Diez anécdotas de Alfredo Bryce Echenique

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    El querido escritor peruano Alfredo Bryce Echenique cumplió 75 años y a manera de homenaje presentamos una selección de aquello que él tan bien sabe contar:  anécdotas. Desde hace más de cuarenta años, el autor de La vida exagerada de Martín Romaña no deja de sorprendernos con su habilidad para contar historias, propias y ajenas, y ellas son también un tópico en sus novelas. Esta selección ha sido preparada por el investigador Luis Rodríguez Pastor y serán publicadas en un libro que recoge anécdotas de personajes peruanos que presentará este año.

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    Selección de textos y fotos: Luis Rodríguez Pastor

    1.
    Un día, una señora amiga de mi mamá me pidió a mí que por favor le pidiera a un profesor de la Universidad de San Marcos que le enseñara a escribir cuentos, novelas, etc., etc., y con gran miedo a la amiga de mi mamá y con más miedo al profesor, me acerqué y le dije: “Dr. Zavaleta -era Carlos Eduardo Zavaleta-, por favor, hay una amiga de mi mamá que tiene mucha plata, que paga muy bien porque le enseñen a escribir cuentos. Tiene unos sesenta años y se aburre un poco”. Entonces el doctor Zavaleta se rio a carcajadas de mí, cosa que yo no me atrevía a hacer con la amiga de mi mamá, y me mandó al diablo (nada de ello impidió que tiempo después fuera efectivamente director de mi tesis de bachillerato, porque a pesar de la mandada al diablo yo seguía asistiendo puntualmente a mis clases). Después de eso resulta que la amiga de mi mamá consiguió que Ciro Alegría le diera clases de escribir cuentos y novelas; y después de eso, la cerveza Cristal organizó el Festival Cristal del Cuento Peruano. Jurado: Ciro Alegría. Primer premio: la amiga de mi mamá. Segundo premio: el Dr. Zavaleta.

    Alfredo Bryce Echenique. En: Umberto Jara, Con ojos de testigo, p. 69.

     

    2.
    Por aquellos años [Julio Ramón Ribeyro] había dejado France Press y era ya agregado cultural ante la Unesco (tiempo de Velasco Alvarado). Sucede que esa primera operación no estaba pagada y Julio necesitaba operarse otra vez. Alida, su esposa, me llamó desesperada. Necesitaban 15 mil dólares para pagar la deuda e internar a Julio. Se requería, pues, imaginación para conseguirlos: mientras tanto, Julio se desgarraba de dolor. Así es que cogí un lapicero y redacté una carta dirigida a Velasco: “Los intelectuales peruanos reunidos en París ―estaba yo solo, en realidad― le pedimos que envíe, por favor, 15 mil dólares para la operación del escritor Julio Ramón Ribeyro, su agregado cultural ante la Unesco”. Falsifiqué un sinnúmero de firmas: Rodríguez Larraín, Chávez, Guzmán, Eielson, Chariarse. La carta fue entregada directamente a la esposa del presidente, pues en ese entonces ella se encontraba en París. Me valí de Roberto, un portugués que hacía las veces de chofer en la Embajada peruana. Gracias a esto, en menos de 15 días, el dinero fue remitido por la señora Consuelo Gonzales de Velasco.

    En: “El regreso de Julius” (9 de julio de 1995), entrevista de Luis Eduardo García para La Industria de Trujillo.

     

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    3.

    Y cómo robábamos los ciudadanos revolucionarios de a pie, en vista de lo prohibido que estaba prohibir, y en vista de que robar era alcanzar la meta leninista de “A cada uno según sus necesidades”. Imagínense ustedes el ideal aquel del líder de la revolución de octubre, en plena sociedad de consumo. Todos nos convertimos en una suerte de Arsenio Lupin y Roldán. Robábamos en las mismas narices de los propietarios de la propiedad privada y éstos ni cuenta se daban. Y fueron los propios revolucionarios de la izquierda radical parisina los que quebraron La joie de Lire, la librería más progresista de París. Era tan in esa librería, que poco faltaba para que le regalaran a uno más libros, el día en que lo pescaban abandonando el local sin pagar, con un abrigo de doble fondo repleto de obras completas.

    Clarito me acuerdo, por ejemplo, de un peruano manco que a diario salía de la librería con una tonelada de libros bajo la manquera. Y de otro que se instalaba en una mesa del café La Chope, con un gran cuaderno en el que anotaba los pedidos de robo en La joie de Lire, que le hacían sus clientes, a cambio de una modesta comisión. A ése casi lo manda el paredón un revolucionario al pie de la letra, por tratante de libros y explotador de explotados lectores contestatarios. […]

    A mí, la verdad, jamás me falló mi sistema de robos antiburgueses. Y eso que robaba siempre en el mismo almacén de la esquina de mi casa. Entraba con mi gran maletín negro de viaje, soltaba el habitual Bonjour, messierus-dames, recogía la canasta de plástico en que se colocaban los productos que iba seleccionando el cliente ―desde chocolates hasta whisky, pasando por frascos de Nescafé y detergentes―, y justo a la altura del espejo retrovisor antiladrones, hacía que se me rebalsara la canasta. Entonces, ante la vista y paciencia de todos, metía el producto del rebalse en mi negro maletín, escondía todo lo que me era imposible pagar bajo una inmensa toalla de playa ―me la regalaron por mi matrimonio y, a veces, durante el invierno, nos servía también de frazada a mi esposa y a mí―, volvía a llenar la canasta con algunos productos baratieri, como los que había dejado encima de la toalla ―papel higiénico y cosas así―, y al llegar a la caja le decía al cobrador que esperara un ratito, porque en el maletín tenía varias cosas más que pagar. El tipo se quedaba feliz con la honradez del cliente extranjero de eme, y yo salía aún más feliz con una botella de whisky, otra de champán del carísimo, dos o tres del mejor Burdeos, entre otras exquisiteces de la sociedad de consumo de eme.

    En: Alfredo Bryce Echenique, Permiso para sentir, pp. 168-170

     

    4.
    Cuando nació su hijo fuimos a comprar una cámara, pues Julio [Ramón Ribeyro] quería perennizar el nacimiento del niño. Antes de salir me pidió que le leyera algunas páginas de Un mundo para Julius (entonces llamado Las inquietudes de Julius). Bajamos a un bar, El Inca. Pasamos horas de horas bebiendo con Atahualpa Yupanqui. Tras una larga borrachera, regresamos al lugar y ya el niño había nacido. Paradójicamente, llevábamos apenas cinco días de conocernos.

    En: “El regreso de Julius” (9 de julio de 1995), entrevista de Luis Eduardo García publicada por el diario La Industria de Trujillo

     

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    En París me sucedió una anécdota muy divertida. Tenía una amiga en París, a la cual quería mucho, que pertenecía a la gran oligarquía francesa. Era una alumna mía, y me traía en su automóvil desde la universidad. Y un día dio una fiesta y me dijo: No te puedo invitar porque mi familia no te conoce, no sabe quién eres. Entonces yo le dije: Soy Bryce Echenique, desciendo del presidente… Y me dijo: No, acá eres una porquería. Sentí un verdadero placer, de ser yo lo que había sido tanta gente para mi familia en el Perú, cuando yo decía voy a traer a este amigo que he conocido en la calle, y me decían: No lo puedes traer porque no conocemos a su familia. Asumí con profundo placer mi categoría de pobre diablo.

    En: “Entrevista con Alfredo Bryce” (24 de julio de 1972), realizada por César Hildebrandt para la revista Caretas

     

    6.
    La época más feliz de mi vida fue cuando nadie me conocía, y yo escribía como un loco. Les leía a mis amigos y mis amigos se emborrachaban y peleaban. Me acuerdo de Germán Carnero peleando con Hernando Cortés, dos actores de teatro: uno encima de una mesa y el otro encima de una silla, mentándose la madre por un cuento mío. Uno decía que el desenlace era perfecto, el otro que era una porquería. Yo sufría porque los vecinos me querían expulsar de la casa, esos latinoamericanos indeseables. No sé quién tuvo la mala idea de convencerme para que publicara. Ahí se acabó la corta vida feliz de Alfredo Bryce.

    En: “Entrevista con Alfredo Bryce” (24 de julio de 1972), realizada por César Hildebrandt para la revista Caretas

     

    7.

    En Barcelona, una vez me pasearon hasta en calesa. Y mi momento más dichoso fue cuando los escritores teníamos que firmar. Se llama la Feria del Libro y nos traen como prostitutas, nos exhiben, nos pasean, nos retocan, nos peinan, nos dan vueltas por las calles. Entonces, decidí jugar el rol del escritor de éxito. Me entelé, me puse buenmozo, me coloqué delante de un alto así de libros míos, vi una chica muy linda, inmediatamente vi las posibilidades, a través de la literatura y del éxito, de salir a tomar té con ella, y me dijo: “Deme Un mundo para Julius”, y en el momento en que lo iba a firmar me dijo: “Por favor, me lo empaqueta y me da la factura” Creía que yo era el dependiente. Lo empaqueté, le di una factura y la mandé a la caja. Me quedé profundamente deprimido, y dije: Esto me pasa por puta.

    En: “Entrevista con Alfredo Bryce” (24 de julio de 1972), realizada por César Hildebrandt para la revista Caretas

     

    8.

    Una vez tenía en casa a un grupo de exiliados chilenos, a quienes homenajeaba, y les fui sacando estos discos [de Toña la Negra, Celia Cruz, Bienvenido Granda, Daniel Santos, La Sonora Matancera, Tito Puente]. Al principio, les pareció un disparate; después, sucumbieron a su encanto. La cosa se prolongó aproximadamente 48 horas y me ocasionó líos con todos los vecinos. Hubo una pareja que permaneció aislada durante esa sesión y, al final, cuando ya todos se habían ido, me dijo: “Bueno, ahora que todos estos cojudos se fueron, ¿por qué no colocas un disco de Frank Sinatra?”.

    En: “Secretos de Bryce” (27 de noviembre de 1977), entrevista realizada por Fernando Ampuero para la revista Caretas

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    9.

    En los años ochenta había un lugar, una chingana donde se bailaba, casi un futuro salsódromo. Quedaba en Lince y se llamaba Latin Brothers. No sé cómo descubrí ese sitio, que gustaba mucho a amigos míos que trabajaban en Desco, porque Desco entonces quedaba muy cerca. A veces iban ahí a tomarse unas cervezas, a almorzar criollo. Y yo hice una vez una fiesta allí y no conservo la foto, pero existió, en la que había cincuenta escritores peruanos de todas las edades, generaciones de poetas y narradores. Parece que logré un milagro: nadie peleó con nadie. La gente después me dijo: “Tú pareces San Martín de Porras, realmente haces comer juntos a perro, pericote y gato”.

    En: Entrevista con Raúl Tola, Una vida de novela, p. 18

     

    10.

    Y recuerdo también la vez aquella en que Mario Vargas Llosa pasó por París y Federico Camino ―nuestro común amigo filósofo y tan alérgico que se perdió cuanta barricada hubo el 68, porque se enronchaba pequeñoburguesamente con los gases lacrimógenos, desde mucho antes que los perros de guardia civil de la burguesía los arrojaran― y yo lo acompañamos a La joie de lire. Mario escogió cuatro libros, se los puso bajo el brazo sin ocultarlos ni nada, y tras haber ignorado por completo a la cajera y a los demás dependientes, abandonó el local con pasmosa serenidad. Lo suyo era un robo pluscuamperfecto, y Federico Camino y yo casi lo aplaudimos, no bien llegamos a la esquina y comprobamos que nadie nos seguía.

    Pero, oh desilusión, justo en ese instante Mario se dio cuenta de su distracción, de que por hablarnos tanto de Flaubert se había salido de la librería sin pagar y, por más que le explicamos que ladrón revolucionario que roba a ladrón capitalista ha alcanzado el ideal de una sociedad sin clases, regresó corriendo a La joie de Lire, a dar un millón de explicaciones y a pagar, como un perfecto idiota latinoamericano.

    Alfredo Bryce Echenique, Permiso para sentir, pp. 169-170.

     

     

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