Mario Vargas Llosa y la arquitectura de la ficción

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Presentamos un comentario del libro Mario Vargas Llosa. Ciudad, arquitectura y paisaje, editado por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica, el cual muestra cómo el Nobel ha tomado en cuenta el espacio físico de la ciudad para la construcción de algunas de sus más grandes novelas. Sí, así como lo lee.


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Por Carlos Alberto Rosales (@rosalespurizaca en Twitter)


¿Cuál es el punto de intersección entre  un edificio y una novela? ¿Cómo descubrir el común denominador entre un escritor y un arquitecto? ¿Qué importancia tiene la construcción de un ambiente físico en una historia? Finalmente, ¿cómo se concibe la arquitectura de la ficción?


Las respuestas a estas interrogantes las podemos encontrar en el libro Mario Vargas Llosa. Ciudad, arquitectura y paisaje (Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Pontificia Universidad Católica del Perú, 2013), editada e ilustrada por Miguel Mejía Ticona, una obra que selecciona algunas de sus columnas publicadas en El País referidas a la experiencia urbana. 


Además, incluye una entrevista con el Nobel de Literatura realizada por el arquitecto Miguel Cruchaga y una transcripción inédita del coloquio El espacio, la ciudad y el paisaje en la literatura de Mario Vargas Llosa, realizado en la Pontificia Universidad Católica del Perú.


Este no es un libro escrito solo para arquitectos que aman la literatura. Es una obra dirigida a los apasionados por ver cómo la literatura trasciende sus propias fronteras para ayudarnos a descubrir la presencia arquitectónica en el arte de la ficción. 


En las páginas de esta obra, uno confirma que cuando Vargas Llosa escribió La ciudad y los perros, no solo se preocupó por la psicología de los personajes, sino porque el ambiente físico expresara una sensación de encierro y de falta de libertad. Algo parecido ocurre en Conversación en La Catedral, en la que Lima aparece como un gran encierro, en el que Zavalita se encuentra confinado.


El momento en el que el novelista hace las veces de arquitecto es aquel en el que crea un ambiente físico para darle verosimilitud a su obra. Pero también está presente en la concepción de la novela como obra de arte y asegurar así que su estructura responda a un proyecto en el que cada palabra encaje su sitio, como ocurre en un edificio.



LA CIUDAD MÁS LITERARIA

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En las primeras páginas de este libro, Vargas Llosa alude a París como una de las ciudades más literarias del mundo porque sobre ella se ha ido superponiendo otra ciudad ficcional compuesta de personajes, mitos y leyendas. 


Por ejemplo, cita Los jardines de Luxemburgo, donde están representados los grandes maestros de la literatura, como Flaubert, Sainte-Beuve, Baudelaire, Verlaine, Beethoven, Delacroix y George Sand.


«Yo no puedo ir a Notre Dame, […] sin ver en las torres y techos de la catedral, la figura de Quasimodo o la de la pobre gitanilla, o la del cura depravado; es decir, toda esa capa que la novela de Víctor Hugo, Notre Dame de París, añadió a ese hermosísimo monumento. Prácticamente no hay calle, parque, barrio o monumento de París que no se asocie a algún poema, a algún autor, a algún libro, a alguna corriente literaria o a un hecho relevante de la vida literaria y artística de Francia».




¿QUÉ ES LA LITERATURA?

En la entrevista realizada por el arquitecto Miguel Cruchaga, el novelista reflexiona en torno al concepto de literatura. Afirma que «la literatura no es historia, no es sociología, no es periodismo. Es algo muy distinto, porque ninguna de esas verdades científicas se puede expresar mediante la ficción».


Vargas Llosa aclara que la literatura no es una verdad objetiva ni debe constituirse en un saber aparte. Por el contrario, debe ser algo que se encuentre al alcance de todos y formar parte de la vida de la gente. Agrega, que la literatura es «una deformación de la experiencia real a través de la imaginación y de la palabra».



LA MEMORIA COMO ESLABÓN CREATIVO

Como era de esperarse, en este libro también se aborda la memoria como punto de encuentro entre la literatura y la arquitectura. Así lo concibe Mario Vargas Llosa, porque ambas la usan como parte activa del proceso creativo, además es un punto de partida de la imaginación, materia prima para quienes se dedican a escribir.


Advierte, que las historias que uno vive y recuerda siempre impulsan la imaginación y representan el efecto multiplicador para crear más historias. La memoria siempre nos presenta imágenes. Pero aclara que las historias siempre son ficción y nunca un proceso de reproducción de hechos vividos. La memoria, es un punto de partida, no de llegada.



LA NOVELA COMO ARTE LOGRADO

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Una de las mejores páginas de este libro corresponde a una pregunta realizada por el arquitecto Frederick Cooper a Mario Vargas Llosa, en la que el novelista expresa su disgusto respecto a esos lugares pretenciosos, donde el arquitecto usurpa sus funciones y obligan al visitante a sentir su talento. Ese análisis luego lo traslada al ámbito de la literatura:

Frederick Cooper: Conversación en La Catedral es una novela poliédrica con múltiples escenarios de naturaleza y escalas muy distintas, las condiciones del lugar se dan mediante esbozos expuestos a través de una desconstrucción del tiempo, cifrado en una alternancia de diálogos y descripciones múltiples. […] Tus nociones de espacio, lugar y tiempo son también las que el arquitecto transmuta mediante el proyecto, andamiaje a partir del cual formula su ámbito creativo. En la gestación de Conversación en La Catedral, ¿hubo una especie de sustrato arquitectónico?


Mario Vargas Llosa: La diferencia entre una novela moderna y aquellas interminables es la clara invención del tiempo en razón de una funcionalidad, una arquitectura de la ficción en función del tiempo y el narrador. […] Cuando escribo o rehago una historia me preocupa mucho la estructura, qué sobra, qué falta, cómo de pronto una palabra puede destruir toda la magia de una situación. […] En una novela, como en un edificio, nada debería sobrar y nada debería faltar: eso da la idea de perfección que tiene la obra de arte lograda, sea novela, sea un poema, sea un cuadro, sea una casa. 

Sea una novela o una pintura, lo fundamental para una obra creativa es cumplir aquello que promete. Si una novela propone contar una historia, lo fundamental es contribuir a esto de la manera más vívida, persuasiva y bella posible. […] La arquitectura tiene un rol, un edificio posee una función concreta que cumplir. Si además produce una sensación estética, es aun mejor. Eso ocurre en una novela, puede contar una historia de una manera maravillosamente persuasiva y, simultáneamente, ser un objeto que en sí mismo genera una sensación de placer por su coherencia, por su perfección, por la belleza de su lenguaje. Cuando lo prometido se convierte en un mero pretexto para la exhibición formal, esa obra fracasa, por más espectacular y llamativa que sea y nos deslumbre. Un ejemplo literario explícito al respecto es la obra más ambiciosa de la literatura moderna: Ulises. Allí Joyce consigue contar una historia de una manera absolutamente novedosa, integra tantos niveles de realidad como ninguna novela antes lo había conseguido. Al mismo tiempo, muestra una nueva utilería inventada por él para narrar de esa manera tan integral, compleja y diversa. Después, Joyce escribe Finnegans Wake, y fracasa. El exhibicionismo es extraordinario, pero la historia que prometía contar desaparece, queda totalmente desintegrada ante esa especie de fuego de artificio, por momentos deslumbrante y, al final, completamente vacía, hueca, vana.


Lo sucedido con Finnegans Wake pasa con muchas obras de arte contemporáneo y, desde luego, con obras de grandes arquitectos, algunos con un enorme prestigio. Al estar tan enamorados de su extraordinario talento olvidan la razón de ser de aquellas obras. 



LOS ROSTROS ARQUITECTÓNICOS DE LA CASA VERDE


Finalmente, Vargas Llosa hace un recorrido por los diferentes rostros de La Casa Verde, un lugar donde habitan tres casas a la vez. Una distante que es vista por los niños con miedo porque es un lugar de prohibición y lleno de tabúes. Otra que es la real, donde los jóvenes tienen su primera experiencia sexual, pero la encuentran precaria y desprovista de esos elementos que habitan en su imaginación. Y una tercera que es anterior a la historia, una que se ha convertido en mito y leyenda, que sigue viviendo en la imaginación. 


«Esas tres casas tienen distintos grados de realidad: una es realista, aquella descrita por los jóvenes como la ven y como la viven; la otra es la que ven los niños, parte de la realidad, pero a la que no se acercan y sólo ven a través de sus miedos, a través de sus primeras tentaciones, como la casa de las prohibiciones y las fantasías. La otra es la Casa Verde de la leyenda, que no sabemos si existió, pero que vive en la imaginación de los piuranos».


Sin duda, este libro no solo es un mapeo arquitectónico por la obra de Mario Vargas Llosa, también desnuda los detalles que se tienen en cuenta al  plasmar una historia que, como si fueran ladrillos, cada palabra cuenta al momento de diseñar y construir una obra de ficción.




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