Fernando Ampuero: “La ideología no la pondría jamás por encima de la calidad literaria”

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Crédito de foto: José Miguel Silva/Libros a mí.
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Una charla realizada con estudiantes de la Universidad La Salle, de Arequipa, con el escritor Fernando Ampuero, a propósito de su libro La bruja de Lima.

 

Por Orlando Mazeyra Guillén (*)

En la primera entrega de sus memorias, La bruja de Lima (Tusquets, 2018), Fernando Ampuero nos cuenta cómo, gracias a uno de sus mejores amigos, conoce a una sorprendente gitana llamada Hilda —aquella que da batalla—, quien lo ayuda a derrotar al cáncer (terminal, según varios expertos) y también, asunto no menos importante, a celebrar la vida.

Aunque en apariencia la historia podría resultarnos insólita, es gracias al oficio del narrador que compartimos su perplejidad inicial —“los hombres siempre necesitamos una cuota de fantasía”, señala en la página 14— y, luego, esa suerte de complicidad admirativa por una mujer sensible y optimista (como él) que, inclusive después de muerta, sigue acompañando a Ampuero a través de los ensueños: “no preguntes lo que ya sabes”, le reitera a manera de cálida despedida.

Fue interesante someter a la lectura de esta obra a estudiantes universitarios, pues a la mayoría de ellos el libro no sólo los sedujo sobremanera, sino que les resultó muy breve. Quizá necesitaban seguir amoblando su imaginación con las memorias del autor. Acá una selección de preguntas (algunas recurrentes en lo referente al suicidio) alcanzadas al autor por jóvenes que ya habían leído otros títulos del autor, como el conocido “Malos modales”.

La bruja de Lima empieza con una noticia terrible: te informan que tienes un cáncer terminal. Gracias a Hilda vences a la muerte; sin embargo, ella no podrá vencer la suya, a pesar de sus poderes. Nos das a entender que al final, ¿la muerte siempre espera, siempre gana? ¿Uno llega a estar listo para la muerte?
La muerte siempre aguarda, ¡claro que sí! No sé si deberíamos suponer que a veces nos jugamos la vida en una partida de ajedrez, como lo imaginara Ingmar Bergman en El séptimo sello. Tal vez sería mejor decir que la muerte nos alcanza, ya que la vida consiste en caminar unos pasos por delante de su guadaña. Mientras tanto, los dioses, para que nos defendamos de la adversidad, nos dieron recursos: el instinto de conservación y el sentido del humor. A la muerte hay afrontarla con el ceño fruncido, para que vea que la tomamos en serio, pero a la hora del último suspiro yo optaría por sonreír, con verdadero alivio.

Después de haber estado tan cerca de la muerte, ¿qué le dirías a todas aquellas personas que sin padecer alguna enfermedad terminal piensan que morir es mejor que pasar otro día más con vida?
Que me disculpen por mi buen talante, pues yo he sido siempre de los que creen que la vida es un don precioso que debemos aprender a disfrutar. A pesar de ello, no juzgo la rabia ni la melancolía de nadie; hay vidas terribles que no merecen vivirse. En algún momento, me parece, el problema moral del suicidio pierde validez. Apoyo a las personas que en circunstancias extremas deseen morir.

¿Cómo encuentras tu vocación literaria? ¿Hay un momento preciso en donde te das cuenta de que querías ser escritor o fue un proceso lento?
Fue un proceso más o menos rápido. Y ocurrió en mi infancia, en los años en que me acostumbré a leer, a los ocho o nueve años… Pero esta es una anécdota que he contado muchas veces y no quiero repetir. La resumo así: mi abuelo materno me contaba historias maravillosas y yo anhelaba ser como él cuando fuera grande. Es decir, quería adquirir la habilidad de contar historias. Lo que no sabía era que ese anhelo exigía un largo aprendizaje, a costa de paciencia y empecinamiento.

Narras una experiencia extraordinaria. ¿Cuánto tiempo  crees que tiene que pasar para que uno escriba sobre un episodio clave de su vida?
No conozco un plazo definido. Cada escritor tiene su manera de intuir el tiempo que demanda una obra. A mí, por ejemplo, me tomó cuarenta y cinco años escribir Sucedió entre dos párpados, una novela que publiqué en 2015 y que trata sobre una experiencia de mis veinte años, cuando acudí como voluntario en el trágico terremoto de 1970 en la sierra de Huaraz. Mis recuerdos de esa experiencia se reavivaron un día en que encontré a un compañero de faena, otro voluntario de mi misma universidad, la Católica [de Lima], a quien no había visto por décadas. Lo invité a tomar un café y conversamos largo rato. Y una semana después, no sé cómo, descubrí la estructura que requería esa novela; la escribiría en tres meses.

Tras conocer a Hilda, ¿podrías decir que crees en la magia o algo que se le asemeje?
Creo que el mundo nos sorprende todo el tiempo con situaciones insólitas. Sin embargo, tal como lo señalo en La bruja de Lima, yo me declaro un individuo racional y cartesiano, pero que procura mantener la mente abierta. Después de buscar remedio a mis males con la medicina moderna, que me curó en parte, recurrí a tentar la alternativa del mundo mágico. Hubo algo infantil en esa decisión y recordé entonces esa greguería de Ramón Gómez de la Serna: “Cuando un altavoz anuncia que se ha perdido un niño, siempre pienso que ese niño soy yo”.

¿Volverías a buscar una bruja para sanarte?
No lo sé, porque no es fácil encontrar a personas confiables en un colectivo donde abunda la superchería y los estafadores. Hilda era una persona dotada, a quien contacté gracias a los consejos de un amigo que la conocía bien. Tendrían que repetirse circunstancias similares para que nuevamente me acerque a otra bruja.

En tus memorias vinculas mucho tu experiencia con las películas. ¿Qué tan importante es el cine en tu creación literaria?
El cine es un excelente arte narrativo. Inicialmente le robó técnicas narrativas a la literatura, pero luego, avanzado el siglo XX, la literatura haría lo mismo con el cine. Los escritores de hoy, ya lo vemos, tienen un manejo del tiempo que resulta más rápido en relación a las novelas del siglo XIX. Eso proviene del ritmo que propone el montaje cinematográfico. Pero también podríamos hablar de otras técnicas: las descripciones morosas de las novelas decimononas se acortan con un lento zoom in; o bien el monólogo interior o fluir de la conciencia deriva en la conocida Voz en Off del cine. En suma, tanto los libros como las películas han alimentado mi temperamento literario y son parte fundamental de mi formación como narrador.

Antes de leer La bruja de Lima pude leer el cuento “Malos modales”. Como mujer tuve sentimientos encontrados, por una parte sentí que cosificaban a Irina pero al final me parece que tu cuento trata sobre la nostalgia y las primeras veces, la pérdida de la juventud, ¿explícame qué te motiva a escribir ese cuento y dime qué opinas sobre la literatura feminista?
A mí me apasiona la literatura. No valoro más las obras comprometidas, ni las que son históricas, policiales o de ciencia ficción. Me apasiona, en concreto, la buena literatura. Más claro, si una escritora feminista escribe una novela excelente, la voy a aplaudir. Es decir, la ideología, por más correcta que sea, no la pondría jamás por encima de la calidad literaria. En cuanto a “Malos modales” es, creo yo, un texto ambiguo desde el punto de vista feminista. Se trata, como bien señalas, de un cuento sobre la iniciación sexual y la nostalgia de una juventud perdida en un balneario que parecía una isla feliz. Pero Irina, la protagonista del cuento, no es una chica sometida ni avasallada. Ella tiene gran carácter y personalidad y hace lo que entonces le daba la gana. El narrador del cuento, así como su amigo íntimo, sienten por ella pasión, ternura, y, sobre todo, respeto. Esa chica además es una luchadora, que se perfilará como soldado en la guerra de Bosnia Herzegovina.

En una parte del libro cuentas que clandestinamente conseguiste un arma. Hay muchos escritores suicidas como Arguedas y Hemingway. Muchas veces se dice que fácil es quitarse la vida y difícil es seguir viviendo. Yo creo que sin valor uno no puede matarse, ¿cuál es tu opinión sobre el suicidio?
Pienso que es preferible llevar una vida digna. Si ya no puedes vivir o pensar como uno califica de razonable, el suicidio es una salida. Arguedas estaba enfermo y se sentía frustrado por la incomprensión de algunos críticos. Hemingway, que fue un vitalista, no concebía su vida con achaques penosos. Pero Borges, que se quedó ciego, no tuvo problemas para continuar siendo prolífico y dicharachero. Cada individuo toma sus propias decisiones, que a menudo demandan coraje.

¿Cómo ves tu obra dentro de la literatura peruana? ¿Sientes que perteneces a una generación?
Esta repuesta la dejo para que sea contestada por los lectores, los críticos y los  historiadores de la literatura peruana, si lo tienen a bien.

En Lobos solitarios te aproximas al fracaso de dos escritores que conociste en tu trabajo como periodista. ¿Uno siempre fracasa? Hablando de otros quizá también estés hablando de ti mismo.
Sí. Estoy hablando de otros a la vez que hablo de mí mismo. En Lobos solitarios hay tres escritores; el tercero soy yo, el narrador. En cuanto al fracaso, he declarado varias veces que todo escritor vive hasta morirse con una sensación de fracaso. Esto no tiene que ver con el hecho de que tus libros se vendan bien u obtengan buenas reseñas. La sensación de fracaso se debe a que nunca estamos satisfechos del todo con lo que hemos escrito, pero por suerte cuando terminamos un libro ya nos ponemos a pensar en el siguiente, en la esperanza de que ese nos salga mejor.

¿Sientes que en general los lectores de estos tiempos prefieren los libros cortos antes que los extensos? ¿Cuál es tu opinión como cuentista?
Mira, hay lectores para todos los gustos, aunque yo soy más cuentista que novelista y por ende estoy más cómodo en las distancias cortas. A ello se debe que mis novelas por lo general sean breves. Me gustan los libros de cuentos y las nouvelles, en efecto, pero a lo largo de mi vida he leído, y leo aún, novelas enormes. De todos modos, creo que un buen cuento como Adiós, hermano mío de Cheever, o La dama del perrito de Chéjov, son tan meritorios y perdurables en la memoria del lector como una gran novela.

 

 

(*) Arequipa, 1980. Ha publicado cinco libros de narrativa breve. Enseña en la Universidad La Salle de Arequipa.

 

 

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