«Los rendidos» o la gran emboscada de contradicciones

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El libro de Agüero, editado por el IEP. fue una de las más destacadas publicaciones del 2015.
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Compartimos una lectura crítica del escritor Pedro Novoa al libro «Los rendidos». El testimonio que realiza José Carlos Agüero es del un hijo de senderistas que murieron en los años de la violencia interna. El texto ha generado mucho debate y esta crítica se suma a esta discusión que seguro continuará.

 

Por Pedro Novoa

Los rendidos: sobre el don de perdonar, de José Carlos Agüero, es probablemente uno de los libros más inquietantes y arriesgados de los que han aparecido hasta ahora sobre el conflicto armado interno. Escrito de manera fragmentaria, híbrida y a través de una prosa sencilla y puntual desarrolla una temática variopinta que por momentos sorprende por su claridad, pero que en la  mayoría de veces, inquieta por su ambigüedad y hasta contradictoria lógica.

La voz discursiva no pierde el matiz intenso (hasta emotivo) de un personal testimonio, pero a su vez va entremezclada con el aplomo de una racionalización –en algunos párrafos tenaz– de la condición subalterna y oprobiosa de ser hijo de dos militantes senderistas caídos (ejecutados extrajudicialmente en el texto).

El saldo final es el de una gran emboscada de contradicciones donde la voz adquiere lo ambiguo como estrategia de persuasión. El texto deviene entonces en una visión monologante que aparenta objetividad para imponer una perspectiva subjetiva y sesgada de un rendido que pretende el tratamiento de un héroe vicario.

La estrategia, sin llegar a ser filosenderista o apologética, es, por lo menos, de una entrañable (camuflada) simpatía por el accionar senderista. Un accionar que es considerado una lucha “abnegada” y no “demencial”. Los subversivos son calificados como “camaradas”, “compañeros”, “militantes” y que a pesar de admitir la perpetración de crímenes, estos no son “bajos”, “vulgares” o “ruines”, sino que corresponden a una circunstancia de otro nivel[1] (alto en el texto). El narrador se pregunta: “¿A cuánta gente mató mis padres? Saberlo es innecesario. Solo que sea posible plantear esta pregunta en cualquier momento, y que sea válida, es lo que sostiene este tipo de vergüenza” (p. 20). Este circunloquio es generoso para con la memoria paterna por su retórica aceptación de la criminalidad. Es como cuando alguien acepta que es criminal y que por ello es mejor de quien, a pesar de serlo, lo niega. Es, temo, una fatigosa manera de justificación.

En el apartado inicial subtitulado: “Sobre estos textos” el autor advierte: “Este libro está escrito desde la duda y a ella apela. No tiene el ánimo de confrontar verdades predominantes sobre la guerra interna y las ideas sobre los ‘terroristas’ desde alguna otra versión monolítica, ni otorgar una visión de parte, o proponer una justificación de la violencia apelando a lo complejo de la experiencia para relativizar sus culpas” (p. 2). Cuando precisamente en gran parte del texto se propone eso que dice no proponerse: descentrar visiones hegemónicas (llamadas estereotipadas) y dar precisamente una visión de parte y no integral del fenómeno senderista (el de ser hijo de subversivos caídos). Esta evidente contradicción es sospechada por el autor que, en las líneas siguientes, reflexiona: “Pero nadie escribe en vano, aunque no escriba desde la claridad” (p. 3). Pero esta oscuridad es aparente, porque a todas luces entendemos que no es la voz de un hijo de senderistas “ejecutados extrajudicialmente”[2], tampoco la voz infantilizada (atribuida a Lurgio Gavilán, como se verá después), sino la de un lúcido intelectual que instrumentaliza su condición de “deudo” para reivindicar las figuras de su padre y de su madre que, por extensión, son las de todos los subversivos caídos o presos durante un conflicto que ellos protagonizaron.

El autor, adelantándose a esta observación, advierte (con relación al trato que recibe de la familia de una amiga): “A mí no me habían visto nunca, pero me habían construido desde su memoria de mi madre como un anexo de ella. Proyectado como una fuente de resentimiento, un senderista biológico, esencial, contagioso” (p. 40). Pero él más que hijo de su madre, es hijo de las ideas de los senderistas, no en forma ortodoxa, pero sí de manera significativa. ¿Eso es malo o no? Eso conlleva a una dignidad sospechosa y contradictoria, la voz trata de decirnos casi con épico orgullo que no lloró por la muerte de sus padres, que así le enseñaron a manejar sus emociones, y luego acepta haber derramado algunas lágrimas. Es decir legitima la educación rígida y militante para luego humanizarla. Esto se reafirma más adelante cuando pone en duda las atrocidades y las tolera indirectamente: “Cuando los colegas, con las mejores intenciones, hablan de las monstruosidades de Sendero estoy de acuerdo. Pero sé al mismo tiempo que están hablando de mi familia. Y de muchos amigos a los que vi vivir a plenitud y luego morir. Me cuesta recordarlos monstruosos. Pero sí, cometieron atrocidades y las justificaron” (p. 55). El narrador relativiza “lo monstruoso” para buscar una comprensión “profunda”, que vaya más allá de la humanización del criminal: “No creo que hacer esto [darles contexto] justifique ningún crimen ni promueva revisionismos. Tampoco creo que se trate solo de devolverles humanidad. Es más bien mirarlos profundo y de frente para conocerlos socialmente. Si alguien quiere devolverles algo, humanidad o no, es asunto de cada quien” (p. 56). Más adelante resalta esta idea: “Creo que debo recuperar mi herencia sin mitificar a Sendero, tampoco humanizándolo, reconstruyendo su experiencia compleja, pero sin conceder una mentira a la presión de los poderes que han triunfado, que no siempre pueden resumirse como el triunfo de la democracia. No es tan simple” (p. 120). Pero no es el triunfo de la democracia, en términos de conflicto es la derrota del terror (sedicioso), la democracia sigue imperfecta, perviviendo como la menos mala de nuestras formas de representación.

Otro punto saltante es la consideración de víctima y su escurridiza aceptación como tal. En el apartado 22, cita el caso del expresidente Mujica quien reclama para sus compañeros de lucha (Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros) la condición de combatientes y no de víctimas. El autor advierte: “Su condición de culpables o militantes o exguerrilleros no les resta ni a ellos ni a sus familias su derecho a la justicia y la reparación. Además, Mujica sacrifica a otros con él” (p. 69). Cabe señalar que la concepción de justicia es relativa a las esferas culturales a las que uno se adhiere o pertenece. Resulta contradictorio pensar en la peculiar concepción de justicia que tenían los subversivos al considerar “ajusticiamientos populares”, “cárceles del pueblo”, “ejecuciones sumarias” y demás dentro de una práctica bélica, atroz y paranoide (que incluían rocas destrozando cabezas y explosión de cuerpos con dinamita), y que al verse derrotados reclamen lo que ellos precisamente negaron, violaron y desdijeron no solo en el discurso sino con su accionar sistemático. Esto no es una negación de los derechos humanos que como cualquier persona tiene y debe reclamar, sino una respuesta de indignación a la incongruencia moral de su propio discurso. El autor expresa: “No importa si no me siento víctima y si nunca me comporté como una. El hecho es que si este mundo de normas y moral tiene algo de valor, lo soy. Al margen de mi voluntad” (p. 69). Es decir, el cómodo reclamo a la omnipotencia de los derechos de las víctimas del conflicto. Es más, así seas culpable, no debería perder los beneficios que podría implicar reparaciones civiles, incluso reconocimientos públicos[3]. En el apartado 26, luego de primero relativizar las categorías de “inocente” y “culpable”, critica a las ONG por solo apoyar a los “inocentes” y dejar de lado a los “culpables” cuando estas dos categorías no están del todo claras: “Esta historia se puede contar como la de una práctica hipócrita de las ONG, que abdicando de su mandato de defender a todos por igual, pues un derecho humano no es negociable, escogieron identificar inocentes de acuerdo con ciertos criterios de exclusión, defenderlos solo a ellos y abandonar a todos los demás, a los culpables, a la tortura segura, la cárcel, la desaparición y la muerte. […] No me parece justo” (p. 77). Este reclamo es legalmente válido, y personalmente comprensible por lo que él habrá visto desde la posición desgarradora de hijo de esos “culpables” no tomados en cuenta; pero no deja de ser también un reclamo contradictorio por haber creado una moral alterna (la senderista) para delinquir y luego difuminarla a posteriori para reclamar una homologación éticamente cuestionable, por lo menos, como si fuera intercambiable ser víctima o culpable.

En el apartado 25, el autor realiza un balance sucinto del libro Memorias de un soldado desconocido de Lurgio Gavilán y lo interpreta como un ejercicio de justificación: “Este libro los ayuda a exculparse. Los ayuda a encontrar también algún grado de racionalidad en esas cosas que en Ayacucho todos saben: que muchos apoyaron a Sendero Luminoso […] El mito de la comunidad inocente ya no se puede sostener, hay que matizarlo con el nuevo mito de la comunidad despojada de su campo idílico, parida al mundo con dolor. Usa varias estrategias para lograr este efecto. Gavilán narra cómo niño, infantiliza la guerra, y en esta forma de contar reclama para sí esos atributos del niño: la ingenuidad y la inocencia sobre todo. También recurre a un discurso conservador, señalando que los indios como él no tenían cómo entender los manuales senderistas ni la complejidad de la vida política […]”. ¿Pero el de Agüero no será también un intento de racionalización de un pasado oprobioso, por momentos nefasto y criminal que él matiza con cierta épica peregrina y romántica? ¿Quizá eso que lo separa en realidad los une? Habría que leer con atención el apartado 32 donde infantiliza también el armado de artefactos explosivos como si fuera un niño haciendo manualidades escolares: “Fue como hacer una tarea de formación laboral del colegio. Se aplastaba la plastilina, se acomodaba en una lata de leche, se cortaba un pedazo de fulminante, se colocaba un pedacito de metal y como mecha, se pegaban unos fósforos […] oliendo esos materiales interesantes[4] […]» A pesar que luego dice en abierta contradicción con lo anterior: “No me planteaba claramente entonces la moral de esta actividad. […] No era un niño ingenuo […] Si las hacía en mi casa, si las hacían mis jóvenes amigos y “tíos”, bajo tutela de mi madre, debía de ser correcto […] Era un niño viejo y culto” (p. 86). Es decir, Lurgio fue un niño ingenuo, él no. La infantilización por lo tanto se neutraliza solo en su práctica, adquiere la adultez de “una pedagogía de la solidaridad y sensibilidad extrema” ¿armando bombas con sustancias interesantes?

Lo que sí es interesante es el punto de vista que asume el rechazo del victimocentrismo y propone una comprensión cabal de la reconstrucción de la memoria de esos años violentos: “En el esquema antiguo, la guerra aparece como un hecho extraordinario, un paréntesis en la historia de las comunidades o barrios, una guerra que les cayó encima y con la que casi no tiene nada que ver, ninguna vinculación como no sea la de sufrirla” (p. 97). Y el mismo texto da la propuesta: “Sujetos con agencia, destacando su voluntad, sus motivaciones, su perfil político. No más víctimas, no más desvalidos entre dos fuegos, ya no inocentes abatidos” (p. 97). En efecto, estas reflexiones parecerían escritas por otra persona, pero es la misma en un ejercicio elaborado de enmascaramiento. Al abandonar la condición de “víctimas” asumen la categoría de “actuantes” y por lo tanto responsables directos de lo que aconteció por esos años. Sin embargo, esto último no es así, se reclama una aceptación de ese “accionar” pero desde la plataforma del heroísmo sino incomprendido, por lo menos alternativo. Una suerte de próceres alternos de la lucha armada y no víctimas del descerebramiento de un discurso amorfo que Abimael les inoculó, primero obligados a matar y ahora exigiendo tácitamente a sus hijos, seguidores o simpatizantes un honroso epitafio de su derrota.

Es importante también, la mención del sector popular de las fuerzas armadas consideradas por algunas novelas peruanas casi como personajes de cartón piedra, máquinas de matar, meros mecanismos programados para la ejecución extrajudicial (palabra favorita) y generalmente perfilados como viejos zorros uniformados cuando era todo lo contrario. El autor advierte: “Estos policías tan jóvenes, adolescentes, casi niños. Estos reclutas del ejército, muchos levados a la fuerza, que ahora languidecen olvidados en sus pueblos, y estos subversivos, de su misma generación. Matándose. Esta guerra tiene algo de guerra de niños que la hace más gris” (p. 33). Aquí no hay infantilización, sino más bien el uso del elemento infantil como crítica, diferente a lo expuesto líneas arriba. Más adelante, reflexiona sobre el sector social que también está emparentado con los deudos, víctimas y demás damnificados del conflicto armado que son del sector social bajo de la milicia: “Pienso en nuestros propios soldados, militares. No solo en los oficiales, sino en esa tropa que Mariano Aronés ha empezado a darnos a conocer. Sí, mataron y murieron y ahora, abandonados por sus instituciones, sufren los efectos de haber dado la cara para combatir a Sendero. Desde luego merecen reparación, ¿pero solo eso? ¿Solo esa fórmula que al final es una política más, una técnica más? ¿No merecen ser acogidos, agradecidos?» (p. 121). Claro que deben ser acogidos y hasta agradecidos, pero en casos de comprobadas condiciones de vulnerabilidad y victimización –aunque no le guste esta palabra al autor.

Otro aspecto importante es la crítica a los ideólogos: “Recuerdo la rabia de algún compañero de la universidad […] Tantos otros extremistas de izquierda como él. Que por medio de sus discursos […] alentaron hacia una radicalización terrible. Estudiantes que luego entraron a Sendero o se pudrieron en la cárcel. Y ellos se quedaron en sus vidas de provocadores, radicales de las palabras […] Algunos irresponsablemente siguieron clamando un discurso de violencia armada hasta que la destrucción de la Izquierda Unida los destruyó a su vez […] Han sido derrotados y aunque algunos aún caminen por plazas y escriban en periódicos, no se han dado cuenta de cuán fantasmas son” (p. 63). Y con esto cerramos esta larga reflexión, son precisamente los “verbosos”, los que incentivan a la población, sobre todo a los jóvenes a situaciones extremas y hasta criminales. Estos señores que inflaman mentes y tuercen voluntades para que los más susceptibles hagan lo que ellos jamás harían, porque es más cómodo incendiar mentalidades desde sus muros de Facebook o desde una cátedra universitaria (peruana o extranjera) que salir a tomar las calles, cerrar carreteras o tomar un fusil. Seudorrevolucionarios que parasitan el coraje o la locura ajena y que no pasan de revoltosos confundidos, eternos adolescentes que han hecho de la palabra revolución un estropajo con el cual limpian de vez en cuando lo más encharcado de sus pensamientos y cobardías. Ellos como ese ilustre verboso que está en la cárcel y que no se lo menciona en este último grupo, pero que debería ser el verdadero rendido, así se haya apuntado la sien con un dedo cuando dijo que las ideas no se matan, porque quedan en los demás. El mismo dedo que apuntó a las cabezas de sus seguidores y que –contradiciendo el aforismo- los hicieron explotar.

 

 

NOTAS:

[1] En el apartado 42 refiriéndose a una senderista: “Esta mujer, que fue de Sendero Luminoso, participó activamente de acciones en Lima. Asesinó, perjudicó de un modo imborrable a decenas de familias. Pero no es una mujer loca, ni un monstruo sádico. Tampoco es un típico desvalido como se suele pensar a la víctima de violaciones de los derechos humanos. Es una citadina que nació en un barrio marginal, achorado. Pero que por razones muy diversas, generacionales, familiares, por una propia inclinación, por influencias, por mil cosas, se enroló en Sendero Luminoso. Y nos encontramos frente a una mujer que cometió crímenes pero cuyas motivaciones no fueron, cómo decirlo, bajas” (p. 102). Las negritas son mías.

[2] Nótese el uso de “ejecución extrajudicial” con el matiz de “muertes injustas”. Habría que preguntarnos qué tipo de muertes ocasionaban los senderistas: ¿ejecuciones parajudiciales, ultrajudiciales? O en eufemismos senderistas: “cuotas de sangre”.

[3] La abuela paterna acepta la condecoración que le hacen al padre a pesar de haber estado siempre en contra de quienes organizaban el acto celebratorio. Si bien el texto hace un deslinde o “zanja” con el MOVADEF o sus vertientes, coincide con esta agrupación en proponer además de las reparaciones civiles, actos de homenaje y reconocimiento.

[4] La negrita es mía.

 

 

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