La otra mitad del cielo: una lectura de “Esta casa vacía”

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Compartimos un comentario sobre “Esta casa vacía”, la más reciente novela del escritor Marco García Falcón.

 

Por Carmen Luz Gorriti*

Acabo de terminar de leer Esta casa vacía y sigo masticando las muchas reflexiones que me ha despertado.

Hace años vengo rastreando “la otra mitad del cielo”, el pensamiento masculino sobre sí mismos. Nada fácil. Es cierto que el sentimiento masculino está continuamente expresado en poesía, cuento y novela: es su visión del mundo la que se despliega en la literatura del mundo. Es cierto que son los hombres quienes hablan en voz alta para la sociedad y su palabra se convierte prontamente en historia viva, en leyes y normas, en instituciones. La palabra de la mujer está circunscrita a los espacios cerrados y duda aún antes de convertirse en letra impresa. Pero yo vengo de ahí. Mi lenguaje se entrenó en veladas de oración o de telenovela que compartía con las mujeres grandes de mi casa. Allí escuchaba en lenguaje fluido las novedades íntimas de la familia, las vidas de acá y de acullá; los comentarios de ellas modelaron mis sentimientos, mi idea del amor, el sexo, el matrimonio, la paz, la familia y el largo etcétera de nuestros mundos interiores.

Ciertamente, estaban mis hermanos, hombres todos. Yo jugaba con los menores en tardes de té con muñecas que terminaban inevitablemente en batallas campales para que no las agarren a besos ni les quiten la ropa. El hermano mayor se reía de nosotros y salía pronto a aventurar el juego en esos caminos del mundo exterior que yo tenía prohibidos.

Siempre busqué al hombre y muy en particular sus puntos de vista frente a mis grandes –y perniciosas- preguntas.  Yo quería saber, por ejemplo, ¿por qué papá no está en casa? O ¿por qué mamá llora después de hablar en voz muy baja por teléfono? Y también me preguntaba por qué las vecinas que no tenían marido a la vista sabían reír en voz alta, se pintaban y salían a la calle con vestidos ajustados, por qué las que tenían marido se juntaban a conversar sus secretos en el mercado y tenían cara de haber sufrido mucho. “Los hombres son malos” era una respuesta recurrente pero demasiado fácil. En la leyenda de las veladas femeninas, el hombre era infiel, irresponsable, aficionado a las putas y a las mujeres que les hacen gastar dinero.

Después de decir que “los hombres son malos, infieles, irresponsables”, se dibujaba ante mis ojos, instantáneamente, la imagen de esa “otra clase” de mujeres, las malas, las que saquean al hombre y lo abandonan viejo y enfermo. Entonces, también había mujeres malas, no solo buenas. Las “otras” eran las que celebraban su cumpleaños con jarana y entusiasta asistencia masculina. Las virtuosas celebraban entre mujeres, con hombres domesticados a su lado, que se congregaban entre ellos, muy cerca a la puerta, aprovisionados de cigarrillos y cervezas, para remontar el aburrimiento.

Todo este panorama lastimaba mi autoestima, me dividía el alma. Nunca me dejó contenta.

He buscado conversar con mis amigos pero las fronteras de la amistad mujer/hombre se levantaban demasiado rápido en el terreno de las confidencias, así que quedábamos a medio camino. Abordé las preguntas con mis compañeros sexuales pero también allí los límites se aparecieron pronto. He caminado largamente por los recintos del pensamiento masculino, curiosa, enamorada  o simplemente fascinada ante el registro de nuestras diferencias.

Pero hay un terreno que encontré casi inexistente: su reflexión sobre sí mismos y sus sentimientos respecto de la mujer. Los hombres que he conocido en el diálogo directo, o por la vía de los libros, son muy hábiles al convertir ideas en conceptos, menos hábiles en el enfoque del sentimiento pero lo intentan, a veces con éxito. En donde menos éxito tienen es en la mirada de entendimiento hacia sus propias emociones. Ese sencillo mirar hacia uno mismo y preguntarse “¿por qué hice lo que hice?”.

Paralelamente, en mi fluido diálogo con las mujeres, encuentro que ellas están en un continuo identificar las causas emocionales de sus actos para “corregirse” y “mejorar”. Muy difícil encontrar alguna que solo diga: “Hice lo que pude, salió lo que salió”. Aceptar sin profundizar demasiado casi parece una actitud hereje, trasgresora, merecedora del castigo de ser abandonada por los sentimientos y convertirse en…¡hombre!

Entonces, encontrar la “Sonata Kreutzer”, de León Tolstoi o “De profundis”, de Oscar Wilde, fue para mí un verdadero hallazgo, como si me hubiera topado con joyas raras en mi camino. Hombres mirando a sí mismos, ventilando su sensibilidad. Impagable.

Por supuesto, no han colmado mis curiosidades, en especial porque mi encuentro vital con los hombres de mi vida, los que hicieron pareja conmigo –de largo o muy breve aliento, no importa- alimentó esa enorme lista de preguntas sin respuesta. “¿Cuándo tuvo sentimientos verdaderos y profundos, cuándo lo abandonaron?, ¿por qué mintió si el camino de la verdad estaba allanado?, ¿cómo puede hablar de sentimientos que son y no son?, ¿por qué espera que yo le dé lo que él no puede darme? “

Y en eso estoy cuando llega a mis manos Esta casa vacía, de Marco García Falcón.

Es una novela que he leído con avidez, casi de un tirón. Agradecida porque no intenta ser nada de lo que no es, lejos de la pretenciosa aspiración de la “novela total”. Es una obra que camina con sutileza por los caminos de la emoción, con pleno conocimiento de que aquella mariposa muere si la estrujas. La primera imagen que viene a mí es “un lago”, quieto, sereno, de suaves ondas. Esto es lo que al lenguaje, la estructura e inclusive las circunstancias narradas concierne. Al igual que el lago, la historia nos va revelando corrientes profundas que arrastran a los seres que la habitan y, en ese develamiento, se nos abre el alma del protagonista de los íntimos embrollos.

Esta casa vacía nos habla de sexo, amor y matrimonio en el nudo del conflicto: esas son las energías movedizas que hacen remolinos. Nos habla también de un sentimiento sólido, permanente y quieto en su infinito: la paternidad.

Desfilaron en mi recuerdo los hombres que traté de manera terapéutica –heroicos o desesperados, que hacen psicoterapia sin someterse a fármacos-, en quienes descubrí esquemas semejantes. La distancia con la mujer, para ellos, es superable o no tiene demasiada importancia pero es devastadora cuando apareja distancia con los hijos. Recordé mi propia pregunta de niña: “¿por qué papá no está? “

Sin duda, solo las verdaderas crisis nos motivan a intentar verdaderas salidas. La historia relatada por la voz narrativa en Esta casa vacía se pregunta el porqué de las rupturas y de la infidelidad solo cuando la casa está vacía de hogar, de niño, que es lo que verdaderamente le importa. Coincidente con ello, la casa está vacía porque la mujer que la ocupaba sosteniendo la vida del niño, hacía mucho tiempo solo se interesaba por lo mismo: el niño. Se habían abandonado mutuamente y ambos, tanto el hombre como la mujer, no se habían dado cuenta. Cuando ella lo descubre, desarma la escenografía y se marcha.

El hombre queda confundido, sin entender nada, esperando que su soledad –no su comprensión de “la otra mitad del cielo”, que es ella- redima la culpa. Pero examina una y otra vez el pasado, la formación del sentimiento amoroso, la entrega mutua, los encuentros sexuales afuera de la pareja, el apasionamiento, la locura o la hechicería que motivaron los acontecimientos. Y encuentro un juego sutil pero persistente con la idea de la culpa: “El culpable soy yo, porque me dejé llevar, me dejé embrujar”, podría decir el protagonista. Entonces merecería el castigo de la soledad. “Pero no pude evitarlo, soy hombre y no me corro”, después de lo cual merecería el perdón compasivo.

Las reflexiones del narrador no se dirigen a la mujer que ama, sino a un super ego o conciencia ética intrínseca, que tendría capacidad de dirimir disculpas y justificaciones. Si existiera ese super ego, tal vez habría resuelto algún tipo de final –feliz o trágico- para el hombre acosado por la culpa, pero el relato se niega a resolver un final y con eso nos regala una gran pregunta que puede permitir profundizar nuestra reflexión como lectores. No sabemos si regresará a la casa vacía aquella esposa-madre que se volvió un enigma después de haber sido completamente predecible a lo largo de la novela. No sabemos si el hombre abandonado será capaz de ejercitar algún tipo de pensamiento empático por la mujer con la que practicó matrimonio o con la mujer con quien solo tuvo sexo o con la que intentó el amor, por lo tanto no sabemos si algún día dejará de estar vacío.

Según la tradición analítica, la “casa” simboliza y es una metáfora que el subconsciente usa para aludir al yo íntimo, el yo interior. “Fíjate en su casa y sabrás cómo vive su mundo íntimo esa persona”. Casas cálidas, serenas, silenciosas, alegres, luminosas, oscuras, tenebrosas, caóticas, prácticas, minimalistas, decoradas, artísticas, musicales, prácticas, utilitaria… hay casas. Siguiendo esta idea, la novela nos habla de un hombre que ha intentado el amor, el sexo, el matrimonio, pocas veces junto pero sí muchas veces por separado. A pesar de ello, nunca ocupó su casa hasta que se permitió afrontar su realidad, se permitió vivir sin mujeres que la ocuparan de manera precaria y descubrió que aquello era posible. En esa condición se da lo nuevo en la novela,  su tesis central: solo estamos solos si lo queremos y eso se llama “empatía”, interés por el otro, aunque no nos pertenezca.

El final abierto es una promesa. Aquel narrador-personaje está vivo, se está mirando a sí mismo, está evolucionando, nos depara sorpresas en el futuro.

Por mi parte, como lectora -lectura de mujer, subrayo-, le doy la bienvenida al “club de la mirada interior” a este autor profundo y valiente que quiere llegar hasta donde haya que llegar. Me alegra que el nuestro no sea más un club femenino, porque necesitamos a la otra mitad del cielo.

 

*Carmen Luz Gorriti. Socióloga, escritora y terapeuta psicocorporal

 

 

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