Eduardo Berti es hijo de un rumano emigrado a Argentina durante la Segunda Guerra Mundial. (Foto: archivo del autor)
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Es un escritor de perfil bajo, pero su obra es valorada no solo en Latinoamérica sino en Europa,  donde ha publicado en sellos como Impedimenta. Eduardo Berti, narrador y periodista argentino afincado en Francia, nos da a conocer en esta charla su propia mirada sobre su obra que es considerada original e innovadora.

 

Por Jim Anchante Arias

Aunque en el Perú su obra aún no ha sido difundida como se merece, Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964), es un escritor de reconocida trayectoria en el ámbito internacional.  Tuve la oportunidad de leer algunos de sus libros durante mi estadía en Burdeos (Francia), ciudad en la cual el autor radica desde hace un par de años. Allí también tuvimos esta entrevista en la que conversamos de su labor como escritor y de su visión de la literatura. A continuación, algunas de esas palabras.

 

El primer libro que publicaste tiene como tema el rock y, específicamente, la obra de Luis Alberto Spinetta. Háblanos acerca de este primer proyecto tuyo.
Fue un libro de estructura bastante simple. Hicimos una serie de entrevistas a lo largo de tres meses con Spinetta. En cada entrevista abordábamos, cronológicamente, uno de sus discos. Hablamos de su vida, pero el centro del libro es sobre todo su obra musical y las letras de sus canciones. A eso yo le añadí otras entrevistas y mi visión personal. Un año después, en 1989, publiqué un segundo libro: un ensayo en torno a lo que en Argentina se llama rock nacional y que ha tomado elementos propios –como el tango– combinándolos con la influencia de los Beatles, la cultura hippie o los instrumentos eléctricos de posguerra. El rock argentino es una expresión musical que ha ido más allá del rock, algo parecido a lo que ocurrió en Brasil con el “tropicalismo” de Caetano Veloso y Gilberto Gil. Fue parte de la resistencia a la dictadura, por ejemplo. Y sus raíces locales se manifiestan claramente, por ejemplo, en la obra de León Gieco, Litto Nebbia, Charly García, Mercedes Sosa o Fito Páez.

¿Cómo empezaron estos proyectos?
En mis inicios, yo quería escribir y meterme en una redacción periodística. Ya venía asistiendo como alumno a algunos talleres narrativos desde tiempo atrás. Pero también quería hacer periodismo. Era una época en la que había más prestigio en las redacciones periodísticas y no era raro toparse con escritores. Empecé a mediados de los años 1980 en revistas independientes como El Porteño, que fue muy crítica en los últimos años de la dictadura. Luego trabajé en un periódico que en su momento fue muy renovador: Página 12. Allí compartí redacción con escritores como Osvaldo Soriano, Juan Gelman, Miguel Briante, entre otros; de ahí también surgieron escritores más jóvenes como Rodrigo Fresán o  Alan Pauls. Fue un diario que marcó a la cultura argentina. Yo tenía 21 años y me di cuenta de que, para hacerme allí un hueco y poder escribir, me quedaban dos opciones: hacerlo sobre deportes o sobre rock, ya que casi nadie quería hacer estas dos cosas. En cuanto a los deportes, porque obliga a trabajar los domingos; en cuanto al rock porque los mayores sabían poco de eso. Como yo ya estaba escribiendo de rock en algunas revistas, esta fue una ventana de ingreso. Con el tiempo, sin embargo, fui ampliando los temas: cultura, literatura, música popular. En esa época entrevisté a artistas como Laurie Anderson, Paul Simon, Astor Piazzolla, Roberto Goyeneche, Celia Cruz, B.B. King o Rubén Blades.

 

EL PRIMER NARRADOR

eduardoberti2¿Y cuándo empezó tu labor como narrador?
Desde mucho antes. Yo escribía desde que iba a la escuela. A los ocho años escribía una especie de historieta que leían mis compañeros… El interés por la narrativa lo tuve desde siempre. Mis dos tías eran maestras de literatura y en su casa había infinidad de libros. Yo leía y escribía bastante. Pero escribía para mí, no me animaba a mostrar nada. Mi primer libro de narrativa lo publiqué a los 30 años.

Háblanos de tus referentes en esos años de tu formación como escritor.
En los últimos años de la escuela leía a Cortázar, Chejov, Kafka u Horacio Quiroga, además de mis muy primeras lecturas de Borges, Poe o Dickens. Luego vinieron lecturas más personales: mi segundo encuentro con Borges, Bioy Casares, Silvina Ocampo. También leí mucha literatura italiana en su momento: por esos años estudié en el taller  literario de Antonio Dal Masetto, quien me hizo conocer a Pavese, Vittorini y varios más. Poco a poco seguí haciendo descubrimientos fundamentales. De los norteamericanos, Henry James, Hemingway, Faulkner; de los franceses. Flaubert, Maupassant, Proust… Me movía entre los clásicos y cosas más contemporánea: Nabokov, Salinger, John Cheever y otros escritores norteamericanos.

Tu primer libro de narrativa se titula Los pájaros. Hay dos aspectos que, entre otros, me llamaron la atención: la atracción por la intriga, lo misterioso de algo; y escenarios como casas y barrios desolados.
Cuando escribí Los pájaros me interesaba la idea de lo siniestro, de lo extraño en un ámbito cotidiano, de lo inquietante dentro de lo familiar. Un amigo me dio a leer el texto de Freud sobre “Lo siniestro” y algunos cuentos de Hoffman; textos que me dieron pistas en un momento de mucha dispersión. Poco a poco los cuentos se fueron organizando porque había patrones que se repetían y se combinaban bien. En cuanto a lo que has señalado de las casas y los barrios desolados, soy menos consciente… No sé…. Como he crecido y vivido sobre todo en grandes ciudades, supongo que siempre tuve una especie de fantasía en torno a los lugares desolados. Me he permitido imaginar lugares más pequeños o marginales que una gran urbe; es más un ejercicio de imaginación.

En Perú desde hace algún tiempo se ha puesto de moda el microrrelato. Este tema se puede relacionar con tu estilo sobrio y sencillo, donde destaca la brevedad.
Lo breve y lo fragmentario son dos cosas que definen mi forma de escribir. No tiendo a lo barroco ni a lo rebuscado. Me identifico más con autores como Flaubert o Virgilio Piñera: las frases breves, el enunciado claro, aun cuando la historia no sea simple ni obvia. Escribí un libro de microrrelatos antes de que estos se pusieran de moda. Se trata de La vida imposible, que acaba de reeditarse hace pocos meses. Por supuesto, por entonces ya estaban sentados los grandes antecedentes del género, incluidos Monterroso, Arreola o Marco Denevi. Sin embargo, aún se veían como autores o casos aislados, y sus textos se ubicaban en cierta marginalidad. Creo que en las dos últimas décadas se empezó a tomar realmente conciencia del acervo de la microficción. En cuanto a lo breve o fragmentario, pienso que es algo que en mis libros va más allá del género cuento. Incluso mis novelas presentan ese estilo: La mujer de Wakefield, por ejemplo, está hecha de formas y episodios breves. Eso condiciona el punto de vista y la respiración del texto.

La vida imposibleBerti¿En qué medida sugieres esto de lo fragmentado?
En el uso de elipsis o cortes. En que siempre hay una continuidad ni una unidad de espacio-tiempo. Hablando en términos de cine, hay secuencias más breves, saltos temporales, cambios de focalización. Nada nuevo, en realidad. Creo que muchos escritores tienen esta una forma de ver y de contar el mundo. La novela clásica está más asociada con el teatro; en cambio, hoy vivimos una época de zapping y velocidad, que no excluye los peligros de la distracción o la frivolidad. Yo creo que toda novela busca dar unidad a aquello que parece ser dispersivo y caótico; me parece que eso es lo fascinante de escribir novelas o hacer cine: dar forma a un mundo cada vez más disperso y caótico.

En cuanto a los escenarios, novelas como Agua (1997) y  La mujer de Wakefield (1999) no están ambientadas en espacios argentinos, sino extranjeros.
Así es. En el caso de Agua, para mí fue como fundar Troya: tuvo varias escrituras, existieron varias Agua. Con ella aprendí a escribir una novela (si es que lo aprendí…) desechando versiones malas. O, en todo caso, peores que la que finalmente publiqué. Por entonces, yo no había salido mucho de Argentina. Tan solo un viaje importante: a Francia por asuntos de familia. Cuando busqué dónde ambientar Agua, la historia me imponía un lugar europeo por el asunto de lo gótico decadente y de los castillos. Pensé en España, pero se me planteaba un problema muy fuerte: cómo iban a hablar los personajes, qué iba a hacer yo con toda la lengua y la tradición cultural de España. Por eso pensé en Portugal. En un Portugal algo impreciso, que sirviera de no-lugar para mis intenciones. Aquello me liberaba: me permitía tomar elementos verdaderos y combinarlos o alterarlos con cierta libertad. Esto de mezclar cosas reales con ficticias lo llevé al extremo en mi última novela: El país imaginado, que está ambientada en una China más o menos imaginaria. En lo que respecta a La mujer de Wakefield, me documenté mucho: tenía mapas de Londres, leí novelas históricas, leí libros de historia, pero también traicioné con enorme libertad. Imaginé mucho. En realidad, nunca intenté escribir una novela histórica ni de reconstrucción de época. Me documenté y luego traicioné.

 

 

SOBRE LEJANÍAS Y ACERCAMIENTOS

En El país imaginado (2011), te vas hasta el otro lado del mundo. Es una novela ambiciosa, pues habla de una cultura tan alejada a lo nuestro como China.
Hay un cuento chino donde le preguntan a un pintor qué es más fácil de pintar, un perro o un dragón, y él dice que un dragón porque nadie lo ha visto nunca. En otras palabras, quien pinta un dragón tiene más libertad porque, ponga lo que ponga, se lo van a creer siempre que esté bien construido, que suscite la ilusión de un dragón. Lo mismo vale para “mi” China; a un occidental que nunca ha estado en China yo le puedo vender un dragón. Pero otra cosa es con un lector chino, que he tenido ya docenas de dragones en su casa (risas).

En El país imaginado, de todos modos, China es un marco, una excusa, un punto de partida singular para hablar de cosas universales: amor, vínculos entre padre e hijos, etc. También me interesaba la idea del otro y de “lo otro” en todo sentido: otra época, oto país, otras costumbres, otro sexo (la narradora en primer persona es mujer), otra edad (lo escribí a los 41 años y la narradora tiene 14 cuando se producen los hechos que narra), pero todo eso lo fui entiendo más y más a medida que iba escribiendo. En el fondo, creo que escribo libros para ir conociendo por qué los escribo. En el caso de El país imaginado, el desafío pasaba por plasmar una novela más sensible que las anteriores, aunque manteniendo un punto de vista no solamente realista, sino también imaginativo. Tengo un serio problema con el realismo mimético, con el realismo más llano. No me entusiasmo mucho, en general, salvo notables excepciones.

En tu obra hay giros fantásticos, pero me queda la idea de una escena creíble o verosímil, más allá de lo fantástico o sobrenatural. Hay, entonces, una diferencia entre verosimilitud y realismo.
Bueno,  para escribir El país imaginado, por ejemplo, trabajé con una amiga china en torno a lo verosímil. Nos reuníamos. Yo le iba leyendo tramos de la novela. Y lo que me interesaba era que ella me dijera, sobre todo, si le sonaba verosímil. Para que ese mundo con sus anomalías o elementos fantasiosos fuera creíble, como dices tú. Para que tuviera una coherencia interna.

 

Berti fue editor de la sección Cultura del diario Página 12 entre 1987 y 1992.
Berti fue editor de la sección Cultura del diario Página 12 entre 1987 y 1992.

 

BORGES Y LAS SOMBRAS

En Perú, salvo excepciones, quien empieza una carrera literaria suele tener como referente a Vallejo en poesía y a Vargas Llosa en la novela. Cómo es tu relación con Borges.
Hay que pensar que muchos lectores europeos (incluso algunos críticos europeos) solo leyeron a fondo tres escritores argentinos: Borges, Cortázar y un tercero más que no siempre es el mismo. De manera que, al toparse con un escritor argentino que a veces echa mano, por ejemplo, a elementos fantásticos o a cierto extrañamiento, enseguida ellos piensan en sus dos referencias: Borges… o Cortázar. Pero si el mismo lector estuviera leyendo a un joven italiano, probablemente pensaría, en cambio, en Calvino o en Buzzati. Yo no reniego de Borges, sería estúpido hacerlo. Al contrario, me parece uno de los grandes escritores del siglo XX. Aunque sé que existe el peligro de las simplificaciones.

Pero de todas maneras es un peso que existe.
Es un peso y una bendición, pues tienes una exigencia de calidad en Argentina y en la literatura en español. Yo no creo en las literaturas nacionales, pero la idea sigue vigente en muchas cabezas, no hay dudas. Gracias a Borges o a Cortázar, que son autores de “vuelo internacional”, un escritor de Argentina va a estar más liberado que un autor de, digamos, Tanzania. Me temo que muchos lectores buscarían en un libro de un auto de Tanzania más información sobre “cómo es Tanzania” que sobre cómo es este autor en particular. Estoy hablando de cosas ajenas a la literatura, lo sé, cosas ligadas al consumo de libros. Pero estamos presos de todo esto: cómo se aborda un libro a costa del propio escritor. El azar quiso que tal escritor haya nacido, por ejemplo, en Argentina y no en Uruguay.

Creo que a partir de los años 90 el peso de Borges se fue haciendo menor que en generaciones anteriores. Menor o más relativo. Por ejemplo, el caso de Piglia: para salir de las dos alternativas existentes (imitar a Borges o matarlo) Piglia propone una alternativa donde se puede reconciliar a Borges con Artl o con Gombrowicz o con otras tradiciones que parecían imposibles de congeniar. Ya hay varias camadas que han leído a Borges combinándolo o mezclándolo con tradiciones muy distintas: desde el Pop hasta el Nouveau roman. Todo ello libera la tradición pura. Lo bueno es que la obra de Borges, tan rica, parece congeniar bien con todo. Algo parecido ocurre con Nabokov. Son dos escritores que nos siguen hablando: no se trata de una tradición muerta.

En Perú la literatura fantástica ocupa un espacio más ceñido. El caso de Argentina es distinto: su tradición es muy amplia. Qué nos puedes comentar sobre ello.
He leído varias teorías. La de Carlos Fuentes, por ejemplo, quien habla de una Buenos Aires fundada dos veces en el mismo lugar, casi como si la primera no hubiera existido. Ello ya se presta para la fantasía… Es posible también pensar que la Argentina fue fundada un poco fantásticamente, a diferencia de lugares come México o Perú donde subyace una fuerte raíz indígena. Hablo sobre todo de Buenos Aires o del triangulo de lo fantástico Buenos Aires – Rosario – Montevideo, de esa cultura venida de barcos y desembarcada en forma un poco artificiosa. En todo caso, hay una necesidad de explicarse quiénes somos (quizá eso también pueda explicar el auge del psicoanálisis). En Todos los Funes juego con algunas teorías al respecto, como que Buenos Aires y Montevideo son una sola ciudad, pero separada por el rio más ancho del mundo: una ciudad que no ve su otra mitad y que tiene fatalmente que fabularla o imaginarla. Digo (exagero allí) que por eso se produce la literatura fantástica: la ciudad tiene que inventar su otra mitad que no ve. Todas estas explicaciones, desde luego, no dejan de ser bellas metáforas. En el fondo hay cosas más profundas que dejo a los investigadores. Por ejemplo, el auge de la ciencia que hubo entre fines del XIX uy principios del XX en Buenos Aires o el encuentro entre Rubén Darío y Lugones, ambos interesados a la vez en lo fantástico. O el hecho de que Buenos Aires fue una ciudad que se sentía europea y no quería caer en el color local o en cierto exotismo folklórico, como demandaba Europa, entonces pareció encontrar una especie de salida elegante en lo fantástico urbano, que se diferencia del realismo mágico rural…

 

DE VIAJES Y PROYECTOS

El país imaginadoBertiHas vivido una buena parte de tu vida fuera de Argentina.
Después del mundial de 1998 me fui a vivir a París con mi esposa. Ese sí fue un momento fantástico (risas): un peso argentino equivalía a un dólar. Fue el mejor cuento fantástico que inventamos y también el peor, por lo que paso después. Aunque parezca mentura, viví un par de años en Francia con lo que me pagaban en Argentina. Hacía entrevistas a escritores y actores; hacia reseñas y crónicas.  Nos quedamos en París diez años; trabajé en France Presse, donde también estuvo Ribeyro. Luego volvimos con mi mujer un tiempo a Buenos Aires y después vivimos cuatro o cinco años en Madrid.

¿Qué experiencia te queda de vivir en otros países, y cómo influye esto en tus libros?
No sé si hubiera escrito mis libros de la misma manera en Buenos Aires. Por ejemplo, en el caso de Todos los Funes, estoy seguro que no.  La experiencia de vivir en otros países es riquísima en todo sentido. Uno ve de otra manera su país natal. Uno descubre que muchas cosas que por ignorancia creía “universales” son propias de su cultura, y también al revés. En el caso de un escritor hay que hablar, demás, de lo que ocurre con la lengua. La distancia mayor que uno empieza a tener con respecto a su lengua y a los giros locales. Y, al menos según mi experiencia, toda distancia (toda autoconciencia) con respecto a la lengua es algo rico a la hora de escribir. Porque nos evitar los lugares comunes. Nos evita “ser hablados” algo automáticamente por nuestra lengua…

Según algunos, la Internet ha permitido una suerte de globalización literaria: que cada uno pueda estar en cualquier rincón del mundo y sentarse a escribir.
En mi caso personal se añade que gracias a la red puedo escribir con mayor facilidad para medios de diferentes países o ejercer mi labor de traductor literario para editoriales de diferentes países. Hablamos de practicidad y de estar en comunicación en forma más fluido. Pero Internet no puede reemplazar la experiencia directa de los viajes, claro que no. Y viajar te ayuda, además, a tener experiencias como  becas o residencias. Creo que los escritores, que siempre hemos sido bastante viajeros (más allá de que hay siempre excepciones), nos movemos cada vez más.

¿Es esencial para un escritor viajar?
Para un escritor es muy bueno viajar (como ver cine, como tener buenas experiencias, como tener buen un lugar donde escribir, como saber estar atento y sensible a lo que ocurre alrededor), pero en el fondo pienso que  lo esencial es leer.

Háblanos un poco de tus nuevos proyectos.
Voy a publicar a mediados de año, en junio o julio (en editorial Emecé, de Argentina) un diario de viajes. Pasé mes y medio en China. Es un diario que mezcla intensas experiencias reales con vario elementos de ficción, sin aclarar dónde empieza y dónde termina esta ficción. Un lector entendido se va a dar cuenta, pero lo importante es la autonomía del texto. Además, he terminado una novela, pero todavía no ha salido de mi casa.

Por otro lado, tengo casi terminado un libro de 99 textos cortos cuyo género no me queda claro pero tampoco me interesa saberlo. Gira en torno al tema de la invención en la literatura y fuera de ella.

Una reflexión final.
Me preocupa en estos momentos el tema de la libertad o la singularidad de un escritor. En mi caso, busco estas cosas sobre todo a través de una reflexión acerca de las formas. Buscando nuevas formas o formas pocos transitadas. Viendo cómo se pueden combinar formas consabidas. Paradójicamente, en la aparente rigidez de las formas puede haber mucha libertad.

 

La tarde caía y era tiempo de despedirse. Acompañamos un rato al escritor por la ciudad y luego nos estrechamos la mano en señal de un pronto encuentro. Esperemos que en Lima o en algún lugar donde, estamos seguros, se pueda seguir hablando de literatura y los demás temas.

 

 

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