“El arte antiguo de la cetrería”, de Paul Baudry

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Baudry radica en Francia Es doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de La Sorbona. Su tesis de doctorado sobre Julio Ramón Ribeyro ha recibido el Premio Piedallu Philoche (2016) de la Cancillería de las Universidades de París.
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Presentamos una reseña del libro de relatos “El arte antiguo de la cetrería”, del escritor e investigador peruano Paul Baudry.

 

Por Luis Hernán Castañeda*

Paul Baudry tuvo que atravesar por lo menos dos países antes de llegar a la literatura. En su ficción Perú y Francia entablan un duelo de tensiones, simetrías y tal vez amalgamas que se verifica en cada relato de El arte antiguo de la cetrería (Lima: Peisa, 2017). Segundo libro de Baudry, el texto se compone de cuatro relatos largos que no llegan a ser novelas cortas pero que se despliegan en secciones y capítulos, buscando menos el desarrollo de una trama o la exploración de un personaje que la evolución de una minuciosa serie de contrapuntos. Si bien Baudry nos hace recorrer distintas ciudades y países, uno de los centros de gravedad del libro es la propuesta de un mapa extrañado, fragmentado y muy personal, de un Perú imaginado a partir de la literatura nacional y mundial, los chismes más coloridos de la farándula política, el espejo deformante de los medios de comunicación y el pozo de la cultura popular –sobre todo del humor–; en suma, un Perú vivido desde adentro, espiado desde afuera y soñado hasta el delirio por un narrador bicultural y asentado en las orillas. Un escritor “orillero” que reinventa, desde su afuera particular, a ciertos íconos de la cultura peruana oficial: políticos, escritores, científicos, militares, esos “grandes hombres y mujeres” que le sirven al escritor para contarse y contarnos una historia paralela, a veces sacrílega y casi siempre graciosa. La mirada de Baudry se manifiesta en un estilo volátil, una prosa de apariencia clara y formal que de pronto rompe un brusco peruanismo –el español de María Reiche, personaje de un relato, está chancado por el alemán–, una expresión francesa, o parodias del español cubano y rioplatense. Estas irrupciones no son gratuitas, como nada lo es en el libro, sino que responden al contexto en que se ambiente el relato.

El aire es sin duda el motivo central. Los aviones, los viajes y las fronteras están presentes en todos los relatos, que son ellos mismos como aves de presa. El viaje es primero interior, una vuelta a los traumas personales y colectivos, como ocurre en el relato inaugural: “El arte antiguo de la cetrería”. La disparatada trama está llena de una comicidad sutil que se regocija en algunos hechos grotescos y hasta monstruosos: deformado por un brutal accidente sufrido en la niñez, Sandro Sandoval es un perito del Ministerio de Salud que investiga la extraña muerte de decenas de palomas en una inmunda pajarera de la Casa del Pueblo. Acosado por el espíritu de Haya de la Torre, Sandoval recuerda a su inaccesible padre, un hacendado bastante cercano al fundador del APRA. Sintiéndose culpable por tantas ausencias, el oligarca le regala un halcón: el mortífero Rayo de Plata, respecto del cual el relato no oculta su intención simbólica: el ave de rapiña es padre sustituto y también arma, cifra de una masculinidad autoritaria y distante. El secreto de la relación entre Haya y Sandoval, metáfora del pacto corrupto entre la política y el dinero, desencadena una historia de pasión y violencia, asesinato y venganza, que pesa sobre el protagonista como la historia nacional sobre nosotros. Este ir y venir entre la memoria y el presente se transforma, en “Miniatura de la muerte”, en una travesía entre Hollywood y Nazca, el arte y la ciencia, y la realidad y el sueño. Aquí no encontramos un halcón sicario sino una avioneta maltrecha que sobrevuela el alfabeto de las pampas nazqueñas. Baudry imagina un diálogo literario entre Ray Bradbury, el autor estadounidense de Crónicas marcianas, y Reiche, la científica peruana de origen alemán que dedicó su vida a descifrar las líneas de Nazca. Diálogo que, como en el primer relato, bulle de enigmas y culpas, pues tanto el narrador como la arqueóloga tienen vergüenzas que ocultar: una influencia vecina al plagio en el primer caso, un pasado político más que cuestionable en el segundo. Un lugar los une: Nazca/Azcán, desierto real e imaginario, periférico y extraterrestre, que destaca como una de las provincias más creativas del Perú recordado, fantaseado y reconstituido por Baudry, quien aprovecha aquí su apellido para verse reflejado –contenido– en Bradbury.

“La guerra de los langostinos” se aleja del Perú pero no de una de las fórmulas que explican el conjunto del libro: “En el arte antiguo de la cetrería todo está en adiestrar a otro para que se cierna sobre un tercero” (15), afirma Haya en el primer relato. El tercero cumple esta regla y tampoco abandona el contrapunto, la política y la paternidad. Los militares franceses que lucharon contra los independentistas en la Guerra de Argelia, grupo con sus propios maestros y discípulos, establecen con sus pares argentinos ocupados en desaparecer opositores durante el Proceso lo que se podría llamar “un neocolonialismo del terror”. Cansada de influirnos con su literatura, Francia le enseña a Latinoamérica el perverso método de los langostinos, una sofisticada y hasta poética manera de aniquilar al rival convirtiéndolo en una sirena que vuela por los aires. Un chiste de torturadores, podría decirse. La tranquilidad del hogar burgués no es, precisamente, la situación narrativa favorita de Baudry. Modelo de escritura precisa, el siniestro “La guerra de los langostinos” tiene el mérito de extender los dominios literarios del libro, que aspira así a un vuelo global; sin embargo, presenta personajes quizá menos convincentes que los de los dos relatos peruanos. El último relato, “Historia de una rana”, se desplaza a Londres y ofrece un personaje muy bien delineado, Rana de Carrington, la inescrupulosa viuda del escritor mexicano –ficcional– Rodolfo de Carrington. Parodia de una heroína de telenovela, Rana es una caricatura que el narrador se complace en esbozar con malicia, tendiéndole una trampa al lector. Rana es una chica pobre que sueña con casarse con un escritor famoso. Una vez que lo logra, se hace mercader de arte y concibe un plan que retoma los motivos de las simetrías y el adiestramiento, ahora en clave de farsa. El resultado parece ser un aparatoso bodrio que jamás alzará vuelo, pero que sí le da al autor la oportunidad de manipular la focalización. El final del relato gana un gran interés por el juego de perspectivas.

En resumen, estamos ante un libro prolijo y riguroso, de concepción inteligente y realización plena. Su carácter literario y claramente artificial, en el mejor sentido de la palabra, se manifiesta en el gusto por reformular modelos clásicos como el de la novela de aprendizaje, aunque siempre de maneras inesperadas y hasta extravagantes que no rehúyen los momentos polémicos. Para explicar este último punto, quisiera detenerme en una cita de “Historia de una rana”: “Los tubos metálicos, amarrados con una soga, eran huecos como las cañas de una zampoña” (140). La analogía entre el instrumento musical de viento y la “obra maestra” de la ambiciosa Rana de Carrington devuelve al lector peruano a su país, nos devuelve a cierta experiencia compartida y a algunos temas infelizmente nuestros: la pobreza y el ingenio, la carencia y la informalidad. La imaginación técnica que Beatriz Sarlo les atribuía a los personajes de Roberto Arlt, solo que aplicada aquí sin ninguna pericia. Ante todo esto no espera Baudry de su lector una risa irreflexiva sino una sonrisa crítica, quizá también algo triste. Trabaja con materiales peligrosos, ya que la representación cómica de un personaje como Rana podría ser problemática fuera de un marco íntegramente carnavalesco, como es el que nos propone El arte antiguo de la cetrería. En este mundo insólito, nadie se salva: ni los artistas ni los burgueses, ni los monarcas ni los próceres. Como advierte el epígrafe, el “vicio”, el “ocio” y la “gala desenfrenada” (5) no conocen límites. Por todo ello, el tragicómico espectáculo de un hombre “que no se levanta un dedo del suelo” (5) en su intento de volar contiene quizá la lección más duradera de este excelente libro.

 

 

*Luis Hernán Castañeda (Lima, 1982). Ha publicado los libros Casa de Islandia, Hotel Europa, Fotografías de sala, El chamán y la sacerdotisa, El futuro de mi cuerpo y La fiesta del humo.

 

 

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