Juan Villoro y «El vértigo horizontal». Una ciudad llamada México

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En El vértigo horizontal –afirma Jorge Cuba Luque– Juan Villoro nos presenta Ciudad de México tanto como testigo de primerísima mano que como personaje que la habita, que la quiere y que la sufre, que le hace reír.

 

Por Jorge Cuba Luque*

¿Qué es lo que define una ciudad? ¿qué significa vivir en ella? ¿cómo son quiénes la habitan, cómo es su espacio? Las respuestas a estas ya otras preguntas similares las responde con datos y referencias tangibles cualquier funcionario de cualquier administración municipal de cualquier ciudad del mundo.  Pero Ciudad de México, nombre que oficialmente ha reemplazado al de Distrito Federal de México, no es cualquier ciudad sino una compleja urbe latinoamericana de más de veinte millones de habitantes, ni Juan Villoro un funcionario edilicio habituado a expresar certezas basado en estadísticas y catastros, sino el autor de El vértigo horizontal (Ed. Almadía, México, 2019), formidable tentativa de abarcar la megalópolis en la que nació, creció, se nutrió y que, sin duda, contribuyó hacer de él un escritor.

Esta vez Juan Villoro, cual inusual escrutador del caleidoscopio humano, físico y cultural de la desmesurada metrópoli cuyo nombre, México, se confunde con el del país de la que es capital, nos la presenta con sus rasgos cotidianos, que son al mismo tiempo sus señas esenciales. El vértigo horizontal, nos previene su autor, parece estar constituido por varios libros; sus episodios no se suceden de manera lineal, así que el lector bien puede leerlos unos tras otros, o, si prefiere, abordarlos como se toma el metro, eligiendo una línea, apunta el autor en el prefacio. Y es que Juan Villoro presenta su libro como el plano de un metro de seis grandes líneas, seis rubricas que son una suerte de itinerarios temáticos en los que la gran ciudad es expuesta con sus paradojas, con su modernidad colindante con lo arcaico, con sus dolorosas injusticia sociales, con su fisionomía cambiante y a veces aberrante, con sus habitantes de oficios inverosímiles con sus monumentos inusitados; esos seis itinerarios, “Vivir en la ciudad”, “Personajes de la ciudad”, “Sobresaltos”, “Travesías”, “Lugares” y “Ceremonias”, llevan títulos que, a manera de estaciones de metro, conducen al lector al encuentro del “Defectuoso”, como llamaban los mexicanos, recuerda Juan Villoro, al DF, Distrito Federal. El volumen, dicho sea de paso, lleva fotografías y una iconografía inspirada en el plano del metro, cuyas estaciones, además del nombre escrito, están indicadas con un ícono alusivo.

Así, en la estación ‘El chilango’, de la línea “Personajes de la ciudad”, el autor nos expone lo que son para él los rasgos distintivos del habitante por excelencia de Ciudad de México, apodado “chilango”, de quien afirma que tiene mal genio pero cree en la suerte, y cuyo trato con la realidad tiene algo de esotérico; se podría afirmar que el chilango se fortalece en cada tragedia pues está vivo. Otros tipos humanos retratados en “Personajes de la ciudad” son ‘el merenguero’ de quien, lo más llamativo no son los dulces que ofrece este vendedor ambulante sino las adivinanzas con las que matiza sus ventas y el código de honor con el que honra sus pequeñas apuestas, aun cuando pierda; ‘el encargado’, individuo que ejerce una autoridad legitimada por algo inexplicable, ya en un negocio privado o en una administración pública. Aparece también el decorado de la ciudad en “Lugares”: sus monumentos, edificios del Estado o barrios como el de Tepito, y sus historias azarosas. Chilango él mismo, a Juan Villoro le habría sido imposible no hablar de los catchascanistas (en “Personajes de la ciudad”), de la insoportable administración y sus servicios, de los dramas sociales de los niños de la calle con su dolor y sus sueños, del terremoto de 1986 y sus réplicas, de la solidaridad, de la corrupción política.

Por lo dicho hasta ahora, más de uno podrá pensar que El vértigo horizontal bien podría haber sido un libro más de sociología consagrado a Ciudad de México, por los datos y disfuncionamientos expuestos en sus páginas, y de alguna manera lo es, pero al mismo tiempo es mucho más pues sus páginas entrañan afecto, experiencia de vida, un profundo conocimiento de la ciudad, humor, indignación. Su escritura no es la del discurso neutro de un tecnócrata sino la del agudo escritor autor de novelas notables como El testigo (2004), de crónicas Efectos personales (2001), de exquisitos textos sobre el fútbol reunidos en Dios es redondo (2006). En El vértigo horizontal, Juan Villoro nos presenta Ciudad de México tanto como testigo de primerísima mano que como personaje que la habita, que la quiere y que la sufre, que le hace reír. Con este libro, Juan Villoro se hace pariente de Léon-Paul Fargue con Le Piéton de Paris y de Sebastián Salazar Bondy con Lima la horrible aunque el autor chilango pareciera refocilarse en el delicioso caos de la defectuosa ciudad que lo vio nacer.

 

 

*Jorge Cuba Luque es un escritor peruano radicado en Francia, autor de libros de cuentos tales como Colmena 624 (1995) y Ladrón de libros (2002, reeditado en Campo Letrado en 2015), el volumen evocativo Yo me acuerdo (2008) y la novela Tres cosas hay en la vida (2010). Además del ensayo Mundiales y destinos (2018).

 

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