¿La Feria del Libro de Lima ‘paga’ o no ‘paga’?

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    Este texto no pretende boicotear la feria, por el contrario, a partir de nuestras observaciones queremos que ella siga mejorando y despierte el interés de futuros lectores. A continuación algunas anotaciones luego de nuestra visita en este primer fin de semana de este evento cultural que se desarrolla en el Parque de los Próceres.

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    Por Jaime Cabrera Junco
    [email protected]

    “¿La feria paga o no paga?” Me pregunta un amigo enterado de que estoy yendo todos los días a la Feria del Libro de Lima para la cobertura de la misma. Le agradezco mucho la interrogante porque ayuda a desprenderme de mi rol de periodista y me permite intentar ver desde afuera este evento cultural que acaba de comenzar con nuevos vientos y con la intención de subsanar aquello que se criticaba siempre, pero también con la finalidad de atraer nuevos lectores. A esto sumémosle que actualmente hay pocos eventos culturales para fomentar el gusto para la lectura y que aunque hay muchas presentaciones de obras literarias a lo largo del año, estas son para un público reducido que prácticamente es el mismo.

    “La verdad que salvo algunas presentaciones específicas, en cuanto a libros no hay mucho por destacar. Quizás cuando los expositores vuelvan a sus puntos de venta originales puedas encontrar los libros a los mismos precios. Acá los tienes reunidos a casi todos en un mismo lugar”. Esa es mi inmediata respuesta a este amigo que aún duda en ir porque ahora la entrada cuesta 5 soles y, aunque inicialmente no podría considerarse determinante, en el primer fin de semana de esta feria la disminución de público respecto al año pasado ha sido notoria. Sin embargo, hay que tener presente también que los espacios para transitar son ahora un poco más amplios que los del año pasado, pero aún así he visto menos público pese a ser sábado en la noche.

    Lo primero que llama la atención al ingresar a la feria es la fachada. No se entiende el objetivo de la sucesión de tantas columnas metálicas para ubicar un pedazo de tela azul eléctrico con el rótulo de la feria*. Además este podría verse solo desde la vereda del frente y la estrechez de la avenida Salaverry no le hace mucho favor a esta idea. Apenas uno ingresa es evidente el cambio en cuanto al diseño de los stands que aparecen –nuevamente- en la parte central: Crisol y Planeta especialmente. Tanto las letras y colores destacan y por momentos uno cree que está en las ferias de Bogotá o Buenos Aires. Sin embargo, los stands dispuestos en una suerte de circunferencia nos devuelven a la estructura del año pasado, con algunas salvedades. Una de las cosas que resalta es que el punto de venta de la excelente librería Inestable, especializada en poesía, está a la vista prácticamente desde el ingreso. Antes era difícil de ubicarla, uno daba vueltas y vueltas y se demoraba en dar con ella. Además, en el ingreso, a la mano izquierda, se encuentran los stands de editoriales independientes como Borrador Editores, Casa tomada, y de Selecta Librería, distribuidor exclusivo de las contundentes novedades editoriales de la Universidad Diego Portales de Chile.

    La parte central de la feria tiene un espacio mayor que el de 2013, incluso hay algunos sofás a disposición del público que antes tenía que sentarse sobre el cemento. Muy cerca de allí está el pabellón de Chile, país invitado de honor, que aunque ha traído publicaciones de 40 editoriales, hasta el momento que lo visitamos no estaba tan surtido de textos de interés, especialmente en literatura, puesto que en publicaciones sobre la época de la dictadura pinochetista, hay muchísimos libros. El espacio tiene 100 metros cuadrados, pero no parece más grande que el pabellón que este país suele tener en la feria.

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    DEL RUIDO Y DE LOS AUDITORIOS

    En la conferencia de presentación de la Feria del Libro, el arquitecto Augusto Ortiz de Zevallos mencionó que la intención era aprovechar al máximo los espacios que ofrecía el Parque de los Próceres y también utilizar señalética aérea para ubicar más rápido los auditorios. Este último punto ha quedado en deuda, puesto que no hay una señalización para ubicar las salas de presentación de libros, aunque uno preguntando y preguntando pueda encontrarlos. Me pasó cuando por inercia quise ir a la sala José María Arguedas, ubicada hasta el año pasado en el lado izquierdo de la plazuela central de la feria. Ahora está al lado del pabellón infantil y muy cerca a la avenida Salaverry. El inconveniente: el ruido de dicho ambiente para niños se filtra, además del sonido de los motores de los autos y otros, como las sirenas de ambulancias, y de un restaurante ubicado a muy pocos metros, que durante la presentación del nuevo libro de Alonso Cueto y mientras este conversaba con Jorge Eduardo Benavides, se escuchaba de fondo temas de las bandas G&T, El Tri, entre otros éxitos roncarroleros.

    Otro dolor de cabeza era ubicar las salas más pequeñas: la Blanca Varela y la Ciro Alegría. Ahora estas se encuentran en la parte posterior, detrás de la plazuela central –donde están las estatuas de los próceres-. La sala Alegría está primero y unos metros más allá, la sala Varela y a su lado la sala Clorinda Matto de Turner. Aquí surge un problema: el ruido que se filtra a uno y otro espacio. Además, prácticamente al frente se ubica el auditorio César Vallejo, el espacio más amplio de la feria, y, por ejemplo, durante el homenaje a Carmen Ollé, se escuchaba lo que se hablaba en las salas del frente. Por momentos uno se iba de lo que se decía en el ambiente donde se rendía tributo a esta poeta y narradora. Y de yapa, los trabajos nocturnos muy cerca al parque: el ensordecedor e impertinente sonido de la máquina que corta bloques de cemento del piso.

    Todo esto, al margen de las críticas, nos lleva nuevamente a un punto que se convierte necesario y urgente: tener un recinto ad hoc para organizar un evento de esta naturaleza. Fue incómodo que en la ceremonia de inauguración, el ruido aquel de las obras contiguas se filtre en el auditorio y se convierta en un ataque contra los oídos. Este tema ya lo había mencionado la actual directiva de la Cámara Peruana del Libro y corresponde seguir en la búsqueda. Quizás sea muy antojadizo decirlo, pero ahora que se realizará la Feria del Hogar, quizás pueda buscarse allí una alianza que satisfaga a ambas partes, pues ahora ambas competirán y la expectativa del peruano común y corriente ha vuelto sobre ese evento. Que la llama también llame a los libros.

    Pensando en el lector común y corriente y aquel que quiera ir a la feria, pues por ahora corresponderá escoger qué días va, puesto que entiendo que invertir 5 soles todos los días de feria todavía no es el escenario más realista. “Si la feria fuera lo que yo espero, no tendría problemas en pagar incluso el doble. Mi problema es que lo que veo en la feria no se diferencia en mucho de lo que hay fuera de ella”, replica este amigo mío, a quien por ahora no puedo contradecir.

     

     *ACTUALIZACIÓN:

    El domingo en la noche que volví a la feria vi que en parte de esas estructuras metálicas que estaban vacías se cubrieron con los logos de la Municipalidad de Lima.

     

     

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