Crónica: Piratas, primera parte

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La piratería es un delito, qué duda cabe, pero otros creen que es un ‘mal’ necesario. Presentamos algunos testimonios que nuevamente ponen en discusión el problema de los derechos de autor. Un vendedor de libros, el dueño de una ‘imprenta’ y un lector nos dan sus puntos de vista. Que comience el debate.

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Por Jack Martínez Arias

Testimonios que ponen
sobre el tapete la problemática real de la piratería. ¿A quiénes beneficia y a
quiénes perjudica la reproducción ilegal de libros?

1.           

Cristóbal: huachano, cuarenta y dos
años, viudo, dos hijas
. Vende
libros en un pequeño espacio del jirón Quilca del Centro de Lima. El único
estante donde coloca los productos se divide claramente en dos: a la derecha los best seller; y a la izquierda, novelas o libros de cuentos. «Por
cada diez Crepúsculos sale uno de
Philip Roth», me cuenta cuando le interrogo por el tipo de libros que más vende.
«¿Y entonces por qué no inviertes tu capital solo en los Best Seller?», pregunto, esperanzado en una respuesta romántica
como: es que me gusta mucho la literatura, o algo por el estilo. Pero a cambio
me dice «los Crepúsculos (Cristóbal se
empeña en llamar así a todos los Best
Seller
, incluyendo los de autoayuda) son comprados por clientes
circunstanciales. Los que compran a Gamboa, a Varguitas, a Vallejo (Fernando,
el colombiano; no César, el peruano), a Bolaño o a Volpi, son clientes fijos, son pocos pero son caseros que nunca fallan. Y
a esos hay que cuidar más que a los otros». 
  

2.

                Avenida Grau. En
el lugar más inaccesible de un centro comercial en el que la mayoría se dedica
a la venta de maletas y mochilas, sobreviven
todavía dos «imprentas»
(las demás se han marchado a los conos). Sobre el
piso, al lado de sus puertas, se construyen torres de cartón: son las carátulas
de los libros que poblarán las intersecciones de las principales avenidas de
Lima. Una muchacha sale de allí, se dirige hacia mí con desconfianza y averigua
si quiero hacer un pedido. Le pregunto por el señor Segundino. Ella responde
que salió. Que «el señor» volverá en un par de horas. Entonces le digo que daré
una vuelta y regresaré más tarde.

                Cuando Segundino
apareció lo reconocí rápidamente. (Es un señor bajito, siempre está con una
gorra roja y un maletín negro, me había dicho Cristóbal). Lo saludé y de
inmediato me dijo que no, que no hablaría conmigo, que no daría ninguna entrevista. Al parecer Cristóbal ya le había
comentado que un periodista quería hacerle preguntas sobre «el negocio». El
viejo fue seco y cortante en su negativa. «Está bien», le dije. «Es que yo no
quiero ningún problema», continuó Segundino. «¿Problema?». «Claro, después vienen a levantarme las máquinas«. «Cristóbal
me ha contado que ustedes saben mejor que nadie cuándo se hacen las
intervenciones». «Ese no sabe nada, por tal de figurar dice cualquier cosa». «Yo
solo quería hablar con usted, algo rápido, unas cuantas preguntas». «¿Estás grabando?».
Saqué la pequeña grabadora del bolsillo de mi camisa y se la mostré. «Mire, la
estoy apagando en este momento». El viejo vio el aparato digital con recelo,
sin saber si en realidad continuaba encendido o no. «Está bien, hablaré pero no
grabes. En serio, no quiero problemas».

3.

                Conocí a Cristóbal gracias a Marcos, profesor en una
universidad privada. «Cuando todavía estudiaba en la Villarreal y tenía dos soles
de propina por día, te hablo de inicios del 2000, claro, ¿qué libros crees que podría comprar? Por eso me hice amigo de
Cristóbal, iba una vez a la semana a comprar un libro de siete o nueve soles.
En su puesto conocí primero a Arguedas, Vargas Llosa, Bryce; y luego a Fuentes,
Paz, Onetti; y después de leerlos tanto decidí abandonar la arquitectura para estudiar
Literatura». Ahora, casi diez años después, Marcos, profesor universitario, solo compra originales en las librerías de
Miraflores
. Pero siempre se da una vuelta por Quilca. «No te voy a mentir,
ahora que puedo, siento un placer enorme
al comprar un original
. Tú sabes, la tapa, las hojas, todo es diferente.
Pero aún así, una o dos veces al mes voy al Queirolo a tomarme unos tragos. Eso
te consta. Y siempre paso a saludar a Cristóbal y veo qué novedades tiene, veo si su puesto está o no a la moda, y
a veces me sorprende con títulos de libros que aún no han sido traídos aquí. Es
alucinante».

4.

                «Grábame la voz pero no me filmes, y no digas mi nombre verdadero. Solo te
pido ese par de cosas». «No te preocupes, te llamaré Cristóbal». «Está bien,
pregunta». «¿Crees que vender libros
piratas es un delito?»
. «Es tan delito como vender DVD piratas. ¿Quién no
ha comprado o visto uno?». «Pero responde: ¿es o no es un delito?». «Según la
ley, sí. Según yo, no». «¿Eres
consciente que le robas a los autores?»
. «¿Cuánto perciben los escritores
por regalías? ¿Diez por ciento?». «En general, sí». «Las distribuidoras,
editoriales, imprentas, etc., se quedan
con el otro noventa por ciento
. Al que menos le robo es al autor. Y si me
piden que le dé el diez por ciento de cada libro vendido al autor, pues lo
haría con mucho gusto». Cristóbal salió con esas respuestas demagógicas y supe
que había comenzado la entrevista dispuesto
a contradecirlo todo
. Es natural, él quería hacer respetar su posición y
defender su «oficio». «¿Crees que los
que compran los libros piratas pueden comprar originales?».
«Ese es otro
punto interesante, los que compran mis copias, la gran mayoría de ellos, no podrían comprar originales. En ese sentido, si no existieran las copias, ellos no leerían. Nunca irían a una
librería a comprar un original, no se les pasa siquiera por la mente esa
posibilidad. Por eso también digo que no existe ningún robo. Mis compradores no son potenciales compradores de
libros originales». «No creo que eso pase con el cien por ciento». «Pero pasa
por lo menos con el noventa, te lo aseguro. Muchos son muchachos universitarios…».

                «Ahora hablemos de cómo llegan las copias a tus manos. ¿Cómo hacen para conseguir
libros que ni siquiera han llegado «oficialmente» al Perú?». «Ah, eso tienes
que preguntarle a los proveedores. ¿Por qué no hablas con el tío Segundino? Yo
te doy sus datos, él me trae las copias». «Ya, pero tú también debes saber. No
me digas que no conoces el negocio. ¿Cuánto hace que llevas en esto?». «Veinte
años, pero no siempre he vendido aquí». «Entonces
debes saber cómo es la jugada
«. «Bueno, antes eran fotocopias que se tenían
que transcribir. Por eso uno se encontraba con muchos errores ortográficos».
«¿Y ahora?». «La mayoría llega como PDF,
es más sencillo
. Y se abarata el costo. Pero eso háblalo mejor con un
proveedor. Aquí te voy a apuntar el nombre y la dirección de Segundino…».     

 

Continuará…

*Nota: La fotografía que hemos colocado en este post fue tomada de un fotorreportaje realizado en 2010 por el diario británico The Guardian, precisamente sobre la piratería de libros en Lima.

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Jaime Cabrera Junco (Lima, 1979). Periodista cultural y director de Lee por gusto. Ha trabajado en los diarios Expreso, El Comercio y Perú21, donde esta web comenzó como blog. Ha sido docente de cursos de periodismo digital en la Universidad de San Martín de Porres. Actualmente es jefe del Equipo de Promoción Literaria de la Casa de la Literatura Peruana.

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