Una charla con Carlos Aguirre, el ‘biógrafo’ de “La ciudad y los perros”

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Carlos Aguirre ha trabajado durante dos años en escribir la historia de una de las mejores novelas de Vargas Llosa. (Foto: Luis Rodríguez Pastor)
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El historiador Carlos Aguirre nos presenta una gran investigación sobre el origen y los entretelones alrededor de la primera novela de Mario Vargas Llosa. A continuación una entrevista con el autor de La ciudad y los perros. Biografía de una novela.

 

Entrevista y fotos: Luis Rodríguez Pastor

En julio de este año, el historiador Carlos Aguirre (Talara, 1958) presentó La ciudad y los perros. Biografía de una novela (Fondo Editorial de la PUCP, 2015) en el Centro Cultural de la Universidad Católica. Se trata de un estudio detallado sobre el proceso de redacción, publicación, y recepción de la novela de Mario Vargas Llosa, en el que se exploran diversos temas (la censura franquista, las redes intelectuales y políticas que facilitaban la publicación de un libro, el impacto de revolución cubana, la coyuntura en la cual la novela llegó al Perú, entre otros). Fue imposible abordarlo en aquella ocasión ya que vino a Lima por muy pocos días para presentar el libro y regresó a Estados Unidos inmediatamente. A mediados de agosto regresó y estuvo en Lima algunas semanas, como acostumbra a hacer anualmente desde que se marchó del Perú hace exactamente 25 años. Pudimos entonces dialogar con él en torno a este libro, que marca un nuevo derrotero en su carrera de historiador, reconocida por sus aportes a los estudios afroperuanos, la historia de las prisiones y otros temas.

 

¿A cuántos países te llevó realizar esta investigación y cuánto tiempo le has dedicado?
Consulté archivos y bibliotecas en Estados Unidos, España y el Perú. Me tomó aproximadamente dos años reunir los materiales y leer la bibliografía secundaria, y unos seis meses la escritura de la primera versión. Luego pasé varias semanas haciendo revisiones. Debo mencionar que debido a otros compromisos no se trató de un trabajo continuo, sino que tuve que interrumpirlo en varias ocasiones.

Es un tiempo breve, tomando en cuenta el nivel de artesanía, no solo respecto al tema Vargas Llosa sino a cualquier tema tocado. Hay muchas alusiones a otros libros que no tienen que ver directamente con Vargas Llosa sino con temas editoriales o sobre otros autores. También citas bibliografía muy actualizada. Hay un espíritu balzaciano.
Lo que puedo decir es que disfruté mucho haciendo la investigación, porque había allí algo de trabajo detectivesco. Pero también porque el autor y la novela a mí me resultaban bastante familiares. Me refiero al hecho de que había leído a Vargas Llosa desde muy joven y mi crecimiento y maduración como historiador ha coincidido en el tiempo con su carrera como escritor e intelectual público, de modo que conocía bastante bien los debates e interpretaciones sobre su obra. El contexto en que surge La ciudad y los perros me resultaba asimismo bastante cercano: la Revolución Cubana, el franquismo y la censura en España, el mundo de las editoriales tanto en España como en el Perú, o los debates intelectuales y políticos en el Perú de la década de 1960. Conocía muy bien la bibliografía sobre esos procesos. La redacción del libro fue también un esfuerzo que me deparó muchas satisfacciones, pues era como contar un cuento o escribir una novela policial. No me corresponde juzgar su calidad, pero varias personas me han dicho que lo han leído de un tirón.

LaciudadylosperrosbiografiaMe parece que este es tu libro más redondo, más logrado. Da la impresión que has indagado absolutamente todas las posibles evidencias. Creo que el único documento que no has encontrado es el manifiesto de Berlín, ¿es el único?
No. Hay otros que me hubiera gustado conseguir. No eres el primero en decirme que es el libro que —no sé si es el mejor— se lee mejor, y que tiene un nivel de acuciosidad quizás no presente en otros trabajos. Eso tiene que ver, obviamente, con el tema del libro, porque es una especie de microhistoria, que tiene ramificaciones, pero que está muy concentrado; por tanto, era relativamente más fácil buscar y conseguir los documentos, pues tienes un periodo muy acotado y un objeto muy concreto: una novela y un autor. Por contraste, los libros que hice sobre las prisiones o la esclavitud abarcaron varias décadas e incluso siglos.

Además tenían, en el caso por ejemplo de Breve historia de la esclavitud (Fondo Editorial del Congreso, 2005), una intención sintética.
Sí, es cierto, pues tuve que resumir en menos de 300 páginas una historia de más de tres siglos. En cambio, Agentes de su propia libertad (Fondo Editorial de la PUCP, 1993) cubría un periodo más corto, pero la documentación estaba muy dispersa, y entonces había cosas que necesariamente quedaban en el aire. El tema de mi último libro me permitió —gracias a la ayuda de varios amigos y colegas, incluido tú mismo— explorar prácticamente cada paso detrás de la escritura, la publicación y la recepción del libro de Vargas Llosa. Pero me quedé con las ganas de consultar, por ejemplo, el archivo de la editorial Seix Barral.

¿Se negaron?
Me dijeron que no existía.

Inverosímil.
Es creíble, pero ciertamente sorprendente, que una editorial de esa categoría no haya preservado su archivo. Yo lo considero una verdadera tragedia.

¿No es inverosímil teniendo en cuenta que hace pocos años lanzaron una publicación por sus cien años (2011)?
Esa publicación es bastante sintética. Tiene apenas unas cien páginas y buena parte de ellas son testimonios de autores y editores. Además, incluye un valioso dossier fotográfico. Existen otros libros sobre editoriales que son muchísimo más completos. Por ejemplo, una autora española, María José Blas Ruiz, escribió una historia bastante detallada de la editorial Aguilar que incluía información sobre el proceso de selección e impresión de los libros, así como el catálogo completo de todas las colecciones. El archivo de Seix Barral me hubiera permitido aclarar ciertos aspectos de la historia de La ciudad y los perros que aún permanecen en la oscuridad.  Y ya que estamos en esto, otro archivo que no pude consultar fue el de Populibros, el proyecto que dirigió Manuel Scorza. Recordemos que la edición peruana de La ciudad y los perros fue publicada por Scorza en dicha colección.

¿Has entrevistado a extrabajadores de Populibros?
Sí, hablé con gente que trabajó con él y también pregunté a miembros de la familia de Scorza.

¿Estaban abiertos a compartir la información?
Me dijeron que no tenían nada. La viuda de Scorza, Lily Hoyle, me dijo que no tenía documentos de esa época. Ella era esposa de Scorza cuando se publicó la colección  Populibros. Hablé con ella por teléfono y me dijo que no se habían conservado papeles, pero que tenía datos que preservaba en su memoria. Se ofreció amablemente a conversar conmigo la próxima vez que yo viniera a Lima. Cuando ello ocurrió y llamé a su casa, me comunicaron que lamentablemente había fallecido. Hablé también con Manuel Scorza hijo, quien confirmó la versión de que la familia no había conservado documentación de esa época. Durante nuestra conversación defendió a su padre de algunas acusaciones y resaltó los proyectos que él impulsó, incluyendo Populibros y Periolibros. Pero lo que yo estaba buscando —correspondencia, contratos con autores, etcétera— al parecer no ha sobrevivido. Por ello, las referencias a Scorza y a las ediciones que hizo de Vargas Llosa (Los jefes y La ciudad y los perros) están mayormente basadas en la correspondencia suya con Vargas Llosa y en la de este con otros escritores y amigos.

Hay mucha correspondencia entre ambos. Y Vargas Llosa utiliza las peores procacidades cuando se refiere a Scorza en cartas a sus amigos.
Sí, algunas de ellas están citadas en mi libro. Vargas Llosa acusa a Scorza, entre otras cosas, de no cumplir con el pago de derechos de autor.

LaciudadylosperrosPrimeraedicionLas complicaciones con la negociación de los derechos de la novela se agudizan cuando Vargas Llosa se separa de Julia Urquidi, ya que aparece otro interlocutor al cederle a ella los derechos de autor de la novela.
Sí, la falta de pagos afectaba directamente a Julia Urquidi, de quien Vargas Llosa acababa de separarse y a quien había cedido, como mencionas, los derechos de La ciudad y los perros. La correspondencia permite también reconstruir los entretelones del interés de la editorial Sudamericana por publicar una edición argentina de la novela. Jorge Álvarez había publicado Los jefes en 1965, en una edición no autorizada. Álvarez fue un gran editor y luego promotor de música, pero también era algo pícaro. Tiene unas memorias muy interesantes. Álvarez fue editor de Walsh, Viñas, Piglia y otros grandes autores argentinos, y luego sería productor de Sui Generis, Spinetta, Pappo. Los jefes se publicó sin la autorización de Vargas Llosa, y Scorza y Álvarez se acusaban mutuamente. Álvarez parece que no llega a captar el fastidio de Vargas Llosa y le propone hacer una edición de La ciudad y los perros.

La respuesta de Vargas Llosa es virulenta.
Sí, es cierto. Hay una carta muy dura de Vargas Llosa a Álvarez y entonces se rompió esa relación. Después de eso viene el interés de Sudamericana y el intercambio que hace Francisco Porrúa con Barral: Sudamericana publicaría La ciudad y los perros y Seix Barral Rayuela de Cortázar. La correspondencia de Cortázar me sirvió mucho para reconstruir estos episodios y negociaciones. Al final, Barral no pudo publicar Rayuela, pues la censura exigió cambios que el autor no quiso aceptar, así que en su lugar se publicó el volumen de cuentos Ceremonias (1968), que reunió dos libros ya publicados anteriormente: Final de juego (1956, edición ampliada en 1964) y Las armas secretas (1959).

Rayuela será publicado en España mucho después.
La primera edición española de Rayuela es de 1977, cuando Franco ya había muerto y la censura ya no existía. Cortázar se negó a cambiar una  sola palabra, lo cual revela otra actitud respecto a la censura.

Y un gran compromiso con su amigo Porrúa.
Sí, fidelidad total. Barral quería a toda costa publicar algo de Cortázar. Sabía que tenía ahí una mina de oro, y Cortázar se resistía. En un momento incluso habla mal de Barral por su insistencia en “robarle” algún libro para Seix Barral. La resistencia de Cortázar se vence cuando surge la idea del trueque, que a él le parece más razonable. Más aún, para Cortázar era importante que sus libros circulasen en España, donde no era tan conocido todavía. Rayuela era el libro de Cortázar que obviamente Barral prefería, publicar, pero como dije, al final no lo logró.

¿En algún momento te sentiste como el narrador de Historia de Mayta (1984), aquel que hace la apasionada reconstrucción de un suceso y una época y al encontrarse con algunos de sus protagonistas descubre que casi no guardan recuerdos o estos son borrosos? El investigador tiene más dominio del tema que los propios personajes. A mí me sorprende en especial el caso de Abelardo Oquendo, que es vital para comprender la historia a través de su epistolario, pero creo que no tienes un encuentro con él.
No, porque yo estaba en Estados Unidos, pero le mandé varias preguntas por correo electrónico, y a todas me contestó diciendo que no recordaba. Tengo que mencionar que fue siempre muy amable y atento, pero al parecer no retenía en la memoria esos detalles o episodios.

Nunca tuvieron una reunión personal.
Me reuní con él cuando la primera versión de mi libro ya estaba prácticamente terminada. Lo entrevisté sobre la editorial Mosca Azul, pues quiero incluir esa experiencia en un libro que estoy preparando. No insistí en sus recuerdos sobre la época de La ciudad y los perros porque me había quedado claro que su memoria no le ayudaba.

El mismo Vargas Llosa tenía recuerdos parciales, borrosos o errados.
Por supuesto. La memoria le juega malas pasadas, de modo que algunas cosas que él ha venido sosteniendo no están confirmadas por la documentación que yo he encontrado incluso en su propio archivo. Su versión sobre la historia de La ciudad y los perros suele ser incompleta y, en algunos aspectos, tergiversada.

Daría la impresión que él es una versión oficial de sí mismo.
Sí, sí. Él ha ido…

AguirreLaciudadPOst2Asumiendo las verdades míticas.
Exactamente. Él ha ido depurando una historia que es bastante compleja y se ha ido quedando con los hitos, digamos, más benignos o favorables: el encuentro con Barral, la obtención del premio Biblioteca Breve, la negociación con la censura, la aceptación de unos cuantos cambios insignificantes, y la quema de ejemplares en el Leoncio Prado. Así se puede resumir la historia “oficial” de la novela. La historia, digamos, “secreta”, es mucho más complicada y llena de claroscuros. Él suele reconocer que hubo algo de suerte en su consagración literaria con La ciudad  y los perros —es decir, que no bastaba el talento sino también se necesitaba un golpe de suerte—. Lo que él llama “suerte” yo la transformo en otra cosa en mi libro: redes y contactos literarios y amistosos. En su caso funcionaron muy bien: editores, autores, amigos. Por otro lado, él siempre ha hablado muy bien de Carlos Barral, hay una gratitud que ha sido inquebrantable, eso hay que apreciarlo.

Es parte de la versión oficial.
Claro, pero no todos los escritores son siempre leales a sus editores. Incluso lo mencionó en su discurso de aceptación del premio Nobel. Y por otro lado es cierto: Vargas Llosa le debe mucho a Barral.

Y viceversa.
Por supuesto. Alguien dijo que el premio Biblioteca Breve lanzó a Vargas Llosa pero que Vargas Llosa también lanzó y prestigió internacionalmente a dicho premio y a la editorial Seix Barral.

Pero esa verdad tiene colores. Tú, de alguna forma contribuyes a la desmitificación de muchos aspectos, que no sé si finalmente sean desmitificados porque ya son parte de leyendas. Es como la religión: por más que tengas verdades científicas se cree en otras “verdades”.
Cuando yo empecé a trabajar en este proyecto no sabía que me iba a encontrar con tantas falsedades, medias verdades o mitos. Mi intención era reconstruir la historia del libro, así como se ha hecho con El capital de Marx o el Ulises de Joyce (y no estoy tratando obviamente de establecer ninguna comparación en cuanto a importancia de cada uno de estos libros). Conforme iba hurgando en los documentos del archivo de Vargas Llosa en Barranco, en sus papeles en Princeton, y en el archivo de la censura en Alcalá de Henares, me fui dando cuenta de esas inconsistencias. Al final, reconstruyendo lo que llamo “la biografía de la novela” acabo cuestionando los mitos o las inconsistencias, que es por otro lado lo que solemos hacer los historiadores.

El gran mito de esa novela es la quema de libros.
Sí, porque se convierte en el elemento que redondea el aura de libro perseguido y censurado. La noticia se difunde y contribuye a la popularidad del libro. Incluso se usa en la publicidad, como se aprecia en el aviso que publica el New York Times para anunciar la traducción al inglés.

MVLL_JuliaFoto3Tiene además una resonancia internacional de primer nivel si tomamos en cuenta que Ribeyro llega a redactar en Berlín un manifiesto de protesta por la quema de la novela que firman, entre muchos otros, Borges y Asturias, dos enemigos declarados. Ese es el documento “perdido”.
Es uno de los enigmas de esta historia. El propio Vargas Llosa, cuando le pregunté por ese manifiesto, se mostró sorprendido pues, como me dijo, nadie recordaba el episodio. Y entonces, me dice —y ahí se confunde— que se publicó “en varios lugares”, es decir, en varios medios como periódicos o revistas. Uno de ellos, me dijo, fue la revista paraguaya Alcor: yo ya la había revisado y no había visto el manifiesto; volví a consultarla, y confirmé que no estaba; lo que hay es lo que reproduzco en el libro, una pequeña noticia donde se resume el manifiesto, pero no lo reproducen. Todo indica que el manifiesto nunca se publicó y que no ha sobrevivido ninguna copia. La pregunta es: ¿Qué pasó con ese manifiesto y por qué, según Ribeyro, Vargas Llosa dijo que era preferible no publicarlo? Él mismo me dijo no saber por qué no se publicó.

¿Has indagado en el archivo de la viuda de Juan Antonio Ribeyro? Lucy es la otra cara de la viudez de Julio Ramón, conserva muchos papeles. Si lo pensamos en términos de vínculos familiares, en esa época Julio Ramón se escribía mucho con Juan Antonio (de alguna forma era su rostro en el Perú), y la viuda de Juan Antonio guarda todo lo que dejó su marido.
Es una pista que no descartaría a estas alturas. Yo conocí a doña Lucy y hablamos mucho sobre su esposo y Julio Ramón. Fue muy amable y me mostró, entre otras cosas, unos libros antiguos, que eran los que leía Ribeyro cuando era adolescente, pero no sabía que ella tenía papeles. Sí le pregunté por el manifiesto de Berlín directamente a Alida Cordero, la viuda de Julio Ramón, y ella me dijo que no recordaba haberlo visto entre los papeles que tenía en su casa.

¿Hubieras podido hacer esta reconstrucción sin el epistolario con Oquendo?
Este libro hubiera sido mucho más incompleto sin las cartas de Vargas Llosa a Oquendo o sin la correspondencia con varios otros personajes como José Miguel Oviedo, Sebastián Salazar Bondy, Luis Loayza, Julio Cortázar, y otros.

De todos modos, según me cuentas, en Princeton quedan materiales pendientes que no podrán ser revisados hasta diciembre del 2018.
Sí, por decisión de Vargas Llosa. Los escritores suelen dejar sus archivos depositados en alguna institución, y si hay algo allí que ellos creen que puede afectar la honra de alguna persona o que prefieren que se mantenga en reserva, lo depositan con la condición de que solo se haga público en una fecha tardía, incluso a veces hasta después de la muerte de las personas involucradas. Esto es muy común. Hay algunas cartas que no he podido consultar y que fueron escritas en fechas muy cercanas a los acontecimientos que yo reconstruyo, por lo que no descarto que en el futuro tenga que revisar o matizar algunas de mis afirmaciones. Pero, al margen de esto, quiero subrayar la importancia de la correspondencia de Vargas Llosa para mi investigación. Esas cartas nos ofrecen una dimensión privada y confidencial de muchos de los episodios que intento aclarar. Por otro lado, tampoco descarto que el propio Vargas Llosa haya hecho una poda antes de depositar estas cartas en Princeton.

CarlosAguirreentrevistafoto2Quisiera volver al ejemplo de Historia de Mayta, ya que de alguna forma has creado una novela de la novela, sin usar el lenguaje literario, pero con un ritmo, una narración ágil, y un “narrador” que va testimoniando el desarrollo de su investigación. ¿Tuviste ese nivel de emoción?
Como suele ocurrirnos a los historiadores, hubo sin duda esos momentos que tú llamas de “emoción” y que tienen que ver con el descubrimiento de un documento importante, la confirmación de una sospecha, o incluso el hallazgo de un dato que  desmiente lo que uno mismo creía. Por ejemplo, me ocurrió al leer la carta donde Vargas Llosa le cuenta a Oquendo el encuentro con Barral. Oquendo había publicado algunos fragmentos de esa carta en la revista Hueso Húmero (N° 35, 1999), pero no incluyó la parte más jugosa e incluso comprometedora. Luego, descubrí todo el tinglado de la supuesta prohibición de la novela de Vargas Llosa en España que en Lima Scorza se encargaría de magnificar: eso no se menciona en las historias convencionales de la novela, se había olvidado. La censura española no había aprobado la publicación de la fotografía del Leoncio Prado y requisó ejemplares de la primera edición del libro. Este episodio pasó a segundo plano en la historia oficial, en parte porque eso se resolvió gracias a otra negociación entre Barral y la censura, en la cual Barral se comprometió a eliminar dicha fotografía en la segunda edición. Ese es otro momento de descubrimiento en la investigación: “Aquí había algo que no se sabía”. Y así, en fin, se fueron produciendo hallazgos de diversa índole que me ayudaron a armar la historia, llenar vacíos, desmentir afirmaciones y, si cabe el término, derribar algunos mitos.

Tu libro me recuerda el concepto de Vargas Llosa de “novela total”. Quisiera hacerlo extensivo a investigaciones con niveles extremos de minuciosidad, y pensé en la “historia total”, en el historiador como otro deicida. ¿Existía implícitamente ese anhelo?
Con toda franqueza, no. El concepto de “historia total” es mucho más amplio, y se refiere a la aspiración a cubrir todos los elementos (políticos, culturales, sociales, económicos, geográficos) que ayudan a explicar los fenómenos históricos. Siempre está en la mente del historiador, por supuesto, ser lo más acucioso posible, de modo que hubiera querido agotar todas las fuentes documentales para que no quedase un solo aspecto sin explorar, pero el estado de las fuentes no me lo permitió.  Jorge Moreno Matos sacó una nota muy simpática cuando recién salió el libro, y lo llamó “La biografía total”. Le agradezco el cumplido, pero soy consciente de que el libro tiene vacíos y algunas de sus afirmaciones seguramente serán refutadas cuando surjan nuevas evidencias.

Esta publicación es el inicio de una serie de trabajos que abren otra etapa de tu carrera de historiador: estamos hablando de Vargas Llosa y La ciudad y los perros, pero tienes trabajos en proceso sobre Populibros, Scorza, Mosca Azul. Hasta ahora se te había reconocido como un historiador sobre todo de la esclavitud.
Empecé estudiando la historia de la esclavitud y luego pasé varios años trabajando sobre las prisiones. En este nuevo libro confluyen dos preocupaciones que siempre han estado presentes aunque no les había dedicado una gran atención. Una es la  historia de los intelectuales y la otra es la historia del libro y la cultura impresa. Sobre ambos ya he publicado algunas cosas: el libro Intelectuales y poder (Instituto Francés de Estudios Andinos/Instituto Riva Agüero, 2008) que coedité con Carmen McEvoy, el ensayo sobre Flores Galindo y la cultura impresa (2007), o un artículo sobre Nicomedes Santa Cruz y su presencia como intelectual público (2013). Ahora estoy preparando un libro de ensayos que se titula tentativamente Intelectuales y cultura impresa en el Perú del siglo XX. Y tengo otro proyecto en marcha sobre las relaciones entre los intelectuales y el velasquismo. En algunos casos estas preocupaciones, digamos, nuevas, se cruzan con viejos temas de investigación: acabo de publicar en Chile un ensayo que se titula “La cárcel y la ciudad letrada”, en el que discuto, entre otras cosas, la circulación y producción de libros al interior de las prisiones (y en el que, a propósito, utilizo información sobre libros y personajes que tú y Tito [Rodríguez Pastor] me facilitaron). No he abandonado el interés y pasión por la historia afroperuana o la historia de las prisiones; se trata, en todo caso, de un nuevo desafío, y serán los lectores quienes juzguen si valió la pena embarcarse en ello.

 

Carlos Aguirre ha creado un blog en torno al libro en el que se pueden consultar numerosos documentos e imágenes sobre La ciudad y los perros, además de entrevistas y reseñas al libro recientemente publicado. Para acceder, puede hacer click aquí.

 

 

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