La ínsula de la ficción: “La isla de Fushía”, de Irma del Águila

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Compartimos una lectura de la novela La isla de Fushía, de la narradora peruana Irma del Águila, quien nos presenta una indagación personal y literaria a partir de un personaje de La casa verde, de Mario Vargas Llosa.

 

Por Félix Terrones*

Si bien en otras tradiciones son comunes los relatos que se inspiran de otros, en la literatura peruana son escasos los ejemplos de novelas que establecen el diálogo con otras ficciones. En el caso de la literatura europea, pienso en novelas de escritores como Jean Améry y, desde luego, Julian Barnes, quienes desde diversos ángulos explorar las historias de Gustave Flaubert. En español recuerdo a autores como Enrique Vila-Matas, Sergio Pitol y, en cierta medida, Juan Villoro, todos pendientes de la tradición, cada uno atento a reinventarla mediante el diálogo inquisitivo, la conversación lúdica desde la literatura. Por eso, la novela La isla de Fushía (Alfaguara, 2016) de Irma del Águila aparece como una ficción inaudita en un panorama como el peruano actual, dominado por ficciones orientadas a representar un mundo — subjetivo, político o social— antes que a establecer el diálogo con otros libros.

La isla de Fushía se plantea como una doble investigación. Por un lado, Cristina —la protagonista, a quien ya conocíamos de Moby Dick en Cabo Blanco (2009)— busca información acerca de Juan Fushía, el personaje de Mario Vargas Llosa en La casa verde. Por otro lado, el viaje hasta Iquitos se presenta como la posibilidad de averiguar más elementos acerca del abuelo de la familia. Ambos personajes, Fushía y Manuel del Águila, fueron engranajes dentro del mecanismo de explotación cauchera que asoló la selva a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Si bien uno es un personaje ficcional y el otro, más bien, un personaje histórico, los dos se ven colocados al mismo nivel cuando se trata de conocer la verdad, quiénes fueron, qué hicieron. De esta manera, las cincuenta y tres viñetas que componen la novela se suceden para dar cuenta de la búsqueda; aunque, conforme esto ocurre, el lector descubre que no se traza y desvela unas identidades sino que se delinea una multitud de posibilidades.

Y en esta multitud de posibilidades el lugar, el topos ficcional, escogido está lejos de ser arbitrario o insignificante. En ficción, las islas son antes que nada un espacio de transformaciones constantes. ¿No fue en la ínsula de Barataria que Sancho pudo asentar su gobierno? ¿No fue acaso en la isla de Montecristo que Edmond Dantès se convirtió en el conde vengador? Yendo en ese mismo sentido, Irma del Águila se hace del espacio de la isla para elaborar una compleja y sutil red de sugerencias. Éstas van desde la  imposible capacidad  de discernir la identidad de Fushía, hasta lo que es propio de la ficción. Espacio de palabras, memoria e invención la isla de Fushía, aquella en donde se exilió el cauchero y a la que viaja Cristina, termina convirtiéndose en un lugar cuya existencia debe más a las palabras, la especulación pura, la fantasía que lo habita. De ahí que, al final, no sólo Fushía, ni el abuelo del Águila se revelen como personajes distintos, acaso opuestos, a los que se esperaba encontrar. La búsqueda de la isla parece haber transformado a la misma protagonista.

La isla de Fushía es la cuarta entrega de Irma del Águila. Quienes venimos siguiendo su trabajo no podemos más que reconocer la discreta tenacidad con la que, poco a poco, va complejizando el conjunto de su narrativa. Sin repetirse, aunque reinventándose constantemente, Irma del Águila alterna la novela histórica —la excelente El hombre que hablaba del cielo (2011)—, la autoficción, difumina géneros como el ensayo, la novela y la crónica, sin olvidarse de plantear en cada ocasión una de lo que es la literatura en situaciones y sociedades al límite. Piénsese, por ejemplo, en ese pasaje lleno de seco lirismo en el que Fushía decide cultivar la orquídea denominada catleya rex. La catleya es, precisamente, el emblema de amor entre Charles Swann y Odette de Crécy en Du côté de chez Swann. Así, mientras en un extremo del mundo la gente era mutilada, azotada, cuando no masacrada, para recoger la orquídea que debía ser enviada hasta Europa; en el otro extremo, los delicados amantes se reúnen gracias a la belleza sensual de la misma flor. Es como si, durante su tránsito de un continente a otro, la orquídea se despojara de toda la sangre que supuso su recolección para sublimarse en metáfora pura. Metáfora que no por retórica y literaria deja de tener un grave sentido tal y como, en filigrana, a lo largo de cada una de las viñetas, se encarga de mostrar la narradora de La isla de Fushía.

 

 

 

*Félix Terrones (Lima, 1980). Autor de las novelas El silencio de la memoria (2008, “Mundo Ajeno”) y Ríos de ceniza (2015, “Textual”). Además, es autor del libro de novelas cortas A media luz (2003, PUCP) y del libro de microrrelatos El viento en tu cara (2014, “Nazarí”).  Diversos relatos suyos han aparecido en antologías y publicaciones peruanas e internacionales. Algunos han sido traducidos al inglés y al francés. Doctor en estudios hispanoamericanos por la Université Michel de Montaigne – Bordeaux III (Francia). Editor y antologador de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Colabora con diversos medios europeos y americanos con críticas y artículos.  Vive en la ciudad de Tours (Francia).

 

 

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