Esa ausencia de conformismo: La flor artificial, de Sophie Canal y Christian Félip-Vidal

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Compartimos una lectura de La flor artificial, una novela escrita a cuatro manos por las escritoras francesas Sophie Canal y Christiane Félip-Vidal. Se trata de la reconstrucción de la trayectoria de una poeta surrealista caída en el olvido.

 

Por Félix Terrones*

Dentro de la literatura peruana, a diferencia de otras latitudes, son pocas las ocasiones en que dos autores escriben y firman de manera conjunta un libro de ficción. Quienes conocemos el trabajo de Sophie Canal (1967) y Christiane Félip-Vidal (1950) sabemos tanto de su eclecticismo como de las diferencias de sus propuestas estéticas. Por eso, me intrigó enterarme de que juntas daban forma a la novela que Cocodrilo ediciones ha tenido el tino de publicar hace unos meses. Me daba mucha curiosidad descubrir la manera en que conjugarían sus personalísimas propuestas. El resultado es una novela singular a múltiples niveles, por ejemplo, la heterogeneidad de registros y géneros que abarca —desde el teatro hasta la biografía, pasando, cómo no, por la crítica literaria—; esa cualidad de subvertirlo todo a partir del prisma ficcional que oscurece a la vez que alumbra; y, finalmente, la manera fragmentaria en que se nos presenta la trayectoria de Silvia Li, poeta surrealista caída en el olvido.

Como es evidente, los méritos de La flor artificial no se detienen en su excepcionalidad dentro de nuestro panorama. De hecho, si esta novela es original es, precisamente, por sus vínculos con la tradición literaria. Me explico de mejor modo, La flor artificial se vale de un dispositivo casi tan viejo como el mismo género: el documento encontrado y transmitido por alguien al narrador/autor. Siguiendo el pacto de lectura que Canal y Félip-Vidal nos plantean, ellas son nada más que albaceas de unos documentos que les fueron enviados por una tal Bárbara Román, autodenominada biógrafa y traductora oficial de la malograda poeta. Entre los papeles, encontraron un audio casete en el que la tal Román conversaba con Séraphine le Piège, antropóloga francesa y última amiga de Silvia Li. Así, desde el inicio nos encontramos con dos aspectos que resuenan sin descanso a lo largo de la lectura: el primero, la diversidad de documentos dedicados a la autora de los Mirliflores, acumulados por el azar, antes que reunidos de manera concienzuda en la novela; el segundo, la necesidad de indagar en la vida de dicha artista, aunque apenas se sepa nada de ella y lo que nos quede no sea más que fragmentos, testimonios; en resumidas esquirlas cuentas de un naufragio personal y artístico que, en suma, son lo mismo.

Si hay novelas que sustentan toda su fuerza en un evento —pienso en Santuario de Faulkner—; otras, más bien, en el lenguaje con el que están escritas, La flor artificial debe su capacidad de persuasión al personaje de Silvia Linares. Poeta y dramaturga arequipeña, Silvia Linares viaja hasta París para escapar de la opresiva atmósfera familiar y también para impregnarse de la vida artística e intelectual de dicha ciudad. En ella frecuentará a los surrealistas, desde Breton hasta Éluard, pasando por su compatriota César Moro. Muy pronto, esa perspectiva de una atmósfera enriquecedora revela su verdadero rostro de exclusión por ser joven, mujer y latinoamericana. Después de haber regresado a Perú, es que comienza a desarrollarse el enigma que da paso al personaje rodeado de misterio. La joven cambia su nombre de Silvia Linares a Silvia Li, lleva una vida disoluta para los demás, auténtica para ella, escribe sin descanso y recibe críticas despiadadas. Al final, después de haber sido poeta, dramaturga y revolucionaria a su manera, termina casándose más por resignación que por amor, antes de desaparecer, literalmente, en medio de la selva.

Desde luego, el breve resumen que presento de la vida de Silvia Li sirve más para presentar al personaje que la novela misma. Y es que las autoras han buscado por todos los medios explicar al personaje mediante su disolución, interrogarlo en función de qué tan contradictorios fueron sus elecciones, afectos y, sobre todo, renuncias. Para esto, como ya lo dije, cuentan con la conversación dejada por Séraphine le Piège así como también con distintos documentos como sus piezas teatrales, poemas, apuntes biográficos y críticas. La estructura de la novela, formada por secuencias antes que por viñetas, contribuye desde luego a la fragmentariedad del personaje. Decir fragmentariedad no quiere significar, con todo, arbitrariedad. Los segmentos presentados urden una secreta forma de coherencia a lo largo de la lectura. Quizá, junto con el doblemente sugestivo título, este aspecto sea uno de los más logrados de la novela; es decir, la forma en que se cuenta ahondando en las contradicciones, las paradojas y renuncias. En resumidas cuentas, abrir una flor dispersando sus pétalos sería no tanto desagregarla, condenarla al olvido sino más bien dejarle paso a lo que de verdad importa: el recuerdo en cada uno de sus tanteos, paradojas y acaso mentiras.

Uno de los grandes peligros cuando se trata de ficciones de autores es olvidar lo social, lo político, todos esos aspectos determinantes cuando se trata de perfilar el personaje de un escritor. Además de delinear una personalidad compleja y conmovedora, Canal y Félip Vidal han sabido reconstituir, mediante la imaginación, el panorama literario de su tiempo, con sus pequeñas grandes miserias, esa Lima provinciana y acomplejada, ese remedo de París que se queda con lo esnob pero ni por asomo adquiere cualidad literaria. ¿Qué reuniría a ambas ciudades? La incomprensión frente al huracán que fue Silvia Li, una incomprensión consecuencia del desprecio, la vanidad y displicencia, otra forma de machismo. Al final, poco importa si los textos dejados por Silvia Li tuvieron o carecieron de valor. Es un mérito que las autoras no hayan procurado insistir en la genialidad de la artista pues esto habría participado en la pérdida de contundencia. Lo que importa, más allá de si fue buena o no escritora, no es tanto denunciar como dar forma literaria a las agencias de silenciamiento que se activan frente a un personaje transgresor como Silvia Li. Extranjera en su propio país, cada uno de sus gestos, cada cual más radical que el precedente, se manifiestan bajo su verdadera luz: una estrategia de sobrevivencia en medio de la barbarie más absoluta.

Me emocionó mucho leer las páginas dedicadas al paisaje literario peruano de los años cincuenta. No hemos cambiado mucho, seguimos acostumbrados al mismo tipo de relatos que nos confirman en nuestros valores, que van en la misma dirección de nuestras opiniones. Buscamos la literatura que nos permita identificarnos, sentirnos por un rato un héroe o una heroína de novela, aquejado por la pugna entre lo cotidiano y la necesidad de ser alguien. Por eso, más por falta de empatía que por incomprensión, rechazamos las novelas que divergen un tanto, pues éstas nos proponen una dinámica de extrañamiento — je est un autre, ya lo sabemos— para la que no estamos acostumbrados. Ya ocurrió con la literatura del mismo César Moro, una presencia afantasmada en la novela, antes leída por un puñado de personas que por un público masivo. Lo cual hasta cierto punto es una pena. Sin embargo, hasta tal vez sea mejor así, guardar el secreto, delicado y venenoso, de esa flor que Canal y Félip-Vidal han tenido a bien regalarnos.

 

Tours, noviembre, 2016

 

*Félix Terrones (Lima, 1980). Autor de las novelas El silencio de la memoria (2008, “Mundo Ajeno”) y Ríos de ceniza (2015, “Textual”). Además, es autor del libro de novelas cortas A media luz (2003, PUCP) y del libro de microrrelatos El viento en tu cara (2014, “Nazarí”).  Diversos relatos suyos han aparecido en antologías y publicaciones peruanas e internacionales. Algunos han sido traducidos al inglés y al francés. Doctor en estudios hispanoamericanos por la Université Michel de Montaigne – Bordeaux III (Francia). Editor y antologador de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Colabora con diversos medios europeos y americanos con críticas y artículos.  Vive en la ciudad de Tours (Francia).