La literatura brevísima y el mal máximo: una muestra de microrrelatos

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¿Son los microrrelatos más poderosos que un cuento o una nouvelle? Quizás en tiempos como estos en que la lectura es interrumpida y solo nos la permitimos de largo durante los fines de semana, leer historias breves pueda ser una manera de leer a plazos. Presentamos a continuación una selección de microrrelatos del escritor Félix Terrones (Lima, 1980).

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Félix Terrones vive en Francia, además es editor y fue antologador de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho (2014). (Foto: archivo personal)

 

Félix Terrones vive en la ciudad de Tours (Francia) y desde allí nos envía una selección de textos que nos presenta en El viento en tu cara (Nazarí, 2014), libro que aborda-en sus tres partes-temáticas como la infancia, las relaciones de pareja y la literatura.

“Llegué al microrrelato por accidente, cuando terminé mi tesis doctoral y quise retomar una novela que tenía escrita a medias. Como no podía dar con un tono que me conviniera, me decidí a regresar a la escritura creativa de otra manera, con otro género. Fue así que en diciembre del 2011 escribí de un tirón el microrrelato El cartero que, me parece, anuncia los que vendría después”, afirma Terrones, quien es doctor en estudios hispanoamericanos por Université Michel de Montaigne – Bordeaux III (Francia) donde se graduó con una tesis dedicada a los prostíbulos en la novela latinoamericana.

 

ALGUNOS MICRORRELATOS DE “EL VIENTO EN TU CARA”

Mi amigo Joaquín

Apenas abrió la puerta, sentí su mirada recorrerme desde los pies hasta la punta de los pelos. No me lo dice, pero me doy cuenta de inmediato. A la mamá de Joaquín no le gusta que su hijito se junte con niños como yo, es decir, chicos sin lustre alguno ni apellido pronunciable, habitantes de cualquier barrio en las afueras de lo frecuentable, arrojados por la suerte, y la misericordia de los curas, al mismo colegio de su niñito. Felizmente, mi amigo aparece en lo alto de las escaleras para sonreírme y con esa sonrisa neutralizar la mirada de su madre y elevarme a sus alturas. Los bucles dorados caen sobre sus mejillas más rosadas que nunca, sus dientes blanquísimos y perfectamente alineados dejan asomar la viborita de su lengua. Pienso en un angelito, mientras feliz y encantado subo hasta su cuarto, al tiempo que le escucho decirme no sé qué cosas de un juego. Casi no le escucho pues la luz que entra por las ventanas ilumina toda la habitación, todos esos juguetes que ni siquiera los sueldos de toda una vida de mis padres, tíos y abuelos alcanzarían para comprármelos. Me digo que lo quiero, que quiero jugar toda mi vida con él. Sin embargo, es sólo un instante pues Joaquín ya ha girado el pestillo, cerrado las cortinas y apagado la luz.

Siento las manos del rubio angelito buscar algo en la oscuridad.

 

WebCasa de muñecas

La niñita abre el regalo de cumpleaños con entusiasmo y rapidez, la misma rapidez con la que despliega la casita donde encuentra reproducidos en primorosa miniatura, al perro en el jardín, después la puerta de entrada, la sala con la televisión encendida, unas escaleras que suben hasta los cuartos, el cuarto grande familiarmente desordenado, pero también el pequeño, el mismo cuarto en el que ella coge entre sus dedos a sus padres que la miran felices, nerviosos y, finalmente, aterrorizados con tan peligroso juguete.

 

El viaje infinito

El tren no tardará en llegar, por lo general siempre es puntual aunque en ocasiones puede tomar un ligero retraso. Él aprieta contra su pecho el bebé que empieza a llorar, por culpa del hambre y del frío. Mira una vez más su reloj. Ahora que viajan a darle al encuentro a su madre, nada más le podrá faltar al pequeño. Tampoco a él. Por eso, sonríe apenas lo ve aparecer en el horizonte, primero un punto indistinto, después un rugir cada vez más cercano, un relámpago fugaz, arduo y redentor, recibido en plena cara a miles de kilómetros por hora.

 

Dentaduras postizas

En el pueblo éramos treinta ancianos abandonados y cansados de no hacer nada durante el día; por eso, acogimos la iniciativa con entusiasmo. Como el dinero era justamente lo que nos faltaba, se nos ocurrió apostar lo más precioso y vital que teníamos. Ganaba quien al final se hiciera con el mayor número de dentaduras. Fue un combate arduo y tenaz en el que perdieron muchos de los más taimados, los más desenvueltos, los más estrategas. Ahora que las tengo todas, miro con aire triunfal a mi alrededor, muerdo el pan del almuerzo en el medio de la plaza mortalmente vacía, y lamento profundamente haber perdido a todos mis contrincantes.

 

 

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EL MAL DE LA LITERATURA

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Samuel Beckett y su obra «Esperando a Godot» inspiraron un microrrelato de Félix Terrones.

Félix Terrones se dio cuenta de que las tres partes de El viento en tu cara anunciaban igual número de inquietudes y por ello su siguiente proyecto narrativo ha ido desarrollando cada una de estas de manera independiente. A continuación compartimos una selección de microrrelatos del libro Pequeño tratado de escritores de aquí y allá. “Es un libro con el cual me he divertido pues en él convierto en ficción la vida de los escritores, interpreto desde la brevedad los libros que más me han gustado y reflexiono acerca de la literatura, esa ocupación tan ridícula como solemne”, afirma.

 

Godot por fin llega

Cuando Godot llegó no encontró ni a Didi ni a Gogo. Ya se habían ido mucho tiempo antes. Lo mismo habían hecho Pozzo y Lucky, quienes no lo esperaban, es cierto, pero de quienes había escuchado hablar. Miró alrededor y vio que las luces se habían apagado y que en las butacas no quedaba un solo espectador. Nadie. Entonces se sentó a orillas del camino, al lado de un árbol. No sabía dónde podría encontrarlos. Se molestó consigo mismo por haber llegado tan tarde. “Maldita sea, se dijo, al tiempo que se rascaba la cabeza, ahora cómo podré hacerles saber que Godot no soy yo”.

 

Rue Hamelin, n° 44

Aquel señor maniático con los ojos inyectados y la respiración rauca, drogado con veronal, exhala su último respiro antes siquiera de que le midan otra vez el pulso. A su alrededor, quienes asisten al espectáculo se rascan la cabeza, carraspean, intercambian miradas. Alguien llora en un rincón. Es su fiel sirvienta, quien durante sus últimas horas no lo dejó solo un instante, quien siempre lo acompañó pese a sus excentricidades y sus exigencias. Detrás deja numerosas deudas, algunos amantes en flor, unos cuantos amigos y, sobre todo, una multitud de papeles garabateados por todas partes, pegados y después desgarrados, cuadernos negros a los cuales consagró sus últimos años. Algunas horas después, un cortejo somero sale por la puerta del edificio, encabezado por su hermano Robert, médico como su padre. De lejos, bajo la luz de las farolas, parecen gusanitos arrastrándose contra la tierra húmeda, solitaria, cargada de memoria. En la habitación mortuoria, solamente queda Céleste, ese es el nombre la sirvienta, quien entre sollozos le dice al cadáver que no se muera, le queda un poco más por escribir y también por corregir. Está obscuro, la lámpara apenas ilumina el rostro del fallecido, su barba de varios días, sus ojos ojerosos, en medio del resplandor vacilante, ese globo de luz desprovisto de palabras, tenebroso en su silencio.

Nadie, ni siquiera la sirvienta, lo sabe. Esa noche obscura ha nacido un inmortal.

 

Le moulin à café d’Honoré

Lo recuerdo como si fuera ayer. Aquel día llegamos a Saché, guarida de Honoré de Balzac, muy temprano. Como éramos los primeros, recorrimos el castillo de abajo a arriba con morosa delectación. Cuando lo vi en la recámara donde el gigante francés trabajaba, tuve la idea. Robaría el molino de café con el que Balzac se preparaba sus febriles y creativas tazas, lo utilizaría para inspirarme en los libros que todavía no había escrito. Mi idea funcionó de inmediato pues, conforme me preparaba más tazas del café con el molino, tenía la sensación de alejarme de esa seca rutina de días sin una palabra o llenas de borrones. Al contrario, poseído por un impulso desconocido, alineé mis palabras que se hicieron legión de cuentos y novelas. Muchos años después, cansado de los honores, las traducciones y la celebridad, decidí vender el dichoso molino, sin temor alguno a que alguien me reconociera como el ladrón. Por eso, no me sorprendió cuando me llamaron de la casa de subastas. Imaginé que, buscando verificar la autenticidad del objeto se habían puesto en contacto con los administradores del castillo de Saché, qué más daba. Pero en lugar de incriminarme por mi robo juvenil me increparon el haber intentado estafarlos. Para más sonrojo, me señalaron uno de los bordes del molinillo, donde un infame “Made in China” delataba la sustitución.

De Honoré de Balzac solo nos queda el nombre.

 

 

DATOS:

El viento en tu cara se vende en España puesto que ha sido publicado por la editorial Nazarí en su colección dedicada al microrrelato.

– Quienes se encuentren en América Latina y quieran obtener un ejemplar pueden ponerse en contacto con la editorial a la siguiente dirección de correo electrónico: [email protected]

 

 

 

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