El individuo radical: «El camino de Ida», de Ricardo Piglia

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En su más reciente novela, el escritor argentino Ricardo Piglia nos presenta, bajo la forma de un policial, una historia en el que el autor, a través de su alter ego Emilio Renzi, reflexiona sobre la literatura y realidad. Presentamos un análisis de El camino de Ida, obra ambientada en un campus universitario de Estados Unidos.

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Por Rómulo Torre Toro

Nadie necesita menos fórmulas de presentación que Ricardo Piglia. Poco aportan las listas de novelas y fechas, mucho menos el lugar de nacimiento y las noticias sobre su vida. Resulta más pertinente señalar que Piglia es, ante todo, un gran lector. Un lector que entiende su actividad como el desciframiento de misterios y significantes. Piglia es también un escritor, de esos que escriben para conocer, porque el conocimiento no es, en palabras de Juan Villoro, la condición de la escritura, sino una de las formas que adopta. En ese sentido, leer y escribir son las dos caras de una misma moneda. Eso lo sabemos todos, o lo intuimos, pero nadie ha hecho, como Piglia, una poética de esta relación. El camino de Ida (2013) es la continuación de este modo de entender la literatura –y en ese sentido, es el retorno del mejor Piglia–a la vez que una invitación a reflexionar sobre los peligros de una realidad en la que el individualismo exacerbado conduce a la radicalización: de la acción política, de las lecturas, de la inteligencia.

El camino de Ida, como las anteriores novelas de Piglia, está concebida como una investigación, es decir, como la búsqueda de sentido en medio del caos, de orden en medio de la dispersión. Una constante que, en este caso, tiene un rasgo adicional: el viaje. Emilio Renzi, el doble de Piglia, ha encendido el piloto automático al mejor estilo del Hans Schnier,de Heinrich Böll. Se ha separado de su mujer, se ha estancado en la escritura de un libro sobre W. H. Hudson, escritor británico nacido en Argentina, y se ha alejado del mundo porque, en cierta manera, el mundo se ha alejado de él. Así le llega una invitación para enseñar en una “elitista y exclusiva” universidad norteamericana que acepta casi por indulgencia. Entonces irrumpe Ida Brown. Una mujer que lo seduce, lo sumerge en una vida clandestina, y que aparece muerta en su auto una tarde al salir del campus universitario. Aquí termina el viaje sentimental y empieza otro, el viaje detectivesco. En ese punto se produce, palabra clave, el cruce.

En Respiración artificial y en Blanco nocturno detectamos un aspecto común. Ambas novelas son el resultado del encuentro –o, repito, cruce– de varios géneros, como el histórico o el epistolar, enmarcados en una estructura policial que se excede a sí misma. Uno de esos excesos que festejaba Borges en los escritores irlandeses por renovadores. En esta última entrega, Piglia ensambla el relato íntimo al relato de la conspiración sin que esto signifique subordinar alguno al otro. Todo lo contrario, leemos ambos simultáneamente, superponiéndose en todo momento. Pasamos del registro de los estados de ánimo de Renzi, y su deambular por las calles del pueblo, a la paranoia de la persecución policial, los interrogatorios y la incesante sucesión de teorías sobre Thomas Munk, con la misma facilidad con la que se mueve cualquiera por un terreno bien nivelado. Si bien cada uno responde a lógicas distintas (mientras que el relato sentimental funciona como una acumulación de inconexos hechos anecdóticos, característica más cercana al diario, la historia de la conspiración sigue una dirección invariable cuya única interrupción es la vida del personaje), pronto descubrimos que su relación es mucho más profunda.

IdaPost2Detengámonos ahora en los otros dos personajes de la novela, Ida Brown y Thomas Munk. Ambos lectores, ambos radicales y ambos inclinados a la clandestinidad, aunque de forma distinta. Munk es el hijo genial de una familia de inmigrantes polacos, matemático, “mortalmente serio” y extraño para quienes lo rodean. Por lo tanto, un solitario. Es un tipo lúcido que anticipa los riesgos de la sociedad tecnológica y del desarrollo mercantil de la ciencia. Estas reflexiones lo conducen, primero al retiro y, luego, a la acción.Tránsito poco usual en Piglia: sus personajes, desde Tardewski hasta Luca Belladona, suelen permanecer aislados, como protegiéndose de la realidad, y al mismo tiempo elaborando teorías e imaginando soluciones a los problemas que deben enfrentar. Nunca dan ese pequeño pero importante paso. Son personajes, como Munk, desmesurados, pero se mueven en el terreno de la especulación, en la paranoica interpretación de signos. Optan por la ficción. Al hacerlo, la realidad golpea más fuerte y el fracaso de todo proyecto y la pérdida de la esperanza son el efecto inmediato. Munk también elige la ficción, pero decide golpear primero.

Por su parte, la vida de Ida Brown se parece a un campo minado. Resulta imposible evitar la sorpresa de la explosión, imposible evitar el dolor. Profesora de literatura especializada en Joseph Conrad, es la trasgresora feliz que envuelve en una relación secreta a Emilio Renzi. Es la intelectual que se ha construido una imagen dura frente a sus colegas. Es la muerta en extrañas circunstancias que tiene una mano quemada. Su muerte está tan plagada de vacíos como su vida. Tanto que, al final, Renzi descubre su relación con Munk. Su historia ha quedado desperdigada como los restos de un bombardero derribado. Sin embargo, deja una clave para entender su desaparición, así como la de varios científicos en varias partes del país. Renzi encuentra un ejemplar de El agente secreto subrayado por Ida Brown. La lectura del libro traza un mapa de las ideas de Munk y proporciona una base a sus acciones. Es una lectura que escribe el futuro inmediato, el futuro en el que el hijo de inmigrantes polacos actúa. Y mata. Después Renzi descubre que la novela de Conrad es la favorita de Munk. Así se va resolviendo el relato detectivesco, a través de la interpretación de las lecturas de otro que genera, en la realidad, nuevas relaciones.

La instancia que emparenta a Renzi, Munk y Brown es la lectura. A su vez, hay dos rasgos que definen esta instancia: a) la investigación, como ya he mencionado, y b) el bovarismo. La primera idea supone interpretar. Construir la realidad a partir del sentido que se obtiene. Los personajes de Piglia realizan, como diría, una vez más, Juan Villoro, una lectura privada. O sea, construyen un sentido para sí mismos. La segunda idea se asocia con el exceso. Los personajes hacen lo que leen. La lectura de ficción es el antídoto para la realidad, el espacio donde lo pragmático pierde su lugar y da paso a la plenitud. Ahora bien, Thomas Munk no se queda en esa simple oposición, Thomas Munk es mucho más radical: “En el páramo del mundo contemporáneo, sin ilusión y sin esperanzas, donde ya no hay ficciones sociales poderosas ni alternativas al statu quo, había optado –como Alonso Quijano– por creer en la ficción” (pg. 232). El tránsito definitivo es actuar, dejar las palabras y pasar a los hechos reales, afirma Renzi.

PigliaPost3La lectura es una actividad para solitarios. Es imposible que ocurra de otro modo. El impacto de ese hecho, en algunos casos, puede alcanzar a la sociedad. En la sociedad norteamericana, según la imagen que brinda la novela, la atomización es la marca de fuego, la normalización de la vida es el ideal y la súper especialización universitaria es un modo de control. El individuo está solo. O, si se prefiere, en bloque: todos tienden (o pretenden, que es distinto y peor) a ser iguales. Los mecanismos de conservación social apuntan a borrar las anomalías y las disidencias. Salir de este panóptico gigantesco solo es posible ingresando en la marginalidad. Cuando Renzi, por ejemplo, se va al oeste para saber qué tipo de conexiones hubo entre Ida y Munk,conoce en la ruta las historias mínimas de sujetos que prefirieron el anonimato, habitantes comunes de un país inmenso para el que no existen. Conoce su locura, su necesidad de convertirse en parias y la sutil violencia a la que estuvieron expuestos en el mundo oficial y luminoso. El viaje es la condición que hace posible la investigación, es decir, rastrear las condiciones que generaron un problema. Conocer es siempre un viaje, un desplazamiento no solo físico, sino también intelectual.

En el caso de Munk también hay un camino hacia el margen. Se aleja de los círculos académicos y se recluye en una cabaña en la que está dedicado a la reflexión y a la lectura. Durante ese tiempo, vive con lo justo, sin lujos, sin distracciones. Luego, decide salir y actuar. Pero incluso en esta aventura se muestra lúcido: no aspira a crear un movimiento organizado, sino a actuar como un Prometeo violento que busca unos pocos individuos pensantes. Con eso basta. No hay organización posible en una sociedad sin “grandes esperanzas” y en la que no hay aprendizaje posible: cualquier crítica, al estrellarse contra algo más que unos cuantos colegas, es reducida al desvarío psicológico. Munk es, no lo perdamos de vista, un desesperado. La imagen terrible de una sociedad futura lo lleva a extrañarse de sí mismo y de los demás, a pensar desde afuera, desde los límites de la sociedad. Se exige a leer desde esta postura, buscando la clave que le permita no solo entender su realidad, sino que le proporcione una clave de acción política. Pero sin dejar de ser, siempre, un sujeto solitario, aislado. Ese es el punto de partida de su radicalización.

 

 

*Rómulo Torre Toro (Lima, 1987). Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado reseñas y cuentos en la Bitácora de El Hablador y Germinal (Actualidad, política y cultura).
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