Los ‘fatídicos’ treinta de Onetti

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Juan Carlos Onetti, uno de los más grandes escritores de la literatura hispanoamericana, nació el 1 de julio de 1909, hace 103 años. Uno de sus más célebres cuentos, Bienvenido, Bob, se refiere a los 30 años como una edad en la que comienza el fracaso del hombre. Curiosamente a esa edad, Onetti publicó El Pozo, su primera novela que marcaría la pauta de su futura obra. El pesimismo que transpira sus narraciones, paradójicamente ha hecho que este autor sea recordado y admirado incluso mucho antes de su muerte. ¿Entonces de qué fracaso hablamos?


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Por Christian Ávalos Sánchez

Un día como hoy, hace 103 años, nació Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994). Según él mismo nos cuenta, fue a las seis de la mañana. Aquella fue la primera y única vez que se levantó temprano, como solía bromearle su madre durante su infancia. Tenía un carácter más bien tímido y perezoso, y tan solo escribía cuando tenía ganas, como si se tratara del encuentro con una amante. Aunque no carecía de amigos, prefería permanecer al margen del mundo, para que este lo dejara vivir en paz. 

Uno de los temas que atraviesa su obra es el paso del tiempo y cómo este va corroyendo la vida de los hombres. Para Onetti, el paso del tiempo solo puede acumular en el ser humano desilusiones y corrupción. Este es el sino infranqueable. Ya lo vemos en novelas como El pozo (1939) o en cuentos como Bienvenido, Bob (1944). El primero de estos está protagonizado por Eladio Linacero, un hombre ruin y oscuro, quien a sus cuarenta años ha decidido contar su vida, la que no estuvo exenta de atrocidades. Fue publicada cuando Onetti tenía 30 años.

En el cuento en mención, Bob es un tipo que, al cumplir precisamente los 30, ha entrado ya al tenebroso y maloliente mundo de los adultos, grises y acabados, faltos de esperanzas y de sueños. Aquí el escritor uruguayo parece establecer una amarga frontera: el ingreso a la ‘base tres’ es el límite en el que acaba la juventud y las promesas de grandeza, y empieza la vejez, el fracaso y la mediocridad.

¿Eso, en realidad, es llegar a la treintena? La idea no dejaba de rondarme. Dentro de poco yo cruzaré esa «infame» frontera. La imagen de Bob en el final del cuento aún logra asustarme:

[Bob] queda en paz en medio de sus treinta años, moviéndose sin disgusto ni tropiezo entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables.

Hace poco releí el cuento; no pude dormir después. Pensaba en que quizá también mis esperanzas yacían bajo muchos pies inevitables. Pero me han recomendado que no haga caso, que no lo tome por el lado tremendista. No hay que olvidar un detalle: Onetti, como cualquier ser humano, miente, y miente bastante. Sus relatos, sus novelas están salpicados de mentiras que solo un lector ingenuo puede asimilar y tomarlo por el lado tremendista. Pero en su obra, toda mentira tiene una función, una intención que va a explicar una subyacente visión del mundo que revela una «verdad», la cual se vale de muchas mentiras para poder salir a la luz. Dice Onetti en El pozo:

Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene.

Onetti nos miente para mostrarnos el alma de los hechos. Su pesimismo es solo un punto de partida. Desde allí han de proyectarse ficciones, ciudades y personajes. Pero nada más. Es cierto que se consideraba a él mismo un hombre pesimista, pero esta solo era una apariencia, un artificio. Tal vez solo fuera para él una obligación de la inteligencia: si uno tiene una visión tan sombría del porvenir, podría soportar con estoicismo cualquier acontecimiento y continuar con una vida del «mínimo esfuerzo». Y si pasara algo bueno, podría tomarlo con mesurado entusiasmo y seguiría para adelante sin ceder a las tentaciones banales de la existencia.


EL POZO DEL PESIMISMO

Pienso en escritores que en el colmo del pesimismo eran capaces de arrojar sus manuscritos al fuego. Sin ir muy lejos, Ernesto Sabato arrojaba a las llamas sus manuscritos que luego su querida Matilde rescataba. Pero Onetti ¿arrojó a las llamas el primer manuscrito de El pozo? La primera versión de esta novela fue escrita por el uruguayo cuando bordeaba los 23 años. En ella volcó toda su frustración por no poder conseguir cigarrillos en Buenos Aires, debido a un ridículo toque de queda de la dictadura de turno. El manuscrito se perdería en alguna de sus muchas mudanzas.

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Un pesimista -como el caso de Onetti- ve su propia obra y la considera indigna de publicación. Procura ocultarla y olvidarse de ella. Años después, en 1934, su manuscrito de Tiempo de abrazar fue a parar a las manos de su amigo Ítalo Costantini. Este lo convenció para que se lo llevara a Roberto Arlt, en la redacción del diario El Mundo, en Buenos Aires. Onetti accedió. Su admiración por Arlt era tremenda. Ese encuentro sería decisivo para la carrera del uruguayo. Luego de leerla con aire distraído, Roberto Arlt sentenció: «Es la mejor novela que se escribió en Buenos Aires este año. Tenemos que publicarla». Este manuscrito también se perdió. La novela no vio la luz

Con esto, un pesimista se daría por bien servido y dejaría de intentar. Onetti no. Además de admirar a Roberto Arlt, era consciente de que este era insobornable e imparcial cuando de literatura se trataba, y creo que esto lo convenció de lo que tenía entre manos, así que siguió para adelante. Cinco años después –en 1939–, sus amigos montevideanos Casto Canel y Juan Cunha Brito montaron una pequeña editorial y le dieron la oportunidad de publicar su primera novela. Un texto breve, acorde con las modestas posibilidades de la editorial. Onetti optó por reescribir El pozo. Al igual que la primera vez, la escribió frenéticamente hasta acabarla casi de un tirón. Vería publicada su novela (en cuya tapa aparecería un falso Picasso, «obra» de Casto Canel) en diciembre de ese año, cuando ya tenía los treinta cumplidos.

Hoy El pozo es un clásico, un texto que funda la nu
eva narrativa latinoamericana, de la que se alimenta la siguiente generación de escritores rioplatenses y el propio boom, quienes reconocen la maestría con la que Onetti maneja la lengua española, maestría que se consolida con las novelas que luego publicaría, entre ellas, claro, las que dan nacimiento y fin a esa ciudad imaginaria, para mí, la más grande de todas: Santa María (La vida breve, El astillero y Juntacadáveres), con todos sus personajes queridos, odiosos y entrañables: Brausen, el doctor Díaz Grey, Larsen Juntacadáveres, entre otros.

La publicación de El pozo inicia realmente la carrera de Onetti como escritor de grandes ligas. Se abre paso una obra en la que la honestidad de su creador solo se viste de los ropajes de la mentira para darle a su prosa la autenticidad y vuelo poético que llega a alcanzar. El Onetti de treinta años, finalmente, está muy lejos de ser como aquel Bob del cuento, cuyos sueños han pisoteado tantos pies inevitables.

Pese a contar con la admiración rendida de los escritores del boom (en el cual él se vio «arrastrado»), Onetti consideraba a este movimiento como un mero truco pasajero, aunque luego se desdijera en futuras entrevistas  –embustero como él solo–. El mantenerse al margen de los beneficios de ser parte de ese club lo obligó a vivir en una terrible austeridad. Sin embargo, esto solo hizo que el reconocimiento que siempre mereció demorase en llegar, pues finalmente lograría el premio Cervantes en 1980, cuando ya pasaba los 70 años y cuando ya sus obras se traducían a idiomas como el japonés o el finlandés (lo que sí lo dejaba frío, por lo tarde). Este premio llegaría luego de una carrera de novelista que iniciara 41 años antes, al cumplir los «fatídicos» treinta. 

Entonces, ¿en qué quedamos, Onetti? ¿Tan malos son en verdad los treinta? Permíteme disentir.

Feliz cumpleaños, mentiroso.
Christian Ávalos Sánchez (Paramonga, 1982). Estudió Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Corrector de estilo y editor en Instituto Pacífico. Publicó el cuento «El corazón de Estela» en el número 16 de la revista electrónica El Hablador. Colaborador del blog Lee por Gusto.
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