Gustavo Rodríguez: «Iván Thays ha sido un publicista involuntario»

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Si hubiera escrito la historia de un pintor o un escritor no se hubiera armado tanto alboroto. Sin embargo, su novela se marqueteó como la primera sobre el boom gastronómico y allí empezó todo. Gustavo Rodríguez es un buen publicista y esta es una de esas campañas que nunca planificó. Veremos si, parafraseando una frase presidencial, los lectores vienen solos.



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«Algo anda mal en un país en el que los chicos saben más los
nombres de sus cocineros que de sus escritores», reflexiona Gustavo Rodríguez
sobre las petardeantes muestras de patrioterismo que surgieron hace unas semanas a
raíz de una columna de opinión que criticaba a nuestra gastronomía. Cocinero en
su tinta
(Planeta, 2012) es su cuarta novela y esta no es precisamente una oda
a nuestra cocina. Entonces,¿cuál es el cau-cau de esta obra? Aquí algunas respuestas.

Ninguna de tus
anteriores novelas tuvo tanta publicidad como Cocinero en su tinta. ¿Iván Thays ha sido tu mejor publicista?

(Ríe) Ha sido un publicista involuntario. No imaginé todo lo
que ha pasado aunque creo que Iván sí imaginaba que su opinión sobre la comida
peruana podría causar tanto resquemor.

No podrás negar que
por el título de la novela calculaste que esta no iba a pasar desapercibida…

Si la novela se llamara Gastón
calato
, sí, pero en realidad todo el revuelo que se ha originado fue
externo a la novela.

¿No crees que más que
orgullo por nuestra comida lo que ha revelado esta controversia ha sido que la
tolerancia es un plato que aún no podemos digerir?

Totalmente de acuerdo. Toda idealización desnuda facetas
negativas en quien idealiza. Bertolt Brecht decía «Desgraciado el país que
necesita héroes», bueno, nosotros somos parte de esos países que necesitan
algo nacional que admirar. Esa es la manifestación de que somos una sociedad en
formación, que todavía no alcanza la madurez. Somos como ese adolescente que le
tocas al ídolo que adora y  reacciona
apasionadamente. Pero bueno, yo soy optimista y espero  que sea parte de un proceso en el que dejemos
de ser un país adolescente.

Al leer tu novela,
efectivamente, se comprueba que más que una obra sobre el boom gastronómico es
la historia de un chef que se encuentra presionado por crear su gran plato. La
idea de esta novela surgió hace tres años, ¿cuál fue el punto de partida?

Para ser totalmente honesto, la semilla de esta novela fue
una crisis personal por la que yo estaba pasando y quise encontrar un alter ego
a quien le pudiera estar pasando lo mismo que a mí. En segundo lugar, siempre
he estado interesado por los fenómenos sociales que atraviesa el país. Últimamente
no he podido escapar a la fascinación que me da ver cómo un país se vuelca a su
cocina para sentirse seguro o identificado a través de algo. Entonces dije que necesitaba
un personaje que sea creador de algo, y un cocinero era para mí una figura
interesante.

Cuentas que tu
próxima novela se basará en las elecciones en un país parecido al nuestro. ¿Se
parecerá también al último proceso electoral tan controvertido que hemos vivido
el año pasado?

Tiene que ver con todos los procesos electorales que me
tocaron ver. Hay uno que me tocó vivir muy de cerca, cuando asesoré a Toledo
contra Fujimori (en el año 2000), pero después he visto con mucho interés los
demás procesos. Me he dado cuenta de que las elecciones presidenciales, en un
país como el nuestro, son un espacio de locura colectiva, donde todo se
desorganiza y aparecen temores, los cucos de siempre. Me pareció un bonito
espacio como para explorar una novela. Creo que estoy hablando de más porque la
novela está en su estado inicial, quién sabe si resulte otra cosa.

¿Y este último
proceso electoral te pareció mucho más complejo que los anteriores?

(Piensa unos segundos). Me pareció igual de complejo que el
anterior, lo que ocurre es que la aparición de las redes sociales desnuda cosas
que estaban allí, pero que no veíamos claramente. Y es allí donde aparecen las
grandes pulsiones de temor y miedo. El miedo ha estado muy presente en estas
últimas elecciones y cuando uno tiene miedo hace estupideces.

 

PUBLICISTA EN SU
TINTA

Se considera un escritor que incursionó en la publicidad. Antes
solo escribía los sábados y domingos, pero ahora ha ordenado su vida de tal
forma que escribe todas las mañanas de nueve a una de la tarde.  Ahora dedica solo la otra de mitad de su
tiempo a sus consultorías de comunicación y publicidad.

Contaste que escribes
desde niño porque no te gusta hablar.

Yo he sido, y soy, muy chuncho a pesar de que no parezca.
Siempre me costó expresar mis cosas a través de lo oral: dejaba notas a mi madre,
le escribía a mi abuela y desarrollé esa herramienta. Además, me expreso mucho
mejor por escrito que oralmente porque tengo un desfase en mi cabeza que me
hace pensar muy bien lo que tengo que decir, eso en discurso espontáneo se
nota, pero cuando escribes tienes la facultad de pensar un poquito las cosas
mientras las haces.

Una empleada de tu
abuela en Trujillo te leía cuentos antes de dormir. ¿Ese fue tu primer
acercamiento a la literatura?

Sí, yo he tenido muchísima suerte porque conocí a la mujer que
me cambió la vida a los cuatro años. Nunca nadie me había leído un libro hasta
entonces y, de pronto, esta chica maravillosa de 15 años me contaba cuentos en
las noches. Me quedé fascinado de que de ese artefacto de papel pudieran salir
historias tan bonitas y el cariño con el que ella lo hacía me hizo entender que
la lectura es una actividad placentera y nunca lo vi como una obligación. Si no
hubiera sido por ella quién sabe qué hubiera sido de mi vida, no sé si me
hubiera acercado a la lectura de la misma manera.

¿Percibes cierto
menosprecio de parte del establisment literario peruano? Es decir, porque eres
publicista sientes que estos escritores que le han dedicado más tiempo a la
literatura que tú se acercan con prejuicios a tu obra.

No. Pero eso depende de dónde sale la crítica. Mis lectores
de toda la vida, los que me siguen desde mis primeras novelas jamás se van a
cuestionar si he hecho o no publicidad, los que me leen en el extranjero,
tampoco. Es evidente que en toda sociedad hay castas culturales y formas
distintas de ver las culturas. Quienes se forman solo en la academia tendrán la
presunción de que solo aquel que se formó allí  puede tener un producto de calidad y lo
entiendo. Pero, bueno, es parte de un mundo muy diverso y que tiene que ser
plural también.

 

PUBLICIDAD VERSUS
PERIODISMO

¿Recuerdan aquel comercial que promocionaba unos fascículos
de inglés en el que un vigilante creía escuchar a una espigada turista la
palabra «Yungay»? El responsable de ese exitoso comercial fue Gustavo
Rodríguez. Otra campaña de impacto fue la del mapa de Sudamérica en forma de un
racimo de uvas en la que Chile se veía sin las uvas. Por eso era inevitable no
hablar de publicidad con él.

Cuentas que tu
acercamiento a la publicidad fue casual, que buscabas estudiar una carrera
corta para regresar a Trujillo y  estar
con una chica de la que estabas enamorado. ¿Por qué escogiste la publicidad y
no otra carrera corta?

Creo que escogí la publicidad por la mezcla de dos razones.
Nunca entendí el concepto de kilogramo-fuerza y la otra es que intuía que
necesitaba seguir una carrera corta que no tuviera que ver con el concepto de
kilogramo-fuerza. Dentro de mis planes iniciales estaba estudiar arquitectura,
pero pensaba que se trataba de una ciencia más dura que creativa. De casualidad
me topé con un aviso que ofrecía estudiar publicidad e ingresé y no paré. Ya
tenía cuentos escritos, pero el interés por la literatura volvió a aflorar después
nuevamente.

¿Qué fue lo que te
gustó de la publicidad?

La posibilidad de ganar dinero con ideas (ríe).Creo que he
sido el publicista más narrativo de mi generación al menos en una época. Cuando
entré en publicidad, la mayoría de campañas eran jingles pegajosos, pero mi
entrada a la publicidad fue por la narrativa. Yo presentaba anécdotas, escenas,
avisos con textos que llamaran la atención.

El gerente de una
empresa de seguridad dijo que aquel exitoso comercial de ‘Yungay’ le causó
problemas a sus agentes, pues se burlaban de ellos llamándolos despectivamente
‘yungays’. ¿La publicidad tiene efectos colaterales?

Sí, claro. Cuando uno lanza un mensaje masivamente, tú
tienes una intención y de manera colateral se dan efectos, interpretaciones que
no calculas. El caso Yungay es interesante porque todos estábamos contentos en
teoría. Unos años después se me acercó el director de la empresa Liderman y me
dijo que el comercial les hizo daño, pero a la vez me agradeció porque les
ayudó a poder levantar la moral del personal.

Alguna vez hiciste
una campaña por Tambo Grande en contra de la inversión minera y posteriormente
un criticado spot a favor de esta ¿La publicidad puede estar con dios y luego
con el diablo?

Mira, a la publicidad se le critica cosas que también
debería criticarse al periodismo, por ejemplo. La publicidad es más
transparente que el periodismo. Un periodista jamás te va a enseñar la factura
por la cual se vendió, el publicista sí. Los periodistas no firman sus dobles
discursos. Con esto no estoy diciendo que la publicidad no debe ser ética
porque creo que sí debe serlo.

Sobre ese comercial
minero en el que aparecía Juan Carlos Oblitas ofreciste disculpas. ¿Cuál fue el
error? ¿Decir Chile nos sigue ganando?

Para mí ese fue un error, pero al anunciante le pareció una
idea exitosísima. Consiguió que la discusión se fuera por el tema que el spot
planteaba. Tuvo colaterales y yo soy crítico y creo que ese no debió ser el
primer spot en salir.

Ha mejorado la
publicidad peruana actual. ¿Refleja cómo somos y nuestro humor inherente o
sigue siendo ‘aspiracional’? 

Creo que toda publicidad es un reflejo de la sociedad en la
que está inmersa. Y ahora creo que nuestra sociedad está empezando a tener más
interés de verse hacia dentro, a ver nuestras manifestaciones. La publicidad
está empezando a hacer eso. La sociedad está en proceso y la publicidad
también.

 

CINCO LIBROS
RECOMENDADOS POR GUSTAVO RODRÍGUEZ

1. El Quijote.

2. Conversación en La Catedral.

3. Seda de Alessandro Baricco.

4. Némesis de Philip Roth.

5. La trilogía Millenium de Stieg Larsson. 

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