Estirpes del rencor: “Famulus”, de Romina Paredes

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El escritor Richard Parra nos comparte su lectura de Famulus (Pesopluma, 2020), el debut narrativo de Romina Paredes, quien nos presenta siete relatos breves que alude al ámbito familiar desde una perspectiva inquietante.

 

Por Richard Parra

Famulus es el título del sobresaliente debut narrativo de Romina Paredes. Se trata de una colección de siete breves relatos en los que, con audaz ímpetu fabulador y meditado trabajo expresivo, se atisba un ritmo prosódico propio, una diestra articulación y encabalgamiento de los materiales históricos y culturales, así como el empleo de un inusitado imaginario ficcional.

El título (que se traduce también como “siervo”) alude al ámbito idealizado del hogar familiar, imaginado como refugio mítico, pero también como insufrible lastre, abismo cotidiano y claustrofóbica cárcel. Famulus está compuesto por historias mínimas, cerrados dramas domésticos, memorias infantiles aparentemente fútiles, no obstante, intensas y traumáticas, que trazan, por sustracción, asedio y alusión, una realidad atroz: una perenne pesadilla contaminada de conflicto, resentimiento, desengaño, y un soterrado legado de abuso.

En la escritura clara, desnuda, minimalista de Famulus, prosa despojada de afectación política, manierismo y elocuencia impresionista, se palpan heridas sangrantes, fisuras vivas (carnales y escritas) de agravio, desprecio y abandono, que persisten bajo mezquinas mascaradas de amor, afecto filial y una inmunda lealtad. Las familias de Famulus son células de un cuerpo social putrefacto más amplio: una comunidad constituida por la agresividad que, además, utiliza un lenguaje de poder que falsifica, censura y silencia, un lenguaje primitivo, decadente, categórico, sin matices, arbitrario y fanático, del cual, inteligentemente, la escritura literaria de Famulus se distancia, por ejemplo, negándose al determinismo genealógico de las ficciones nacionales, o transitando la trillada narrativa de las familias burguesas disfuncionales de la cultura de masas.

Las subjetividades de Famulus (niñas, niños y jóvenes, sobre todo), que casi siempre están sometidas a un proceso de maduración despótico e intrusivo, son objeto de paranoica vigilancia, evaluación y castigo. Pero estos seres en formación (o deformación) no son estáticos (si fueran así, no habría narrativa, sino elemental invectiva). Son sujetos inquietos que se desbordan. Y, por eso, en las situaciones límite que experimentan, ante el terror que los amenaza e indigna, pasan a la apremiante reacción o la decidida acción. Al deseo desconocido. A veces compulsiva, otras discretamente, materializan su vitalidad asumiendo el riesgo que la libertad conlleva. Todos los relatos de Famulus documentan recónditas sublevaciones.

Sin embargo, en el matizado mundo que Famulus esboza, algunos personajes sostienen también el terror familiar y despliegan engañosas narrativas edificantes. Sus supuestos heroísmos, pues, no son épicos. No persiguen la ejemplaridad. Otros personajes (los revestidos de clasismo) sienten incluso una oportunista culpa que los reconforta y los exime de ser agentes de la dominación y la marginación alentada por la ubicua Cruz y el elemental egoísmo de una clase emergente que quiere satisfacer la mirada masculina de las elites. Los personajes, pues, son la expresión de un denso malestar.

Los antagonistas de Famulus sintetizan un infecto cóctel de patriarcalismo atávico, cínico mercantilismo y una autolesiva (y espiritualmente empobrecedora) conciencia del sacrificio propio. Están obsesionados con demoler al otro. Una instructora de natación y una madre dominante, por ejemplo, literalmente, sumergen a una generación de jóvenes mujeres hasta ahogarlas invocando un terror teológico al fracaso social y económico. En otro momento, un padre agresor coacciona a sus hijos, los inicia en el rencor, la misoginia y en la competencia salvaje. En otro cuento, una histérica familia ceba a un ser monstruoso, pantagruélico, que amenaza con engullir a la indisciplinada prole, como el Saturno de Goya. Los antagonismos de Famulus no se leen, pues, desde un necio realismo periodístico: superponen caracteres de la realidad social empírica, y del mito que recuerdan a las siniestras figuras de los cuentos folklóricos.

La nefasta figura del padre parece ausente, incluso se la rememora con cierta pesadumbre, pero opera desde las sombras, sosteniendo no solo la reproducción del sistema doméstico y la centralidad de la Sagrada Familia, sino moldeando, mediante el chantaje y el terror fundante edípico, nuevos sujetos, nuevos súbditos. A los niños e hijos rebeldes, los encasilla y cosifica y deprime. A las mujeres, busca despojarlas del cuerpo gozoso para convertirlas en frígidos apéndices burocráticos. Pero el poder no es tan rígido y los personajes de Famulus resisten. A su modo, secreto y sigiloso, liquidan al padre (que también habita en ciertas madres despóticas) y devoran sus virulentas entrañas.

Famulus contiene fragmentos de un universo resquebrajado que no demanda un amalgamiento postizo, sino que se afianza en su dispersión, en la iluminación de la ruptura-rotura (“Kintsugi”). Los lenguajes nacionales y la genealogía sagrada no son sus claves; antes bien, Famulus vibra en sus visibles suturas, en sus imágenes parciales que nos incitan a realizar una operación de deseo y muerte. Como primer libro, Famulus muestra a Romina Paredes como una narradora arriesgada, con un mundo propio, con consistentes recursos literarios y con un febril compromiso con la escritura que, confío, producirá una lúcida e inquietante obra futura.

 

 

 

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