Héctor Lavoe y César Vallejo; el cantante y el poeta

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¿Qué tienen en común el Cantante de los Cantantes y el poeta peruano más universal? Aparentemente nada. Sin embargo, en este artículo Marlon Aquino nos señala algunas coincidencias en los temas de sus respectivas canciones y poemas: el dolor, la soledad y la incertidumbre. Porque la salsa con letra profunda es una forma de hacer poesía, y la poesía puede ser vista como un canto a la vida.


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Por Marlon Aquino Ramírez
Ahora, ven contigo, hazme el favor
de cantar algo
y de tocar en tu alma, haciendo palmas.

«Palmas y guitarra». 
César Vallejo


Estaba en casa escribiendo en la computadora cuando escuché que en la radio de la sala sonaba el tema El día de mi suerte, de Héctor Lavoe. He escuchado esta salsa cientos de veces, pero en ese momento, por primera vez, me hizo pensar en César Vallejo. Y es que mientras prestaba atención a ese tema compuesto por Willie Colón (otro gigante de la salsa, autor también de Gitana, adaptación de un poema de Bécquer), iba descubriendo su coincidencia temática con los poemas de Vallejo. Por ejemplo, en la primera estrofa:

Cuando niño mi mama se murió
solito con el viejo me dejó
me dijo solo nunca quedarás
porque él no esperaba una enfermedad.
A los diez años papa se murió
se fue con mama para el mas allá,
y la gente decía al verme llorar,
no llores, nene, que tu suerte cambiará,
¿Y cuándo será?


Ahí están los temas del dolor por la muerte de la madre, el sentimiento de orfandad y la incertidumbre ante el destino, todos ellos ya tratados por nuestro poeta desde Los heraldos negros. Así, podría mencionar a modo de ejemplo estos versos del poema XXVIII de Trilce:

He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza.
de imagen, por los broches mayores del sonido.


Pero hay más coincidencias temáticas. La soledad, el hastío existencial, el exilio interior, la humildad de no querer incomodar a los otros:

Ahora me encuentro aquí en mi soledad
pensando qué de mi vida será
no tengo sitio dónde regresar
y tampoco a nadie quiero ocupar.


Y es difícil no relacionar el sentimiento solidario de estos versos de Vallejo en El pan nuestro:

Se quisiera tocar todas las puertas,
y preguntar por no sé quién; y luego
ver a los pobres, y, llorando quedos,
dar pedacitos de pan fresco a todos.


con esta estrofa de El día de mi suerte:

Por eso no me canso de esperar
pues un día Dios a mí me ayudará.
Y el día que eso suceda escuche usted
a todo el mundo yo le ayudaré…


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Claro, la letra de la canción es apenas la mitad del mensaje. Leídas estas letras así, huérfanas de melodía y voz, es evidente que palidecen al lado de las palabras de Vallejo. Pero vivificadas en la interpretación del Cantante de los Cantantes adquieren un poderoso valor comunicativo. Es más, la grandeza de Lavoe radica, más que en la creación de la letra de El día de mi suerte (que no escribió), en la interpretación de la misma mediante una estupenda técnica vocal al servicio de una sensibilidad igualmente notable. E incomparable, como lo demuestra el hecho de que si bien Andrés Calamaro, Enrique Bunbury (quien tiene una versión de El día de mi suerte), Marc Anthony y el mismo Willie Colón han interpretado canciones originalmente cantadas por Lavoe, creo que en ningún caso han podido comunicar tanto como este.


Para finalizar con la comparación señalada al inicio de este artículo, que es apenas un esbozo, la propuesta de un derrotero de investigación, dejo esta estrofa de El día de mi suerte como tarea para la casa: averiguar a qué versos vallejianos se asemeja:

Muchas veces me pongo a contemplar
que yo nunca a nadie le he hecho mal
por qué la vida así me ha de tratar
si lo que busco es la felicidad.


Pregunto ahora: ¿no son acaso los poemas que tratan los temas mencionados
(Los heraldos negros, por mencionar el más famoso) los que más recuerdan los lectores del genio de Santiago de Chuco? Y, de otro lado, ¿no es El día de mi suerte, junto con Todo tiene su final, El cantante y Periódico de ayer, un clásico de oro para los seguidores del cantante portorriqueño?


Quizás alguien me objete el hacer una comparación irrisoria entre un «artista de verdad» y un «simple cantante de salsa». Pues bien, yo diría que la comparación es válida dado que tanto el Cantante como el Poeta han conseguido infiltrarse en la memoria y el corazón de miles de hombres y mujeres en el mundo, lo cual los hace dignos de atención y contraste. Pienso que los poemas de Vallejo y las canciones interpretadas por Héctor Lavoe son fenómenos socioculturales de impacto considerable que han moldeado y moldean sensibilidades e identidades desde distintas tecnologías de representación: en la escritura (Vallejo) y en la oralidad (Lavoe). De ahí que Jean Franco sostuviera con respecto a los cantantes de salsa que: «Figuras como Celia Cruz, Rubén Blades y Willie Colón frecuentemente desplazan a los intelectuales y políticos en su rol como líderes culturales y voceros en una postmoderna sociedad latinoamericana donde los medios masivos de comunicación y la música popular se han convertido los sitios centrales para definir identidades culturales» (What’s Left of the Intelligentsia?, 1994).




TODO TIENE SU FINAL

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Soy un gran admirador de Vallejo. Pienso que debió ser nuestro primer Premio Nobel de Literatura. Estoy convencido de que fue un genio. Pero sobre todo pienso que fue algo mucho más importante que un artista fuera de serie: Vallejo fue un hombre de un corazón inmenso. Su llamado a la solidaridad, al amor al prójimo, su comprensión de la condición humana, pero también su dolor, sus dudas, su incertidumbre ante el destino, me hacen reconocerlo como a alguien muy próximo, nadie más alejado de la figura del artista petulante que se cree superior al hombre común. En resumen, pienso a Vallejo como a un hermano.

¡Amado sea aquel que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre!


Admiro igualmente a Héctor Lavoe. He escuchado sus canciones desde mi infancia en el Callao. Allá en el puerto es un ídolo, y sospecho que lo queremos y recordamos más que en su propio país. Y es que Héctor también era como nosotros, también era, es, nuestro hermano. Querido como se quiere a un pata. Y eso que nunca llegué a verlo en persona, pues era muy pequeño cuando vino a Lima para presentarse en la Feria del Hogar en la década de 1980. Ciertamente, ¿para qué verlo, si está ahí en sus canciones? ¿Lavoe es entonces un héroe para sus seguidores? No, humano, demasiado humano, para ello. Él era el pata del barrio que decía lo que sentías como tú jamás podrías decirlo. Lo cantaba. El Cantante de los Cantantes, El Hombre que Respira Debajo del Agua, El Rey de la Puntualidad. Por eso, en la serie de desventuras que tuvo que padecer, en esa despiadada montaña rusa que fue su vida, en esos golpes como del odio de Dios que recibió, reconocimos nuestros propios sufrimientos, sufrimos por él como se sufre como por un hermano, por un padre, así de tanto llegamos a quererlo. Nos reconocimos también en su alegría, en las picardías de ese niño travieso que nunca dejó de ser.


No es de extrañar entonces si digo que yo también, en las malas, también he cantado bajito que pronto, pronto, llegará el día de mi suerte. Y así me he puesto el alma.







*Marlon Aquino Ramírez estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 2008 publicó una colección de seis cuentos infantiles (Ediciones El Nocedal). Ha escrito reseñas para  la revista virtual de literatura El Hablador y el portal web Porta 9. En 2011 publicó su primera novela Las tristezas fugitivas, que puede ser adquirida en librerías y en Amazon.

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