Juan Gabriel Vásquez: “La literatura no es un oficio, es una manera de estar en el mundo”

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Juan Gabriel Vásquez nació en Bogotá en 1973. (Foto: Jaime Cabrera)
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Una conversación sobre la novela actual y sus posibilidades con el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez.

 

Por Jaime Cabrera Junco
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Es un escritor que tiene las ideas bastantes sólidas sobre la literatura y el oficio de escribir. Sus opiniones las expresa con serenidad, sin imponer su verdad. Mantiene la misma sencillez de hace un par de años cuando en Bogotá nos aceptó una entrevista en un horario poco conveniente para él. Es actualmente uno de los escritores contemporáneos de referencia en Latinoamérica. En el diario español El País publica cada cierto tiempo artículos sobre literatura, y mantiene un pie en la realidad colombiana a través de sus obras de ficción, y lo ha vuelto a hacer en su más reciente novela La forma de las ruinas (Alfaguara, 2015). El autor que más lo ha influenciado fue Mario Vargas Llosa, incluso ha dicho que el Nobel peruano ha “moldeado” su vocación literaria. Fue a París con el sueño de seguir la ruta de los autores del Boom y también vivió en España. Ahora puede dedicar todo su tiempo a la literatura, especialmente a la escritura. Ese raro privilegio ha hecho que pueda tener horarios casi de oficina ‒como Vargas Llosa‒ y así andar siempre respirando literatura. Conversamos con él en Lima y, a diferencia de la primera conversación centrada en su obra, esta vez quisimos que le tome el pulso a la novela actual.

¿Cómo describirías el estado de la novela contemporánea? Por un lado tenemos a Javier Cercas, quien dice que escribe “novelas sin ficción” y, además, al noruego Karl Ove Knausgård, quien prácticamente se canibaliza a sí mismo. Y también está Vargas Llosa, quien sigue ficcionalizando a partir de la realidad como en su más reciente novela.
Yo creo que la novela ha encontrado una manera de seguir canibalizando, devorando y reproduciendo géneros distintos, nuevas maneras de explicar el mundo que van surgiendo en el mundo literario. La novela como animal literario tiene esa capacidad fantástica de mimetizarse, de adaptarse, de evolucionar siempre para colonizar nuevos territorios de la realidad. Creo que eso es lo que está pasando con estos nuevos matrimonios que se han armado últimamente entre la realidad y la ficción. Mencionas los libros de Knausgård, Javier Cercas, también está Emmanuel Carrère en Francia, y luego que por supuesto, y ahí no solo están los clásicos como Vargas Llosa sino también nuevas generaciones de escritores como Jonathan Franzen, en Estados Unidos, que siguen vindicando esa manera de explorar el mundo o las posibilidades todavía no agotadas de esa manera de explorar el mundo a través de la ficción. Eso no se ha agotado, pero cuando algunos lectores se refieren a estas novelas como «ejercicios decimonónicos» no puedo estar más en desacuerdo porque no son convenciones caducas, es una manera de explorar el mundo de la ficción que está muy viva a través de la imaginación literaria. Y luego están los que hacen una mezcla de las estrategias, de la autoficción, de los coqueteos con la novela sin ficción con los recursos probados de la novela realista. Creo que estoy por ahí, en algún lugar de esa mezcla maravillosa, tratando de aprovechar las libertades que forman parte del ADN de la novela porque ya están en el Quijote, por ejemplo. Hay una mezcla de realidad y ficción, una mezcla de estrategias, una mezcla de géneros, todo eso está ya en la novela de Cervantes y eso es lo que seguimos tratando de aprovechar los novelistas.

juangabrielVP1Y cabe la pregunta a estas alturas en que la línea entre realidad y ficción a veces es muy delgada, ¿las novelas están obligadas a contar ficción?
Creo que es útil que sigamos reflexionando sobre el género. Los grandes avances del género de la novela, las maneras en las que ha sido capaz de colonizar cada vez un territorio más amplio, salen también de esa reflexión consciente. De manera que a mí no me parecen nunca inútiles, ni impertinentes ni superfluas las preguntas que hagamos sobre el género y su relación con la realidad. Sí creo, por ejemplo, nuevamente en los libros de Cercas, hay una reflexión sobre la idea de que una novela, ese género que había sido tradicionalmente definido como un ejercicio de imaginación literaria puede escribirse sin inventar una sola palabra, sin inventar personajes, sin inventar escenas y sin perder por eso su naturaleza de novela puesto que lo que define una novela puede ser ahora, esto es lo que me estabas preguntando, puede ser no tanto su carácter ficcional, el carácter de la invención sino el tipo de preguntas que hace. Y un libro narrativo que haga preguntas morales en lugar de las preguntas fácticas a las que intenta responder la historiografía y el periodismo, pues es muy posible que sea una novela aunque no participe la ficción literaria en ella, lo que construye un texto novelesco ya no es tanto su contenido ficcional sino el tipo de preguntas, que son preguntas morales.

 Y en tu caso hablas de una apuesta por la novela realista, ¿cómo explicas esto?
Mis novelas tienen un pie en el barro de la realidad siempre, no solo por su punto de partida que suele ser una vivencia directa, una parte de mi experiencia, de mi biografía ya sea por ejemplo en el caso de Los informantes, una mujer a la que conocí me contó de su vida, o en el caso de El ruido de las cosas al caer, una experiencia de muchos años que es la de la violencia terrorista en mi ciudad durante la década en la que Pablo Escobar llevó una guerra con el Estado colombiano o en está En la forma de las ruinas, una serie de vínculos indirectos o algunos más directos, biográficos, vitales que he tenido siempre con los grandes crímenes del siglo XX en Colombia: con el de Jorge Eliécer Gaitán en el 48 y el de Rafael Uribe Uribe en 1914. (Piensa) A través de esas vivencias se van construyendo para mí las obsesiones que luego quedan convertidas en novela. De manera que el punto de partida siempre es una experiencia directa y un contacto con la realidad. Nunca he entendido el ejercicio de la novela como un apartarse de la realidad, como un encerrarse en una realidad propia que ha sido siempre parte de lo que han hecho las novelas también, pero yo las entiendo de manera distinta, las entiendo como un compromiso con el mundo de afuera, como una manera de salir y explorar e interpretar el mundo.

¿Y a las novelas se les debe exigir un valor? Es decir, ¿en su exploración de la realidad debe buscar alguna respuesta?
No, creo que la novela, parte de su código genético como decía antes, es la libertad absoluta. Nunca he creído en que las novelas tengan obligaciones ni una función que se les pueda exigir pero eso no quiere decir que para mí sean iguales todas ni sean igual de valiosas todas. Yo valoro más como novelista y como lector una novela que se compromete con el mundo, que me ayuda en mi comprensión de una cierta realidad social, histórica. Lo que pasa es que lo que las novelas hacen es explorar el lado que ni la historia ni el periodismo pueden explorar, las novelas exploran el lado individual, moral, emocional de los conflictos sociales, por lo menos el tipo de novelas que yo estoy empeñado en tratar de escribir y que me gusta leer. Lo que pasa es que eso se puede hacer de muchas maneras, ¿no? Uno podría alegar que Kafka es un novelista profundamente político y también podría decir que no tiene absolutamente ninguna relación con el mundo que comienza en la puerta de su casa. La riqueza de las novelas está en esa libertad interpretativa y, por supuesto, en la libertad creativa, y si hay una cosa contra la que me he rebelado siempre es contra las imposiciones que se pretende hacer al género.

¿Y es válido decir que la novela debe o puede entretener?
Claro, por supuesto. Lo sabía Cervantes que es el fundador del género tal como lo entendemos (risas), pero creo que también lo sabían otros autores que para mí están en la raíz de mi idea de la novela. Uno de ellos es Shakespeare, por ejemplo, que nunca perdieron de vista la idea de que al mismo tiempo que se exploran los grandes conflictos humanos, los lados más oscuros e invisibles de la condición humana, también parte del arte maravilloso de la novela es la seducción del lector y eso lo sabía Cervantes, eso lo sabía Shakespeare y yo no veo por qué tendríamos que olvidarlo o perderlo de vista o incluso despreciarlo los escritores de hoy.

 

LA FORMA DE LA PÁGINA

LaformadelasruinasTodos los periódicos de la mañana siguiente hicieron referencia al robo frustrado. Todos se sorprendieron, con su hipócrita sorpresa, de que el mito de Gaitán siguiera despertando estas pasiones sesenta y seis años después de los hechos, y algunos compararon por enésima vez el asesinato de Gaitán con el de Kennedy, del cual se había cumplido medio siglo el año anterior sin que su poder de fascinación hubiera disminuido en lo más mínimo. Todos recordaron, por si hiciera falta, las consecuencias imprevisibles del asesinato: la ciudad incendiada por las protestas populares, los francotiradores apostados en las azoteas que disparaban sin orden ni criterio, el país en guerra de los años siguientes. La misma información se repetía por todas partes, con más o menos matices y más o menos melodrama y acompañada de más o menos imágenes, incluidas aquellas en que la turba furiosa, que acaba de linchar al asesino, arrastra su cuerpo semidesnudo por la calzada de la carrera séptima, en dirección al Palacio Presidencial; pero en ningún medio pude encontrar una especulación, por gratuita que fuera, sobre las verdaderas razones por las que un hombre que no está loco decide irrumpir en una casa protegida y llevarse por la fuerza la ropa agujereada de un muerto célebre. Nadie se hizo esa pregunta, y nuestra memoria mediática fue olvidando poco a poco a Carlos Carballo. Ahogados por las violencias de todos los días, que no dan tiempo ni para sentir desánimo, los colombianos dejaron que aquel hombre inofensivo se fuera diluyendo como una sombra en la tarde. Nadie volvió a pensar en él.

Es su historia, en parte, lo que quiero contar. No puedo decir que lo haya conocido, pero tuve con él un grado de intimidad que sólo consiguen quienes han tratado de engañarse.

(Fragmento de La forma de las ruinas. Juan Gabriel Vásquez)

¿Al momento de escribir piensas en el lector? ¿Cómo es este proceso de escritura para ti?
Al momento de escribir pienso en un lector que se parece mucho a mí. Pienso en un lector abstracto que tiene las mismas preocupaciones que tengo yo: históricas, literarias, estéticas, morales y, en ese sentido, ese lector es al que me dirijo, es el lector cuya aprobación espero, digamos, al que quiero gustar y tengo la esperanza ‒me imagino que no completamente infundada‒, de que hayan muchos lectores allá afuera que se parecen al lector que soy yo y a ellos va dirigida la novela.

¿Y cómo escribes? ¿De frente a la computadora o a mano?
Escribo de 7:30 de la mañana a 2:30 de la tarde, prácticamente sin salir de mi estudio en esas siete horas. Escribo en un computador, sí, pero acudo a mi cuaderno de notas cuando hay un párrafo que se niega a salir fácilmente o cuando hay un problema muy grave de construcción de la trama, ahí me paso a la escritura a mano y por alguna razón eso libera algo y me permite solucionar los problemas. Eso pasa con mucha frecuencia. Pero escribo en computador y tengo incluso la manía del aspecto de la página, que para mí es muy importante, entonces he pedido a mis editores que me manden las medidas exactas de su página publicada, del tipo de letra, del tamaño de letra, de los márgenes, de manera que yo pueda, en mi procesador de palabras, imitar perfectamente el aspecto de la página publicada y eso me permite por alguna razón supersticiosa o maniática creer que el libro avanza mejor.

¿Qué ha aprendido el Juan Gabriel Vásquez de La forma de las ruinas que no podía resolver el joven de 24 años que publicó Persona?
Bueno, el joven de 24 años que publicó Persona no sabía prácticamente nada ni de la vida ni del oficio literario y, sin embargo, en esa novela hay un ensayo por… (piensa) por aferrarse a las pocas cosas que sabía y construir un libro, que es el libro de un principiante. Creo que En la forma de las ruinas no solo dista 20 años casi de ese otro libro sino que además es una especie de suma de todos los libros que hay en medio. Creo que En la forma de las ruinas está Las reputaciones, El ruido de las cosas al caer, está Los informantes, sobre todo, todo lo que he aprendido en esos libros está En la forma de las ruinas de alguna manera. A nivel de cosas puntuales pienso en el esfuerzo inmenso que he hecho por lo que decía antes, por seducir al lector a cada página, por darle en cada página razones para leer la siguiente y por lograr que se interese y casi se obsesione como me he obsesionado yo con estos personajes que no existen. La otra cosa que me costó muchísimo esfuerzo hacer y que espero haber logrado es la inclusión de muchas historias distintas en una novela, tratando de que no se noten las costuras, tratando de que todo forme parte de una unidad orgánica que es el libro entero pero tratando eso, de construir un aparato novelesco que funcione como las novelas que a mí me gustan, es decir, que hagan más de una cosa al mismo tiempo, que sea novela autobiográfica y al mismo tiempo novela histórica y también tenga una novela policial en alguna parte y también tenga fragmentos ensayísticos, de reflexión en muchos aspectos, en muchos puntos y todo eso sea percibido por el lector como una unidad. Eso he tratado de hacerlo a unos extremos que nunca había intentado antes y no sé con qué fortuna pero yo estoy contento con el resultado.

¿Y actualmente puedes decir que vives de la literatura?
Sí, tengo esa suerte, y, sin embargo, mi curiosidad por el mundo que hay allá afuera y mi idea que tengo de eso que llaman intelectual público, pues me obliga a estar presente de mil otras maneras, en columnas de opinión, en debates que se hagan en mi país, que desde luego quitan mucho tiempo pero que para mí forman parte de la idea que tengo de mi oficio también.

En un artículo en El País te referías a Vargas Llosa y hacías alusión a este discurso La literatura es fuego y citas especialmente la frase de “la literatura es una pasión que no admite ser compartida”. ¿Cuál es tu definición de literatura?
Sí… (piensa) bueno, ese discurso marcó mucho una cierta idea que tengo de la vocación literaria. Para mí la literatura no es un oficio ni una profesión, es una manera de estar en el mundo, es una vocación y cuando hablo del nivel de disciplina que exige la literatura, por lo menos en mi concepción, estoy refiriéndome a la disciplina como una forma tangible de la pasión y la literatura es eso. Cuando digo que es una manera de estar en el mundo no se limita a las horas que paso tratando de construir un mundo con palabras sino que es una herramienta de interpretación, de conocimiento, moral, emocional, social del mundo en el que me muevo y es también en ese sentido una herramienta de educación, de educación personal. A través de las novelas que he leído he formado una visión del mundo distinta si no hubiera leído esas novelas. Entonces eso es mucho más que un oficio, es mucho más que mi oficio, es verdaderamente una visión del mundo.

¿Y escribir para ti es difícil, es un placer o te cuesta hacerlo?
No, es un placer desde luego, pero es un placer que involucra mucho sufrimiento, sufrimientos literarios por supuesto. Los problemas técnicos, estéticos, la resolución de los problemas que plantea la construcción de una narración extensa, sobre todo si es extensa, son muchos y esos retos forman parte de los pequeños sufrimientos de los escritores, pero en general, el grado de placer que me proporciona a mí la literatura tanto como lector como novelista es altísimo y eso es lo que prima. Además, la sensación de privilegio de poder estar haciendo esto y que me paguen por eso, siento que estoy perfectamente consciente de que yo pagaría por eso. Pues eso es una gran satisfacción.

 

LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE JUAN GABRIEL VÁSQUEZ

  1. Don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes.
  2. Los demonios, de Fiódor Dostoievski.
  3. Luz de agosto, de William Faulkner.
  4. Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa.
  5. El tercer tomo de Tu rostro mañana, de Javier Marías.

 

 

La entrevista hablada

 

 

 

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