Los sueños detrás del telón: sobre puesta de Mariana de Althaus

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    La obra se presenta hasta el 4 de junio en el Teatro Británico. (Foto: Difusión)
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    Comentamos Todos los sueños del mundo, una puesta escrita y dirigida por Mariana de Althaus.

     

    Por Angello Alcázar

    Hacer teatro es un acto de fe. El solo hecho de pisar las tablas y concebir que, sobre ellas, noche tras noche, pueda cobrar vida una realidad que –dure lo que dure su representación— compita con la nuestra en complejidad, trascendencia y (por más paradójico que parezca) credibilidad, supone un ejercicio reservado a unos pocos. Por donde se le mire, Todos los sueños del mundo es una obra deslumbradora, a ratos inquietante, que, además de abordar temas tan complejos como la superación personal, la vejez y la pérdida de los soportes vitales, indaga en su propia naturaleza de ficción con una frescura y vitalidad difícilmente imitables. Con esta última pieza, Mariana de Althaus (Lima, 1974) ha logrado demostrar que la universalidad del teatro peruano es posible.

    Tanto para el espectador de paso como para el asistente más exigente, la laberíntica trama de la obra ofrece un desafío digno de ser emprendido. A primera vista, el argumento no parece ser tan enrevesado: en medio de una convulsionada coyuntura nacional, un director desmoralizado por la severidad de la crítica (Sergio Llusera) intenta sacar adelante la última obra de un antiguo teatro limeño que pronto será demolido, junto con las productoras Nora (Sofía Rocha) y Loreta (Vanessa Vizcarra), y los actores Pablo (Gabriel Iglesias) y Adriano Fontana (Alberto Isola). La producción está basada en el decimonónico cuento “La sala número seis” de Chéjov, y tiene a Adriano, un actor de larga trayectoria, dando vida al doctor que examina al enloquecido paciente que encarna Pablo; sin embargo, conforme se van sucediendo los ensayos, los papeles se invierten, y Adriano va perdiendo la noción del espacio y el tiempo, hasta el punto de olvidar sus líneas, caer presa de avasalladoras visiones del pasado, y declamar a voz en cuello parlamentos de clásicos como “El cruce sobre el Niágara” y “La tempestad” cuya impetuosa interpretación es todo un privilegio presenciar. Si bien todos los actores hacen gala de una desenvoltura y sagacidad admirables, destaca la forma en que la dupla Isola-Raygada logra construir un mismo personaje con una diferencia de más de cinco décadas.

    Así pues, además de las desavenencias que enfrenta cada uno de los personajes, la obra hurga en los veleidosos caminos del quehacer teatral. Las pasiones, pulsiones y letanías que componen la existencia de Adriano –un mítico baluarte de la tradición nacional que ha decidido retirarse— hallan cabida en la edificación de esta embrollada pieza que ha aceptado a regañadientes.  Por otro lado, engarzada a aquella peripecia vital, la metáfora de la ballena constituye un ponderable préstamo del más famoso libro de Carlo Collodi. La personificación del espacio físico que ocupa el histórico teatro no es gratuita: como el encierro de Geppetto y Pinocchio dentro de la ballena, los personajes de “Todos los sueños del mundo” se encuentran a merced del teatro que los acoge, y es únicamente dentro del mismo donde podrán exorcizar sus demonios y justificar su existencia en un mundo que parece cada vez más inhóspito.

    Dicho todo lo anterior, rápidamente caemos en la cuenta de que no solo se trata de la trigésimo segunda producción del emblemático Teatro Británico de Miraflores, sino de la última pieza que estrenará un teatro muy parecido, acaso idéntico, que se yergue en los recovecos de nuestra imaginación, y en el que, contra viento y marea, se cosecha un drama lleno de venturas y traspiés (como la vida misma) que nos deja impávidos y nos da una perspectiva única de la ardua, pero siempre grata tarea que implica materializar los contenidos del guion en el escenario. Aunque todo ello contribuye a que se aproveche el elemento lúdico de la obra, lo cierto es que el humor ha quedado plasmado en los diálogos de una manera muy medida: la dramaturga no busca provocar la carcajada ni el arrebatamiento, sino conmover y meternos de lleno en los entretelones de su historia.

    Por fortuna, la obra carece de aquella tendencia a politizarlo todo que ha encontrado un asidero en varias ficciones de hoy en día. Consideraría infundados comentarios que juzgan sin reservas el no haber desarrollado el trasfondo de violencia política que atravesaba el país, pues creo que, con todo lo que ofrece la pletórica creación de Althaus, dicha ausencia no le resta un ápice al producto final. De hecho, la formidable escena en la que Adriano y Loreta cruzan palabras en la oscuridad del decadente teatro nos ilustra acerca de la manera en que, incluso dentro de un contexto tan adverso como el que vivimos en el periodo 1980-2000, el arte puede hacer la vida más vivible.

    En la información del show, Mariana de Althaus desvela lo que significa su vocación para ella: “Yo creo que mi enfermedad es el teatro. Y la mayoría de la gente de teatro que más me fascina, también padece de esa maravillosa enfermedad incurable”. Sin duda, “Todos los sueños del mundo” es un claro ejemplo de lo mágico, enriquecedor y (¿por qué no?) reconfortante que puede llegar a ser aquel padecimiento cuando a un gran libreto se suman una dirección y una puesta en escena de gran calibre.

     

    FICHA TÉCNICA

    Todos los sueños del mundo

    Dramaturgia y dirección: Mariana de Althaus.

    Actores: Alberto Isola, Sofía Rocha, Sergio Llusera, Vanessa Vizcarra, Gabriel Iglesias y Matías Raygada.

    Teatro Británico (Jr. Bellavista 527, Miraflores).

    Hasta el 4 de junio

    Entrada: De S/. 30 a S/. 60

     

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