La biblioteca de Santiago Zavala*

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A dos años de que Mario Vargas Llosa ganara el Premio Nobel de Literatura, compartimos esta crónica del joven escritor arequipeño Orlando Mazeyra, a quien su ilustre paisano lo invitara a conocer su envidiable biblioteca en la casa de Barranco luego de leer una crónica de rendida admiración al autor de La ciudad y los perros. Compartimos este texto inicialmente publicado en el diario El Pueblo, de Arequipa, y en el semanario limeño Siete. 

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Por Orlando Mazeyra Guillén

Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936), al parecer, envidia la orgía perpetua que practican los hipopótamos. Manadas de ellos custodian los libros de su biblioteca personal en Lima. Hasta se podría afirmar que él no es más que un hipopótamo ilustrado que habita en la piel de un novelista: ¿la verdad de las mentiras?

Acabamos de ingresar a un ambiente que seduce y, a su vez, intimida. Acuden a mí las mismas sensaciones encontradas de aquella ocasión cuando pisé, por primera vez, un lupanar. «¿Cuál es tu plan?», la pregunta no proviene de la boca de una polilla de La Casa Verde, sino de la amable secretaria personal de Mario Vargas Llosa y, la verdad, no sé por dónde comenzar. En todo caso: no quisiera que esta aventura libresca tuviera fin. De pronto, Boris, el fotógrafo que me acompaña, ganado por la curiosidad, toma un libro y ella lo amonesta advirtiéndole que para llevar a cabo tal cosa se debe contar con el permiso del Nobel: hay muchas anotaciones personales, cosas muy íntimas.

«¿Tabúes?», inquiero y se me vienen a la mente don Rigoberto, sus abluciones, fantasías y ritos. «Sí», asiente de buena gana y trata de ser condescendiente: «te puedo mostrar algunas de sus anotaciones pero, por favor, no les tomes fotografías».

–Probemos con Góngora –le sugiero señalando unos libros de tapas bermellones que cualquiera creería que están recubiertos por un barniz protector–. Sé que lo releyó durante la campaña del noventa para olvidarse, por instantes, de tanta mugre.

Mientras repaso un elogio, de puño y letra de Mario Vargas Llosa, dedicado a la obra Góngora, le pregunto a su secretaria: «¿Alguna vez lo vio quebrarse durante la campaña electoral? ¿O acaso lo vio llorar luego de los catastróficos resultados de la segunda vuelta?»

–¡Él era el que me consolaba a mí! Y no sólo a mí, a todos. Mario dijo: ése es el presidente que han elegido los peruanos… y ya viste cómo nos fue…

–Pero dígame usted, señora,  luego de las ceremonias del Nobel, ¡aceptar condecoraciones de Alan García!, ¡el pobre diablo que orquestó toda la guerra sucia que impidió su victoria!

–Para que veas la grandeza de Mario: él siempre antepone sus principios a cualquier rencor personal. El país está primero.

EL MAR Y TU-LI-MA

–Ésta es su vista –me dice Johny Sánchez, señalando con el brazo extendido el océano Pacífico, él es el joven que se encarga de limpiar y de mantener a salvo de la carcoma del tiempo cada libro de esta biblioteca–. Puedo abrir la ventana para que la foto salga mejor.

–Johny, si a diario tienes tantos libros a la mano –indago mientras barro con la mirada todos los anaqueles atestados de libros y tratando de imaginar cuánto tiempo necesitaría para poder devorarlos–, ¿ya habrás ojeado muchísimos?

            –No tengo tiempo –repone–. Además, no me gusta leer.

            Su respuesta me resulta un sacrilegio, apostasía literaria, me deja pávido; y apenas puedo reponerme, pues estamos conversando en la auténtica Catedral vargasllosiana.

            –¿De dónde eres tú? –me pregunta notando mi desconcierto y mi extraña forma de hablar (decían que don Anselmo, el enigmático dueño y fundador de La Casa Verde, «no tenía el habla amanerada de los limeños»).

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          –De Arequipa –le informo–, he venido desde allá sólo para conocer esta biblioteca: me gusta mucho la obra de don Mario, es una de mis mayores pasiones.

–A mí me gusta la salsa –acota John
y para tratar de dar cuenta de sus sensibilidades.

–A Vargas Llosa también –le digo recordando que elogió a Rubén Blades–, pero la salsa intelectual.

Sin embargo, no hemos llegado a este templo literario para hablar de salsa ni mucho menos para bailarla. Queremos contemplar los libros que fueron el germen de otros libros: acá están, silentes y empastados en cuero, los cimientos de toda la obra del creador de Lituma (que, según algún perspicaz investigador literario, se trata de una alteración de las sílabas o un mensaje cifrado del autor: LI-TU-MA TU-LI-MA ¡Tu Lima!)

PUNTO DE PARTIDA

Mientras me permiten ver un libro autografiado por el propio Julio Cortázar –quien en vida fuera uno de sus mejores amigos–, pienso que no fue nada fácil pasar por esta experiencia tan literaria. Todo estalló en Arequipa, el 28 de marzo. Días antes, uno de los editores de la edición regional de un diario de circulación nacional preparaba un dossier sobre el premio Nobel de literatura, pues era la primera vez que Vargas Llosa celebraba su cumpleaños en su tierra natal. Entonces el mencionado periodista, conocedor de mi pasión por el autor de Historia de Mayta, me había solicitado una colaboración. Anticipándome a una previsible censura, le advertí que mi historia era descarnada y podría resultar siendo demasiado díscola para la conservadora sociedad arequipeña.

–Pásamela nomás –me conminó y, con muchos resquemores, accedí entregándole «Una lectura decisiva de El pez en el agua».

Ocurrió lo previsible: mi homenaje fue vetado y mi rabia no cupo en mi cuerpo. Pero si hay algo que aprendí de Vargas Llosa es a resistir a las tiranías del poder. Además ya era presa de otra obsesión: a un escribidor no le puede pasar mejor cosa que ser leído por aquel autor que lo lanzó a la escritura. El texto debía llegar a sus manos contra viento y marea. Fue su hija quien hizo posible lo imposible. Conocer la biblioteca de Mario Vargas Llosa ha sido una experiencia inolvidable y es algo que, por decisión del Nobel, pronto podrán hacer todos los arequipeños.

UNA LECTURA DECISIVA DE «EL PEZ EN EL AGUA«

«Mamá María, ¡haz que suene mi teléfono!», rogué con los ojos cerrados y soñando, afiebrado, con la llamada tan esperada, aquella en la que me informarían que yo había ganado el premio que llevaba el nombre del escritor que me enseñó sin reservas que la ficción es el mejor pararrayos contra las impredecibles tempestades del mundo real.

Siempre que ansío –tonto fabulador sin talento– que mis ilusiones se abracen con la realidad, voy al cementerio a visitar a mi abuela. No sé qué razones o sortilegios me mueven a hacerlo. Ignoro también por qué la abuela nunca intercede por mí (o si lo hace, entonces Dios, mi enemigo íntimo, decide recordarme quién es el verdadero juez de todo destino humano y a dónde irán a parar mis más logradas añagazas).

No asoma la llamada que anhelo. Asumo entonces que no me encontraré con Mario Vargas Llosa el día de su cumpleaños. No importa (leí
en una novela de Vila-Matas que, después de todo, lo único definitivo es el dolor). Duele, pero no importa, pues hace muchos años coincidimos en la sala de mi casa. Fue un amor a primera vista (pues con este sentido leemos los buenos libros que caen en nuestras manos) y creo que esta pasión, jocunda y diáfana, permanecerá invariable hasta el fin de mis días.

pezportada.jpgAquella vez había salido ansioso del campus de la Universidad Católica, luego de rendir pésimamente un examen de algoritmia. Era hora de volver a casa, sin embargo yo prefería que me tragara la tierra. En vez de mi hogar, cualquier lado era bueno. Siempre fue así.

Eché a andar por la avenida San Jerónimo, rumbo al puente Bolívar, y cuando me vi frente a la iglesia de los padres capuchinos, decidí entrar.

–¡Padre, quiero que me ayude! –exclamé con los ojos vidriosos ante la mirada atónita de un barbado cura italiano embutido en una sotana color caoba–. Creo que mi papá tiene problemas con la bebida y no sé qué hacer.

Él me escudriñó con desconfianza. Me preguntó si íbamos a misa los domingos. Le dije que sí, pero el capuchino se mostraba escéptico ante mis respuestas. Lo que más me dolió fue que, por un momento, sentí que él me pensaba como un drogadicto embaucador de aquellos que inventan mil y un historias para pedir algunas monedas que sigan dándole cuerda a sus porquerías:

–No he venido a pedirle dinero, tampoco lo necesito. Sólo quiero que me ayude.

Me dijo que no perdiera los papeles. Que rezara y me entregara a Dios. Que comprendiera. Él único incapaz de comprender fue él. Me inspiró una honda lástima que no tardó en transmutarse en un asco indecible. Este suceso, junto a muchos otros –un cura que, excitado tras el confesionario de la iglesia de La Compañía, y jadeando sin el menor embarazo, me conminaba a describirle en qué pensaba cuando me procuraba placer con mi propia mano— me llevaron a detestar a la curia tanto como aborrezco a los sujetos autoritarios.

Al llegar a casa me senté en el sillón largo, color verde selva, y respiré aliviado porque mi padre no había vuelto aún del trabajo. Sentí una presencia extraña detrás del cojín sobre el que descansaba mi espalda. Al alzarlo, me encontré con un libro de mi hermana, forrado con un horrendo vinifan azul: El pez en el agua. Grata presencia si las hubo en mi vida. Tabla de salvación incontestable que, desde ese día, acude a mí cuando, como hoy, quiero recordarme por qué escribo. Un cráter insoslayable en mi sinuoso devenir creativo.

No tardé mucho en caer en la cuenta de que ese señor del que hablaba el narrador también era, de alguna forma, mi papá. Aunque no era muy difícil entender, o atisbar, la marcada distancia entre el desquiciado que llegaba todos los días hediendo a licor a casa y el malgeniado y resentido del que hablaba el libro. Mi padre era peor. Esta constatación le dio a mi reto –aprender a contar historias– otras proporciones.

Algo pasó, quizá una vuelta de tuerca, o eso que algunos buscan con linterna y lupa: la epifanía. Vargas Llosa, a través de sus memorias, me dijo: «Ven, yo sé del dolor y, aunque no lo creas, también del fracaso, así que dame la mano para enseñarte a perder.» ¿Le tienes mucho miedo? Sí. ¿Crees que lo odias? También. ¿Te vas a conformar con esa vida miserable que has venido llevando hasta ahora? No lo sé.

Al terminar el libro, ya lo sabía: no volvería aceptar que nadie me hiciera infeliz. Ya había estallado en mis vísceras (y para siempre) una ciega vocación por el desacato.

Él me enseñó lo que obviaron los amigos más entrañables, mis maestros más recordados y, por supuesto, mis familiares más sensibles: que todos aquellos que nos arruinaron la existencia deben comparecer ante la hoja en blanco para rendir cuentas ante nosotros, los escribidores, supremos objetores, quienes, saturados de realidad y alimentados por demonios de toda índole, reedificamos nuestro estadio vital a imagen y semejanza de nuestros deseos, temores, carencias, pesquisas, contradicciones y urgencias. Sólo con una condición: rechazar el destino que nos tocó en suerte, imprecar contra la monotonía que no sólo reblandece salvajemente la razón, sino que nos va apagando a cuentagotas. Porque no hay nada mejor que lo cotidiano para ir tapiando el acceso a la trastienda de nuestros sueños e insatisfacciones.

–No temas, ¡juega a ser Dios! –parece decir, entrelíneas, el novelista–. Pero, ojo, cuidado con que te guste, porque podrías terminar lastimado. No es sólo un juego: es un arte, un estilo de vida.  

Y me gustó. Desde mi primera lectura de El pez en el agua, juego a ser Dios. Acudo a la ficción como el musulmán lo hace a su mezquita, el prosélito al mitin o el hincha fervoroso a la tribuna popular. Hay quienes se encandilan con la imagen del escritor epónimo, multipremiado y con libros traducidos a todas las lenguas posibles. Yo me quedo con el deicida encerrado en alguna de sus bibliotecas predilectas, con pulso firme y a su vez a tientas –una mente poblada de neurosis, recuerdos, sentimientos de toda estofa y una mar de inseguridades y secretas revanchas–, ése que fue capaz de demostrarnos que una funesta derrota electoral podía trocarse en una prodigiosa victoria literaria. He ahí el secreto de la ficción: encontrar en las mentiras esa gran verdad que nos hace volver al día a día enriquecidos, turbados, inconformes, en suma: distintos.

Yo no fui el mismo luego de pasar por El pez en el agua. Me soñé escritor y espero hacer todo lo que esté en mis manos para conseguirlo. No obstante, ahí está Dios para recordarme que, más allá de mi talento, compromiso y pasión, todas mis empresas ficcionales serán fallidas, pues Él es el verdadero capataz de la realidad.

El teléfono no suena. Y no lo hará. Un cura pasa por mi lado y termina de estropearlo todo. No es mi día. ¿Cuándo lo fue? Mis únicos días estimulantes –los que valen la pena de ser recordados– están ahí: agazapados entre mis libros y los borradores de mis ficciones. Leer y escribir: la única manera de escapar… de ser como el pez en el agua.

LOS HIPOPÓTAMOS O LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

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Mi vista se llena de libros pero también de hipopótamos de todos los tamaños, texturas, diseños y colores.

–Este llegó en un paquetito desde Suecia –nos dice, risueña, su secretaria personal tomando con delicadeza al ejemplar más diminuto de su escritorio–. Le mandan hipopótamos de las partes más impensadas del mundo.

–¿Por qué le gustan tanto los hipopótamos? –pregunta el fotógrafo.

Para un vargasllosiano la interrogante es ociosa, pues tiene que ver con la primera pasión del premio Nobel: el teatro. A inicios de los ochentas terminó de escribir Kathie y el hipopótamo, pero esta publicación hay que engarzarla con un hecho muy particular: en el zoológico de San Luis, Misuri (Estados Unidos), Vargas Llosa pudo presenciar el nacimiento de un hipopótamo y la experiencia –la ternura que la madre hipopótamo le prodigaba a su crío– lo marcaría para siempre (¿haciéndole recordar el par
aíso perdido de la infancia en donde su madre, Dorita Llosa, era sólo para él?).

Si, por un instante, nos olvidamos de la pléyade de premios, doctorados honoris causa, condecoraciones cultas y profanas, de la gloria literaria alcanzada, uno podría hacer un mínimo ejercicio de ficción y convencerse de que ésta, la de Barranco, es la biblioteca de Santiago Zavala, el que miraba la avenida Tacna, sin amor, antes de echar a andar por las calles de Lima y preguntarse en qué momento se había jodido el Perú.

Conozco a Santiago Zavala. Él ha leído cada libro de esta biblioteca y su corazón late en cada hipopótamo que captura el lente del fotógrafo. Aunque son pocos los que saben que ha publicado muchísimos libros –crónicas de viajes, memorias y algunas novelitas que, si no pasan desapercibidas por la crítica oficial, tienen menos difusión de la que merecen; esto a Zavalita no le sorprende, pues entiende que él no encaja en «la civilización del espectáculo» de nuestros tiempos; una civilización que también se jodió en algún momento–. Sin embargo, sus narraciones las firman otras personas, pues él es un negro literario… un escritor «fantasma» (esta palabrita le hace recordar a Ricardo Somocurcio, un viejo amigo suyo). El embrollo germinó culpa de Kathie Kennety. Ella lo puso cara a cara con sus metas inconclusas, haciéndole recordar los tiempos de cuando era un soñador, un romántico que quería empapar su existencia de gestos grandilocuentes. Esta biblioteca –tan pulcra e intimidante como la obra de su dueño– nos remite a esa imagen de dos hipopótamos copulando que trae consigo a Víctor Hugo y a esa vida exaltada, oceánica, que Santiago Zavala hubiera querido emular a pie juntillas. Pero no pudo. Zavalita perdió el impulso y, ahora, mientras se despide de la secretaria del Nobel, juega a ser un hipopótamo.

Abajo, el señor Corzo, chofer de la unidad móvil de una revista periodística limeña  nos espera leyendo Historia de la zoología fantástica de Jorge Luis Borges. Sin duda, un día muy literario, de aquéllos que hacen que la vida valga la pena de ser vivida. Me había prometido besar el escritorio del novelista que me prodigó tantas alegrías y me enseñó a sacarle la vuelta al infortunio. Sé que Vargas Llosa no hubiera dudado un instante en besar el escritorio de  Flaubert, Tolstói,  Faulkner o Malraux. No obstante, había muchas miradas atentas que hicieron aflorar mi vieja pudibundez: su secretaria personal, Johny, amén del fotógrafo… y una manada de hipopótamos. «Adiós, Zavalita, nos volveremos a ver», dije para mis adentros y, contaminado por la ficción, pensé que con una biblioteca así la vida de nadie puede estar tan jodida.

Barranco, Lima, mayo de 2012.

 

*Santiago Zavala es el personaje principal de la considerada por muchos la mejor novela de Mario Vargas Llosa: Conversación en La Catedral. El personaje, más conocido como Zavalita, reaparecerá después en una de sus obras de teatro: Kathie y el hipopótamo.

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Jaime Cabrera Junco (Lima, 1979). Periodista cultural y director de Lee por gusto. Ha trabajado en los diarios Expreso, El Comercio y Perú21, donde esta web comenzó como blog. Ha sido docente de cursos de periodismo digital en la Universidad de San Martín de Porres. Actualmente es jefe del Equipo de Promoción Literaria de la Casa de la Literatura Peruana.

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