El viaje a la semilla de Gabo: de visita en Aracataca o Macondo, que es lo mismo

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    Llegar a la tierra que inspiró Cien años de soledad es el sueño de todo lector de García Márquez. Nosotros, saliéndonos del contexto de la Feria del Libro de Bogotá, decidimos emprender el viaje a este pueblo ubicado en el norte de Colombia y en el que se respira la obra de su hijo más ilustre entre sus paisanos y calles.

     

    Por Jaime Cabrera Junco, desde Aracataca

    No me ha sido difícil elegir el inicio de esta crónica porque en Aracataca el realismo mágico sigue vivo aun después de la muerte de Gabriel García Márquez. Pienso en esto luego de que en la fuente de soda La Hojarasca la dueña nos contara que hace unos días ocurrió algo digno de un relato de Gabo: una agencia funeraria de la ciudad de Santa Marta cambió las carrozas fúnebres de dos mujeres. A la que debía enviar a Aracataca la llevó a Riohacha y viceversa. “Imagínense la sorpresa de los parientes al ver a una difunta que no les pertenecía”, cuenta doña Yolanda Marcos de Saade, una cataquera –ese es el gentilicio- de 75 años, quien es hija de un palestino que llegó aquí a inicios del siglo XX y vive en la zona que aún se conoce como ‘La calle de los turcos’.

    Mi llegada a Aracataca ha estado motivada, como se entenderá, por el reciente fallecimiento del autor de Cien años de soledad, pero también por ese poder que tiene la literatura que impulsa a los lectores a conocer el escenario real que sirvió de inspiración al creador de sus obras, en este caso el mundo de Macondo que es prácticamente un calco de este pueblo. Eso al menos lo sostienen algunos habitantes de este pequeño municipio, ubicado en el departamento norteño de Magdalena y enclavado en el Caribe colombiano.

    El camino a Aracataca es muy largo si se viene en bus desde Bogotá. Tarda alrededor de 20 horas, pero primero hay que llegar a la ciudad de Santa Marta, capital del departamento de Magdalena, lo cual desde Bogotá demanda unas 18 horas. Luego se debe tomar los buses que se dirigen hacia la zona bananera. Por razones de tiempo tuve que venir en avión desde Bogotá y lo increíble fue que el boleto costó un poco más que el vuelo de Lima hasta la capital colombiana. Es que el Caribe es una zona de mucho turismo y aquí le sacan el máximo provecho a este atractivo que genera jugosas divisas durante todo el año: aproximadamente 3 mil millones de dólares, según cifras del Gobierno.

    El pueblo donde nació Gabriel García Márquez el 6 de marzo de 1927 parece detenido en el tiempo. Esto para el turista resulta tan atractivo como visitar un parque temático sobre Macondo, sin embargo para los habitantes de Aracataca ello genera mucha molestia, puesto que la pobreza y la falta de oportunidades laborales son evidentes. Los hijos de los cataqueros que terminan de estudiar la universidad en Santa Marta buscan trabajo en una ciudad más grande o en el mejor de los casos se van al extranjero. Y el tiempo parece haberse detenido aquí también porque no se vive con la prisa de la urbe, además sus habitantes a pesar de todo suelen estar sonrientes, unos conversando sentados en las puertas de sus casas, otros jugando al billar, y los más ‘pelados’ –como le dicen a los niños- jugando con la libertad que ofrece uno de los pueblos más seguros del caribe colombiano. Y es esa pobreza la que obliga a los más jóvenes a hacer taxi en motos lineales, y fue así que llegué desde la carretera principal a este pueblo de unos 36 mil habitantes.

     

    LA CASA MUSEO GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

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    Ubicada en la calle Monseñor Espejo, la Casa-Museo Gabriel García Márquez es una réplica de la vivienda donde Gabo pasó sus primeros ocho años de vida junto a sus abuelos, el coronel Nicolás Márquez Mejía y Tranquilina Iguarán, así también como sus tías y su hermana Margarita. El espacio no es una copia exacta puesto que no existen los planos originales de la vivienda que fuera el lugar que despertaría más adelante los recuerdos y obsesiones del hijo del telegrafista de Aracataca y que diera origen a Cien años de soledad, ese vallenato de cuatrocientas páginas como alguna vez la llamó su propio autor.

    Y vallenato es lo que hubo en el exterior de este museo, pues el acordeonista aficionado Alonso González Abad llegó desde el departamento de Caldas para ofrecer una serenata en homenaje por la muerte del Nobel. Más garciamarcesca no pudo ser la ocasión porque cuando iban por la tercera canción empezó a caer una intensa lluvia y el cielo se volvió una sustancia gelatinosa y gris, tal como ocurría en el cuento Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Y es que el mundo creado por García Márquez aún se respira en este pueblo donde la biblioteca municipal se llama Remedios la bella, en el que uno de los hoteles fija su dirección en Macondo, y donde se espera con ansias que lleguen un poco de las cenizas de su hijo predilecto para que el turismo despegue y no sea un hecho aislado como ahora.

    El director de la Casa-Museo García Márquez es un joven administrador de empresas de 31 años llamado Daniel López, un cataquero cuyos padres y abuelos nacieron en esta tierra calurosa que en un día ‘fresco’ como en el que llegamos la temperatura bordea los 34 grados. Él nos dice que desde hace cuatro años funciona este museo, cuya entrada es gratuita y forma parte de los proyectos culturales de la Universidad del Magdalena. ¿Qué cambios ha ocasionado la muerte de Gabo?, le pregunto. “El día que murió García Márquez las personas vinieron a dejar sus velas y flores. En esos días la casa recibió un promedio de 600 visitas diarias”, afirma López, quien desde hace cuatro años trabaja en este espacio que atiende de martes a sábados de 8 am a 1 pm, y de 2 a 5 pm, y los domingos solo de 8 am a 2 pm.

    “Ven, quiero que veas algo”, me dice Daniel López y me conduce al auditorio que lleva por nombre Ramón Vinyes, “el sabio catalán” de Cien años de soledad. Allí dentro hay un grupo de niños de entre 8 y 12 años recibiendo clases de teatro. “A ver, hazle una demostración al amigo que ha venido de Perú”, le pide a una espigada niña de ocho años que lejos de avergonzarse saltó entusiasta al escenario. “Desde pequeña me llamaban Remedios la bella, pero eso a mí nunca me inquietaba, eso lo veía como algo taaaaan natural…”, empieza a recitar esta novel actriz. La casa-museo además ofrece talleres para los niños cataqueros, entre los cuales tiene este de teatro, pero también de capacitación para que escolares de 9 a 15 años puedan realizar los servicios de guiado a los visitantes. Y de hecho así ocurrió, pues dos jovencitas nos hicieron el guiado y la explicación por los espacios de la casa entre los que encontramos la oficina del abuelo Nicolás Márquez, la cocina de la abuela Tranquilina, así como las habitaciones de estos y del pequeño Gabito, donde tras su muerte se ha colocado una urna de vidrio en la que los visitantes pueden dejar algunos mensajes escritos como homenaje al cataquero más ilustre.

     

    EL MACONDO REAL EN LAS CALLES

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    “Ojalá que nos toquen unos gramitos de cenizas de Gabo. Allí sí esta vaina cambiaría un poco”, reflexiona Jairo Morelli, nieto de un inmigrante italiano que llegó a Aracataca en 1919 tras la Primera Guerra Mundial y que se afincó en esta tierra caribeña para nunca más volver. La preocupación de Jairo pasa porque él acaba de montar un hotel y solo ha conocido una fugaz prosperidad a las pocas horas de la muerte de su paisano, pues llegaron decenas de periodistas y colmaron su hostal llamado Casa Morelli. Él se ha dado el trabajo de pintar mariposas amarillas en el piso para guiar a los visitantes que llegan al museo en homenaje a Gabo y traerlos de las narices como en el cuento de Hansel y Gretel. La preocupación es razonable porque en ese momento yo era el único huésped del establecimiento.

    Más que reproches hacia el Nobel fallecido encuentro en los cataqueros una ansiedad por aprovechar el momento para impulsar el turismo en este municipio que es tan pequeño que el chofer y boletero del bus que me trajeron no anunciaron que estábamos por llegar a Aracataca y me tuve que ir hasta el siguiente pueblo llamado Fundación, donde tienen su paradero final. Sin embargo, cuando uno recorre las calles de Aracataca encuentra que Macondo está vivo en cada rincón: en los jóvenes jugando billar, en los ancianos tomando aire en sus mecedoras e incluso en la sensualidad de las jóvenes cataqueras, algunas de las cuales podrían pasar por Remedios la bella.

    “Yo creo que Gabo ha hecho suficiente con nacer aquí”, reflexiona otro poblador de Aracataca que cree que el Gobierno debería ayudar al pueblo a salir de la pobreza. Lo que ayudaría mucho sería realizar un circuito turístico que no solo tenga como eje a la casa-museo, pues hay también otros lugares significativos en la vida del Nobel que aún se pueden visitar: la Casa del Telegrafista, donde trabajó su padre; la iglesia donde lo bautizaron; el colegio donde estudió los primeros años de su infancia; la estación de tren, e incluso el río Aracataca, aquel de “aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”, como narra en Cien años de soledad.

    A pesar de estos problemas, que en algunos casos son muy evidentes, los cataqueros no pierden la alegría y amabilidad con los visitantes de afuera, sobre todo de aquellos que quieren conocer el lugar donde nació Gabriel García Márquez, el hijo de telegrafista de Aracataca, que aunque solo pasó sus ocho primeros años de vida aún lo recuerdan como si no hubiera muerto. “Los dos quijotes de Aracataca”, se lee debajo de en un dibujo en el que aparecen Gabo y Leo Matiz, un talentoso fotógrafo cataquero diez mayor que su paisano escritor. “Como para que vean que Aracataca ha parido hijos ilustres”, me dice Jairo Morelli riendo. Definitivamente Aracataca tuvo quien le escriba.

     

     Vea aquí más fotos de nuestro recorrido por Aracataca

     

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