La madre del capitán Shigemoto: pérdida y añoranza

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La separación de su bella y joven esposa para un anciano y la repentina orfandad del hijo de este marcarán las vidas de los protagonistas de La madre del capitán Shigemoto, del escritor japonés Junichiro Tanizaki. Alina Gadea nos presenta su lectura de esta novela publicada en 1949.

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Por Alina Gadea Valdez*

La literatura japonesa en general ejerce una atracción especial. Pasando por grandes como Mishima, Kawabata y también el moderno Murakami. Entre otras cosas porque en todos ellos hay un común denominador de intensidad y suavidad extremas. Una prosa sencilla y penetrante que describe situaciones humanas pasando de lo más sutil a lo más descarnado.

Ciertas lecturas impactan particularmente en determinados seres humanos, entre otras cosas por las experiencias vividas y por el momento personal que atravesamos cuando el libro ha caído en nuestras manos y es común que haya puntos de coincidencia entre lo que uno siente, piensa y vive y la historia que está leyendo. Y de eso se trata la literatura justamente: de ese encuentro.

En el caso de La madre del capitán Shigemoto, escrita en 1949, reúne las características de la prosa japonesa con la naturaleza siempre latiendo en sus metáforas y su estilo poético, pero además ahonda en un tema tan entrañable como la nostalgia por la madre. Lo aborda de una manera lírica y con la intensidad que solo en sueños podemos alcanzar respecto de las cosas más añoradas. Creo que es un tema angular que nos toca a todos, de alguna manera, como seres humanos.

Tanizaki es un artista del lenguaje, de la descripción de atmósferas y de la interiorización de los estados de ánimo. En pleno siglo XX, toma una historia del Japón medieval del siglo X y la vuelve universal y eterna como los sentimientos que siempre serán los mismos, no importa en qué lugar del mundo ni en que época transcurra la acción. Solo cambian los escenarios y las situaciones pero permanecen intactos los impulsos, las carencias, los deseos.

La nieta del poeta Ariwara Narihira, llamada la dama de Ariwara es una mujer de veinte años, dueña de una rara belleza. Es casada con un anciano ministro, Michizane que pasa los 70 años y que siente hacia ella una pasión desatada, una entrega ilimitada que le nubla la razón y le quita la serenidad. La acción dramática nos lleva por un camino de engaños que conducen a que el viejo marido se vea en la obligación de entregar a su adorada mujer a un joven e irresponsable sobrino. Shigemoto de cuatro años de edad, queda solo con su anciano padre, quien es arrastrado por el dolor y la soledad a consolarse en el sake. Viviendo en función de su pérdida. El dolor viene a ser el precio de su pasión.

Tanizaki toma la base de esta leyenda y la ancla en su propia experiencia, en la añoranza por su propia madre muerta siendo aún joven. Su sensación de orfandad es calcada en esta historia tan anterior y lejana a él y nos la inscribe, indeleblemente, en la piel como tinta negra en un papel de arroz.
El autor se vuelca no solo en la sensación de carencia causada por la ausencia de la madre sino también en la persistencia del deseo en la vejez y el sufrimiento que esto produce. Michizane encarna la frustración de un hombre solo, encarando la muerte. El dolor que le produce haber perdido para siempre a su hermosa y joven mujer. Esa belleza que mitigaba la fealdad de la vida, la miseria de la vejez. El poder destructor del deseo se ve a través de la agonía de Michizane.

 

LIBERARSE DEL DESEO

LamadredelCapPost2Tanizaki no duda ni un momento en contrastar lo más sublime con lo más grotesco, el aspecto sórdido que puede tener el sexo, siguiendo los parámetros de la literatura japonesa. La escena del anciano marido tratando de quitarse el deseo de su ser, contemplando la putrefacción de un cuerpo descompuesto. Esto es parte del tema budista que es una pieza fundamental en esta obra: el apartar el deseo que habita en uno para liberarse del dolor. El no desear.

La imagen difusa de esta mujer nos trae un olor remoto a incienso en las mangas de su kimono, su delicada figura nos hace pensar en un ser alado capturado entre los muros de un templo lejano. Y nos dice claramente que ni la muerte termina con el infortunio. Que ni la muerte termina con la pasión. Podemos oír la voz de un hombre de cuarenta años musitando la palabra madre en el silencio de ese templo budista. Después de haber buscado infatigablemente durante su vida, en otras mujeres, el afecto materno perdido. Y podemos ver la imagen de la que fuera una joven hermosa, ahora una mujer mayor recluida y consumida en ese monasterio.

Leer esta novela es entrar en el corazón de una mujer, de un niño y de un anciano. Es ser testigo de una historia desgarradora contada con simplicidad, sin adornos ni retórica, como la tradicional prosa japonesa. Es oír una voz que viene desde las entrañas de los hombres que han sido despojados de lo más esencial que puede habitar en sus sentimientos: el amor a la mujer y a la madre.

Las primeras líneas son difíciles de asimilar porque son el paso hacia un mundo muy remoto como lo es el Japón antiguo. Pero luego la fluidez de su prosa es tal, que nos permite colarnos por entre sus muros de piedra. Deslizarnos por recintos silenciosos, oyendo apenas el murmullo de la montaña o el rumor del río. Adivinar el olor a incienso del templo. Caminar como testigos fantasmas por sus jardines de cerezos en busca de nuestra propia madre, encarnando al niño, al que sería más tarde el Capitán Shigemoto. Hasta encontrarla después de cuarenta largos años. Shigemoto ya no es un niño; es un hombre que no la ha apartado jamás de su mente. Su intensidad nos traspasa y comprendemos también a Michizane: el hombre es un árbol que florece y muere; la pasión no.

 

 

 

*Alina Gadea Valdez. Es abogada, graduada en la Universidad Católica. Obtuvo el premio Copé Bronce 2006, en la XIV Bienal de Cuento de Petroperú, por el cuento La casa muerta. En el 2009 publicó su primera novela Otra vida para Doris Kaplan (Borrador Editores). En 2012 publicó la novela Obsesión (Editorial Altazor), thriller psicológico que retrata una Lima brumosa en la que se entrecruzan personajes complejos que buscan una existencia más intensa. Su cuento La casa muerta ha sido incluido en la antología El cuento peruano 2001-2010, edición a cargo del crítico Ricardo González Vigil.
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