiere pasado después. Y la verdad es que esta es la tragedia de los seres humanos, todos tenemos nuestro conejo gris cabría decir. A cada instante de nuestro itinerario por este mundo nos encontramos con la posibilidad de un amor loco, porque el alma que nos posee es así: nos enamoramos a cada paso del camino. Pero siempre ya tenemos una vida hecha, un orden que nos atrapa y del que difícilmente queremos salir o dejarlo. Lo usual es que prefiramos lo ya conocido y conseguido. Muy pocos son los que se aventuran hacia el rumbo del deseo y del amor nuevos.

Con esta novela queda clara la infausta condición humana. Porque cuando nos negamos a aceptar la felicidad futura posible en una ruta que necesariamente tendría que romper con el mundo que ya hemos establecido, nos estamos sacrificando (nos volvemos el conejo diríamos) nos inmolamos en aras de una situación que nos libera de la incertidumbre que siempre conlleva la aventura del riesgo. La novela nos confronta con nosotros mismos, porque –como dije- todos tenemos un conejo gris. Todos hemos vivido algo similar a lo que le ocurrió al papá del personaje-narrador. Y es que el sistema termina por imponerse y ganar la partida. La represión juega un rol fundamental en este espacio. Pero lo terrible es que eso –aquella memoria de lo que pudo ser y no lo quisimos o no pudimos hacer- nos estará martillando en la cabeza y en el corazón eternamente. Porque también es cierto que somos comodones, nos da miedo el riesgo, el cambio nos aterra. Lo sensato –decimos- como el personaje en cuestión es permanecer dentro del orden. Pero en realidad ¿eso es lo sensato? nos preguntamos. ¿Acaso no era lo realmente sensato luchar por nuestra felicidad? Claro que nadie puede leer el futuro, pero eso no le quita que de todos modos podríamos –sin duda- haber vivido esa felicidad, esa grandeza, no importa por cuánto tiempo.

Entonces la novela retrata no el triunfo del sistema -me parece- sino más el triunfo de la desdicha en la historia humana. Porque esa es la condición en la que nos movemos. La vida no es un monte de orégano. Pero para poder seguir debemos matar al conejo. Así como hizo el personaje-narrador y no casualmente apoyado por su padre. Una especie de exorcismo o chivo expiatorio –en este caso conejo- que nos liberará del peso del dolor de la insatisfacción y el fracaso de la experiencia vital. Francisco Ángeles da testimonio de este océano en el que tenemos que nadar, después de escribir la novela claro, que –sin duda- es la forma más perfecta de liquidar esos conejos que todos llevamos en el corazón.

 

 

*Texto leído durante la presentación de Austin,Texas 1979 de Francisco Angeles. New York, 12 de septiembre de 2014

 

 

 

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