Marcela Robles: Miscelánea de desesperación y cultura

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Compartimos el siguiente comentario sobre el libro Usted me desespera, el cual reúne textos periodísticos de la poeta Marcela Robles y que ha sido editado por Lápix Editores.

 

Por Winston Orrillo

Si hay alguien a quien no tenemos que explicar es a Marcela Robles que, en esta joya bibliográfica (Usted me desespera), que Lápix Editores ha lanzado muy recientemente, en su “Colección Crónicas”, nos invita a dar un fecundo paseo por la realidad –literaria, artística, filosófica, existencial- y, con su oficio maestro de periodista raigal, presenta, esclarece, comenta, en un tono coloquial y adobado por un humor que es parte insubstituible de lo que, sin reticencias, podemos calificar un estilo que, desde ya, la caracteriza.

Si hay un cronista latinoamericano con el que podemos compararla es el querido mexicano Carlos Monsiváis, pues Marcela, igualmente, en su prosa “periodística” —por llamarla de algún modo— hace incursiones en la filosofía, en el comentario profundo. Por ello, nosotros, que hemos leído este bien amado volumen, somos perfectamente conscientes que, ésta, solamente, es la primera incursión en una obra que honra a la prosa periodística peruana, porque no se trata de una escritura banal, sino de la profunda incursión en temas existenciales que nos entrega nuestra estupenda autora.

Pruebas al canto, veremos una de sus preocupaciones raigales: el sentido del universo, de la vida:

“Contemplo la grandeza del universo y constato que el crecimiento, bueno o malo, sigue implacable su curso, y que el mundo es un work in progress, una obra en construcción, en constante evolución. Aunque esto nos lleve eventualmente a nuestra propia destrucción”. Y, por si fuera poco, en el mismo artículo, podemos leer:

“La obra de Dios no se terminó en siete días. Comenzó. Somos seres inacabados, como un Lego que alguien no alcanza a armar por falta de pericia, serenidad, inteligencia, creatividad, en el intento de alcanzar la realización del mito personal. Y, por si fuera poco, tratando de lidiar con este planeta acoderado en el horizonte, perdidos en los extramuros del mundo que habitamos”.

Es difícil, muy difícil, recomendar, a nuestros lectores, algunas de sus prosas más trascendentes: quizá nos quedamos con las crónicas sobre Marie Curie; con “La cólera de las palabras” (sobre una de las figuras máximas de la poesía latinoamericana, el argentino Juan Gelman).

“Él fue quien dijo que la poesía y el arte en general son un acto de resistencia contra el envilecimiento. No solo se refería a un acto voluntario. El solo hecho de que el arte exista es un hecho favorable en la historia, la creación de zonas de belleza y de verdad, provoca una especie de consuelo. `La poesía es una operación consciente. Yo lo hago producto de una obsesión. Necesito escribir para saber de qué se trata. No sé qué quiero decir, no sé qué busco, la obediencia a la lengua/no sabe lo que dice/ en las imperfecciones del amor´”.

Sí, la poesía es uno de los leit motiv de Marcela, y son inolvidables sus páginas (todo esto no hay solo que releerlo, sino hay que estudiarlo). Mas, asimismo, se sitúan sus textos sobre Octavio Paz, Kafka, Beckett,  Jardiel Poncela, Jean Genet, Oscar Hahn, Raymond Chandler, Rosa Montero y Michel Foucault, entre varios otros.

Asimismo, sus digresiones sobre el amor y el absurdo de la vida cotidiana son de antología.

Lo repito, Marcela Robles ha llegado, con su vastísima experiencia periodística, a saber conducirnos donde ella quiere, y a que seamos sus fieles lectores.

Y una característica que nos permite insistir en el paralelo con el  gran mexicano Monsiváis, es la utilización de lo mal llamado “popular”; es decir, el empleo de letras de canciones y cancioncillas, para adobar sus ejemplos y hacerlos más cercanos a las mayorías (ejemplo preclaro, el título del presente libro), que no necesariamente leen obras “literarias”, pero sí están inficionados por la música ad usum. Y, asimismo, cómo resulta sabio su modo de penetrar en los lugares comunes para esclarecerlos en sus reales contenidos existenciales.

En fin, lo repetimos, agradecer a Lápix por habernos acercado a esta presea que, si el suscrito aún estuviera en las aulas universitarias no vacilaría un punto en ponerlo como texto de lectura obligatoria, y espero que los colegas que medran en las multiplicadas facultades de lo que hoy se llama Ciencias de la  Comunicación (que ni comunican ni enseñan la base que es la escritura periodística), aquello que Marcela “desesperadamente” nos entrega en el universo de la cultura que es requisito sine qua nom para el buen periodismo, que es el que, precisamente, no se hace en nuestro medio, donde medra una suerte de terrorismo mediático, causado, precisamente porque los alumnos no leen… y esto se debe a que sus maestros tampoco lo hacen.

Marcela, reúnenos otros volúmenes semejantes a éste que, estoy seguro, Lápix no vacilará en publicar.

 

 

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