Leyendo el teatro: Ricardo III, antihéroe peruano

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    Es un gran reto llevar a escena una obra de Shakespeare, sobre todo tragedias como Ricardo III en la que el protagonista encarna el egoísmo y ambición por el poder en esa dinámica en la que el hombre busca imponerse a otro hombre. Presentamos una lectura de esta puesta que actualmente se presenta en el Teatro La Plaza, de Lima, y que puede entenderse como un reflejo de la realidad peruana.

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    Por Romina Gatti*
    Fotos: Teatro La Plaza

    Toda puesta en escena implica la construcción de un pequeño pero complejo universo social. Hacerla funcionar requiere superar una serie de obstáculos que surgen del trabajo de interpretación, del presupuesto, de la interacción con otros. Cuando se monta una obra de Shakespeare, conseguir que el texto funcione suele imponerse como el mayor reto. No me refiero necesariamente a la dificultad de un lenguaje y un orden social distintos a los nuestros –ya decía Vallejo que Shakespeare tiene algo que brindar a todos, sin importar su cultura o su nivel educativo- sino a la de que los recursos activados en escena –las actuaciones, el vestuario, etc.- no consigan trasmitir las poderosas verdades que el dramaturgo consiguió sintetizar en tres horas de conflicto. Con mucha facilidad, Shakespeare queda grande, y cuando es así, el ridículo es directamente proporcional a la belleza de la obra de turno.

    Pienso que sus tragedias podrían dar más lugar a tropiezos que sus comedias. Creo que tiene que ver con que en ellas se desarrollan con particular intensidad aquellos conflictos esenciales de los que venimos intentando apartarnos como individuos y como sociedad desde hace tanto tiempo. El tabú es un visitante habitual de sus historias -atentados contra miembros de la familia o contra los amigos, principalmente-, un visitante al que el dramaturgo presenta con sus distorsionadoras máscaras, en debate constante con la lealtad, la compasión y el amor en toda su posible intensidad.

    En Ricardo III, el tabú tiene su origen en aquella vieja dinámica en la que todos hemos sido bautizados: la lucha de un hombre por imponerse a otros hombres. En este caso, el hombre es un duque inglés, el duque de Gloucester, que pretende hacer suyo el trono de Inglaterra, para lo que está dispuesto a eliminar a todos aquellos que se le interpongan, incluso –y sobre todo- si se trata de sus hermanos mayores y de sus sobrinos, anteriores a él en la línea de sucesión. Su pretensión lo hace doblemente peligroso porque la máscara que ha conseguido construirse es casi infalible, porque sus enemigos creen en la amabilidad y en la aparente transparencia tras las cuales se ocultan sus verdaderas intenciones.

     

    LA ADAPTACIÓN PERUANA

    El egoísmo más descarnado pulula en cada escena y esperamos que la puesta concrete la compleja tarea de manifestarlo sin empobrecer sus matices, sin terminar produciendo un cliché. La que dirige Chela de Ferrari lo consigue. En parte se debe a las actuaciones, intensas sin ser melodramáticas, muy parejas en su efectividad, entre las que me llamaron la atención la de Miguel Iza como Ricardo -con una capacidad tal para trasmitir la fina ironía del personaje que el público le celebraba las maldades- y la de Sofía Rocha como la Reina Isabel –como siempre, su potencia fija el recuerdo de las escenas en las que participa, de modo que parece que hubiera visto la puesta muchas veces-.

    PostRomina2_RicardoIIIPor otro lado, la riqueza del drama se sostiene porque se lo propone como reflejo de la realidad peruana, lo que no carece de sentido: aquí no habrá trono de Inglaterra por el que pelearse, pero la dinámica principal, la del saqueo de los otros, es la nuestra, efectuada con maña y entusiasmo, desde hace siglos y en todas las clases sociales. En nuestra sociedad, las máscaras se adhieren a los rostros como una segunda piel, que a veces carcome a la primera. El corrupto nunca está solo, sino que florece en una red de relaciones normadas por la ausencia de ley. En la tragedia inglesa, ningún personaje tiene las manos limpias, salvo los niños, como en nuestro país pocos se libran de ejercer alguna forma de ilegalidad. Es por eso que figuras como las de Ricardo no son extrañas entre nosotros.

    Aunque el puente entre la obra inglesa y la realidad peruana es claramente trazado en el programa de mano, en el que se hace alusión al proceso dictatorial de los noventas, también se sugiere en la propia puesta con la proliferación de elementos que connotan modernidad. Sacos largos, pantalones en las mujeres, música electrónica, rap, construyen una cercanía temporal que, sin embargo, no incluye ningún elemento característico del Perú, con lo que se otorga al espectador el beneficio de terminar de construir la asociación, táctica útil para el aprendizaje.

    Un tablero de ajedrez como piso del escenario nos recuerda espectadores de un juego político que, como una partida, tendrá como fin la destrucción de uno de los contendores. He allí la bella conclusión del texto, maravillosamente reflejado en las últimas escenas de la puesta: Ricardo III nos anticipa el final que corresponde al saqueo, uno terrible, que no perdona a nadie. La vieja fantasía de que se sale incólume del ejercicio de la violencia es radicalmente combatida en el tremendo desenlace de la historia.

    Vale la pena verla. Va hasta el 28 de enero en el Teatro La Plaza, de Larcomar.

     

     

     

     

    *Romina Gatti (Lima, 1984). Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), también ha llevado talleres de dramaturgia con Mariana de Althaus, Gino Luque y Alonso Alegría. Actualmente, trabaja en su tesis de maestría y dicta el curso de teatro en Estudios Generales de la Facultad de Letras de la PUCP.

     

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