La ciudad y sus libreros

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    ¿Y si Lima fuera como un libro? Sería probablemente uno de muchísimas páginas y capítulos. Si Lima fuera un libro habría acápites que merecerían subrayarse y tendríamos que leerlos con calma para disfrutarlos. Si Lima fuera un libro habría uno que merecería nuestra especial atención: el de la ciudad y sus libreros.

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    Por Jaime Cabrera Junco
    [email protected]

    En medio de la babel que es Lima, con tantos automóviles y el rumor de la gente, hay una ciudad de papel que no figura en los mapas turísticos de esta tres veces coronada villa. Ese territorio, inmerso dentro de nuestro centro histórico, está poblado de frases memorables, de los versos más sublimes -o tristes-, de reflexiones filosóficas sobre la vida…en fin; en Lima antigua no solo hay balcones por fotografiar o catacumbas que recorrer, también hay libros que esperan de un lector que los tome y aproveche para sí. Y fuimos en búsqueda de ellos.

    Aunque no hay un mapa del libro en Lima, tenemos dos puntos de referencia obligada para quienes están en búsqueda de libros antiguos o de aquellos que difícilmente circulan en las librerías de los distritos de Miraflores y San Isidro. Se trata de la zona del llamado Boulevard de la Cultura del jirón Quilca, y de los libreros del jirón Amazonas. Es cierto que hay otros rincones, como el de la calle Malambito, el jirón Camaná y Nicolás de Piérola, y seguramente allí hay también otros tesoros por descubrir.

     

    AMAZONAS: SELVA DE PAPEL

    Desde la década de 1980 hasta fines de 1998, ocupaban cinco cuadras de la avenida Grau, entre el límite del Cercado de Lima con La Victoria. Eran épocas en que el comercio ambulatorio bullía en las principales avenidas de la capital. Los libreros, pese a su noble oficio, también habían tomado las calles aunque sin pregonar a garganta pelada los nombres de las obras de literatura, filosofía e historia que tenían en sus estantes de madera. Se trataba de una batalla silenciosa entre el polvo del saber contra el smog de la transitada avenida que lleva el nombre del héroe del Combate de Angamos.

    Sin embargo, durante la gestión del alcalde de Lima Alberto Andrade, los 200 libreros tuvieron que mudarse. Luego de llegar a un acuerdo con la Municipalidad de Lima pasaron a ocupar la cuadra cuatro del jirón Amazonas, que por entonces era un lugar descampado y peligroso, que con el tiempo ellos supieron domar y controlar.

    “Paraíso de los libros”, se lee en un cartel de fondo blanco y letras azules ubicado en el ingreso de esta feria popular del libro. La frase, nada menos, brotó de Mario Vargas Llosa, quien visitó Amazonas años antes de que ganara el Nobel. Hay que decirlo, los alrededores de esta zona no ofrecen muchas garantías, pero dentro del campo ferial se puede transitar con total seguridad, pues incluso cuentan con vigilantes particulares. No obstante, los propios vendedores recomiendan ir en las mañanas y en las tardes -no más allá de las cinco-, pues la cosa se pone picante afuera. Con estas recomendaciones nos internamos en la feria de Amazonas después de la hora de almuerzo.

     

    VIEJO LIBRERO DE VIEJO

    pedrovillegasLibreroLe dicen el papá de los libreros y sus colegas bromean con él, pero a la vez le guardan el respeto que se tiene hacia alguien que empezó en el negocio muchas lunas antes que ellos. Pedro Villegas Páucar tiene 73 años y también problemas de audición. Un librero amigo nos los presentó y luego de saludarnos nos invitó a tomar asiento para poder hablarle a la altura del oído.

    -Yo empecé a vender libros desde 1965 cuando estaba preparándome para ingresar a la universidad. Vendía en la avenida Aviación, más conocido como Tacora. Ya, en 1973, empecé formalmente a vender libros. Ingresé a Filosofía y vendía libros para mantenerme y continuar con mis estudios.

    Con su mano envolviendo parte de su oreja para captar mejor nuestras palabras, don Pedro nos resume su vida. Cuenta que en Tacora hay todavía ‘buceros’ -entiéndase por aquellos que bucean- que a veces encuentran grandes tesoros y que los ofrecen allí o van a venderlos a Amazonas. Este librero de viejo se ha especializado, dice, en libros del siglo pasado. Recuerda que alguna vez compró un libro de literatura erótica del siglo XVIII. “No tengo afán de buscar un mercado y hacer negocio. Mi negocio es el conocimiento, aprender. Me he quedado en los libros, después de todo combino con ellos (ríe unos segundos y retoma la mirada adusta). Acá estoy tranquilo”, nos dice y al verlo a él y sus libros no hay manera de contradecirlo. Lo que dan ganas es de ayudarlo a remediar tan enmarañado desorden que es tal que a veces no recuerda muy bien qué obras tiene y cuáles ya vendió. Como en los remates de ropa, en el puesto de don Pedro Villegas funciona el sistema pase-elija-lleve.

    Amazonas tiene cinco filas de stands que se identifican con las primeras letras del alfabeto. En las filas A y B hay sobre todo textos escolares, pero últimamente ofrecen maquetas y proyectos científicos escolares. Esto no le hace mucha gracia a los libreros. “Entendemos la demanda, pero eso le quita un poco el espíritu a la feria”, nos dice uno de ellos, quien reconoce también que otra batalla a librar es contra la piratería que existe y a la que ignoramos a propósito.

    En los corredores C, D y E encontramos a los libreros de viejo más conocidos, entre ellos a don Pedro Villegas, que está en los primeros puestos del D. Otro de los libreros respetados de la zona es Juan Gervacio (en el puesto E-11), quien también empezó a vender libros en la avenida Grau. Ofrece interesantes textos de historia y de literatura, entre los que resaltan viejas ediciones de clásicos como el Quijote, obras de Stefan Zweig; y más.

    “Nosotros somos una versión artesanal de la vieja y digna profesión de librero, que hoy es cada vez menos cultivada. Amazonas se ha convertido en un oasis en medio de las carencias, y desde que hemos llegado aquí la zona ha cambiado notablemente“, menciona el señor Gervacio, quien cuenta, además, que alguna vez vendió libros del siglo XVIII, así como una obra de Manuel Atanasio Fuentes sobre Lima, cuyo costo no quiso revelar.

     

    VISITANTES ILUSTRES

    Si alguna vez fue Mario Vargas Llosa a Amazonas, esta feria recibe constantemente la visita de historiadores, lingüistas y literatos. Así nos lo confirma Abelardo Ramírez, joven librero que desde los 12 años ayudaba a su padre en el negocio libresco en las avenidas Colmena y Grau. “Por aquí vienen regularmente el historiador Waldemar Espinoza, así como el crítico Ricardo González Vigil», nos dice el joven librero de cabellera larga amarrada con una cola. ¿Pero buscan algo especial? Generalmente ellos vienen a ver, y si hay algo que les interesa se lo llevan.

    En el C-28 se ubica el puesto de Gustavo Trujillo. Empezó en este negocio sin proponérselo. Su hermana vendía enciclopedias, y para ‘recursearse’ empezó ayudándola. La cosa iba bien hasta que se animó a abrir un puesto de libros en la avenida Grau. “Así empecé”, nos dice al señalar sus anaqueles -dispuestos cual biblioteca- en los que encontramos añejos libros de historia, algunos de literatura.

    A veces pasa que los ‘cachineros’ -como llaman a los que venden libros en La Parada- no saben lo que tienen. Pueden tener en las manos un tesoro bibliográfico, pero su desconocimiento los hace perder una jugosa ganancia. Hay por eso algunos ‘expertos’ de Amazonas que van a allí e inician la búsqueda. El propio Jorge Vega ‘Veguita’, el legendario sobaco ilustrado de Lima, cumplía esa misión en sus buenos tiempos.

    Otra práctica común es la compra de bibliotecas personales. Gustavo Trujillo nos cuenta que una vez uno de sus mejores clientes falleció. Era un profesor de escuela y voraz lector. Cuando el librero fue a su casa quedó sorprendido por la maravilla que había allí. Libros de historia del Perú, obras literarias, ensayos de distinta temática. Sucede que hay parientes que solo buscan heredar dinero del difunto y sus libros lo consideran como si fuera ropa vieja. “Varios de los libros que tengo son de la biblioteca de ese profesor”, nos narra Gustavo.

     

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    BIBLIOTECA EN AMAZONAS

    Seguimos recorriendo la feria de Amazonas y en algunos stands encontramos revistas peruanas del siglo pasado. Ediciones antiguas de Caretas, Oiga, Sí; en fin…muchos títulos que al hojearlos uno, al estilo de Michael J. Fox, regresa al pasado. Entre tantos títulos, y puestos de ventas de documentales en DVD, volvemos al punto de ingreso y encontramos una biblioteca, en la que el lector sin pagar nada puede tomar un libro y leerlo. La sala de lectura no está muy surtida que digamos y por eso reciben donaciones voluntarias de los libreros de la feria o del público. La biblioteca está abierta de lunes a sábado de 9 a.m. a 6 p.m.

    Amazonas es un paraíso de los libros, aunque algo escondido y rodeado de selva de cemento, pero es el camino a tomar, sobre todo, si lo que busca son textos antiguos. Algunos libreros pueden ayudarlo a buscar un texto inaccesible, y si uno de ellos no lo tiene, de inmediato consulta con sus colegas. Lo curioso fue que durante nuestra visita solo nos habíamos contactado con Abelardo Ramírez y este nos presentó a uno de sus colegas, este a su vez a otro, y fueron quienes nos ayudaron en esta pesquisa rápida por su territorio. Incluso nos enteramos que editan una revista llamada Plumas de Gallinazo, que más que un homenaje a Julio Ramón Ribeyro se refiere al ave que merodea nuestra ciudad y que sería justo que reemplace al águila del escudo de Lima.

     

    CULTURA Y CONTRACULTURA EN QUILCA

    La plaza San Martín, un homenaje al libertador argentino de estas tierras, tiene entre sus calles adyacentes al jirón Quilca, bautizado en 1862 con el nombre de ese distrito de la provincia arequipeña de Camaná, que curiosamente es el nombre de una de las calles que la intersecta. En esa calle también se encuentra la vieja taberna Queirolo, punto de encuentro de escritores y de dipsómanos empedernidos.

    Desde 1997, la cuadra dos del jirón Quilca alberga a un antiguo garaje -que pertenece al Arzobispado de Lima- y es donde se encuentran un conjunto de libreros y vendedores de discos. Este espacio se llama el Boulevard de la Cultura Quilca y tiene al frente al Centro Cultural El Averno, templo de la movida contracultural limeña, escenario de conciertos de música subterránea, punk y demás.

    Entre julio y noviembre de 2002, en la gestión del entonces alcalde Alberto Andrade, se gestó un proyecto para implementar el boulevard de Quilca, pero al no lograr una nueva reelección, el plan quedó en el olvido. Actualmente solo la primera cuadra tiene el aspecto de boulevard, del que solo sacaron algo de provecho algunos restaurantes. El plan tenía como propósito volver amigable este lugar que de noche es inseguro.

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    QUIJOTESCO NEGOCIO

    La cuadra dos del jirón Quilca y Camaná está tomada por libros y revistas. Recorrer todos sus recovecos toma muchas horas. Nosotros empezamos por Quilca y seguimos por Camaná, buscando ese polvo del saber que hay en estas calles e ignorando la piratería que se mete por los ojos y que hizo recordar a quien esto escribe, que alguna vez en sus épocas universitarias recurrió a ella. Eran tiempos en que cada sol en el bolsillo valía media vida.

    Vemos a un vendedor de libros leyendo un periódico. Está sentado, como matando el tiempo. Nos ve ingresar, nos mira y vuelve a posar su vista en las noticias del tabloide que coge con las dos manos. Señalamos una vieja antología de Borges y al preguntar el precio, el vendedor apenas vio el libro y nos dijo: “cuatro soles” y nuevamente retomó su lectura.

    Aunque suene a simple juego gramatical, no es lo mismo ser vendedor de libros que ser un librero. El librero conoce el libro que tiene y aun cuando no pueda devorar todas las obras que están dispuestas en sus estantes, averigua todo lo referente a ellas. Si llega un cliente y no tiene el libro, consulta de inmediato con algún colega, con algún contacto, convirtiéndose en una suerte de detective de libros. Eso encontramos en nuestra visita en el garaje de la cuadra dos del jirón Quilca.

    Dos puestos en particular resaltan en esta cochera de libros: la librería Rocinante y la librería Selecta, en el stand 13 y 16, respectivamente. Hay también algunos puestos especializados en Medicina y Derecho, pero en esta visita fuimos con la consigna de buscar textos literarios.
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    “Lo mío es una cuestión rara. Trabajé hasta 2003 acá, en Quilca, y luego me fui a España donde hice de todo. En 2009 volví y he empezado hace un par de años. Antes vendía CD y LP, y luego cuando vine de España tuve el afán de buscar primeras ediciones de obras literarias“, nos cuenta Pedro Ponce, de la librería Rocinante, quien en uno de los parantes de metal de su puesto ha colocado un cartel con la siguiente advertencia: “En esta librería NO se venden libros de Paulo Coelho”.

    Echando un vistazo a la librería encontramos, por ejemplo, una traducción de Un corazón bajo la sotana, de Arthur Rimbaud, realizada por un joven Mario Vargas Llosa. Así como poemarios de Alejandra Pizarnik; una edición antigua de El arte del ocio, de Hermann Hesse; y una edición de García Márquez. Historia de un deicidio, libro que Vargas Llosa le dedicara a su entonces amigo Gabo, y del que hoy se encuentran pocos ejemplares en circulación. Además, Pedro tiene una vitrina con sus tesoros bibliográficos: la primera edición de la tesis de José María Arguedas, primeras ediciones de la obra poética de César Moro -que casi no se encuentran- y las obras completas de Alberto Hidalgo. Esta última podría costar actualmente unos 500 soles.

    “La gente sí lee. En Lima, en provincias también hay mucha voracidad por la lectura. Competir con la copia es jodido. La última experiencia que tuve fue con la del libro de Gonzalo Portocarrero sobre Abimael Guzmán. Pedí 20 ejemplares y los vendí todos. Llegó en un punto que se paró cuando salió la copia”, refiere Pedro, quien se surte de libros comprando a los distribuidores, yendo a Amazonas e, incluso, viajando a Argentina adonde va todos los años a traer algunas exquisiteces literarias que, a veces, distribuidoras peruanas como Los Heraldos Negros no logran adquirir.

     

    UNA LIBRERÍA SELECTA

    Yesenia Ballardo Salas ha trabajado en algunas librerías de Lima como El Virrey y, hace poco más de un año, abrió librería Selecta, en el puesto 16 del garaje de libros de Quilca. Mantiene en su stand el orden de las librerías tradicionales, pues las obras están organizadas por categorías entre las que destacan sobre todo la poesía, tanto peruana como universal. Junto con ella trabaja el escritor y crítico literario Gabriel Ruiz Ortega, quien conoce al dedillo todos los libros que ofrecen.

    SELECTTAAAAAADurante nuestra visita, Gabriel nos hizo una reseña completa del catálogo de la librería, entre la que encontramos títulos editados por sellos como Periférica, que editó una novela llamada Perú, de Gordon Lish, quien a su vez fue editor de Raymond Carver. Además de la poesía completa de Emily Dickinson; de T. S. Eliot; una edición facsimilar de las obras de Emilio Adolfo Westphalen, con dibujos de César Moro, entre otras joyas contemporáneas.

    “Yesenia y yo seleccionamos el catálago. Ella ha trabajado unos 13 años en librerías. Por mi parte conozco a escritores, presento libros, conozco lo que le puede gustar a los lectores. Lo que traemos acá prácticamente no lo puedes encontrar en otro lado”, nos dice Gabriel, quien además hace poco acaba de publicar una antología de cuentos Disidentes 2. Los nuevos narradores peruanos (2000-2010).

    Asimismo, entre su catálogo cuentan con una selección de títulos de ensayos, ficción y filosofía, de la Universidad Diego Portales, de Chile, entre los que se encuentra un conjunto de perfiles de escritores suicidas latinoamericanos titulado Los malditos, bajo la edición de la cronista argentina Leila Guerriero, a quien traerán a Lima el próximo año para dictar un taller de crónicas.

    Pero entre estos libros editados por la Universidad Diego Portales resalta uno en particular, se trata de la reedición del libro con textos de Julio Ramón Ribeyro titulado La caza sutil, a cargo del narrador y periodista Diego Zúñiga. “Releer este libro nos sumerge en los senderos del desapercibido ensayista que escribía de lo que le gustaba y de lo que no, de lo que le parecía sobrevalorado, ejerciendo una sensibilidad para la lectura que lo mantenía leal a sus convicciones”, afirma Ruiz Ortega en su blog La fortaleza de la soledad en el que realiza minuciosas reseñas de libros.

     

    Y TODAVÍA HAY MÁS

    El tiempo queda corto para poder nombrar todo lo que encontramos, y sí, es cierto, que no hemos podido abarcarlo todo en nuestra visita a este territorio del libro.

    En el jirón Camaná vimos libros antiguos, donde la piratería se confunde con ellos. También muchos puestos de revistas y algunos de cómics. Este recorrido tenía como propósito volver a trazar las líneas del mapa imaginario del libro en Lima. Falta ahora que los lectores ayuden a completarlo, pues es también interesante el vínculo entre librero y lector. Vínculo totalmente distinto al de cualquier otro negocio.

     

    ANEXO: Nuestro recorrido por las ferias del libro de Quilca y Amazonas en imágenes.

     

     

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